II
Los músculos de todo su cuerpo protestaron durante días. Janet no se quejaba: había sido uno de los mejores celos de su vida. Pero trabajar de pie todo el día con aquellas molestias era un verdadero suplicio. ¿Qué les costaba a sus jefes poner una simple silla en la caja?
Suspiró mientras pasaba los productos por el escáner.
Necesitaba sacarse de la cabeza a aquella alfa. Era una desconocida y, con toda probabilidad, no volvería a verla.
Aunque sus palabras antes de marcharse seguían resonando en su memoria:
—Si alguna vez regresas al club, pide que te emparejen con una alfa mujer. Acomodarán tus preferencias.
¿Habría más mujeres alfa en el club? Tendría que haberlas. Si no, no podrían acomodar esa petición. Aunque, bien pensado, los alfas en el club eran solo clientes. ¿Cómo iba el club a controlar cuántas mujeres alfa había disponibles?
Siguió escaneando productos y forzando una sonrisa amable para cada cliente. En toda la mañana vio desfilar a multitud de alfas macho y omegas hembra. Betas había a montones. Pero apenas un par de omegas macho… y ni una sola mujer alfa.
La realidad de los números era innegable: la mayoría de hombres eran alfas o betas, y la mayoría de mujeres, omegas o betas. Las mujeres alfa eran una rareza. Y que encima fuesen lesbianas… casi un milagro.
Además, lo cierto era que la mayoría de omegas eran hetero o, como mucho, bisexuales.
El grueso de lesbianas lo componían las betas, con unas pocas omegas dispersas.
De ahí que el grupo de chat entre omegas lesbianas fuese casi un tesoro: un punto de encuentro improbable en una ciudad de diez millones de habitantes.
Encontrar a una alfa lesbiana era prácticamente imposible.
Cuando por fin llegó su descanso, Janet hizo lo de siempre: revisar el móvil mientras mordisqueaba una chocolatina. Sus dedos la llevaron de forma automática al chat grupal. Treinta personas. Treinta omegas dispuestas a tener sexo con otras omegas. Treinta en toda la ciudad.
Los números conspiraban en su contra.
Un nuevo mensaje apareció. Una omega preguntaba si alguna estaba libre aquel fin de semana. Janet se sorprendió al sentir rechazo ante la idea de quedar. Era absurdo: su celo ni siquiera cuadraba con esas fechas. Pero lo que la inquietaba era otra cosa, más difícil de admitir.
Aquella alfa la había arruinado.
A veces pasaba. Un crush inoportuno.
—Cuando te enganchas de alguien, tienes dos opciones —le había dicho Alex eones atrás—.
O ignoras, y dejas que la distancia mate el deseo.
O atacas con todo.—¿No es peor? —había replicado Janet.
—Depende. Normalmente un crush es una ilusión de tus hormonas.
Si has compartido celo, puede que tu cuerpo simplemente esté excitado de más.
Se te pasa cuando te sacias.—¿Y si no?—Entonces disfrutas de los encuentros y, si sientes algo, lo dices.
Si no es correspondido, vuelves a la estrategia de la distancia. Pero si lo es… premio.
El móvil vibró. Otra omega del grupo se declaró disponible. Janet sintió un alivio extraño: al menos el chat no estaba muerto del todo. Hacía semanas que no coincidía nadie.
Subió un poco en la conversación. El mensaje de días atrás seguía allí, mirándola como una tentación: el contacto del Club Davis que Alex había compartido.
Gruñó, guardó el móvil y regresó a la caja.
◆◆◆
Las puertas del Club parecían menos intimidantes la segunda vez que las cruzaba.
La primera vez había llegado temblando de nervios, pero ahora llevaba en el bolsillo una tarjeta magnética que le permitía entrar directamente, sin necesidad de pasar por la recepción y aguantar la vergüenza de pedir un pase.
Claro que esta vez necesitaba pedir otra cosa.
—Quiero… que me asignen una alfa mujer —dijo al fin, bajando la voz en recepción ante la amable bienvenida de la recepcionista.
La beta tras el mostrador mantuvo una expresión neutral, aunque inclinó levemente la cabeza. Sus dedos repiquetearon sobre el teclado, luego se levantó en busca de un documento y volvió a teclear algo más, como si estuviera activando un protocolo poco común.
—Se le asignará una habitación, pero tardaremos un poco más en avisarla para pasar al pabellón con los alfas. Puede esperar cómodamente en el SPA. Relájese, tómese un té, disfrute de la piscina… Nosotras le avisaremos cuando todo esté listo.
Janet asintió, notando cómo los nervios volvían a treparle por el estómago. Llamó al ascensor y subió a su habitación del hotel.
Ya conocía el procedimiento: las omegas disponían de un cuarto privado para prepararse antes de la noche. Después, alguien vendría a buscarla y la guiaría hasta el pabellón monitorizado, donde se asignaban los alfas. Solo que, esta vez, estaba hecha un flan.
La habitación era cómoda, demasiado silenciosa para sus nervios.
Janet se sentó en el borde de la cama, tamborileando con los dedos contra la colcha hasta que sus ojos dieron con el panfleto que habían dejado sobre la mesa.
Lo abrió sin muchas ganas y empezó a leerlo, más para distraerse que por interés real.
El texto hablaba de las bondades del anonimato, de la libertad de entregarse sin ataduras ni compromisos. “Un placer conveniente y seguro”, rezaba uno de los apartados. Janet no pudo evitar pensar en la alfa de la vez anterior.
¿Sería ella? Parte de sí lo deseaba con intensidad, aunque otra parte no quería cerrarse a la posibilidad de encontrarse con alguien distinto.
Volvió la vista a las normas impresas. Una de ellas le llamó la atención: la omega puede detener el encuentro en cualquier momento.
Sintió cómo el aire volvía a llenar sus pulmones con un poco más de calma.
Si no era ella, podría detener el encuentro si la situación se volvía indeseable.
Lo había leído la vez anterior, cuando tenía una expectativa mucho más baja sobre el encuentro con un alfa.
El tiempo se volvió espeso, cada minuto cayendo con lentitud hasta que, de pronto, el teléfono de la habitación sonó. El timbre seco la sobresaltó. Contestó con voz entrecortada.
—Señorita Janet —dijo la voz neutra de una beta—, ya estamos listos para usted. ¿Quiere que enviemos a alguien para acompañarla al pabellón?
Janet tragó saliva. Las palmas de sus manos estaban húmedas.
—S-sí, por favor.
Colgó el auricular y permaneció un instante inmóvil, escuchando cómo su corazón martilleaba en el pecho. Luego inspiró hondo, con decisión, y se levantó de la cama. No había regresado al club para acobardarse en la habitación.
El trayecto hasta el pabellón fue casi un déjà vu de la primera vez: la misma beta escoltándola en silencio, los mismos pasillos iluminados con aquella luz cálida que parecía invitar al descontrol. Janet caminaba con paso firme, aunque por dentro sus nervios la hacían vibrar.
La beta la guió hasta una de las habitaciones: una cama amplia, separada de las demás por cortinas gruesas y paredes demasiado finas como para otorgar verdadera privacidad. Todo le resultaba familiar, como si el lugar estuviera diseñado para borrar cualquier rastro de individualidad.
—Perfecto, señorita —entonó la beta con aquella voz impecablemente neutral—. Recuerde que esta sala está monitorizada. Si desea algo, solo tiene que decirlo en voz alta y acudiremos. Su alfa entrará en unos minutos.
Hizo una breve pausa antes de continuar, con la entonación de quien recita un protocolo memorizado:
—Nuestra recomendación es que se disponga para el sexo.
Desnúdese, túmbese en la cama. Puede inspirarse en las posturas que verá en la lámina de la pared.
También sugerimos el uso de la venda para mayor privacidad.
Tenga presente que nuestro equipo puede entrar rutinariamente durante las actividades.
Janet asintió educadamente, pero apenas escuchaba. Sus pensamientos estaban enredados en otra parte, girando en círculos alrededor de una única pregunta que le aceleraba el pulso: ¿había hecho bien en venir?
Se desnudó despacio y se colocó la venda.
La oscuridad volvía a ser su aliada. La calmaba.
La alejaba de la realidad. Intentó controlar su respiración, pero cada intento solo la hacía más consciente del temblor en sus manos.
Al final se sentó en el borde de la cama, con los dedos entrelazados sobre el regazo.
—Eres todo un nudo de nervios —dijo una voz a su espalda.
Janet se sobresaltó, pero el miedo se disipó en cuanto reconoció aquel timbre de voz. Su cuerpo respondió antes que su mente: un escalofrío recorrió su piel, seguido de una sensación cálida y profunda de alivio.
—La otra vez venías envalentonada con el celo —añadió la alfa.
Una mano firme se posó sobre su hombro, y un beso leve rozó su coronilla. El gesto fue tan sencillo como devastadoramente íntimo.
—A diferencia de ti, no suelo frecuentar estos lugares —alcanzó a decir Janet, aunque su voz sonó más dura de lo que pretendía. Quiso rectificar, pero la risa de la alfa la interrumpió.
—Sí, he venido alguna vez más que tú —replicó con un tono suave, divertido.
La cama se hundió a su lado, y el colchón vibró ligeramente cuando la alfa se acomodó. Luego, unos brazos amplios la rodearon con naturalidad, como si aquel gesto les perteneciera desde siempre.
En cuestión de segundos, Janet se encontró envuelta en su regazo, acunada contra el cuerpo cálido y firme de la alfa.—Tranquila —susurró la voz junto a su oído—. No pasa nada. Respira.
La alfa la mecía suavemente, en un ritmo casi hipnótico. Sus dedos trazaban líneas lentas por su espalda, sin intención, solo contacto. Janet notó cómo su respiración empezaba a acompasarse con la de ella.
—Así está mejor —dijo la alfa, casi con ternura—. No sabes cuánto agradezco que me hayas hecho llamar.
Janet alzó la cabeza, confundida.—No les he pedido que te llamen a ti.
Sintió cómo la otra sonreía contra su cabello.—Lo sé. Pero es la primera vez que me llaman. Y soy la única alfa mujer del club. Sabía que eras tú. Vine rápido.