La mujer de la habitación 408 (Los casos de Rivas 2) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

La caja gris

Cuando llegué a casa, Daniel estaba sentado en el suelo del salón con un cuaderno abierto sobre las piernas y una expresión de absoluto convencimiento de que las matemáticas habían sido inventadas para fastidiarlo personalmente.

—Papá, ¿cuánto son ocho por siete?

Dejé las llaves junto a la entrada.

—Cincuenta y seis.

—Mamá dice que no vale preguntarlo.

Elena apareció desde la cocina con un plato en una mano.

—Mamá dice que, si el ejercicio consiste precisamente en aprender la tabla del ocho, preguntarle el resultado a tu padre convierte el método en bastante menos eficaz.

Daniel me miró.

—Pero tú lo sabías.

—Ese es el problema —dijo Elena.

Me quité la chaqueta y me senté junto a él.

—Venga. Ocho por seis.

Daniel contó mentalmente durante unos segundos.

—Cuarenta y ocho.

—Ocho por siete.

Me observó con desconfianza.

—Eso ya me lo has dicho.

—Entonces aprovecha la corrupción del sistema.

Sonrió.

Desde el comedor llegó la voz de Claudia.

—Mamá, necesito el móvil.

—No lo necesitas. Quieres el móvil, que es distinto.

—He terminado los deberes.

—Hace diez minutos dijiste que te faltaba Lengua.

—Porque me faltaba. Ya la he hecho.

Elena cerró los ojos un instante antes de volver hacia la cocina.

—Sergio, si has venido con ganas de ejercer de padre permisivo, te agradecería que esperaras por lo menos hasta después de cenar.

—Acabo de entrar.

—Precisamente. Todavía estás a tiempo de no estropear nada.

Daniel aprovechó que su madre se alejaba para acercarse un poco más.

—¿Ocho por ocho?

—Sesenta y cuatro.

—Gracias.

—Esto empieza a parecer una organización criminal.

Terminamos la tabla antes de que Elena regresara y conseguí que Daniel repitiera casi todas las respuestas sin ayuda. Cuando levanté la vista, Claudia estaba apoyada en el marco de la puerta con los brazos cruzados.

—¿A él sí le ayudas y a mí no me dejáis mirar una cosa dos minutos?

—Porque él tiene ocho años.

—Eso no es un argumento.

—A mí me ha parecido bastante bueno.

—Claro. Porque eres adulto.

Se marchó antes de que pudiera contestar.

Daniel miró hacia el pasillo.

—Está enfadada.

—Tiene trece años. A veces es difícil distinguirlo de su estado normal.

Elena regresó justo a tiempo para escucharme.

—Muy útil.

—Estoy recuperando autoridad.

—La perdiste con la tabla del ocho.

Cenamos veinte minutos después.

Durante casi toda la comida, Claudia mantuvo una negociación sobre la cantidad exacta de tiempo que debía poder utilizar el teléfono por la noche, mientras Elena intentaba explicarle que una negociación requería que las dos partes estuvieran dispuestas a modificar algo.

—Yo estoy dispuesta —dijo Claudia.

—¿A qué?

—A quedármelo hasta las once en vez de hasta las doce.

Elena dejó el tenedor.

—Partimos de las nueve y media.

—Pues por eso estoy cediendo muchísimo.

Daniel soltó una carcajada.

Claudia le lanzó una servilleta.

—Tú cállate, que has hecho las tablas preguntando las respuestas.

La servilleta cayó dentro de mi vaso.

—Perfecto —dije—. Ahora también tenemos violencia.

La conversación continuó mientras recogíamos los platos, y durante unos minutos conseguí pensar únicamente en aquello: en el móvil de Claudia, en el cuaderno de Daniel abandonado debajo de la mesa y en Elena repitiendo que una hora de diferencia no constituía una vulneración de derechos fundamentales.

Después vi mi teléfono sobre la encimera.

Molina me había enviado dos mensajes. El primero confirmaba que Julián había remitido algunos datos de clientes de Marta. El segundo decía que al día siguiente tendríamos acceso a parte de la información solicitada sobre sus comunicaciones.

Guardé el móvil sin contestar.

—¿Trabajo? —preguntó Elena.

—Molina. Nada urgente.

—Entonces puede esperar.

Lo dijo sin reproche, y quizá por eso dejé el teléfono donde estaba.

Ayudé a Daniel a preparar la mochila y, cuando fui a darle las buenas noches, me preguntó si aquella semana iba a llegar tarde todos los días.

—Espero que no.

—El jueves tienes que ver lo del volcán.

Tardé un segundo en entenderlo.

—El proyecto de Ciencias.

—Te dije que necesitaba cartón.

—Me acuerdo ahora, que seguramente no es exactamente lo mismo que acordarme cuando me lo dijiste.

Daniel me miró como si acabara de confirmar algo que ya sabía.

—Cartón grande.

—Cartón grande. Esta vez no se me olvida.

Daniel pareció aceptar aquella forma de responsabilidad y se metió bajo la sábana.

—Cartón grande.

—Cartón grande.

Cuando cerré la puerta, Claudia salía del baño con el móvil finalmente confiscado en manos de Elena.

—Esto es una dictadura.

—Mañana puedes presentar un recurso —dije.

—Qué gracioso.

Entró en su habitación y cerró la puerta sin llegar a dar un portazo.

Elena sostuvo el móvil de nuestra hija entre dos dedos.

—Voy a considerar eso una victoria.

—Yo también.

—¿Vas a trabajar?

La pregunta llegó mientras caminábamos hacia el salón.

—Un rato.

Elena dejó el teléfono de Claudia sobre una balda alta.

—¿Con lo de hoy?

—Quiero ordenar un par de cosas antes de mañana.

Asintió y fue hacia el dormitorio.

Yo permanecí en el salón.

El portátil estaba en una esquina de la mesa, pero tardé varios segundos en abrirlo porque la caja gris se encontraba debajo del mueble, donde la había dejado después de sacarla unos días atrás.

No necesitaba verla para recordar lo que contenía.

Alicante.

Irene Valdés.

Durante doce años había conseguido guardar aquel caso en lugares distintos: archivadores, discos duros, una caja, conversaciones que evitaba tener demasiado tiempo seguido. Cambiaban los recipientes, pero el contenido permanecía exactamente donde lo había dejado.

Me senté en el suelo y acerqué la caja.

La etiqueta seguía pegada en un lateral.

ALICANTE. 2014.

Abrí la tapa.

Había copias de declaraciones, fotografías impresas, anotaciones propias y documentos que probablemente ya conocía mejor de lo que recordaba. Pasé varias hojas sin detenerme hasta encontrar el cuaderno pequeño que buscaba.

La página estaba marcada.

Objeto metálico pequeño. Llave. Interior del forro de la chaqueta.

Debajo había dibujado una cabeza rectangular, un eje corto y dos dientes.

Durante años había pensado en aquella llave como una prueba desaparecida.

Últimamente empezaba a verla de otra manera.

Como una decisión.

Alguien había tenido que encontrarla, retirarla, omitirla o permitir que dejara de existir dentro del expediente. Una prueba podía extraviarse por incompetencia. Lo que cada vez me costaba más era aceptar que todos los errores alrededor de Irene hubieran ocurrido de forma independiente.

Pasé la página.

Había nombres, horarios y direcciones que ya había revisado muchas veces. Algunas anotaciones estaban hechas con una letra más rápida que la que utilizaba ahora. En otras reconocí abreviaturas que había olvidado y tuve que leer dos veces para recordar qué querían decir.

—Sabía que acabarías aquí.

Levanté la cabeza.

Elena estaba apoyada en la puerta del salón. Se había puesto el pijama y llevaba el pelo recogido.

—No estaba escondiéndome.

—Tampoco he dicho que lo hicieras.

Entró y se sentó en el sofá.

Cerré el cuaderno sobre mis piernas.

—Solo quería revisar unas notas.

Elena me observó durante unos segundos.

—Eso dijiste la última vez.

—Porque la última vez también estaba revisando unas notas.

—Y doce años atrás empezaste revisando unas notas, Sergio. Después dejaste de dormir bien, empezaste a llevarte trabajo a casa y durante meses conseguías estar cenando conmigo mientras seguías pensando en una declaración de Alicante.

Su tono no era de enfado. Eso hacía más difícil responderle.

—Ahora es distinto.

—¿Por qué?

Miré la caja.

—Porque ahora sé que algo se hizo mal.

—Eso ya lo pensabas entonces.

—Entonces lo sospechaba. Ahora sé que la llave existió y desapareció del inventario. Además, Javier recibió el encargo de buscar a Irene después de su muerte. Hay alguien que doce años más tarde sigue removiendo lo mismo.

Elena permaneció en silencio un momento.

—Y dijiste que ibas a terminarlo.

—Eso intento.

—No es exactamente lo que te estoy preguntando.

Dejé el cuaderno dentro de la caja.

—¿Qué me estás preguntando?

Elena se inclinó hacia delante y apoyó los antebrazos sobre las rodillas.

—Cuánto espacio vas a dejar que ocupe otra vez. Porque terminar un caso y volver a vivir dentro de él son cosas distintas, y tú eres bastante bueno convenciéndote de que haces la primera cuando ya estás haciendo la segunda.

—Tengo un caso abierto ahora mismo que no tiene nada que ver con Alicante.

—Precisamente. Hoy has llegado a casa pensando en una mujer muerta en un hotel, mañana volverás a trabajar con ella y, aun así, cuando todos nos acostamos acabas sentado en el suelo con una caja de hace doce años.

No respondí inmediatamente.

Desde el pasillo llegó un ruido breve y después la voz de Claudia.

—¡Mamá!

Elena giró la cabeza.

—¿Qué?

—¡Daniel está en mi habitación!

—Pues dile que salga.

—¡No sale!

Elena se levantó, pero antes de marcharse volvió a mirarme.

—No te estoy pidiendo que lo abandones.

—Ya lo sé.

—Te estoy pidiendo que notes cuándo empieza a llevarte él a ti.

Se fue por el pasillo.

Escuché una discusión sobre un cargador que aparentemente pertenecía a Claudia, aunque Daniel defendía que únicamente lo había cogido porque el suyo era demasiado corto.

Miré otra vez la caja abierta.

Podía cerrarla y guardarla.

También podía seguir leyendo hasta las dos de la mañana y convencerme de que cada página era imprescindible.

Cogí el dibujo de la llave una vez más.

Esta vez no busqué respuestas. Solo comprobé algo que llevaba días pensando.

En la anotación original había escrito dónde apareció.

Interior del forro de la chaqueta.

El interior del forro no era un lugar donde una llave terminara fácilmente por accidente. Si Irene la había colocado allí deliberadamente, había elegido un sitio donde nadie pudiera encontrarla con una simple revisión de los bolsillos.

Guardé la hoja en su lugar y cerré la caja.

Cuando Elena volvió al salón, yo seguía sentado en el suelo.

Miró la tapa cerrada.

—¿Has terminado?

—Por hoy.

—Eso me sirve.

Se acercó y me tendió una mano para ayudarme a levantarme.

La caja quedó junto al mueble.

Cerrada. Pero no la guardé.