La mujer alfa: Una historia f/f en el omegaverso II #2
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II #2

Janet se quedó quieta, procesando sus palabras. ¿La única alfa mujer del club? Si eso era así, cuando la última vez le dijo que pidiese una alfa en la recepción…. Le había dado una forma de concertar una cita con ella.

—¿No hay más lesbianas en el club? —preguntó casi en voz alta.

—Estoy yo —rió con un dejo amargo, y luego suspiró—. La mayoría de las omegas que aceptan pasar un celo conmigo son bisexuales. Mis atenciones tienen el mismo valor para ellas que las de un macho.

El silencio se instaló entre las dos, denso y cómodo a la vez. Janet podía sentir el latido de la otra a través de su pecho. No había urgencia, no había frenesí.

—¿Te han obligado a venir? —preguntó, insegura.

—No —respondió la alfa, acariciando su mejilla con el dorso de la mano—. Podría declinar la oferta, no hay nada obligatorio aquí. Pero no quería perderme esto.

Los nervios volvieron a treparle por el cuerpo, una mezcla de expectación y deseo. De repente fue demasiado consciente de cada centímetro de piel presionando contra el cuerpo desnudo de la alfa.

El peso de los pechos de la otra rozaba su brazo, cálidos, suaves. Una corriente eléctrica le recorrió el cuerpo. No podía evitar imaginar cómo se verían, cómo sería tocarlos, sostenerlos.

Pero más allá de la curiosidad carnal, había otra más intensa: quería mirar. Quería ver la cara de la alfa, esa voz que sonaba firme pero dulce, esa respiración que ahora compartían.

Ya no necesitaba la oscuridad.—¿Está bien si me quito la venda? —preguntó en voz baja.

Hubo un silencio breve, apenas un instante en el que ambas parecieron medir la magnitud de esa pregunta.Luego, la alfa asintió.—Claro —susurró—. Quiero que me veas.

Janet levantó las manos, y con un temblor leve, deslizó la tela hacia arriba. La luz suave de la habitación la cegó por un instante. Parpadeó, y entonces la vio.

La alfa era más joven de lo que había imaginado, quizás de su misma edad, treinta, tal vez un poco menos.

Su rostro tenía líneas suaves, una belleza serena que contrastaba con la fuerza que transmitía su cuerpo.

El cabello oscuro, recogido en una trenza floja, le caía sobre un hombro.

Los labios, carnosos, estaban curvados en una sonrisa tranquila; los ojos, de un color ámbar profundo, la observaban con una mezcla de ternura y deseo contenido.

Janet se quedó sin palabras. Sus ojos descendieron por el cuello, por los hombros bien definidos, por los brazos fuertes que la rodeaban.

Su cuerpo era todo músculo y elegancia, una composición de fuerza contenida.

Tan en forma que Janet se sintió súbitamente tímida, consciente de sus propias curvas blandas, de sus muslos tensos sobre las piernas de ella.

—Eres… muy guapa —murmuró, casi como un pensamiento que se le escapaba.

La alfa sonrió, y la mirada que le devolvió fue tan intensa que Janet tuvo que apartar los ojos un instante. Fue entonces cuando lo vio.

Por el rabillo del ojo notó que las cortinas del cubículo estaban entreabiertas. La habitación no estaba completamente cerrada. Y, más allá, distinguió a un beta con uniforme claro caminando despacio, una tableta en la mano. Estaba haciendo una ronda de monitorización.

Bufó, pero la vergüenza le subió a las mejillas. La incomodidad la atravesó de golpe. Bajó la mirada, deseando fundirse con las sábanas, pero una mano firme la detuvo.

La alfa la tomó suavemente de la barbilla y le giró el rostro hacia ella.

—Eh… —susurró con voz baja, segura—. Mírame.

Los ojos ámbar de la alfa capturaron los suyos, cálidos y firmes. Janet obedeció casi por instinto.

—Es normal —continuó la alfa, acariciándole el mentón con el pulgar—. Los betas están de guardia por seguridad. A veces los alfas… se dejan llevar demasiado. Su trabajo es intervenir si algo se descontrola.

—No sé, me dan repelús —admitió Janet, apenas en un hilo de voz—. ¿Cómo haces para ignorarlos?

Una sonrisa ladeada se dibujó en los labios de la alfa.

—Normalmente me concentro en mi acompañante —su tono se volvió un poco más bajo, casi juguetón—. No tuve ningún problema contigo la última vez. ¿Crees que podrás hacer eso? Prometo que tengo un cuerpo bastante entretenido.

Janet soltó una risa nerviosa. La tensión que la encogía se disolvió poco a poco. La alfa siguió sujetándola del rostro, sin prisa, sin invadir.

—Aquí estás a salvo —murmuró, acercando la frente a la suya—. Podemos parar cuando tú quieras.

Los labios de la alfa rozaron suavemente los suyos, un roce leve, casi una pregunta.

El roce fue tan ligero que Janet no supo si había sido real o imaginado. Un estremecimiento le recorrió la espalda. No había feromonas esta vez, ni el fuego del celo empujando sus actos, pero la sensación era igual de poderosa.

La alfa se apartó apenas un centímetro, lo justo para mirarla a los ojos.

—Así —susurró—. Mucho mejor verte sin la venda.

Janet asintió sin poder evitar una sonrisa.

—Eres muy guapa —repitió sus palabras, con la voz apenas audible.

La alfa arqueó una ceja, divertida.

—Lo mismo iba a decirte —respondió, y con un gesto lento, apartó un mechón de cabello del rostro de Janet—. Pero pareces más tímida de lo que recordaba.

—No hay celo —contestó ella, intentando reír—. Es distinto.

—Sí… —la alfa la observó con una mezcla de ternura y deseo—. Pero no peor.

Sus manos se deslizaron por la espalda de Janet, sin urgencia, simplemente explorando.

Cada movimiento parecía una caricia que pedía permiso.

Janet notó cómo su cuerpo respondía. Sus pechos rozando con los de la alfa.

Suspiró ante la sensación. No echó de menos el frenesí de la última vez, ahora podía descubrir aquel cuerpo de una forma más consciente.

El mundo se redujo al calor compartido entre ambas. Las cortinas entreabiertas, las rondas de los betas, las normas del club… todo desapareció. Solo existían ellas dos, la piel siendo descubierta por las manos de la otra.

Janet subió las manos con cuidado, recorriendo el torso firme de la alfa hasta llegar a sus pechos. Los dedos se detuvieron sobre los picos tensos, y la respiración de la alfa se aceleró.

—Tus pechos son… sorprendentemente llenos para lo fuerte que estás —comentó Janet, observando cómo los pezones se endurecían bajo sus caricias—. Si yo adelgazo, lo primero que pierdo son las tetas.

La alfa rió suavemente, un sonido grave que vibró entre ambas.

—Ventajas de la genética, supongo. Mi cuerpo no puede cargar niños; no tiene sentido que acumule grasa en las caderas.

Janet levantó la vista, y antes de pensarlo, sus labios buscaron los de la alfa.

El beso fue lento, curioso, lleno de esa calma que precede al deseo.

Su cuerpo ya no conocía nervios, solo calor.

Una humedad cálida comenzaba a extenderse entre sus muslos.

Se movió instintivamente sobre el regazo de la alfa, tratando de acomodarse, y en ese gesto notó la dureza que la presionaba contra el trasero.

Sus ojos se encontraron. Janet se mordió el labio, incapaz de fingir inocencia. Los ojos ámbar contestaron con un brillo juguetón.

Janet se movió, girando sus caderas. Con ayuda de la alfa se sentó a horcajadas sobre la alfa. El miembro de la mujer se deslizó entre las dos, un calor palpitante atrapado contra la intimidad de Janet, que ya palpitaba en respuesta.

La alfa acunó su rostro y acercó sus labios hasta rozarlos. Mientras, Janet movió ligeramente las caderas, gimiendo ante la sutil presión de su intimidad contra la dureza.

—Eso es, cariño. Muévete para mí.

La voz cargada de deseo fue toda la motivación que Janet necesitó.

Apoyó las manos en los hombros anchos y definidos de la alfa y comenzó a mecerse.

Al principio, el movimiento fue tímido, un balanceo circular que buscaba maximizar la exquisita fricción.

Poco a poco, el roce fue cubriendo la dureza con su humedad, y sus respiraciones empezaron a entrecortarse, perdiéndose en una secuencia de besos cada vez más profundos y urgentes.

—Creo… creo que ya estoy lista —susurró Janet, separándose a regañadientes.

La omega se incorporó ligeramente, solo lo justo para que su mano pudiera bajar y guiar la punta del miembro hasta su entrada. Un eco de la vez anterior, febril y desesperada, acudió a su mente, haciéndola cerrar los ojos con anticipación.

Con cuidado, empezó a descender sobre ella, notando cómo la dureza comenzaba a abrirse paso. Aunque estaba completamente húmeda, la sensación era distinta.

—Despacio —recomendó la alfa, su nariz rozó con la suya, en una caricia íntima—. No hay prisa. Esta vez estás más apretada. Sin el celo, me sientes más, ¿verdad?

Era cierto. Cada milímetro era una conquista consciente. La sentía llenándola de una manera mucho más intensa y detallada. Janet exhaló lentamente, entregándose a la sensación.

Las dos gimieron a medida que la dureza entraba en ella. Janet luchó por mantener los ojos abiertos, fijos en los de su alfa. La experiencia de hoy era muchísimo más íntima que la vez anterior.

Poco a poco, a veces levantando un poco las caderas, otras meneando un poco la cintura, pudo absorber por completo la erección en su interior.

—Joder —masculló la alfa, apretando el cuerpo de Janet contra el suyo y buscando sus labios una vez más. La omega rió ante la ferviente reacción.

Con cuidado volvió a buscar apoyo en la alfa, rodeando los brazos en su cuello y empezó a levantarse solo para dejarse caer una vez más, atrapada en un bucle placentero.

Le encantaba aquella postura: desde allí podía besar a gusto a la alfa, dejar que su lengua explorara los labios y la boca de la otra mujer. Y podía ver sus cuerpos juntos, pegados, los pechos rozándose en una danza casi hipnótica..

Las manos de la alfa se posicionaron en el trasero de Janet. Ayudando al movimiento, sí, pero también aprovechando para manosear y apretar las curvas de la omega.

Empujaba el cuerpo de Janet no solo hacia arriba, si no que atraía a la mujer hacia sí, haciendo que el roce de sus cuerpos generase sensaciones extraordinarias en la omega.

El ritmo empezó a quedarse corto. Janet intentó acelerar, pero su cuerpo comenzaba a flaquear. Apretó los dientes, luchando por mantener el compás, hasta que la alfa lo notó y tomó el control.

Empezó a moverse desde abajo, marcando el ritmo con precisión, golpeando los puntos exactos dentro de la omega.

—Por favor… por favor… —gimió Janet, sintiendo el calor crecer en espiral. Cerró los ojos, preparándose.

—No —gruñó la alfa con voz autoritaria—. Mírame.

La omega no pudo más que obedecer. Se encontró con los ojos ámbar, intensos, fijos en ella. Las pupilas dilatadas, el ceño fruncido por la concentración, la respiración entrecortada mientras la levantaba una y otra vez. Era una visión demasiado potente.

El orgasmo de Janet empezó con unos temblores incontrolables en sus piernas.

Al principio sutiles, después, desesperados.

Intentó obedecer a la orden de la alfa y luchó con la necesidad de cerrar los ojos.

Pero notó que la vista se le nublaba y sus párpados amenazaron con juntarse mientras el temblor empezó a recordarle todo el cuerpo.

—Ah… alfa —susurró con voz temblorosa, gimiendo al llegar al final mientras observaba a la mujer que estaba embistiendo su cuerpo con todas las fuerzas.

La omega observó a la mujer gruñir, gotas de sudor perlando su frente mientras un gruñido primitivo culminó la experiencia. Notó las pulsaciones de la alfa en su interior antes de desfallecer y dejarse caer, hecha un flan, sobre el cuerpo de la mujer que le había traído tanto placer.

La alfa la abrazó, atrayéndola contra su pecho, y ambas se recostaron en silencio.

Durante unos instantes, ninguna dijo nada. Solo se escuchaban sus respiraciones.

—Creo que voy a volver el próximo miércoles —murmuró Janet, aún jadeante, levantando la cabeza para encontrar los ojos ámbar.

La alfa, aún recuperando el aliento, solo respondió con una sonrisa amplia y satisfecha.