La mujer alfa: Una historia f/f en el omegaverso III #3
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III #3

—Podría acostumbrarme a esto —murmuró la omega, con una sonrisa perezosa.

—Yo también.

Cuando terminó con el cabello, la alfa dejó que la espuma jabonosa resbalara por el cuello de Janet y, con las manos enjabonadas, empezó a recorrer su espalda. Sus dedos descendieron por los hombros, los brazos, hasta rodear con naturalidad su cintura.

Janet rió, sorprendida por las caricias resbaladizas que la hacían estremecerse.

—Te estás tomando tu tiempo —bromeó, sin abrir los ojos.—Solo quiero que quedes bien limpia —contestó Mara con fingida seriedad.

Sus manos subieron, rozando con suavidad los costados y el contorno de sus pechos. La omega soltó una pequeña risa, mitad coqueta, mitad nerviosa.

Al principio caricias inocentes, pero luego los cuidados se centraron una y otra vez sobre la misma área.

—Mara…—¿Sí?—Eso ya está limpio —dijo, entre risas contenidas.

Mara sonrió, bajando un poco las manos hasta rozar sus costillas. Cuando las yemas se deslizaron bajo sus brazos, Janet se encogió de hombros y apartó suavemente las manos de la alfa.

—Vale. Esto sí que ya me lo lavo sola —protestó, divertida.

—Como quieras —aceptó Mara, levantando las manos en señal de rendición.

La alfa se giró hacia el chorro de agua, dejando que el jabón se deslizara por su propio cuerpo. Tomó un poco de champú y empezó a lavarse el cabello, mientras Janet aprovechaba para lavarse las partes más pudorosas.

—Sí, lávate eso bien —rió Mara por encima del hombro, con una sonrisa traviesa—. Que luego igual me lo llevo a la boca.

Las risas estallaron en el baño. La tensión del deseo se mezclaba con la calidez de la complicidad.

Janet observó, fascinada, cómo la alfa se enjabonaba el pelo.

El movimiento elevaba sus brazos, tensando los músculos de su espalda y hombros.

Las gotas de agua se aferraban a la curva de sus pechos, turgentes y firmes, y la línea sutil que marcaba sus abdominales era un camino tentador que guiaba la vista inevitablemente hacia abajo.

—Pásame la esponja —pidió la omega, envalentonada.

Mara se la tendió sin apartar la mirada.

Janet empapó la esponja y la deslizó sobre el hombro de Mara.

El recorrido fue lento, primero por los brazos, luego bajando por el pecho, sorteando sus pezones con una deliberación que hizo que la alfa contuviera el aliento.

No había palabras, solo el sonido del agua y la respiración de Mara, que empezaba a volverse entrecortada.

Sus ojos, antes juguetones, ahora ardían con una necesidad febril.

Finalmente, la esponja llegó al pene de la alfa. La alfa gimió con un murmullo:

—Ten cuidado con eso.

Janet pasó la esponja suavemente por la longitud, arrodillándose en la ducha, para tener mejor acceso. Al igual que en el resto del cuerpo de la alfa, había zonas más rosadas de lo normal, especialmente la punta que estaba inflamada y totalmente rosada.

La omega notó que la alfa se tensaba bajo sus manos, conteniéndose. Levantó la mirada y vió los ojos ambarinos mirándola fijamente, cargada de deseo pero también de una extraña vulnerabilidad.

Janet sonrió. Enjuagó una vez más la esponja y retiró el jabón. Pero continuó acariciando allí.

—¿No está limpio eso ya? —replicó ahora la alfa, con una sonrisa contenida.

—Puede estarlo más.

Dejó de lado la esponja y empezó a acariciarla con las manos.

Durante sus encuentros en el club, apenas había examinado aquella parte de su alfa. Principalmente porque Janet se sentía cohibida bajo la monitorización. Por alguna razón, aquella zona le despertaba curiosidad e incluso deseo, pero a la vez, era un poco tabú.

Ahora, por fin en intimidad, se dejó observar el miembro en detalle. Se erigía sobre un pequeño bosque de vello, cuidadosamente recortado.

Las venas apenas se marcaban en la dureza, quizá ensalzadas por la cercanía del celo. La piel era muy suave, casi como seda. Notaba el latido de la alfa bajo la yema de sus dedos. Janet se sorprendió a sí misma con el adjetivo que llegó a su mente. Era bonito.

En realidad era como toda Mara. Hermosa.

Sin realmente tener ningún plan en mente, la omega se acercó y dejó un beso en la dureza.

—Joder —el quejido de la alfa salió en un soplido.

Aquel gemido despertó algo en la omega.

—¿Te gusta esto? —preguntó extrañada, apenas había sido un roce de sus labios—. Pensaba que solo tenías sensibilidad en la punta.

Mara rió nerviosamente.

—Es… Es— intentó la alfa encontrar las palabras—. Es distinto. Es sugestivo, es la visión de tenerte ahí. La implicación de lo que podría pasar…

Mientras explicaba, Janet volvió a besar el mismo sitio.

Un estremecimiento recorrió a la alfa, que soltó un gruñido.

La omega fue un paso más allá y esta vez pasó la lengua por la dureza, como si fuese un helado.

La alfa cortocircuitó.

—Joder—dijo intentando mantener la calma—. Cariño, no… No tienes porqué hacer eso.

—¿No te gusta?

La alfa se inclinó y posicionó las manos en las mejillas de la omega.

—Me encanta, pero no necesitas forzarte a hacer esto.

Janet frunció el ceño.

—No, me estoy forzando, Mara. Realmente me gusta—dijo con seguridad—. No sé hasta dónde quiero ir, pero me gusta explorar.

La alfa la miró a los ojos, descubriendo solo honestidad.

—¿Estás segura?

La omega simplemente asintió. Y la alfa confió en ella.

—Podemos parar esto cuando tú quieras.

—Lo mismo digo.

Las manos de la alfa se retiraron de la cara de Janet. Pero no se fueron muy lejos. La mano derecha se posicionó levemente en su pelo. Simplemente era una caricia acompañando su movimiento. La omega tenía el mando.

Janet empezó a explorar. Acariciando con la mano, acompañando con la lengua. Prestando atención a la reacción de Mara. Repitiendo todo lo que funcionaba.

La alfa no tardó mucho. Soltaba pequeños suspiros y gruñidos ante las atenciones de la omega. Arriba, abajo, húmedo.

—Joder, Janet.

Escuchar su nombre en los labios de la alfa era una dulce novedad. Sabía que de no estar arrodillada, aquel sonido haría temblar sus rodillas.

—Me estás volviendo loca…

Realmente no buscaba hacerla llegar. Aquello era un subproducto de lo que realmente quería, explorar, oler, probar a la alfa.

La respiración de la alfa subió su ritmo, la mano en su pelo se tensó y la apartó de su cuerpo. La mano de la alfa abarcó su propio miembro y apuntó lejos de la omega.

Hileras blancas mancharon el azulejo de la ducha de manera rítmica. La omega observó en silencio, ensimismada, escuchando los gemidos de la alfa llenar la ducha.

Tras unos instantes, la respiración de Mara fue volviendo a su ritmo natural.

Extendió una mano hacia Janet.

—Ven aquí.

La ayudó a incorporarse y la atrajo de nuevo a su pecho. El agua seguía cayendo, tibia, arrastrando con ella el temblor de lo que acababa de ocurrir.

—Supongo que te ha gustado —bromeó la omega, con una sonrisa entre tímida y satisfecha.

Mara negó despacio, aún sonriendo.

—Eres increíble —susurró cerca de sus labios, antes de besarlos con suavidad.

El contacto se prolongó, sin urgencia, solo la necesidad de sentir a la otra.

Los brazos de ambas se cerraron en un abrazo firme, silencioso, como si el resto del mundo hubiese desaparecido bajo el murmullo del agua.

◆◆◆

Salieron de la ducha arrugadas, pero satisfechas. Mara le ofreció un albornoz que le quedaba algo grande, y Janet sonrió al verse envuelta en él.

Ambas se peinaron frente al espejo, en silencio, hasta que la alfa tomó la iniciativa y la condujo hacia la habitación.La cama era enorme, cubierta de sábanas claras y perfectamente tendida.

—Esta cama es enorme —comentó Janet, dejándose caer sobre ella con un suspiro cómodo.—Demasiado solitaria —replicó Mara, apoyándose en un codo junto a ella.—No hoy.

Se fundieron en un beso, lento al principio, luego más profundo. La respiración de Mara se volvió más pesada; sus sentidos, cada vez más encendidos por el celo que se acercaba.

Pero de pronto se separó un poco, su mirada buscando la de Janet.—Antes de empezar… quiero que quede claro algo —dijo, con una seriedad inesperada—. Si algo no te gusta, me lo dices. Me pides que pare.Janet asintió, sin perder la sonrisa.—Va a estar bien.

Mara negó con la cabeza, insistiendo:—Y si no paro… —tomó las manos de Janet y las colocó suavemente sobre sus orejas—. Aquí. Pégame con las manos planas, justo aquí. Eso me saca del instinto.

Janet la miró con ternura. En lugar de apartarse, acarició su cabello con cuidado.—No va a hacer falta —susurró—. Todo va a estar bien, Mara.

Las palabras quedaron flotando entre ambas.

Mara la observó un segundo más, y después simplemente cedió, acercándose otra vez hasta que el espacio entre ellas desapareció.

La alfa fue la primera en moverse. La atrajo hacia sí con una lentitud casi reverente y comenzó a besarla, explorando su cuerpo con una calma que contrastaba con el pulso acelerado de ambas. Los albornoces pronto cayeron al suelo olvidados.

Las manos de Mara encontraron el camino por instinto, bajando de su boca a sus pechos. Estuvo allí un rato largo, lamiendo. Mordisqueó los pezones de la omega, que simplemente se dejó llevar.

Ser omega en una noche de un celo alfa no era difícil.

El alfa quería hacerlo todo, el sitio de la omega era simplemente recibir. Janet cerró los ojos y se dejó guiar, sintiendo cómo la atención se volcaba ahora sobre ella. Era todo un placer.

Eventualmente la alfa siguió con su camino, trazando un mar de besos húmedos hacia el sur. El aire se volvió pesado, cargado del olor de la alfa, del preludio de su celo que ya comenzaba a inundar la habitación.

Pronto su boca y su lengua volvieron a su intimidad. De vez en cuando, pegaba su nariz contra ella. Era extraño, pero la omega estaba cada vez más encendida.

La lengua trazaba patrones interesantes pero realmente no parecía tener prisa. Suavemente saboreó a la omega. Sus instintos aplacados por la cercanía de una pareja.

Janet volvió a suspirar y cerró los ojos, concentrándose en las sensaciones que recorrían su cuerpo de forma paciente.

Podía acostumbrarse a esto.

Poco a poco, la boca cálida de la alfa la acercó rítmicamente al orgasmo.

—Joder, Mara. Por favor —susurró mientras la alfa parecía evitar sus puntos más sensibles a propósito.

Pero su alfa, siempre atenta, succionó en el lugar adecuado, disparando el primer orgasmo de la noche para la omega.

Mara acompañó las olas de placer con lametones más suaves.

La cabeza de Janet apenas se podía agarrar a la realidad.

Tardó unos minutos en recuperarse y darse cuenta de que la alfa no solo seguía concentrada entre sus piernas sino que además había empezado a moverse de nuevo.

La sensación empezaba a ser demasiado desbordante. La omega, con suavidad, la tomó del rostro, haciéndola detenerse.

—Eh… despacio —susurró—. Eso es demasiado.

La mirada ámbar buscó la suya, confusa y encendida, hasta que la comprensión regresó a sus ojos. Janet sonrió y tiró de su cara para que se posicionase sobre ella. Sus lenguas volvieron a bailar.

—Ya estás en celo —la alfa asintió a la afirmación de la omega—. ¿Quieres entrar en mí?

Tomándole la palabra, la alfa posicionó rápidamente sus caderas sobre la intimidad más que lubricada. Con un breve movimiento, la dureza entró en Janet.

Ambas gimieron ante la sensación.

Inesperadamente para Janet, la alfa tomó un ritmo lento, aunque constante. No se quejó, después de sus atenciones, no necesitaba un ritmo brutal, pero en su cabeza esperaba que el celo del alfa fuese muy intenso.

Con el paso de los minutos lo entendió. Allí en su casa, en la cama del alfa, no había ningún peligro.

Ningún otro alfa que pudiese robar la omega disponible.

Así que no había necesidad de tomarla y anudarla bruscamente, para garantizar el objetivo del celo.

Especialmente cuando la omega estaba totalmente dispuesta a permitir tantos intentos como la alfa desease.

En lugar de brutalidad, la estamina del alfa había sido incrementada. Su ritmo constante golpeaba en su interior sin aparente esfuerzo de la alfa. Que de nuevo pareció entretenerse besando y lamiendo la piel de la omega. Cuello, hombros, pechos…

Janet se rindió ante la expectativa y abrió las piernas, dejando que la alfa hiciese con ella lo que quisiera.

Además ella estaba sacando su parte del intercambio.

Cada embestida era correspondida con sus caderas. Solo salían gemidos entrecortados y respiraciones temblorosas de Janet. Especialmente cuando la alfa le murmuraba lo buena omega que era y lo bien que se sentía al oído.

El miembro de la alfa empezó a crecer y no tardó en anudarse con un empuje contundente. Sin embargo, no paró de moverse. Dentro de ella, el nudo se movía apenas milímetros pero el pubis de la alfa presionaba rítmicamente el clítoris de la omega.

Cuando Janet notó el primer chorro desatarse en su interior, no pudo evitar tornar los ojos y recordar cómo el semen había mojado la pared del baño apenas unos minutos antes. Ahora la alfa estaba en su interior y solo el pensamiento de Mara derramándose en el interior la hizo llegar una vez más.

—Buena omega, tómalo.

Mara estaba totalmente entregada a su papel de alfa, meciéndose con necesidad, con la cabeza escondida en el cuello de la omega. Lamiendo toda la piel que podía encontrar.

Definitivamente la noche iba a ser muy larga.