CAPÍTULO 3
Demasiado limpia
Laura Caballero nos esperaba en una pequeña oficina detrás de recepción junto a un hombre que tendría unos treinta años y llevaba una acreditación del hotel colgada del cuello.
Habían abierto en una pantalla el sistema de cerraduras electrónicas y, cuando entramos, el hombre señaló una línea antes incluso de presentarse.
Molina dejó el café que llevaba sobre la mesa.
—¿Al menos una? Necesitamos saber cuántas veces, a qué horas y con qué dispositivo. Si podemos reconstruir cuándo entró alguien en esa habitación, nos ahorramos tener que adivinar buena parte de la noche.
Álvaro negó despacio mientras ampliaba una ventana.
—Eso es precisamente lo que no quiero daros todavía.
El programa que usamos aquí me enseña la activación y un resumen de eventos, pero el registro completo lo guarda el proveedor en el servidor.
Ya lo he solicitado. Si empiezo ahora a traduciros estos códigos como si fueran horas de entrada y luego resulta que uno corresponde a una sincronización o a una actualización de la llave, os voy a hacer perder el tiempo.
Miré a Molina.
—Me cae bien.
—Llevas hoy dos personas que te caen bien por decirte que no saben algo. Vas a acabar teniendo amigos.
Álvaro nos miró sin decidir si Molina hablaba en serio.
—Lo que sí puedo asegurar es que la llave digital se descargó en un teléfono y después hubo una apertura válida de la 409. La reserva no se quedó simplemente pagada y olvidada.
—¿Sabemos qué teléfono? —pregunté.
—Tengo un identificador técnico, pero no el número. Para vincularlo necesitaremos los datos de la cuenta utilizada en la aplicación y seguramente autorización para que el proveedor nos entregue más información.
—Pídelo todo y conserva los registros completos. También los de la 408.
Álvaro asintió.
—Eso ya está en marcha.
Laura permanecía junto a la puerta con los brazos cruzados.
—Entonces alguien utilizó la habitación.
—Alguien abrió la puerta —corregí—. De momento eso es lo único seguro.
Molina cogió otra vez el café.
—Y, teniendo en cuenta que Sergio ha decidido pasar el día aceptando matices, será mejor que aprovechemos antes de que se le pase.
Salimos de la oficina y atravesamos el vestíbulo.
A aquella hora el hotel había recuperado parte de su funcionamiento normal.
Entraban huéspedes con maletas, una pareja discutía en voz baja junto a los ascensores y detrás de recepción sonaban teléfonos que nadie parecía escuchar durante más de dos timbres.
Resultaba extraño que dos plantas más arriba hubiera dos habitaciones precintadas mientras el resto del edificio continuaba ofreciendo desayunos, guardando equipaje y preguntando a la gente si había disfrutado de la estancia.
—La abrió alguien —dijo Molina al llegar al ascensor—. Eso deja bastante tocada la teoría de que Marta la reservó y cambió de opinión.
—La debilita. Todavía puede haber entrado ella, mirar la habitación y no volver a utilizarla.
—Pagas una noche entera para entrar treinta segundos.
—Has defendido cosas peores desde esta mañana.
—Las defendía para que tú no te casaras con la primera explicación. Ahora que sabemos que alguien abrió la puerta, me permito subir un poco el precio de mi teoría.
Entramos en el ascensor.
—¿Cuál es exactamente tu teoría?
Molina esperó a que las puertas se cerraran.
—Que Marta necesitaba un lugar para ver a alguien y no quería que ese encuentro ocurriera en la habitación asociada a su trabajo.
Puede ser una aventura, una reunión que prefería ocultar o algo completamente distinto, pero la separación me parece demasiado deliberada.
Dos reservas, dos correos, dos formas diferentes de acceder.
Y además exige que estén puerta con puerta.
Eso no parece una decisión tomada porque le sobraran ciento cincuenta euros.
—Estoy de acuerdo con casi todo.
Me miró de lado.
—Repítelo. Quiero grabarlo.
—He dicho casi.
—Ya me parecía.
Cuando llegamos a la cuarta planta, Pilar seguía dentro de la 409. Esta vez no hizo ningún comentario al vernos. Tenía varios marcadores numerados sobre el escritorio y hablaba con uno de los técnicos mientras señalaba el baño.
Esperamos junto a la entrada hasta que terminó.
—El sistema confirma que alguien abrió la habitación —le dije—. Estamos esperando los registros detallados.
Pilar se quitó un guante y lo dejó en una bolsa.
—Entonces ya sabemos algo más de lo que sabíamos hace una hora. Aquí también hay indicios de uso, aunque prefiero que nadie convierta todavía esa palabra en una reunión clandestina, una pelea o una orgía porque luego me toca explicar en el informe cosas que yo no he dicho.
Molina apoyó un hombro en la pared.
—Te prometo contenerme hasta que termines la frase.
Pilar ignoró el comentario.
—La cama parece intacta y el baño apenas tiene alteraciones visibles. En el escritorio tampoco hay documentos, residuos ni objetos personales. Pero hemos encontrado manipulación en varios puntos y quiero comparar huellas antes de sacar conclusiones.
—¿Qué puntos?
Nos hizo pasar hasta la zona permitida y señaló hacia una bandeja situada cerca de la cafetera. Había dos vasos bajos, idénticos, separados ahora por pequeños marcadores.
—Esos estaban así cuando entramos —dijo—. Uno junto al borde de la bandeja y el otro algo desplazado hacia la mesa. A simple vista podría no significar nada, pero al iluminar la superficie hemos visto marcas de contacto y un pequeño cerco en la base del que está fuera de posición.
Me acerqué sin rebasar la señal del suelo.
—¿Agua?
—Probablemente, aunque lo analizarán. El cerco es muy fino y puede haberse producido por condensación o porque el vaso se colocó húmedo después de lavarlo. Lo importante es que alguien lo manipuló después de que prepararan la habitación.
Molina miró hacia el baño.
—¿El servicio de limpieza podría haberlo dejado así?
—Podría. Por eso he pedido que nos localicen a la persona que preparó la habitación ayer.
Quiero saber cómo se colocan normalmente los vasos, si revisan la bandeja después y si alguien entró posteriormente por alguna incidencia.
La ciencia consiste en comprobar antes de enamorarse de la historia bonita.
—Eso último iba dirigido a Sergio.
Pilar lo miró.
—Iba dirigido a los dos, pero contigo tengo menos esperanza.
Me incliné ligeramente para observar los vasos desde donde estaba.
El de la derecha parecía limpio. En el otro, bajo la luz lateral que había colocado Científica, se apreciaban dos zonas mate cerca del borde.
—¿Huellas?
—Hay marcas. Que podamos obtener una huella útil es otra cuestión. También tomaremos muestras del borde y del interior, pero los resultados tardarán.
—¿Y el segundo vaso?
—También está manipulado. Menos. Tiene una marca parcial en la base que podría proceder del personal del hotel, de un huésped o de cualquiera que haya tenido acceso antes. Por eso quiero las muestras de referencia de limpieza.
Molina se quedó mirando ambos.
—Dos vasos.
Esta vez su voz había perdido el tono de broma.
Pilar lo corrigió con calma.
—Dos vasos que alguien tocó. A partir de ahí trabajáis vosotros.
Me gustaba bastante más cuando hablaba así.
Miré alrededor.
La habitación seguía ofreciendo la misma impresión que por la mañana: cama preparada, escritorio despejado, baño sin señales de una ducha y amenities alineados.
Sin embargo, ahora sabíamos que la puerta se había abierto y que, al menos alrededor de aquella mesa, alguien había dejado rastros suficientes para obligarnos a mirar de nuevo.
—¿Algo más? —pregunté.
Pilar señaló hacia la silla situada frente al escritorio.
—Estamos procesándola. También el interruptor, el mando de la televisión, los tiradores y el baño. Si hubo una persona aquí durante cinco minutos, puede que encontremos poco. Si hubo dos durante una hora, normalmente termina apareciendo algo, aunque alguien haya tenido cuidado.
—¿Crees que limpiaron?
Pilar tardó un momento antes de contestar.
—Creo que determinadas superficies están más limpias que otras.
Eso puede ocurrir porque el servicio hizo mejor una parte de la habitación, porque alguien utilizó únicamente ciertos objetos o porque una persona pasó un paño después.
Todavía no tengo base para elegir entre esas opciones. Cuando la tenga, te lo diré.
Molina miró el escritorio.
—La habitación da la impresión de no haberse utilizado.
—La impresión no me sirve.
—A Sergio sí.
—Cada uno tiene sus problemas.
Salimos de nuevo al pasillo mientras Científica continuaba trabajando.
Me quedé frente a las dos puertas. Esta vez Molina esperó antes de hablar.
—Estás pensando en Javier.
—Un poco.
—Te dije que no convirtieras una cama hecha en otro piso falso.
—Y sigues teniendo razón.
Se apoyó junto a la pared y dio un sorbo al café, que ya debía de estar frío.
—Entonces explícame qué estás mirando, porque llevas medio minuto estudiando dos números como si fueran a cambiar de orden.
Señalé la 409.
—En el caso de Javier, alguien construyó demasiadas cosas. Libros, ropa, comida, fotografías. Querían que miráramos alrededor y viéramos una vida.
Después indiqué la 408.
—Aquí tenemos una habitación que Marta utilizó de forma normal. Durmió, abrió la maleta, cargó el teléfono, dejó medicamentos junto a la cama. Hay rastros de una persona porque una persona pasó horas allí.
Molina siguió la dirección de mi mano hacia la 409.
—Y esta está demasiado limpia.
La expresión me molestó precisamente porque era la que había estado buscando evitar.
—No sé si demasiado. Ese es el problema.
—Acabamos de encontrar vasos manipulados en una habitación que parecía intacta.
—Eso demuestra que alguien estuvo allí. Lo demás sigue abierto.
Molina guardó silencio unos segundos y luego se apartó de la pared.
—Entonces voy a formularlo de otra manera. La 409 no está vacía de información; simplemente la información cuesta más verla.
—Eso me gusta más.
—No te acostumbres.
Caminamos hacia los ascensores. Antes de llegar, Laura salió de uno de ellos acompañada por una mujer con uniforme de limpieza. Nos reconoció y vino hacia nosotros.
—Es Ana, la empleada que preparó ayer la 409. Pilar pidió hablar con ella.
La mujer parecía incómoda al encontrarse de pronto rodeada de policías.
Me presenté y le expliqué por qué necesitábamos hacerle unas preguntas.
—No buscamos que recuerde cada centímetro de la habitación —añadí—. Solo necesitamos saber cómo la dejó y si volvió a entrar después.
Ana pensó unos segundos.
—La preparé antes de comer, como las demás. Cambié todo porque había salido un cliente esa mañana. Después no volví. Cuando terminamos una habitación preparada para una llegada, se cierra y pasamos a la siguiente.
—¿Recuerda algo especial de la 409?
—Nada. Era una salida normal.
Molina señaló discretamente hacia la puerta.
—¿Los vasos de la bandeja los coloca usted?
—Sí. Los dos juntos, boca arriba, sobre los posavasos. Siempre igual porque luego la supervisora revisa las habitaciones.
—¿Y los seca antes?
Ana hizo un gesto de extrañeza.
—Salen del lavavajillas secos. Si alguno queda con marcas, lo cambiamos. No dejamos vasos mojados en la habitación porque se nota enseguida en la bandeja.
La miré.
—¿Alguien del servicio pudo entrar después para corregir algo?
—Si la supervisora encuentra un fallo, sí, pero queda anotado. Y normalmente me avisa. Ayer no me dijo nada de esa habitación.
Laura intervino.
—He revisado la hoja de supervisión. La 409 figura correcta a las tres y siete.
Molina volvió la vista hacia mí.
Ya no necesitábamos hablar del orden. Teníamos algo mejor. Una habitación preparada a las tres y siete. Una llave digital utilizada después.
Y un vaso que había regresado húmedo a una bandeja donde nadie del hotel decía haberlo dejado así.
Le pedí a Laura que localizara también a la supervisora y que conservara las grabaciones de todas las zonas comunes desde las tres de la tarde hasta aquella mañana.
Después miré a Molina.
—Tenemos que hablar con el marido.
—¿Hoy?
—Cuanto antes. Quiero saber qué creía que estaba haciendo Marta en este hotel, por qué viajaba con ropa para más tiempo del que pensaba quedarse y si alguna vez le habló de reservar dos habitaciones.
Molina metió el vaso de café vacío en una papelera.
—¿Y le contamos lo de la 409?
Pensé un momento antes de contestar.
—Sí. Pero primero quiero escuchar qué nos cuenta sobre su mujer sin darle una explicación para cada pregunta.
Las puertas del ascensor se abrieron.
Entramos. Mientras descendíamos, pensé en los dos vasos esperando dentro de la 409.
Aquella mañana habíamos encontrado una mujer muerta detrás de una puerta cerrada. Tres horas después, la puerta que más me interesaba era la de una habitación donde, aparentemente, no había ocurrido nada.
Solo que ya sabíamos que eso tampoco era verdad.