La mujer alfa: Una historia f/f en el omegaverso Epílogo
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Epílogo

Durmieron hasta bien entrada la mañana.La noche había sido intensa; Mara apenas había conciliado el sueño y Janet solo había dormido a ratos, entre los picos del celo.Aun con las ojeras marcadas, ambas lucían una sonrisa que no podían ocultar.

—Buenos días, cariño —murmuró Mara, casi ronroneando, antes de besarle la sien—. ¿Te apetece desayunar algo?

Janet gimió, agotada. Podría haber dormido otras tres horas, pero sabía que ya era momento de levantarse.—Ve tú primero —respondió con voz somnolienta.

La alfa rió por lo bajo y se escabulló hacia la cocina. Pronto, el aroma a café empezó a llenar el apartamento.Janet aprovechó para asearse un poco y, de nuevo envuelta en el albornoz prestado, salió a buscarla.

En la mesa la esperaba un desayuno completo.—Todo esto es increíble —sonrió, impresionada.Pero Mara no parecía compartir el entusiasmo. Tenía un gesto tenso, distante, los ojos fijos en la taza de café.

—¿Estás bien? —preguntó Janet, extrañada.

La alfa suspiró antes de responder.

—Disculpa… No debería afectarme. Al fin y al cabo, no tenemos una relación formal, y el celo aún me tiene algo sensible.

—¿De qué demonios estás hablando? —frunció el ceño la omega.

Mara se pasó una mano por el cabello, nerviosa.

—Antes fui al dormitorio a buscarte. Tu móvil estaba sobre la cama y… apareció una notificación. No lo estaba revisando, de verdad. Solo… la vi. Fue imposible no leerla.

Confusa, Janet tomó el teléfono. En la pantalla aparecía un mensaje del grupo de omegas:

¿Alguna interesada en compartir el celo este finde?

Abrió mucho los ojos. ¿Mara estaba celosa?

—Ah… Es de un grupo de… —empezó a explicar, con calma.

—No tienes que justificarte —la interrumpió Mara enseguida, aunque su tono traicionó una ligera punzada de celos—. Hasta anoche éramos casi unas desconocidas. Pero… desde que coincidimos por primera vez, no he tenido ojos para nadie más.

Se detuvo un momento, bajando la mirada.—Supongo que el celo solo lo intensifica. Lo siento, no quiero arruinarte el desayuno.

Janet la observó unos segundos, sin decir nada, y luego se inclinó hacia ella.—No lo estás arruinando —dijo con una sonrisa suave—. Solo estás siendo honesta. Y no es en absoluto lo que piensas.

Le explicó la dinámica del grupo: un espacio de omegas lesbianas que compartían el celo entre ellas para evitar los desagradables supresores hormonales o los encuentros con machos en los clubes.

Mara la miró con una mezcla de curiosidad y sorpresa.

—¿Os acostáis entre vosotras? —preguntó, genuinamente intrigada.

—Bueno, ¿por qué no? —respondió Janet, encogiéndose de hombros—. La alternativa es ir al club y aguantar a un macho cualquiera. Que me topara contigo aquella noche fue una rotunda casualidad.

Mara asintió, pensativa.—¿Y vas a seguir compartiendo tus celos así?

Janet vaciló, pero decidió ser completamente sincera.

—La verdad… preferiría pasarlos contigo. Desde que te conocí, la idea de estar con otra omega no me atrae. Me chirría.

La alfa sonrió de oreja a oreja. La mirada ámbar se encendió con un brillo distinto mientras tomaba la mano de Janet sobre la mesa.—Y yo estaría encantada de compartirlos contigo.

Janet devolvió la sonrisa, tímida pero sincera.—Entonces estamos de acuerdo.

Comenzaron a desayunar en un silencio cómodo, roto solo por el sonido del café vertiéndose en las tazas. Pero Mara aún tenía una pregunta rondándole la cabeza.

—¿Por qué no metéis a alfas lesbianas en el grupo?

Janet parpadeó, incrédula por la simplicidad de la pregunta.

—¿Conoces a muchas alfas lesbianas? Literalmente eres la primera que conozco. Es casi imposible encontrarlas… y menos saber si son de fiar como para meterlas al grupo.

Mara sonrió, apoyando el codo en la mesa.

—En realidad sí. Conozco a varias que darían lo que fuera por conocer a omegas como vosotras.

Janet alzó una ceja, interesada.—¿Ah, sí? Quizá deberíamos organizar algo.