CAPÍTULO 20 La línea que une
## La línea que une
En el asiento del conductor, Mathieu Etcheverry manejaba con una soltura relajada y campesina, llevando el brazo izquierdo apoyado en el marco de la ventanilla abierta.
Llevaba una camisa blanca de lino fino con las mangas remangadas y un pantalón de faena oscuro.
A su lado, Ainara Zubiaga contemplaba la sucesión de caseríos labortanos de fachada encalada y entramados de madera pintados en rojo sangre de buey —el tradicional gorri vasco—, cuyas contraventanas de castaño y aleros volados parecían abrazar el paisaje con una serenidad secular.
Llevaba un vestido ligero de algodón azul marino y el cabello suelto sobre los hombros, mecido por el aire tibio de la tarde.
Habían hecho una breve parada en Donibane Garazi, la villa fortificada a los pies de los puertos pirenaicos donde semanas atrás habían redactado la querella judicial en la buhardilla de la Rue de la Citadelle.
Al cruzar la Puerta de España bajo las murallas de gres rosado levantadas por los reyes navarros, el recuerdo de las horas de persecución clandestina ya no les producía angustia; se había transformado en la memoria de una resistencia victoriosa.
Los peregrinos que iniciaban el Camino de Santiago hacia Roncesvalles caminaban con sus bordones y conchas sobre los adoquines medievales, ajenos a la guerra silenciosa que se había librado en aquellos mismos cantones contra la oligarquía financiera global.
Mathieu redujo la velocidad al cruzar el puente de piedra sobre el río Errobi en las inmediaciones de Cambo-les-Bains.
Señaló con el mentón hacia las colinas boscosas donde las termas decimonónicas y las villas de descanso de la burguesía bordelesa se escondían entre cedros centenarios y hortensias azules en plena floración.
Recordó cómo su padre le explicaba de niño que aquellas aguas sulfurosas no pertenecían a Francia ni a España, sino a la cuenca fluvial común que los pastores de ambos lados de la divisoria habían compartido desde tiempos inmemoriales bajo los tratados de facerías y cartas de paz comunal.
Ainara abrió la guantera del vehículo y extrajo el plano topográfico que habían utilizado durante la huida nocturna por los altos de Aldudes.
Las marcas de lápiz rojo que trazaban las pistas forestales y los pasos clandestinos parecían ahora reliquias de una época remota.
Dobló el mapa con cuidado reverencial y lo colocó junto a su libreta de notas, sintiendo cómo la tensión muscular acumulada en los hombros durante meses de comparecencias judiciales y asedios mediáticos se disolvía al fin en la calma luminosa del Labourd estival.
El viaje por las carreteras del interior de Iparralde permitía apreciar la singularidad arquitectónica de cada pueblo que atravesaban.
En Larressore, junto al seminario histórico donde se habían educado generaciones de clérigos euskaldunes, las huertas de manzanos de sidra y los secaderos de madera desprendían un aroma denso y balsámico.
Las gentes en las terrazas de los cafés saludaban al paso del coche con la parsimonia de quienes no miden el tiempo por las pantallas de las bolsas de valores, sino por el ciclo agrícola de las cosechas y las mareas de la bahía de San Juan de Luz.
Al descender por el curso alto del río Nive hacia el término de Ustaritz, la villa que durante siglos había sido la sede histórica del Biltzar de Lapurdi —la asamblea soberana donde los delegados de las parroquias administraban sus fueros y pastos comunales sin injerencias de la corte de Versalles—, Mathieu señaló con la mano una colina suave coronada por robles centenarios.
En la ladera sur, resguardado de los vientos húmedos del noroeste y con vistas privilegiadas a las aguas cantarinas del río, se alzaba el caserío Etxeberria , la casona tradicional construida en el siglo XVII donde habían nacido cuatro generaciones de su familia.
La arquitectura del caserío labortano imponía un respeto austero y noble: la fachada de mampostería blanqueada a la cal, el dintel de piedra arenisca sobre el portón de medio punto con la fecha de edificación de 1684 y los nombres de los primeros pobladores grabados en caracteres visigóticos, y las vigas maestras de castaño talladas a mano que sostenían una techumbre asimétrica de teja curva envejecida por el musgo.
En el huerto anejo, entre manzanos y ciruelos cargados de fruta tierna, los bancales de alubia y pimientos de Espelette crecían al abrigo de un muro de piedra seca cubierto de hiedra silvestre.
El caserío había sido testigo de todas las fracturas de la historia vasca: allí se habían refugiado sacerdotes refractarios durante el Terror jacobino, combatientes carlistas en las guerras del siglo XIX y pasadores de la red Comète que ayudaban a aviadores aliados a cruzar los Pirineos durante la ocupación nazi.
La casa no era un simple edificio de vivienda; era una institución foral viva, un hogar soberano donde el fuego de la chimenea central jamás se apagaba del todo y donde las decisiones comunales se tomaban por consenso de los vecinos bajo la sombra del alero comunal.
Mathieu detuvo el todoterreno en la orilla del camino para contemplar la vista panorámica del valle antes de enfilar el sendero privado.
Explicó a Ainara cómo su tatarabuelo había ampliado la solana superior para secar las semillas de lino y cómo su tío abuelo, carpintero de ribera en los astilleros del Adur, había tallado las celosías de roble que adornaban los ventanales del ático.
Cada piedra del caserío tenía un nombre y un oficio asignado en la memoria oral de la parroquia.
Ainara bajó la ventanilla del todo y dejó que el viento del valle acariciara su rostro.
Contempló los campos de heno dorado donde dos tractores antiguos completaban la última faena de empacado antes del anochecer.
Comprendió con una claridad deslumbrante por qué Mathieu había resistido todas las presiones de las cancillerías europeas: un hombre que crecía sabiendo que su casa llevaba más de tres siglos anclada en la misma roca no se dejaba impresionar por las amenazas burocráticas de funcionarios advenedizos.
Al detener el vehículo en la era empedrada, el ladrido alegre de dos pastores vascos de raza euskal artzain txakurra rompió la quietud de la tarde.
La puerta principal de madera de roble se abrió de par en par y Maider Etcheverry apareció en el umbral, secándose las manos en su delantal de lino blanco.
La veterana profesora de la ikastola de Bayona vestía una blusa tradicional bordada y una falda oscura, con su cabello canoso recogido en una trenza impecable.
Al ver a su sobrino y a la fiscal foral, sus ojos castaños se iluminaron con una emoción viva que desbordaba cualquier convención protocolaria.
—Ongi etorri etxera, Mathieu; ongi etorri, Ainara —exclamó Maider caminando hacia ellos con los brazos abiertos—.
¡Bienvenidos a casa! Todo el pueblo sabe ya que estáis aquí.
Los vecinos llevan desde el amanecer subiendo leña de haya seca y ramas de laurel a la pradera alta para la hoguera de San Juan.
Dicen que esta noche el fuego de Ustaritz tiene que verse desde las cumbres de Larrún y los altos de Izpegi.
Maider estrechó a Mathieu en un abrazo hondo y prolongado, palpándole la espalda con esa devoción maternal que había sostenido la memoria familiar tras la muerte de sus padres. Luego se volvió hacia Ainara, tomándole las dos manos entre las suyas con una calidez respetuosa y tierna:
—Ainara... Te vimos en los informativos de la televisión vasca y francesa en la escalinata de Ajuria Enea y en el Palacio de Justicia de Bilbao. Has devuelto la paz a nuestros valles y la dignidad a nuestra gente. Esta casa es tu casa para siempre, neska.
Ainara sintió que un nudo de gratitud profunda se deshacía en su garganta.
Entraron en el zaguán empedrado de la casona, donde el frescor de los muros gruesos contrastaba con el calor del exterior.
El interior olía a cera de abeja, a madera vieja encerada, a pimiento seco y a jamón curado en la solana.
En la gran cocina comunal, presidida por un hogar abierto de chimenea baja con caldera de cobre colgada de la llar, una mesa comunal de roble macizo para dieciséis comensales estaba dispuesta con fuentes de porcelana blanca, hogazas de pan de masa madre y jarras de barro vidriado preparadas para el festín comunitario.
Sobre la repisa de la chimenea descansaban dos candelabros de peltre y una arqueta de nogal donde la familia Etcheverry custodiaba desde hacía trescientos años los títulos de propiedad comunal y las actas de vecindad del Biltzar .
Maider sirvió tres copas de licor de manzana casero, de un tono ámbar translúcido que desprendía un aroma dulce y penetrante.
Brindaron en silencio, chocando los vasos con la reverencia solemne de quienes reconocen que la paz conquistada había costado sacrificios irreparables.
Subieron por la escalera de peldaños de roble pulidos por siglos de pisadas hacia la planta superior.
Mathieu condujo a Ainara hasta el dormitorio principal, una estancia luminosa y espaciosa con vigas a la vista encaladas en blanco y dos grandes contraventanas pintadas en rojo que se abrían hacia el mediodía.
En el centro descansaba una gran cama de madera labrada con dosel austero y sábanas de hilo casero con las iniciales familiares bordadas a mano.
A través de los ventanales abiertos, el murmullo continuo del río Nive fluyendo entre los cantos rodados y el piar de las golondrinas sobre los aleros componían una melodía de paz infinita.
Ainara se asomó a la barandilla de madera del balcón volado, respirando hondo el aire aromático de las colinas labortanas. Mathieu se colocó a su espalda, rodeándole la cintura con los brazos y apoyando la barbilla en su hombro:
—¿Qué sientes, Ainara? —preguntó él en un susurro íntimo contra su oído.