La mujer de la habitación 408 (Los casos de Rivas 2)
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CAPÍTULO 1
Eso fue lo primero que me dijeron al salir del ascensor y también lo primero que Molina repitió cuando llegamos al final del pasillo, quizá porque llevaba toda la mañana intentando convencerme de que, algunas veces, una puerta cerrada no escondía nada detrás.
—Tarjeta puesta, pestillo interior echado y ninguna señal de que hayan forzado la cerradura —dijo mientras caminábamos sobre una moqueta gris que amortiguaba nuestros pasos—. La camarera llamó al encargado cuando no consiguió entrar. Tuvieron que abrir con la herramienta de emergencia.
—Entonces no estaba cerrada.
Molina me miró.
—Sabía que ibas a decir eso.
—La habéis abierto.
—Antes.
—Antes estaba cerrada.
—Gracias, Sergio. Acabamos de retroceder treinta segundos en la conversación.
Junto a la puerta había un agente uniformado hablando con una mujer que llevaba una chaqueta negra con el nombre del hotel bordado sobre el pecho. Tendría poco más de treinta años y mantenía las manos unidas delante del cuerpo, apretándose alternativamente un dedo y después otro.
La puerta permanecía abierta. Sobre la placa metálica se leía 408.
El agente se apartó al vernos.
—La ha encontrado una empleada de limpieza sobre las once menos cuarto. No respondía al teléfono de la habitación ni a los golpes. El encargado abrió después de comprobar en recepción que no había hecho el check-out.
Molina señaló a la mujer.
—¿Ella?
—Sí.
La empleada levantó la vista.
—Yo no entré. Bueno, entré un poco, pero no toqué nada. Vi a la señora en el suelo y salí.
—¿Llegó a acercarse? —pregunté.
Negó rápidamente.
—No. Desde la puerta se veía. Pensé que se había caído y llamé a recepción. Después vino mi jefe y me dijo que saliera al pasillo.
Su voz tenía ese tono de quien lleva una hora explicando lo mismo y continúa preguntándose si alguna de sus respuestas puede meterla en problemas.
—¿A qué hora había intentado limpiar la habitación por primera vez?
—A las nueve y media más o menos, pero estaba puesto el cartel de no molestar. Seguí con las demás y volví después de las diez y media. El cartel seguía ahí.
Miré el pequeño rectángulo de cartón que ahora descansaba sobre una bolsa de evidencias junto a la pared.
—¿Escuchó algo al pasar antes?
—Nada.
—¿Y anoche?
Me miró con desconcierto.
—Yo no estaba.
—Claro.
Molina intervino antes de que pudiera continuar.
—Gracias. Probablemente tendremos que hablar otra vez con usted, pero de momento quédese localizable.
Entramos.
El aire acondicionado estaba demasiado alto y la diferencia con el pasillo se notaba en la cara.
La habitación olía a un perfume suave mezclado con café viejo, aunque sobre la mesa no había ninguna taza.
Científica trabajaba junto a la cama y Pilar estaba agachada cerca del cuerpo con una cámara entre las manos.
Levantó la cabeza.
—Rivas.
—Pilar.
—Antes de que preguntes, todavía no.
—No he preguntado nada.
—Tienes cuarenta segundos dentro de una escena y empiezas a abrir armarios.
Molina pasó junto a mí.
—Se está rehabilitando. Ahora espera casi un minuto.
Pilar regresó a la cámara.
—No me lo creo.
La mujer estaba tendida de lado entre la cama y la pared, con una pierna ligeramente flexionada y un brazo bajo el cuerpo. Llevaba pantalones negros, una blusa clara y únicamente un zapato. El otro estaba cerca del escritorio.
No había sangre.
Tampoco vi muebles desplazados, objetos rotos ni marcas evidentes de una pelea.
Sobre la mesilla había un vaso con una pequeña cantidad de líquido, una botella individual de ginebra abierta y dos envases de medicamentos. Uno de ellos estaba vacío. El otro conservaba varias pastillas.
Me quedé donde estaba.
—¿Identificación?
Molina consultó el teléfono.
—Marta Salcedo Márquez. Cuarenta y cuatro años. Madrid. La habitación está a su nombre y tenemos DNI en el bolso.
—¿Viajaba sola?
—Eso dice la reserva.
Pilar hizo otra fotografía.
—Y antes de que sigáis construyendo teorías, el médico no ha terminado.
—Solo estamos hablando.
—Ese es precisamente vuestro problema.
El forense estaba junto al cuerpo. Se incorporó con cuidado y se quitó un guante.
—Si queréis algo definitivo, llegáis unas cuantas horas pronto.
—¿Y si queremos algo provisional? —preguntó Molina.
—Entonces puedo decepcionaros antes.
Señaló los medicamentos de la mesilla.
—No veo lesiones externas importantes. Hay una pequeña contusión en el codo izquierdo, probablemente de la caída, aunque habrá que comprobarlo.
No hay heridas defensivas que me llamen la atención ni señales evidentes de estrangulación.
Temperatura, rigidez y demás me permiten daros una horquilla amplia.
Entre las tres y las siete de la mañana.
—¿Causa?
—Todavía ninguna que pueda firmar. Los comprimidos están ahí, pero que haya pastillas junto a una persona muerta no significa automáticamente que la hayan matado las pastillas.
Molina miró los dos envases.
—Pero podría ser.
—Claro. También podría haber sufrido una arritmia, una intoxicación, una interacción con el alcohol o veinte cosas más. Si me dejáis llevármela, intentaré reducir la lista.
Me acerqué lo suficiente para observar la mesilla sin invadir la zona marcada.
Uno de los envases correspondía a un ansiolítico. El otro, a medicación para dormir.
—¿Cuántas faltan?
Pilar contestó desde detrás de la cámara.
—Estamos contando.
—¿Habéis encontrado nota?
—No.
—¿Teléfono?
—Encima del escritorio.
Miré hacia allí.
Un móvil permanecía conectado a un cargador junto a una carpeta, una botella de agua cerrada y una pequeña bolsa de papel. Había también una cartera abierta, probablemente dejada así por Científica.
—¿Ordenador?
—No.
Molina se cruzó de brazos.
—Tenemos una mujer sola en un hotel, alcohol, medicación, una habitación cerrada desde dentro y ninguna señal de violencia. Sé que lo voy a lamentar, pero voy a preguntarlo. ¿Qué te molesta?
—Todavía nada.
—Eso sí que me preocupa.
No respondí.
La habitación tendría unos veinticinco metros cuadrados y pertenecía a esa clase de hoteles donde todo intenta parecer ligeramente mejor de lo que es.
Madera oscura. Cortinas gruesas. Una lámpara con pantalla beige.
Dos fotografías de Madrid tan impersonales que podían estar en cualquier ciudad si nadie se molestaba en mirar los edificios.
La cama estaba deshecha únicamente por un lado.
Había una almohada hundida y la sábana superior apartada hacia los pies. En el otro lado, la colcha continuaba prácticamente en su sitio.
El baño estaba abierto. Desde donde me encontraba podía ver una toalla utilizada sobre el lavabo y un pequeño neceser.
Nada parecía especialmente extraño. Precisamente por eso intenté no inventar nada.
Durante las últimas semanas había aprendido una lección que debería haber aprendido mucho antes: encontrar una anomalía no significaba comprenderla.
Con Javier Cárdenas había acertado al desconfiar del piso y me había equivocado varias veces intentando explicar demasiado pronto por qué debía desconfiar.
No tenía intención de enamorarme otra vez de la primera teoría disponible.
Me acerqué al escritorio.
Pilar levantó un dedo sin mirarme.
—Está fotografiado, pero no toques.
—No iba a hacerlo.
—Eso también lo dicen todos.
Sobre la carpeta había un logotipo de una gestoría. El teléfono mostraba la pantalla negra. A un lado descansaban dos pendientes pequeños, un reloj y una tarjeta magnética del hotel.
—¿Solo una tarjeta? —pregunté.
Un técnico respondió desde el baño.
—De momento, sí.
Molina se acercó.
—¿Qué esperabas? ¿Una colección?
—Nada.
—Llevas cinco minutos esperando nada con mucha intensidad.
Me aparté del escritorio y fui hacia el pequeño armario junto a la entrada.
Las puertas estaban abiertas porque Científica ya había comenzado a trabajar allí. Dentro colgaban una chaqueta, dos blusas y un vestido oscuro. En la balda inferior había unos zapatos y una bolsa de tela.
La maleta estaba sobre el soporte.
Abierta. Me detuve frente a ella.
—¿Ya está fotografiada?
Pilar levantó la vista.
—Sí. Puedes mirar. No sacar.
Había ropa doblada, un neceser más pequeño, ropa interior y un cargador enrollado sobre sí mismo. En uno de los laterales descansaban dos camisetas perfectamente plegadas.
Molina apareció detrás de mí.
—Por favor, dime que no vamos a volver a investigar la ropa de un muerto.
—Esta vez es una maleta.
—Mucho mejor.
Me agaché un poco.
No estaba buscando nada concreto. Miré la distribución de las prendas, el hueco vacío junto a los zapatos, una bolsa de plástico doblada en una esquina y una camisa azul colocada encima de todo.
—¿Cuándo llegaba?
Molina consultó los datos.
—Ayer a las seis y doce hizo el check-in.
—¿Y cuándo se iba?
—Hoy.
Volví a mirar la maleta.
—Una noche.
—Eso parece.
—Tiene ropa para más de una noche.
—La gente lleva ropa de más, Sergio.
—Ya lo sé.
—Por una vez me gustaría que pareciera que lo sabes.
Me incorporé.
No era la cantidad. Había aprendido a desconfiar de mis propias primeras impresiones, así que traté de formularlo de otra manera.
Si Marta Salcedo había llegado la tarde anterior y pensaba marcharse aquella mañana, podría haber dejado la ropa dentro. Podría no haber sacado nada salvo lo necesario. Podría haber cambiado de planes. Podría haber preparado la maleta antes de morir.
Todo tenía explicación.
Y una explicación no era una prueba.
Regresé junto al cuerpo.
—¿Tenemos contacto familiar?
—Estamos localizando al marido —respondió Molina—. Julián Ortega. Mismo domicilio. No consta denuncia ni incidencia reciente.
—¿Él sabía que estaba aquí?
—Cuando hablemos con él te lo digo.
El forense cerró su maletín.
—Ya podéis dejar de mirarme. Hasta la autopsia no tengo mucho más.
—¿Podría haber ingerido voluntariamente una cantidad suficiente de pastillas? —pregunté.
—Podría.
—¿Y después moverse por la habitación?
—Dependiendo de qué tomara, cuánto, cuándo y con qué lo mezclara. Si quieres una reconstrucción exacta antes de saber lo que tiene en sangre, también puedo inventármela.
Molina sonrió.
—No le des ideas.
El forense salió.
Durante unos segundos solo se escuchó el disparo suave de la cámara de Pilar y el zumbido constante del aire acondicionado.
Volví a mirar a Marta.
Había algo incómodo en observar a una persona en el momento en que todo lo que había hecho durante las últimas horas empezaba a convertirse en indicios. Un vaso dejaba de ser un vaso. Una pastilla ya no era medicación. Un zapato situado a dos metros podía terminar ocupando una línea en un informe.
La muerte convertía en sospechosas hasta las cosas normales.
—Sergio.
Molina estaba junto al escritorio.
—¿Qué?
—Recepción confirma que pidió despertador a las siete y cuarto.
Lo miré.
—¿Esta mañana?
—Sí. Llamada automática. No respondió.
La información no demostraba nada. Alguien podía decidir suicidarse después de pedir un despertador. Podía cambiar de opinión en cinco minutos o en cinco horas.
Pero modificaba ligeramente la escena.
Me acerqué.
—¿Había solicitado taxi?
—No. Desayuno incluido. Tampoco bajó.
—¿Alguna reunión?
—Todavía no sabemos.
Pilar terminó una serie de fotografías y se incorporó.
—Ahora sí podéis revisar mejor el armario y la mesa, pero avisad antes de mover nada.
Molina señaló la maleta.
—Ya está manteniendo una relación seria con ella.
—No me gusta.
—¿La maleta?
—No.
—¿Qué?
La observé desde donde estaba.
Esta vez intenté explicarlo sin convertir una impresión en una conclusión.
—Si yo fuera a matarme esta noche, probablemente no prepararía un despertador para mañana.
—La gente no se comporta de manera lógica cuando decide hacer algo así.
—Lo sé.
—Y puede haberlo pedido antes.
—También.
Molina esperó.
—Entonces ¿qué?
Miré la habitación de nuevo: el vaso, los medicamentos, la cama utilizada, el teléfono cargando, la ropa preparada para más de un día y aquella maleta abierta.
—Entonces todavía no sé qué pasó aquí.
—Eso es bastante menos dramático de lo habitual.
—Estoy mejorando.
Molina empezó a caminar hacia la puerta.
—Voy a hablar con recepción y a conseguir las cámaras. Intenta no detener a la maleta mientras vuelvo.
Lo seguí con la mirada hasta que salió.
Después observé otra vez a Marta Salcedo.
Todo lo que había en aquella habitación permitía contar una historia sencilla: una mujer había bebido, había tomado demasiadas pastillas y se había encerrado para morir sola.
Podía ser verdad.
Me acerqué a la ventana, sin tocar la cortina, y miré el reflejo de la habitación en el cristal.
La cama. La mesilla. La maleta. El cuerpo.
No encontré nada que contradijera aquella historia. Todavía.
Y por primera vez en mucho tiempo, decidí que eso era suficiente para empezar.