CAPÍTULO 4
Marta Salcedo
Julián Ortega tardó casi un minuto en abrirnos la puerta.
Durante ese tiempo escuchamos pasos al otro lado, el sonido de algo que caía al suelo y después un silencio que habría podido significar cualquier cosa.
Molina había llamado desde el coche para avisar de que íbamos y también para asegurarse de que Julián no recibiera por teléfono una noticia que debía darse de otra manera.
Cuando finalmente apareció, llevaba una camisa azul sin abrochar del todo y tenía el móvil en una mano.
—¿Inspectores Rivas y Molina?
—Sí. ¿Podemos pasar?
Nos miró alternativamente antes de apartarse.
—Claro. Perdonen, estaba trabajando y... Bueno, no sé por qué estoy explicándoles esto. Pasen.
El piso tenía poco que ver con las habitaciones que llevábamos observando desde aquella mañana.
Había zapatos junto a la entrada, una chaqueta sobre una silla y varios sobres abiertos encima de una cómoda.
En una estantería del salón convivían novelas, fotografías familiares y unas piezas de cerámica que parecían haber sido compradas en lugares diferentes.
Por primera vez desde que habíamos conocido el nombre de Marta Salcedo, estaba entrando en un espacio donde había vivido de verdad.
Julián señaló el sofá.
—¿Ha pasado algo?
Molina dejó que fuera yo quien contestara.
Había dado aquella noticia suficientes veces para saber que ninguna forma de decirla servía realmente.
—Se trata de su mujer. Marta ha sido encontrada esta mañana en un hotel de Madrid y los servicios médicos han confirmado su fallecimiento.
Julián continuó de pie.
Durante unos segundos pareció estar esperando el resto de la frase.
—¿Qué quiere decir con que ha fallecido?
—Lo siento.
—Ya he entendido lo que ha dicho. Lo que pregunto es qué significa que la han encontrado en un hotel. Marta está trabajando. Tenía una reunión esta mañana y volvía esta noche.
Dejó el teléfono sobre la mesa sin apartar la mirada de mí.
—¿Ha tenido un accidente?
—Todavía estamos determinando lo ocurrido. La encontraron en su habitación y el examen inicial no muestra lesiones importantes, pero tendremos que esperar a la autopsia antes de establecer una causa.
Julián se sentó finalmente, aunque no lo hizo en el sofá que nos había señalado. Eligió una silla junto a la mesa y apoyó las manos sobre las piernas.
—¿Qué hotel?
Le dije el nombre.
Su reacción fue pequeña, pero suficiente. Miró primero a Molina y después volvió hacia mí.
—Ese no es.
—¿Qué quiere decir?
—Marta me dijo dónde iba a quedarse y no era ese hotel. Me mandó un mensaje ayer cuando llegó. Bueno, cuando pensé que había llegado. Me dijo que estaba cerca de Atocha porque hoy tenía que reunirse temprano con un cliente.
Sacó otra vez el teléfono y empezó a buscar entre las conversaciones.
—Siempre me escribía al llegar. Yo hago lo mismo cuando viajo. Es una tontería, pero llevamos haciéndolo años.
Encontró el mensaje y me mostró la pantalla.
Había una frase breve escrita la tarde anterior.
Ya instalada. Hotel cerca de Atocha. Te llamo luego.
Debajo había varios mensajes de Julián y una respuesta posterior de Marta.
—¿Llegaron a hablar?
—Sí, por la noche. Poco. Serían las nueve y media o las diez, tendría que mirarlo. Estaba cansada y me dijo que había tenido un día horrible. Pensé que se refería al trabajo.
—¿Le dio el nombre del hotel en algún momento?
Julián frunció ligeramente la frente mientras buscaba entre los mensajes.
—Creía que sí, pero ahora que me lo pregunta... quizá lo di por supuesto. La empresa con la que estaba trabajando suele alojar a la gente en uno cerca de la estación. Ya había estado allí otras veces. Cuando dijo que estaba cerca de Atocha pensé que hablaba de ese.
Molina se sentó frente a él.
—Necesitamos reconstruir lo que hizo Marta desde que salió de casa. No porque pensemos necesariamente que usted ocultó algo ni porque tengamos una explicación cerrada de su muerte, sino porque hoy hemos descubierto varias cosas que no encajan del todo con el viaje que aparentemente estaba haciendo.
Julián dejó el móvil sobre la mesa.
—¿Qué cosas?
—Preferimos empezar por lo que usted sabía —dije—. ¿Por qué viajó?
La pregunta pareció desconcertarlo.
—Por trabajo. Marta llevaba años trabajando como asesora administrativa por su cuenta.
Tenía varios clientes pequeños y algunos encargos para despachos más grandes cuando necesitaban revisar documentación o preparar operaciones.
No sé exactamente con quién se reunía esta vez porque tampoco me explicaba cada expediente.
Yo le preguntaba si volvía a cenar y normalmente con eso nos bastaba.
—¿Viajaba mucho?
—Dos o tres veces al mes, según la época.
Aunque llamarlo viajar quizá sea exagerar, porque muchas veces eran reuniones en Madrid.
Nosotros vivimos aquí, pero si tenía jornadas de dos días o cenas con clientes, a veces prefería quedarse cerca en lugar de volver tarde y salir temprano otra vez. Sobre todo, durante el último año.
Molina apoyó las manos sobre las rodillas.
—¿Eso era habitual desde hacía mucho o empezó recientemente?
Julián pensó antes de contestar.
—Más recientemente. Marta siempre trabajó mucho, pero antes regresaba, aunque fueran las once.
Hace un año, quizá algo menos, empezó a decir que no tenía sentido cruzarse Madrid para dormir cinco horas.
Discutimos alguna vez por eso, aunque no como estarán pensando.
Yo le decía que parecía empeñada en convertir cualquier reunión en un viaje de negocios y ella respondía que, si al día siguiente tenía que volver al centro a las siete, prefería pagar una habitación y dormir.
—¿La pagaban sus clientes?
—A veces. Otras veces ella.
Eso hizo que Molina levantara ligeramente la cabeza.
—¿Y sabía en qué hotel se alojaba?
—Normalmente sí. Quiero decir... creía que sí.
La última frase salió más despacio.
Julián miró alrededor del salón como si la respuesta pudiera haber cambiado mientras hablaba.
—Supongo que ahora van a decirme que tampoco saben si estaba trabajando.
—Sabemos que había una reserva vinculada a una empresa con la que colaboraba —respondí—. Eso respalda parte de lo que le contó. También sabemos que Marta hizo personalmente el check-in.
La tensión de sus hombros disminuyó apenas.
—Entonces estaba trabajando.
—Eso no excluye que hiciera otras cosas durante el mismo viaje.
Julián sostuvo mi mirada.
—¿Qué otras cosas?
Saqué el teléfono y abrí una fotografía tomada de la habitación 408 en la que se veía la maleta antes de que Científica comenzara a retirar objetos.
—¿Reconoce esto?
Se inclinó hacia la pantalla.
—Es su maleta. La compramos hace dos años porque la anterior perdió una rueda. Esa chaqueta también es suya y la camisa azul la usa muchísimo. ¿Por qué me enseña esto?
—Porque la reserva era para una sola noche y llevaba ropa suficiente para quedarse más tiempo.
Julián observó la fotografía durante unos segundos.
—Eso no significa nada. Marta siempre metía cosas de más.
Podía salir de casa para una noche y llevar ropa para tres porque decía que nunca sabía si iba a terminar tomando algo con un cliente, si iba a llover o si se iba a manchar la camisa.
Si eso es lo extraño que han encontrado, puedo ahorrarles bastante tiempo.
—Por sí solo no significa gran cosa —dije—. Por eso estamos hablando con usted.
Le devolví el teléfono al bolsillo.
—¿Cómo estaba últimamente?
—¿En qué sentido?
—En cualquiera que pudiera resultar relevante. Trabajo, dinero, salud, relación con usted, problemas con alguien.
Julián pasó una mano por la mesa y apartó un sobre que había quedado bajo el codo.
—Llevábamos diecisiete años casados. Si quiere que le diga que todo era perfecto, sería mentira.
Habíamos discutido por dinero, por trabajo, por mi madre, por quién olvidaba comprar detergente y por el hecho de que Marta dejaba todos los armarios abiertos.
Pero no estábamos separándonos, si es lo que quiere saber.
La semana pasada estuvimos mirando apartamentos para irnos unos días en diciembre.
Esta mañana yo esperaba que regresara y me escribiera preguntando qué compraba para cenar.
Molina intervino con un tono bastante más bajo del que había utilizado durante toda la mañana.
—¿Tomaba habitualmente la medicación que hemos encontrado?
—Sí. Llevaba tiempo con problemas para dormir y tenía recetadas pastillas. El ansiolítico lo usaba menos. Tuvo una época complicada hace unos meses porque perdió dos clientes importantes y estaba bastante desbordada, pero últimamente la veía mejor.
—¿Alguna vez habló de hacerse daño?
Julián levantó la vista inmediatamente.
—Jamás. Y si están intentando decirme que se suicidó, necesito que me expliquen por qué una mujer que ayer me recordó que hoy tenía que recoger un paquete iba a decidir unas horas después que todo daba igual.
La frase dejó la habitación en silencio.
Pensé en el despertador programado para las siete y cuarto.
—Todavía no hemos determinado que se suicidara.
Julián respiró lentamente y apoyó la espalda en la silla.
—Entonces díganme qué están investigando.
Habíamos llegado a la parte que quería evitar hasta escuchar primero su versión.
Miré a Molina y después volví hacia él.
— Hay una segunda habitación en el mismo hotel cuya reserva está vinculada a Marta. Todo apunta a que la hizo ella, aunque todavía estamos comprobándolo.
Julián permaneció inmóvil.
—¿Otra habitación?
—La 409. Estaba justo al lado de la 408.
Su reacción fue distinta a las anteriores. La confusión apareció primero y después algo que no llegué a identificar.
—¿Había alguien más con ella?
Molina me miró.
Era exactamente la pregunta que ninguno de nosotros había formulado.
—¿Por qué pregunta eso?
Julián abrió las manos.
—Porque no encuentro otra explicación. Si mi mujer tenía una habitación para dormir y pagó otra justo al lado, supongo que ustedes tampoco creen que fuera para guardar la maleta.
—¿Conoce algún motivo por el que Marta necesitara reunirse discretamente con alguien?
—Profesionalmente, muchos. Trabajaba con documentación confidencial y tenía clientes que preferían reunirse fuera de sus oficinas. Personalmente... si están preguntándome si tenía una aventura, la respuesta es que no lo sé.
La manera de decirlo me interesó más que la respuesta.
—Hace un momento parecía bastante seguro de su matrimonio.
—Lo estoy. O lo estaba. Acaban de decirme que mi mujer ha muerto en un hotel distinto del que yo creía y que había pagado además una segunda habitación. Si quiere que siga contestando exactamente lo mismo que hace media hora, entonces no tendría sentido que me contara nada.
Molina dejó pasar unos segundos.
—¿Había alguien que le preocupara últimamente?
Julián bajó la mirada.
—Había un cliente.
Esperamos.
—No sé su nombre. Hace unas semanas empezó a llamar a horas raras.
Marta decía que era un hombre que estaba intentando cerrar una operación y que se había acostumbrado a pensar que ella estaba disponible a cualquier hora.
Una noche eran casi las doce y discutieron por teléfono.
Ella salió a la terraza para seguir hablando, algo que nunca hacía conmigo delante.
—¿Escuchó algo de la conversación?
—Muy poco. Recuerdo que dijo: «Eso no fue lo que acordamos» y después algo sobre documentos que no pensaba volver a firmar. Cuando entró le pregunté si tenía problemas y me dijo que el hombre era un pesado, que lo solucionaría al día siguiente.
—¿Cuándo ocurrió?
—Dos o tres semanas atrás. Puedo intentar buscar la fecha porque aquella noche teníamos gente en casa.
—¿Volvió a mencionarlo?
Julián se quedó pensando.
—Una vez. La semana pasada. Le pregunté si el cliente seguía molestando y dijo que ya estaba casi resuelto. Nada más.
Aquello podía ser un conflicto laboral perfectamente corriente.
También podía ser otra cosa.
Me puse de pie.
—Vamos a necesitar revisar la documentación profesional de Marta y hablar con algunos de sus clientes. También necesitaremos que nos facilite cualquier información que recuerde sobre esas llamadas.
Julián también se levantó.
—¿Puedo verla?
La pregunta llegó sin preparación.
—Todavía no. Cuando terminen determinados procedimientos le explicarán cómo hacerlo.
Bajó la cabeza durante un instante y después miró hacia una fotografía situada en la estantería.
Marta aparecía allí junto a él, ambos algo más jóvenes, sentados frente al mar.
—Hay algo que necesito saber —dijo—. Cuando la encontraron... ¿estaba sola?
La respuesta fácil habría sido decir que sí.
La 408 estaba cerrada desde dentro y nadie más apareció en aquella habitación.
Pero la 409 seguía al otro lado de una pared.
—Cuando encontraron a Marta, estaba sola en la habitación 408.
Julián entendió la precisión.
—Eso no es lo mismo que decir que estuvo sola esa noche.
—No.
Esta vez ninguno añadió nada.