CAPÍTULO 20 La línea que une #3
Amets Ibarra se acercó a ellos portando dos vasos de sidra espumosa recién escanciada.
Brindaron los tres bajo el resplandor de la hoguera, sellando con aquel trago amargo y refrescante la alianza inquebrantable entre la fundición guipuzcoana y la tierra labortana.
En derredor, los corro de baile continuaban girando sobre la hierba fresca, entonando viejas canciones que hablaban de la libertad del mar y de la firmeza de las peñas pirenaicas.
Siguieron contemplando la danza de las chispas que se disolvían en la oscuridad estival, sabiendo que aquella noche de San Juan marcaba el cierre definitivo de los tiempos de persecución y el nacimiento de un horizonte nuevo, libre y luminoso.
Amets Ibarra tomó asiento en uno de los bancos de madera junto a la barrica de txakoli, contemplando el ir y venir de las familias labortanas con una expresión de sosiego que rara vez se dibujaba en su rostro de fundidora bregada en mil asambleas.
Explicó a Maider cómo la cooperativa Fagor Ederlan estaba articulando ya los primeros convenios de colaboración técnica con las pequeñas empresas de mecanizado de precisión de Mauléon-Licharre y Saint-Palais.
El objetivo no era trasladar fábricas ni buscar reducciones de costes salariales, sino crear una red de aprendizaje mutuo donde los jóvenes aprendices de Zuberoa y Lapurdi pudieran formarse en las técnicas de fundición de aluminio y electromovilidad que se desarrollaban en Arrasate.
—Durante más de cincuenta años nos han hecho creer que la muga pirenaica era un muro infranqueable de leyes distintas y monedas separadas —reflexionó Amets, saboreando el queso curado de Baïgorry con una rebanada de pan de centeno—.
Pero el metal no entiende de aduanas estatales; entiende de temple, de resistencia térmica y de manos que saben calibrar una matriz con precisión de milésimas de milímetro.
Si en el siglo XXI no somos capaces de unir la inteligencia técnica de nuestros valles industriales con la tierra viva de nuestros pastizales de montaña, habremos dejado que los fondos especulativos ganen la partida cultural aunque hayamos ganado el pleito judicial.
Maider asintió con una mirada llena de admiración hacia la fundidora guipuzcoana.
Recordó cómo las ikastolas de Seaska habían sobrevivido en sus inicios gracias a la solidaridad clandestina de los trabajadores de Gipuzkoa y Bizkaia, que enviaban libros de texto y material escolar ocultos en los maleteros de los autobuses de línea que hacían la ruta entre San Sebastián y Bayona.
Aquella red de apoyo mutuo no había necesitado decretos ministeriales ni partidas presupuestarias oficiales; se sustentaba en el sentido del deber comunitario que formaba la médula espinal del pueblo vasco.
Alrededor del fuego, los vecinos más ancianos de Ustaritz comenzaron a cumplir con otra tradición milenaria del solsticio: la recolección de las siete hierbas medicinales de San Juan.
Mujeres de manos sabias explicaban a las niñas cómo recoger al amanecer las ramas de hipérico o hierba de San Juan con sus flores amarillas de propiedades cicatrizantes, la ruda para proteger los establos del mal de ojo, el saúco blanco para calmar las afecciones del pecho, la hierbaluisa aromática, el helecho real y la verbena silvestre.
Esas plantas, atadas con hilos de lino rojo y bendecidas simbólicamente por el calor de la pira, se colgarían al día siguiente en el dintel de las puertas principales de los caseríos para proteger a sus moradores contra los rayos, las tormentas de granizo y las discordias familiares durante todo el año venidero.
Gorka Atxaga observaba el ritual con una sonrisa nostálgica, recordando cómo su propia abuela en el caserío de Tolosa colocaba siempre una cruz de ramas de fresno bendecida tras la puerta del establo.
«Mi abuela no sabía una palabra de derecho procesal ni de tratados de la Unión Europea», comentó el inspector jefe a Mathieu mientras rellenaba su vaso de txakoli espumoso.
«Pero sabía que lo que protege a una casa no son las cerraduras de acero, sino la lealtad entre los que viven bajo su techo.
Eso es exactamente lo que vuestro equipo demostró en La Haya y en Bruselas: que cuando un pueblo se mantiene unido tras su puerta, no hay tormenta imperial que pueda derribar el dintel».
♦ ♦ ♦
A medianoche, mientras los ecos de la música y las risas de la pradera continuaban atenuándose en torno a las ascuas mortecinas de la hoguera, Ainara y Mathieu se apartaron discretamente del bullicio festivo y subieron a la balconada volada de madera del primer piso del caserío.
Apoyaron los codos en la barandilla de castaño labrada con motivos de estelas discoidales, sosteniendo sendas copas de vino tinto de la denominación Irouléguy procedentes de las viñas en bancales de Baïgorry.
El vino, de un color rubí oscuro con reflejos violáceos, dejaba en el paladar un regusto mineral y especiado a taninos nobles y frutos negros del bosque pirenaico.
Desde aquella atalaya silenciosa, la vista abarcaba la inmensidad de la noche vasca.
Hacia el sur, la silueta majestuosa y oscura de las cumbres pirenaicas se recortaba contra un cielo tapizado de constelaciones brillantes: el monte Artzamendi, las peñas de Itsusi y los collados que marcaban la línea fronteriza de Izpegi y Dantxarinea.
En las laderas de los valles vecinos, decenas de hogueras de San Juan parpadeaban como diminutos luceros encendidos sobre la hierba, tejiendo una red invisible de luz que unía a las comunidades pastoriles de Lapurdi, Baja Navarra y el valle de Baztán.
Ainara rozó con los dedos el borde metálico de su reloj Certina DS, sintiendo bajo la yema del pulgar la aspereza noble del acero que su padre Josu había llevado durante treinta años de guardias en la fundición de Arrasate y en las salas de vistas de Bilbao.
Aquel reloj ya no marcaba las horas de la sospecha ni los plazos angustiosos de un ultimátum bancario; marcaba el tiempo sereno de una victoria limpia que pertenecía por igual a los vivos y a los muertos.
Mathieu rodeó a Ainara por la espalda, envolviéndola en el calor de su abrazo.
Ainara apoyó la nuca en su pecho, entrelazando sus dedos con los de él sobre la madera pulida de la barandilla.
Durante varios minutos permanecieron en un silencio sagrado, escuchando el susurro del viento nocturno que bajaba de los hayedos y el rumor cantarín del río Nive deslizándose hacia el mar.
—Mira hacia las cumbres, Ainara —dijo Mathieu con voz pausada y profunda, señalando con la mirada hacia los collados fronterizos—.
Allí arriba, en Izpegi y en Dantxarinea, pasamos las noches más oscuras de nuestras vidas.
Recuerdo el frío que te calaba los huesos en la borda pastoril cuando escuchábamos los rotores de los helicópteros de la policía y creíamos que el mundo entero se había aliado para aplastarnos.
Y ahora mira esas mismas montañas... Están llenas de fuego, de vida y de reencuentro.
Ainara sonrió con ternura luminosa, llevando la mano de Mathieu hasta su mejilla:
—En aquellas noches de miedo aprendí quién eras, Mathieu.
Podrías haber aceptado los ascensos en Bruselas, haber cerrado los ojos ante los informes apócrifos de Hagen y haber continuado tu carrera en los despachos de la OLAF sin mancharte las manos de barro.
Pero elegiste el exilio, la intemperie y la persecución por defender la memoria de Isabelle y la verdad de mi padre.
Ningún hombre en mi vida ha demostrado una lealtad tan limpia.
—No fue un sacrificio heroico, Ainara —respondió Mathieu mirándola a los ojos con la sinceridad desnuda que siempre lo definía—.
Fue la única forma de no morir por dentro.
Cuando te vi en el puente de Santiago bajo la lluvia torrencial, empapada y con la mirada desafiante dispuesta a enfrentarte a todo el poder de las cancillerías de Berlín y Bruselas para salvar a tu gente, comprendí que mi destino estaba indisolublemente unido al tuyo.
Tú me rescataste de la amargura del luto; tú me enseñaste que la justicia no es una estadística contable de decomisos, sino la defensa de los hombres y mujeres que trabajan esta tierra con sus manos.
Mathieu evocó por un instante el recuerdo de Isabelle Laurent en las esclusas fluviales de Flandes.
El dolor punzante que durante años le había atenazado el pecho se había transformado en una serenidad límpida.
Sabía que Isabelle, desde dondequiera que descansara su memoria, aprobaría con una sonrisa generosa aquella victoria foral y aquel amor nacido del compromiso con la verdad.
La justicia alcanzada en los tribunales de Luxemburgo y en las fiscalías de La Haya había cerrado el círculo del duelo, devolviéndole la fe en la condición humana.
Hablaron de los meses venideros y de la nueva arquitectura de sus vidas.
El lunes siguiente, Ainara tomaría posesión formal de la Jefatura Superior de la Fiscalía Anticorrupción en el Palacio de Justicia de Bilbao, con competencias especiales para supervisar el cumplimiento del nuevo protocolo foral de transparencia tributaria; Mathieu abriría la sede permanente de la Delegación de Eurojust para el Área Pirenaica en la orilla del río Nive en Bayona.
Trabajarían codo con codo, cruzando la muga con la misma naturalidad con la que el viento salobre del golfo de Bizkaia acariciaba los viñedos de Getaria y las campas de Ustaritz.
—Tendremos que comprar un pase anual para la autopista entre Bayona y Bilbao —comentó Mathieu con una media sonrisa pícara—. Aunque me temo que Gorka preferirá que sigamos cruzando por las pistas forestales de Dantxarinea para no perder la costumbre del contrabando.