CAPÍTULO 20 La línea que une #2
—Siento que por primera vez en mi vida no tengo que vigilar mi espalda ni temer el sonido de un teléfono en la madrugada, Mathieu —respondió ella apoyando la cabeza contra su pecho, sintiendo el latido acompasado y fuerte de su corazón—.
Siento que las dos orillas que nos separaban han desaparecido...
y que esta tierra es tan mía como las calles viejas de Bilbao o las fundiciones del Deba.
—Siempre ha sido tuya, maitea —dijo Mathieu con una sonrisa dulce—. Esta noche quemaremos los últimos miedos en la hoguera de San Juan. El pasado ha terminado; hoy empieza nuestra vida.
Permanecieron abrazados en el balcón mientras la luz dorada del atardecer doraba las copas de los castaños y alargaba las sombras de los aleros sobre el prado.
En la cocina baja, el trajín alegre de los platos y las voces de los primeros vecinos que llegaban con cestas de hortalizas y botellas de vino confirmaban que la noche del solsticio sería un cántico coral a la vida compartida.
♦ ♦ ♦
A las nueve de la noche, el crepúsculo del solsticio de verano teñía de tonos amatista, azafrán y violeta las cumbres pirenaicas que cerraban el horizonte meridional.
En la pradera comunal del caserío, una meseta de hierba fresca que caía en suave declive hacia el meandro del río Nive, se congregaban más de doscientas personas: vecinos de Ustaritz, agricultores del valle de Baïgorry, pescadores de San Juan de Luz, profesores de las ikastolas de Seaska y compañeros de la universidad de Bayona.
En el centro de la explanada se alzaba una pira cónica de cuatro metros de altura levantada con troncos de roble viejo, ramas secas de castaño, sarmientos de vid y gavillas de enebro y romero aromático.
El aire vespertino era tibio y transparente, cargado de los efluvios resinosos de los pinares del monte Baigura y del frescor mineral que subía desde los remansos del río.
Pequeñas mesas de caballete dispuestas a lo largo del linde del prado exhibían bandejas de piperrada tradicional cocinada con pimientos dulces de Espelette, quesos de oveja de pasta prensada de Saint-Étienne-de-Baïgorry y cazuelas humeantes de axoa de ternera especiada con pimentón ahumado.
Los niños correteaban descalzos entre los brezales, persiguiendo libélulas doradas y trenzando guirnaldas de flores de cantueso y ramas de hiedra para arrojarlas al fuego purificador.
El sonido alegre y sincopado de la trikitixa y el pandero llenaba el aire del valle con fandangos y arin-arines que hacían bailar a jóvenes y ancianos sobre la hierba.
En los extremos de la pradera, tres grandes kupelas de sidra artesanal natural estaban abiertas para que los asistentes llenaran sus vasos al grito ritual de «txotx!
» , mientras en largas parrillas de hierro sobre brasas de encina se asaban chistorras de Navarra, morcillas de verduras de Beasain y chuletas de buey del Baztán acompañadas de grandes tortas de talo de maíz cocidas sobre planchas calientes.
Varios profesores de la ikastola Oihana de Bayona, amigos íntimos de Maider desde los años de la clandestinidad lingüística, habían instalado un pequeño puesto con publicaciones culturales y cuadernos de poesía en euskera labortano.
Las familias jóvenes conversaban sentadas en mantas de lana extendidas sobre el prado, compartiendo hogazas de pan de centeno y cerezas negras de Itxassou mientras el sol se hundía lentamente tras la silueta afilada del monte Ursuya, proyectando una luz cobriza que envolvía el río en un halo mágico.
Un revuelo de saludos y abrazos se produjo en el camino de acceso cuando un todoterreno con matrícula de Bizkaia detuvo su marcha junto a los manzanos.
Del vehículo descendieron el inspector jefe Gorka Atxaga, vistiendo una camisa vaquera y una txapela ladeada con aire socarrón, y Amets Ibarra, acompañada por dos veteranos fundidores de Eskoriatza que portaban una gran barrica de vino blanco de txakoli de Getaria como obsequio para la comunidad labortana.
Al verlos llegar, Maider y Mathieu corrieron a recibirlos con una alegría desbordante que borraba cualquier rastro de la vieja frontera interestatal.
—¡Gorka, Amets! —exclamó Ainara abrazando con fuerza a la fundidora guipuzcoana—. ¡Habéis cruzado la muga a tiempo!
—¿La muga? —bramó Atxaga con su vozarrón cascado, estrechando la mano de Mathieu con un apretón que casi le crujió los dedos—.
En el puente de Biriatou no había más que una paloma torcaz descansando sobre la señal de tráfico.
Los aduaneros franceses estaban viendo el partido de rugby en la tele de la garita y nos han saludado con la mano al ver las matrículas de Bilbao.
Se acabó la vigilancia, Ainara; esta noche somos todos vecinos de la misma parroquia.
Amets Ibarra entregó a Maider una cesta de mimbre cubierta con un paño de lino con el escudo bordado de las cooperativas de Mondragón, conteniendo quesos Idiazabal curados en cueva y botellas de licor de endrinas elaborado en las faldas de Aizkorri.
Ambas mujeres, templadas en luchas distintas pero hermanadas por la misma dignidad insobornable, se fundieron en un abrazo fraterno que emocionó a los presentes:
—Gracias por cuidar a nuestros muchachos en los días del barro, Maider —dijo Amets con los ojos brillantes—. En los talleres del Deba no olvidamos quién nos abrió la puerta cuando el dinero sucio quiso quitarnos el aire.
—En esta casa se ayuda a quien defiende la verdad, Amets —respondió Maider con sencillez campesina—. Aquí el pan y el fuego son para todos los que tienen las manos limpias.
Los fundidores de Eskoriatza se sumaron de inmediato a la faena comunal, ayudando a los jóvenes labortanos a pinchar los barriles de sidra y a voltear las parrillas de carne.
Gorka Atxaga, vaso de txakoli en mano, entabló una animada conversación con un gendarme retirado de Hasparren sobre las viejas rutas del estraperlo de caballos y tabaco rubio en los años setenta, riéndose a carcajadas al comprobar que ambos habían patrullado los mismos barrancos de Aldudes sin llegar a dispararse jamás.
La conversación derivó hacia las anécdotas de los pasos clandestinos en las noches de niebla cerrada, cuando los arrieros y los carabineros compartían un código no escrito de respeto que evitaba la violencia inútil.
Gorka recordó cómo los pastores de Baztán avisaban con toques de cuerno cuando las patrullas fiscales salían de Elizondo, permitiendo que las cargas de telas y herramientas agrícolas llegaran a salvo a las bordas de Urdazubi.
Aquellas historias populares provocaban sonrisas cómplices entre los vecinos, confirmando que la muga siempre había sido un escenario de vida compartida más que una barrera infranqueable.
A las diez en punto, con la noche cerrada y las estrellas brillando con una nitidez polar sobre el macizo de Larrún, el anciano más veterano del pueblo de Ustaritz, un pastor de noventa y dos años con chaleco de borrego y vara de avellano, se aproximó a la pira con una tea de brezo encendida en la lumbre de la cocina del caserío.
Con voz solemne pronunció en euskera la bendición ancestral de la noche de San Juan: «Sorginak eta gaitzak kanpora, bakea eta ogia etxera» —que los males y las sombras queden fuera, y la paz y el pan reinen en la casa—.
Acto seguido, aplicó el fuego a las ramas secas de la base.
Una llamarada dorada y crepitante trepó instantáneamente por el ramaje de enebro, liberando un perfume balsámico y denso que inundó la pradera.
En cuestión de segundos, la pira entera se convirtió en una torre de fuego de seis metros de altura cuyas chispas rojas y doradas se elevaban hacia el cielo nocturno como un enjambre de luciérnagas míticas.
La multitud congregada prorrumpió en un aplauso cerrado y comenzó a entonar al unísono el himno tradicional de San Juan, girando en corro alrededor de las llamas con los rostros iluminados por el resplandor cálido de la hoguera.
El calor radiante de la pira acariciaba la piel de los congregados, alejando el relente de la noche pirenaica.
Viejos y jóvenes cantaban a coro las estrofas del Agur Jaunak y las coplas de siega labortanas, mientras el acordeón y los panderos marcaban un compás festivo que resonaba en las laderas boscosas de la Nive.
La comunidad celebraba no solo el renacimiento de la luz en el solsticio, sino el milagro cotidiano de una supervivencia colectiva forjada contra todos los imperios y monopolios que habían intentado disolver su identidad foral.
Uno tras otro, los jóvenes del pueblo y los más audaces comenzaron a saltar sobre las brasas bajas en los extremos de la hoguera, cumpliendo el rito milenario de purificación y fertilidad.
Gorka Atxaga, entre las risas y vítores de los fundidores de Eskoriatza, se ajustó la txapela y saltó sobre el rescoldo con una agilidad sorprendente para su corpulencia, levantando una nube de chispas y alzando los brazos en señal de victoria cómica.
Ainara y Mathieu, de la mano junto al corro principal, contemplaban el espectáculo con el corazón colmado de una alegría limpia y compartida que disipaba hasta el último rescoldo de las sombras del pasado.
—Mira a Gorka —dijo Mathieu riendo entre dientes mientras el inspector foral recogía los aplausos de los vecinos de Baïgorry—. Es capaz de negociar con la fiscalía europea de corbata y luego saltar el fuego como un zagal de caserío. No hay nada en este mundo que pueda doblegar a gente así.
—Esa es nuestra fuerza, Mathieu —respondió Ainara conmovida, apoyando la frente en su hombro mientras las llamas doradas reflejaban su luz en sus pupilas oscuras—.
La raíz es profunda y la piedra es firme.
Podrán conspirar en Múnich, en Dubái o en Bruselas, pero mientras haya un caserío encendido en estas colinas y unos talleres cooperativos en nuestros valles, nadie podrá arrebatarnos lo que somos.