III #2
—Hay un sitio aquí —dijo, girando el volante con una sonrisa—. Se ve la ciudad.
El coche se detuvo en un mirador discreto, con la vista extendiéndose sobre las luces lejanas. El murmullo del motor se apagó.
Mara echó el asiento un poco hacia atrás, abrió la bolsa y repartió las hamburguesas y las patatas. El olor a comida caliente llenó el coche.
—No tenía ni idea de que te encontraría en el súper —confesó, tras un bocado—.
La verdad, casi nunca voy allí, me pilla un poco lejos.
Solo voy a por los supresores. Hace mucho que no los usaba…
—hizo una pausa, pensativa—. Y cuando me metí en la cola no me di cuenta de que eras tú la cajera.
Había demasiada gente. Para cuando te olí, ya estaba a mitad de la fila.
Y… —una sonrisa casi tímida se le escapó— me sentí rara yéndome.
Janet la observó en silencio, dándole un bocado a su hamburguesa. La idea de que la alfa se hubiera sentido “rara” por ella le pareció casi absurda, y sin embargo reconfortante.
—¿Tu celo está cerca? —preguntó al fin.
Mara asintió, mirando por la ventana.
—Mañana. Probablemente.
—¿Es verdad lo que me dijiste antes? —la voz de Janet sonó un poco más suave—. Que no quieres ir al club.
Mara se tomó unos segundos antes de responder. Cogió una patata, la giró entre los dedos, y habló sin mirar a Janet.
—Honestamente… —exhaló con una leve risa incrédula— antes de encontrarte aquella vez, estaba bastante cansada de ir. Sentía que molestaba a las omegas. No todas quieren mis atenciones. Que te rechacen tantas veces acaba haciendo daño al ego.
Janet levantó la vista, sorprendida por la franqueza. Había algo desarmante en ver a una alfa tan segura titubear al admitirlo.
—No se me había ocurrido —respondió, casi en un susurro.
—Lo sé. —Mara sonrió apenas—. Pero es verdad. Supongo que tú… cambiaste un poco eso.—¿Eso?—La forma en que veía el club. Pero no puedo aparecer allí y esperar encontrarte. A mí me llamarían en seguida si tú vas de improvisto… pero yo no tengo ese privilegio.
Janet rió, un poco avergonzada.—Las omegas tenemos trato de favor en el club.
Mara ladeó la cabeza, sonriendo con cierta ironía.—No exactamente. Los alfas también tenemos nuestras ventajas. —Hizo una pausa, jugueteando con una servilleta—. Aunque quizá fue presuntuoso de mi parte pensar que querrías pasar mi celo conmigo.
—Tú has pasado dos celos conmigo —replicó Janet con una sonrisa tímida—. Sería justo que te devolviera el favor.
Mara levantó la mirada. Sus ojos ámbar se encontraron con los suyos, igual que tantas veces antes, con esa mezcla de calma y deseo que Janet ya conocía demasiado bien.
—¿Eso es lo que hacemos, omega? ¿Devolvernos favores?
La pregunta la desarmó. Durante semanas había querido creer que sí, que aquello no era más que un intercambio.
Un acuerdo funcional. Pero cada encuentro había ido erosionando esa mentira. Lo que sentía no era solo deseo, y ambas lo sabían.
—En teoría, eso hacemos en el club —susurró al fin.
Mara rió suavemente, el sonido vibrando en el pequeño espacio del coche.
—Se nos da demasiado bien la práctica para que esa sea la teoría.
La alfa apartó su comida, inclinándose un poco hacia delante para alcanzar su bebida.
—En fin, omega —dijo Mara, cambiando el tono con una sonrisa que apenas ocultaba algo más profundo—. Pásame los supresores, están en la guantera. Debería empezar a tomarlos ya.
Janet dudó, la mano detenida a medio camino.
—No…Eso sería un desperdicio. —La frase se le escapó antes de pensarlo—. ¿Por qué? ¿No quieres pasar el celo conmigo?
El silencio que siguió fue breve, pero se sintió pesado. Una punzada de decepción le recorrió el pecho, acompañada por ese tirón instintivo que rugía dentro de ella ante la idea de ser rechazada por su alfa.
—No quiero forzarte a algo así —respondió Mara al fin, su voz más baja, casi contenida—. Imponer esto sin aviso… no sería justo para ti.
Janet inclinó la cabeza, estudiándola. La perspectiva de compartir un celo con Mara no le resultaba en absoluto incómoda; al contrario, la idea la atraía de una manera casi vertiginosa.
—Mara —susurró, saboreando el nombre en sus labios—. Me gustaría ayudarte con esto.
—No me tienes que devolver nada, Janet. —La alfa negó despacio—. Todo lo que he hecho, lo he hecho porque quería. Y he disfrutado de ello.
—Lo mismo digo —replicó la omega, soltando un resoplido frustrado. Empezaba a enfadarse ante lo que sonaba demasiado parecido a un rechazo. ¿Acaso no había quedado claro en todos sus encuentros cuánto disfrutaba de todo lo que hacían juntas?
Un gruñido suave, gutural, escapó de la garganta de Mara. Janet la miró sorprendida justo cuando la alfa, visiblemente tensa, bajó la ventanilla.
El aire frío de la noche entró en el coche.
—Me estás volviendo loca —susurró la alfa, casi con un tono de advertencia.
Janet lo entendió sin que hiciera falta más. No era rechazo. Era contención. Mara estaba respondiendo a su cuerpo de omega, a su reacción ante la expectativa de estar con su alfa. El instinto latía entre ambas, cada vez más acuciante.
—¿Realmente quieres los supresores? —preguntó Janet por última vez.
La alfa negó despacio con la cabeza.—Creo que mi celo se va a adelantar. Lo noto. Quizá esta noche.
La omega asintió, su voz se suavizó.—Estoy aquí para ti.
Un silencio se instaló entre las dos. No era incómodo; era denso, expectante. Había una decisión implícita flotando en el aire.
—¿Quieres que vayamos al club? —preguntó Mara al cabo de un momento—. Puedo acercarte a donde quieras si necesitas recoger algo… y luego podemos ir.
Janet negó con la cabeza.—La verdad es que me gustaría no ir al club.
Mara alzó una ceja, curiosa.—¿No?
—No quiero estar bajo la mirada de los betas. Quiero estar tranquila, tener intimidad.
—Los betas están ahí para protegerte.
—No hace falta que me protejan de ti.
—Estaré en celo, Janet.
—Si te digo que pares, pararás.
—Por supuesto.
—¿Entonces, cuál es el problema?
Durante un segundo, Janet creyó notar cómo las pupilas de la alfa se dilataban sobre el ámbar, tragándose casi todo el color.
—¿Qué propones? —preguntó Mara, su voz ahora más grave—. ¿Dónde? Puedo buscar algún hotel o…
—No. —La omega negó, tajante, pero sin dureza—. Tu casa o la mía.
Mara la observó un instante más, como si necesitara asegurarse de que hablaban en serio las dos.
—La mía entonces —replicó por fin.
◆◆◆
El edificio de Mara estaba en una zona tranquila, cerca del centro. Subieron en silencio por el ascensor, las luces cálidas reflejándose en las puertas metálicas. Janet sentía la adrenalina todavía en el cuerpo, una mezcla de nervios y expectación.
Cuando entraron al apartamento, lo primero que la sorprendió fue el orden. Todo estaba impecablemente colocado: los cojines del sofá alineados, las superficies despejadas, ni un objeto fuera de sitio.
—Vaya… —murmuró, mirando a su alrededor—. No sé qué esperaba, pero no esto.
Mara arqueó una ceja mientras dejaba las llaves sobre un pequeño cuenco de cerámica.
—¿Qué esperabas?
—No lo sé… —Janet sonrió, algo avergonzada—. Hay un estereotipo de que los alfas sois un poco… dejados.
Mara soltó una risa suave, el sonido grave resonando en el silencio del piso.
—Supongo que me gusta tener las cosas en su sitio.
Janet asintió, aún observando los detalles: los libros organizados por color, las plantas perfectamente cuidadas, el aroma limpio a madera y jabón. En cierto modo, aquella precisión le encajaba con la mujer que había visto tantas veces controlando la situación en el club.
—¿Te apetece una ducha? —preguntó Mara, interrumpiendo sus pensamientos.
—¿Puedo? —respondió Janet, más por educación que por duda.
—Claro. Has trabajado todo el día, debes de estar agotada —la alfa le hizo un gesto hacia el pasillo—. Ven, te enseño.
El baño era amplio, decorado en tonos piedra, con una gran ducha de cristal.
Janet se desnudó con movimientos lentos, sin rastro de vergüenza. Después de todos los encuentros que habían tenido en el club, lo extraño no era mostrarse ante la alfa, sino estar vestida frente a ella.
—Pasa tú primero —dijo Mara, apartándose un poco.
Pero Janet negó, sonriendo con suavidad.
—Podemos compartirla. Si no te importa.
La alfa la observó en silencio unos segundos, midiendo la propuesta, antes de asentir.
—De acuerdo.
Mara se deshizo de su ropa con la misma naturalidad con la que mandaba: cada movimiento era preciso, seguro. En pocos instantes, ambas estaban bajo el agua tibia.El vapor se elevaba en torno a ellas, envolviéndolas en una burbuja de intimidad.
La alfa se acercó y, sin decir palabra, la atrajo entre sus brazos.
El agua templada se deslizaba entre ambass, difuminando la frontera de sus siluetas. Janet cerró los ojos cuando sintió las manos de Mara en su espalda, recorriéndola con lentitud, como si quisiera memorizar cada curva, cada respiración.
No había prisa. Aunque el celo de la alfa era inminente, aún les quedaban unos momentos de calma.
Mara apoyó la frente contra la de la omega.
—Me alegro de haberte encontrado —susurró.
Janet se puso de puntillas para besarla. Fue un beso leve, un roce apenas, pero cargado de promesas.
La piel de Mara mostraba ya los primeros signos de su celo: un rubor cálido en las mejillas, destellos rosados que aparecían en su cuello y pecho. Sus ojos, cada vez más oscuros, se fijaron en Janet con una intensidad que la hizo contener el aliento. Entre ambas, la tensión tomó forma física.
Antes de que pudiera responder, Mara la separó suavemente y alcanzó el champú.
—Hemos venido a ducharnos —dijo, con una sonrisa casi divertida—. Gírate. Voy a lavar ese pelo.
La alfa abrió el frasco de champú y dejó que el aroma llenara el pequeño espacio de la ducha.
—Inclina un poco la cabeza —pidió con voz suave.
Janet obedeció, cerrando los ojos mientras sentía los dedos de la alfa hundirse entre su cabello, masajeando con lentitud. El agua tibia arrastraba la espuma, y cada movimiento era un roce cuidadoso, casi reverente.