La mujer alfa: Una historia f/f en el omegaverso III
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III

Las semanas empezaron a pasar volando.

Las visitas al club se integraron en su rutina con una naturalidad inquietante. Después de cada encuentro, una de las dos proponía un día para volver a verse y pasaban un buen rato juntas.

Eventualmente, su celo regresó, y lo disfrutaron tanto como la primera vez. Janet había decidido aprovechar el tiempo que pudiera con la alfa, siguiendo al pie de la letra el consejo de Alex: disfrutar mientras durara. Ya se aburriría de aquella mujer, tarde o temprano.

Se había convencido de que todo era perfectamente normal. Una manera inofensiva de liberar tensión, de distraerse del trabajo, del cansancio, del mundo.

Cada vez que pensamientos más incómodos o deprimentes intentaban colarse en su mente, los empujaba hacia el fondo, como quien aparta una voz molesta.

Porque, en el fondo, sabía que aquella dinámica era absurda. Eran dos desconocidas. Ni siquiera sabían el nombre la una de la otra. Pero no importaba. Aquello era placer, nada más. Un rato de intimidad y después cada una a su casa. Sin compromisos, sin preguntas, sin complicaciones.

Especialmente porque, seguramente, la alfa veía a otras omegas cuando ella no estaba. Janet se negaba a pensar en ello. Pero, de vez en cuando, la imagen de la alfa con otra mujer en sus brazos cruzaba fugazmente su mente.

Se decía que no le importaba.

Se repetía que era normal.

Que la atracción que le provocaba aquella mujer —que la hacía temblar con solo mirarla— desaparecería pronto, en cuanto dejara de ser novedad.

Que su acuerdo era perfecto tal como estaba.

Porque, por supuesto, todo aquello era temporal. Conveniente.

Y era fácil creerlo. Porque, si lo pensaba con frialdad, debía de ser solo eso para la alfa: una compañera más del club.

◆◆◆

Su trabajo no ayudaba precisamente a mantenerla ocupada mentalmente.

Atender la caja era algo que podía hacer casi con los ojos cerrados. A menos que fuese hora punta, las frases se repetían de memoria: “¿Desea bolsa?”, “Gracias, que tenga un buen día”, bip, bip, producto tras producto.

Ni siquiera tenía que pensar en el cambio; el ordenador hacía el cálculo por ella.

Así que su cabeza se dividía entre dos pensamientos recurrentes que iban turnándose a lo largo de la semana.

O bien se perdía recordando las cosas que habían dicho la última vez. Analizaba cada palabra de la alfa como si intentara descifrar un acertijo, buscando entre líneas algo que le permitiera construir una imagen más completa de aquella mujer misteriosa.

O bien su mente se llenaba de pura anticipación por el siguiente encuentro: ¿qué podría contarle? ¿Qué preguntas serían demasiado personales? ¿Hasta dónde podía acercarse sin romper las reglas?

En un intento de distraerse un poco de aquella obsesión, había inventado un juego.

Imaginaba la vida de los clientes según lo que llevaban en sus cestas.

Una omega con cara de cansancio y una compra grande: seguro que tenía niños, quizá un bebé. Sí, seguro que un bebé… Había pañales en el carro.

Un alfa con comida precocinada y un pack de cervezas: probablemente soltero.

Una beta con compresas y helado de chocolate: semana dura.

Le sonrió con cierta complicidad.

Era sorprendente la cantidad de cosas que podía contar una compra.

◆◆◆

Sobre las cinco siempre había un pico de gente comprando. La gente salía del trabajo y pasaba a comprar algo rápido antes de irse a casa.

La cola crecía y Janet se esforzaba por mantener el ritmo. Era la única caja abierta, y podía sentir la mirada de su encargada en la nuca, impaciente por la lentitud con que avanzaba la fila.

Una caja de supresores para alfa cayó sobre la cinta. Casi ni levantó la vista cuando preguntó, por reflejo, si quería bolsa.

Pero se quedó helada al encontrarse con unos ojos conocidos. Penetrantes. Ámbar.

Su alfa.

—Ho-hola —balbuceó.

Las frases automáticas de atención al cliente se le atascaron en la garganta.

—Hola —respondió la mujer, alzando una ceja con esa media sonrisa que Janet conocía demasiado bien.

Janet intentó recuperar la compostura y escaneó el único producto de la cesta. Pero su mente ya corría a toda velocidad.

¿Supresores? ¿Por qué?

No era una buena alternativa, no para una alfa. No cuando existía el club. No cuando tenían… eso.

Levantó la vista con disimulo. La alfa no mostraba señales de celo. No todavía.—Tres setenta —anunció Janet, intentando sonar profesional.—Con tarjeta, por favor.

¿Eso iba a ser todo? ¿Su primer encuentro fuera del club reducido a una transacción absurda?

La fila no disminuía. El reloj de la pared marcaba las 17:07. La alfa acercó su reloj inteligente al terminal, esperó el pitido y tomó la bolsa.

—Gracias. Buen día —dijo con una sonrisa ladeada, una chispa de diversión en la mirada.

No supo qué la impulsó a hacerlo. Aquello rompía todas las reglas. Pero había algo en su interior que se negaba a que, de alguna manera, la alfa la hubiese ignorado.

—Espera —la llamó, sin pensarlo. La alfa se giró, sorprendida—. En veinte minutos tengo un descanso. ¿Puedes esperar?

La alfa la miró un segundo… y luego rió, con esa voz grave que Janet había escuchado tan cerca de su oído.

—Claro. Te espero.

Janet la siguió con la mirada mientras se alejaba hacia el puesto de bebidas calientes.Los siguientes veinte minutos se le hicieron eternos.

El vapor del puesto de bebidas le envolvió el rostro apenas llegó. La alfa la esperaba, apoyada contra la barra alta, con un vaso de cartón entre las manos. Aun vestida con ropa de calle —una chaqueta oscura, el cabello recogido con descuido— seguía irradiando esa presencia imposible de ignorar.

—Pensé que no ibas a venir —dijo con una media sonrisa.

—Tampoco yo estaba segura —admitió Janet, jugueteando con la manga de su uniforme. Se había retrasado un poco, la fila no había dado tregua y su compañera había tardado en abrir la segunda caja.

Un silencio incómodo se instaló entre las dos. La alfa la observó por un momento antes de apartar la mirada hacia el vapor que salía del vaso.

—Sabes que esto… —dijo, con un gesto vago entre ellas— rompe todas las reglas.

—Lo sé. Lo siento. No debería haberte pedido esperar.

—A estas alturas, ya da igual —contestó la alfa con un tono suave, sin reproche, solo cansancio. Dio un sorbo a su bebida—. Ya está hecho.

Janet no supo qué decir. Miró el suelo, buscando palabras que no llegaban. Finalmente, soltó lo primero que le vino a la mente.

—Vi lo que comprabas. Los supresores…

Los ojos ámbar se alzaron hacia ella, serenos pero con algo contenido detrás.

—No tengo manera de hacer que vayas al club.

Janet frunció el ceño.

—Pero… hay más omegas en el club.

Por un momento, la alfa dudó. La vio debatirse entre la reserva y la sinceridad. Finalmente, exhaló.

—No tengo interés en las demás omegas.

Las palabras quedaron flotando en el aire, tan simples como devastadoras. Janet sintió que algo se le apretaba en el pecho, un calor inesperado que subió hasta la garganta.

No tuvo tiempo de responder. Su encargada, al otro lado del pasillo, le lanzó una mirada inequívoca. El descanso, especialmente breve aquel día, había terminado.

—Tengo que volver —dijo en voz baja, separándose del puesto para recolocarse nerviosamente la chaquetilla de empleada.

La alfa asintió, pero antes de que pudiera dar otro paso, su mano se posó con suavidad sobre su brazo. El contacto fue suficiente para detenerla.

—¿A qué hora sales? —preguntó la alfa, con una intensidad que no admitía evasivas.

—A las nueve.

—Espérame.

Janet asintió sin pensarlo.

◆◆◆

A las nueve en punto, Janet salió del supermercado. Ya sin el uniforme, con el cabello suelto y un abrigo ligero, sintió que el aire nocturno le enfriaba el rostro y le revolvía el nudo en el estómago.

En la entrada, apoyada contra una columna, estaba su alfa. La ubicó al instante: la postura relajada, el abrigo oscuro, el móvil en la mano. Parecía distraída, pero en cuanto las puertas automáticas se abrieron, levantó la vista y la sonrisa que le dedicó bastó para detenerle el corazón un segundo.

—Buenas noches —saludó la alfa, guardando el móvil en el bolsillo.

Janet asintió, con una media sonrisa que no disimulaba del todo su nerviosismo.

Caminaron unos pasos en silencio hasta el borde de la acera. La alfa señaló con un gesto el coche aparcado un poco más adelante, un sedán oscuro y pulcro, tan sobrio como ella.

—¿Has venido caminando? —preguntó, abriendo el asiento del copiloto.

—Sí, vivo a unas calles —respondió Janet, encogiéndose de hombros.

—Entonces te llevo. O… —su tono se volvió más casual— ¿te apetece cenar algo? Sé que es tarde.

Janet se giró hacia ella, sorprendida por la propuesta. La alfa sonreía con una calma que desarmaba.

—Podría comer algo —admitió, al fin.

—Perfecto. —La alfa le sostuvo la puerta abierta y esperó a que subiera—. No prometo un sitio elegante.

Mientras el motor arrancaba, el silencio volvió, cargado de algo nuevo. La ciudad nocturna pasaba a su alrededor, las luces reflejándose en los cristales del coche.

—Así que Janet, ¿eh? —rompió la alfa, con una sonrisa apenas audible en su voz.

—¿Cómo sabes…?

—Tu etiqueta de empleada —dijo, sin apartar la vista de la carretera—. Janet. Es un nombre bonito.

La omega se ruborizó ligeramente.

—Supongo que no tiene sentido ocultarlo. Pero supongo que es justo —se envalentonó la omega, lanzándole una mirada fugaz—... Que yo también sepa el tuyo.

Hubo una breve pausa, como si la alfa estuviera reflexionando antes de romper el anonimato del club.

—Me llamo Mara.

Janet asintió, repitiendo el nombre para sí, como si quisiera probar su peso.

—Mara. Te queda bien.

Mara sonrió, visiblemente complacida.

—¿Qué te parece si vamos al drive-thru? —preguntó—. A esta hora casi no hay nada más abierto.

—Me parece perfecto.

No tardaron en llegar al sitio y recoger la comida rápida. Las luces del drive-thru proyectaban un resplandor rojizo sobre el coche mientras Mara maniobraba con precisión, buscando un lugar más apartado.