La mujer de la habitación 408 (Los casos de Rivas 2) CAPÍTULO 2
7%

CAPÍTULO 2

La habitación de al lado

Molina tardó casi veinte minutos en volver.

Pilar trabajaba junto al escritorio cuando salí al pasillo.

—¿Has terminado de interrogar a la maleta?

—No ha pedido abogado.

—Dale tiempo. Lleva contigo más de una hora.

Apoyé una mano en el marco de la puerta sin tocarlo.

—¿Algo en el teléfono?

—Está bloqueado. Se lo llevará Informática. Lo único que puedo decirte ahora es que estaba cargando cuando entraron y que no hemos encontrado otro dispositivo en la habitación. Ni tableta, ni portátil, ni segundo móvil escondido debajo del colchón para alegrarte la tarde.

—No necesito que me alegren la tarde.

Pilar levantó la vista.

—Eso explica muchas cosas.

Sonó el ascensor al fondo del pasillo.

Molina salió acompañado por una mujer de unos cincuenta años que vestía traje oscuro y llevaba una carpeta pegada al cuerpo. Caminaba deprisa, aunque no parecía especialmente cómoda haciéndolo. Molina me vio y señaló hacia una pequeña zona con dos sillones junto a la ventana del descansillo.

—Tenemos una cosa que deberías escuchar antes de que empieces a buscar mensajes secretos en las costuras de la moqueta.

—No estaba haciendo eso.

—Todavía.

La mujer se presentó como Laura Caballero, directora del hotel. Había hablado brevemente con nosotros al llegar, aunque entonces apenas había permanecido unos minutos en la cuarta planta antes de regresar a recepción.

Nos sentamos. Ella prefirió quedarse de pie.

—El inspector me ha pedido que revisemos todos los cargos asociados a la tarjeta de la señora Salcedo y las reservas realizadas durante los últimos días. No sé si esto tiene importancia, pero en recepción han encontrado un segundo pago que parece corresponder a la misma tarjeta.

La miré.

—¿Un segundo pago de qué?

Molina respondió antes que ella.

—De otra habitación.

No dije nada durante unos segundos.

Laura abrió la carpeta y sacó dos hojas impresas.

—La señora Salcedo tenía reservada la 408 desde hacía casi dos semanas. Esa reserva se hizo a través de una plataforma que utiliza habitualmente una empresa con la que, según nuestros datos, ella trabajaba. Una noche, entrada ayer y salida hoy. Hasta ahí no hay nada extraño.

Me enseñó la primera hoja.

—La segunda reserva se hizo anteayer por la página web del hotel. Directamente con nosotros. Una reserva independiente y con otro correo electrónico.

—¿Otro nombre?

—No exactamente. Solo aparecen una inicial y un apellido en el formulario. M. Salcedo. Como el pago era anticipado, no se verificó documentación en ese momento.

—¿Y cómo sabéis que era ella?

Laura pasó a la segunda página.

—El número completo de tarjeta no lo vemos, pero el sistema conserva el identificador del pago y los cuatro últimos dígitos. Coinciden con la tarjeta con la que la señora Salcedo garantizó algunos gastos de la 408 cuando llegó. Además, la segunda reserva incluye una observación.

Molina me tendió la hoja.

Había una línea impresa debajo de los datos.

SI ES POSIBLE, HABITACIÓN CONTIGUA A LA 408.

Levanté la vista.

—¿Qué habitación le asignasteis?

Laura tardó un instante en responder, quizá porque conocía perfectamente la respuesta y seguía sin gustarle.

—La 409.

Miré hacia el pasillo.

La puerta estaba a menos de tres metros de nosotros.

—¿Está ocupada?

—No.

—¿La han limpiado esta mañana?

—No debería. La reserva termina hoy a las doce y figura todavía como pendiente de salida. Las habitaciones ocupadas no se limpian antes de esa hora salvo que el huésped lo solicite.

Me puse de pie.

—Que nadie entre.

Laura hizo un gesto hacia la puerta.

—Ya he avisado al personal desde que encontramos esto. Pero hay otra cosa que no entiendo y quizá ustedes sí.

—Pruebe.

—La señora Salcedo hizo el check-in de la 408 personalmente. Eso consta. Enseñó su documentación y recogió la tarjeta en recepción. Pero nadie hizo el check-in presencial de la 409.

Molina apoyó los antebrazos sobre las piernas.

—Sin embargo, alguien tuvo que disponer de una tarjeta para entrar.

—Puede hacerse desde el móvil —explicó Laura—. Tenemos llave digital. No todos los clientes la utilizan, pero para una reserva prepagada es posible completar algunos pasos desde la aplicación y abrir la habitación con el teléfono.

—¿Y eso ocurrió?

—Estamos comprobándolo. El sistema indica que la reserva quedó activada, pero necesito que nuestro informático revise los registros antes de asegurarlo. No quiero decirles algo ahora y descubrir dentro de una hora que funciona de otra manera.

Me gustó aquella respuesta.

La gente que decía «no lo sé» antes de inventar una explicación nos ahorraba bastante trabajo.

—¿La petición de que estuviera junto a la 408 la hizo al reservar?

—Sí. Está incluida desde el principio.

—Entonces quien reservó la habitación sabía que Marta Salcedo estaría en la 408.

Laura bajó la mirada a las hojas.

—Eso parece.

Molina se levantó.

—O era Marta.

—O era Marta —repetí.

Caminamos hasta la 409.

Pilar había salido de la 408 y nos observaba desde la puerta.

—Esa cara no me gusta.

—¿Qué cara?

—La que ponéis cuando acabáis de encontrarme más trabajo.

Molina señaló la placa.

—Necesitamos procesar esta habitación.

Pilar miró primero el número y después a nosotros.

—¿Por qué?

Le enseñé la segunda reserva.

Leyó en silencio.

—¿La pagó la muerta?

—La misma tarjeta o una vinculada al mismo identificador. Estamos confirmándolo.

—Eso no es lo que he preguntado.

—Entonces la respuesta es que todavía no lo sabemos con certeza.

Pilar dobló ligeramente el papel sin llegar a marcarlo.

—Mucho mejor. Durante un segundo pensé que ibais a empezar a tratar una suposición como si ya fuera una prueba.

Molina señaló la puerta.

—¿Vas a abrirla tú o esperamos a que Sergio intente descubrir qué hay dentro oliendo la cerradura?

—Puedo esperar.

—No me cabe duda.

Laura llamó a un empleado para que trajera la tarjeta maestra. Mientras esperábamos, miré las dos puertas.

El mismo diseño, la misma madera oscura, las placas metálicas separadas apenas por una franja de pared.

—Una noche —dije.

Molina se colocó a mi lado.

—¿Qué?

—Marta iba a pasar una sola noche aquí. Llegó ayer y tenía que marcharse hoy. Para esa noche tenía una habitación reservada a través de su trabajo y otra reserva independiente cuyo pago parecía vinculado a ella.

—Si realmente fue ella quien hizo la segunda reserva.

—La petición de que estuviera junto a la 408 reduce bastante las posibilidades.

—No las elimina. Alguien que conociera su viaje podía reservarla para encontrarse con ella.

—Sí.

Molina me miró.

—No has tardado mucho en aceptarlo.

—Estoy practicando.

—¿El qué?

—Que haya más de una explicación.

Se metió las manos en los bolsillos.

—Pues voy a estropearte el aprendizaje. A mí lo primero que se me ocurre es bastante simple: quería encontrarse con alguien sin meterlo en la habitación reservada por trabajo.

Un amante, un cliente, una persona a la que no quería vincular con su nombre.

Pagas una segunda habitación, haces lo que tengas que hacer y después vuelves a la tuya.

—Puede ser.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de que estoy diciendo algo demasiado sencillo para que te resulte interesante.

Me apoyé contra la pared.

—No me parece demasiado sencillo. Me parece caro.

—Hay gente que paga bastante más por no explicar con quién se acuesta.

—No me refiero solo al dinero. Si quieres ocultar una relación, reservas una habitación y duermes en ella.

Todo apuntaba a que Marta estaba vinculada a dos habitaciones contiguas para una sola noche.

Una estaba a su nombre completo, vinculada a un viaje de trabajo, y la otra se reservó de otra forma.

No sabemos todavía para qué, pero la separación parece deliberada.

Molina observó los dos números.

—Una habitación para lo que todo el mundo sabe de ella y otra para lo que no quiere que nadie sepa.

—Eso encajaría.

—También podría haber querido trabajar sin molestar a nadie, guardar equipaje, mantener una reunión profesional o evitar que una persona supiera dónde dormía después.

—También.

—Siete posibilidades en menos de un minuto. Estoy orgulloso de ti.

El empleado apareció con la tarjeta maestra y Pilar nos hizo apartarnos.

Antes de abrir pidió que uno de los técnicos se acercara con la cámara. Fotografió la puerta, la cerradura y el suelo del pasillo. Después pasó la tarjeta.

El piloto cambió de rojo a verde. Pilar bajó la manilla con cuidado.

La habitación estaba a oscuras.

El aire que salió tenía el olor neutro de los espacios que llevan horas cerrados. Nada de perfume, comida ni humedad. Solo climatización y productos de limpieza.

Pilar encendió la luz desde el interruptor situado junto a la entrada.

Ninguno cruzó todavía el umbral.

Desde el pasillo se veía casi toda la habitación.

La cama estaba hecha. No simplemente estirada. Hecha como la dejaba el servicio de limpieza: colcha lisa, almohadas alineadas y un pequeño folleto del hotel colocado sobre el centro exacto.

Las cortinas permanecían abiertas. Sobre el escritorio había una carpeta informativa y un bolígrafo del establecimiento. El sillón estaba recogido bajo la mesa.

Miré hacia el baño.

Las toallas continuaban dobladas.

Los pequeños frascos de gel y champú estaban alineados junto al lavabo.

—Pues aquí no ha dormido nadie —dijo Molina.

Laura seguía detrás de nosotros.

—Eso parece.

Pilar giró la cabeza.

—Por favor, no empecéis todos.

Molina levantó las manos.

—Solo digo que la cama está intacta.

—Y yo solo digo que hasta que terminemos no sabemos qué está intacto y qué parece intacto. No quiero encontrar luego una huella y escuchar que lleváis veinte minutos entrando y saliendo porque la habitación os parecía vacía.

Me quedé donde estaba.

—¿Cuándo se limpió por última vez?

Laura necesitó unos segundos para recordarlo.

—Ayer por la mañana, antes de que se asignara. Una vez que una habitación queda preparada, nadie vuelve a entrar salvo mantenimiento o el cliente.

—¿Hubo mantenimiento?

—No consta ninguna incidencia.

Pilar se puso los guantes.

—Lo comprobaremos.

Entró primero. Nosotros esperamos.

Fotografió la entrada y avanzó despacio hasta la cama. Uno de los técnicos comenzó a trabajar alrededor del pomo y del lector de tarjetas.

Molina se inclinó ligeramente hacia mí.

—Reconócelo. Esperabas una habitación llena de sangre.

—No.

—Un cadáver debajo de la cama.

—Tampoco.

—Un mensaje escrito en la pared.

—Eso habría sido decepcionante.

—Claro. Demasiado evidente.

Lo miré.

—¿Puedes estar treinta segundos sin hablar?

Molina consultó el reloj.

—Puedo intentarlo, pero si me pasa algo quiero que conste que fue por orden tuya.

Sonreí y volví a mirar dentro.

La 408 había estado llena de señales de Marta: ropa, equipaje, medicamentos, teléfono, una cama utilizada, un vaso, un neceser abierto.

La 409 no parecía tener ninguna.

Ese contraste era más interesante que cualquier objeto.

Pilar terminó las primeras fotografías y volvió hacia nosotros.

—Podéis entrar hasta aquí. Sin tocar nada y procurando no respirar si sois capaces.

Molina cruzó la puerta.

—Eso último va dirigido a Sergio.

—Va dirigido a los dos.

Entré detrás de él.

La habitación era prácticamente idéntica a la 408, aunque al estar ordenada parecía algo mayor. Caminé solo hasta donde Pilar nos había permitido y observé el escritorio, la cama y el baño.

No había maleta. No había abrigo. No había cargadores. No había una sola prenda.

—¿La tarjeta física? —pregunté.

Laura negó desde el pasillo.

—No se entregó ninguna en recepción.

—Entonces necesitamos saber si se utilizó una llave digital y a qué hora.

—Se lo estoy pidiendo al informático.

Molina se volvió hacia mí.

—Incluso si entró, pudo hacerlo cinco minutos, dejar algo y salir. O pudo reservarla y no utilizarla finalmente. No conviertas una cama hecha en otro apartamento de Javier Cárdenas.

Sabía exactamente por qué lo decía.

Miré otra vez la habitación antes de responder.

—No lo estoy haciendo. En casa de Javier todo intentaba demostrar que alguien vivía allí. Aquí no hay nada intentando demostrarme nada.

—Entonces ¿qué te interesa?

Tardé un momento.

—Que Marta tenía una habitación donde sabemos que estuvo.

Señalé hacia la pared que nos separaba de la 408.

—Y otra cuyo pago apunta a ella, justo al lado.

Molina esperó.

—¿Y?

—Que una está llena de respuestas fáciles y la otra, de momento, no tiene ninguna.

Pilar nos miró desde junto al escritorio.

—¿Podríais dejar la filosofía para cuando termine de trabajar?

Me aparté.

—Avísame si encuentras algo que indique que alguien estuvo aquí.

—Os avisaré si encuentro algo. La parte de decidir qué indica ya os la podéis discutir vosotros durante otras seis horas.

Salimos al pasillo.

Antes de que Laura regresara a recepción le pedí que conservara cualquier registro relacionado con ambas reservas: pagos, llamadas, solicitudes, accesos digitales, cámaras del vestíbulo, ascensores y escaleras.

Ella tomó nota y después me miró con cierta inquietud.

—¿Cree que la señora Salcedo murió por algo relacionado con esa habitación?

La pregunta era razonable.

No tenía una respuesta razonable todavía.

—Creo que una mujer que iba a dormir en la 408 pagó también por la 409 y se aseguró de que estuviera junto a ella. Hasta que sepamos para qué, no podemos tratarlo como un detalle.

Laura cerró la carpeta.

—Entiendo.

Cuando se alejó hacia el ascensor, Molina se quedó mirando la puerta de la 409.

—Si resulta que la utilizaba para guardar ropa, pienso recordarte esta conversación durante años.

—Puedes hacerlo.

—¿Y si era para encontrarse con alguien?

Miré los dos números.

La 408 seguía precintada.

La 409 acababa de dejar de ser una habitación vacía.

—Entonces tendremos que averiguar por qué necesitaba dos puertas para pasar una sola noche.