La muga roja (Línea de Cupo 3) CAPÍTULO 18 El regreso a Vitoria #4
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CAPÍTULO 18 El regreso a Vitoria #4

—El nivel de perversión técnica era diabólico, Ainara —explicó Atxaga, deteniéndose un instante para encender un fósforo que apagó de inmediato el viento—.

En el ordenador personal de Sylvain Deschamps encontramos los modelos matemáticos que calculaban el momento exacto en el que el fondo Atalante Capital debía entrar a comprar las participaciones de Fagor Ederlan tras provocar una caída artificial del cuarenta por ciento en su valoración.

Tenían apalabrada la venta posterior de las patentes a un holding metalúrgico domiciliado en San Petersburgo por el triple de su valor.

No era una simple estafa; era un acto de pillaje colonial en pleno siglo XXI amparado en la burocracia comunitaria.

Atxaga detalló asimismo la preparación del dispositivo de seguridad para el juicio penal que se celebraría en la Sala de Vistas principal del Palacio de Justicia de Bilbao, en la calle Buenos Aires 6.

Se esperaba la presencia de delegaciones de observadores internacionales de la Comisión de Control Presupuestario del Parlamento Europeo, magistrados del tribunal de Pau y los principales secretarios sindicales del metal.

«Vamos a acordonar toda la orilla de la ría entre el puente del Ayuntamiento y el puente de Zubizuri», explicó el inspector jefe con gesto decidido.

«Queremos que la vista oral se desarrolle con una transparencia ejemplar, sin que nadie pueda alegar presiones ni coacciones ambientales».

Atxaga reflexionó en voz alta sobre la evolución que la Ertzaintza había experimentado en las últimas décadas.

Recordó los años duros y oscuros en los que la labor policial se limitaba a la protección personal y la lucha antiterrorista en las esquinas de los pueblos, frente al presente tecnológico donde los agentes de élite debían dominar la contabilidad forense, el rastreo de blockchain y la cooperación transfronteriza con Interpol y Europol.

«Hemos tenido que reinventarnos para no ser pisoteados por el dinero sucio», comentó el veterano inspector con orgullo contenido.

«Hoy nuestra policía defiende el autogobierno en los servidores globales con la misma entrega con la que patrullaba las carreteras en los tiempos difíciles».

El inspector jefe explicó asimismo los avances logrados en la cooperación con la Gendarmería Nacional francesa y la Policía Judicial de Bayona a través del Centro de Cooperación Policial y Aduanera de Hendaya.

Por primera vez en décadas, los mandos policiales de ambos lados del Bidasoa habían compartido terminales de acceso directo a las bases de datos de matrículas y órdenes de detención sin intermediaciones diplomáticas farragosas.

Aquel precedente de eficacia operativa estaba llamado a convertirse en el estándar de seguridad para toda la franja pirenaica, demostrando que la muga no era una barrera insalvable para la ley, sino un espacio compartido de protección mutua.

—¿Se han ejecutado todas las órdenes de detención judicial? —preguntó Ainara con el ceño fruncido, deteniéndose junto a la barandilla de piedra de los jardines del Obispo.

—Ocho detenidos en Bizkaia, cuatro en Gipuzkoa y dos en Álava —confirmó Atxaga con sequedad profesional—.

Todos los registros se realizaron de forma simultánea a las seis de la mañana, bajo mandamiento del juzgado de guardia de Bilbao y con presencia de secretarios judiciales.

Hemos incautado cincuenta y dos ordenadores corporativos, libros de contabilidad B y las llaves maestras de las cajas de seguridad en el Banco Santander y en Kutxabank.

No ha habido filtraciones; la policía judicial de la Ertzaintza ha actuado como un reloj suizo.

Ainara asintió con gravedad. La purga de las sombras era la parte más amarga y dolorosa de su trabajo, pero también la más necesaria:

—Sorokin y Hagen diseñaron el veneno, Gorka, pero fueron estos profesionales locales los que estuvieron dispuestos a inyectarlo en el cuerpo de su propia comunidad a cambio de comisiones de intermediación.

No habrá acuerdos de conformidad benévolos con ninguno de ellos.

La Fiscalía Anticorrupción solicitará penas de prisión no inferiores a ocho años por estafa agravada, falsedad documental en concurso con cohecho activo y pertenencia a grupo criminal transnacional.

Atxaga asintió con una mueca de aprobación:

—Se acabaron los tiempos en que llevar corbata de seda y hablar con modales exquisitos garantizaba la impunidad ante los tribunales forales.

Hemos limpiado la casa por dentro. Por cierto...

he recibido un télex reservado de la Policía Judicial francesa en Bayona hace dos horas.

Patricia Hagen ha ingresado formalmente en prisión provisional en la penitenciaría de Seysses, cerca de Toulouse, a la espera del auto de procesamiento de la Fiscalía Europea.

Los gendarmes dicen que está completamente deshecha psicológicamente; ha pedido declarar voluntariamente ante el juez instructor para aportar los nombres de sus enlaces ministeriales en Berlín.

—Que declare todo lo que quiera —sentenció Ainara mirando hacia la torre de la catedral de Santa María en lo alto de la colina de Vitoria—.

Cuanto más hable, más blindada quedará la verdad.

La justicia comunitaria tiene que aprender que el derecho penal no se detiene ante las puertas giratorias de las cancillerías de los Estados grandes.

Llegaron a la plaza de la Virgen Blanca, donde los edificios con balconadas de cristal blanco resplandecían bajo el cielo despejado.

El rumor de las terrazas llenas de vecinos disfrutando del aperitivo y el correteo de los niños en la explanada adoquinada contrastaban con la oscuridad de los expedientes que habían ocupado sus vidas durante las semanas pasadas.

Atxaga se detuvo junto al monumento a la batalla de Vitoria, mirando a Ainara con una expresión de sincero afecto:

—Has hecho un trabajo extraordinario, Ainara. Tu padre... Josu... estaría profundamente emocionado si pudiera verte hoy aquí, en el corazón de Vitoria, habiendo puesto de rodillas a la mayor trama criminal que jamás amenazó a nuestro pueblo.

Ainara sintió una punzada tibia en la garganta. Acarició instintivamente la manga de su chaqueta sobre la muñeca, donde descansaba el reloj Certina DS:

—Mi padre me enseñó que la foralidad no era un papel escrito en pergamino, Gorka; era el orgullo de una fundición que no le debe nada a nadie y la honradez de quien no se deja comprar por ningún señor feudal. Hoy he cumplido la promesa que le hice antes de morir.

—Lo sé, Ainara —dijo Atxaga sonriendo—. Y ahora vete a descansar.

Tienes que viajar a Bilbao para preparar el macrojuicio en los juzgados de la calle Buenos Aires, pero antes tienes una llamada pendiente con el señor Etcheverry, ¿no es así?

Me han dicho que el inspector francés ha dejado huella en La Haya antes de tomar el tren al sur.

Ainara sonrió con rubor leve en las mejillas, el primer gesto de distensión íntima que se permitía en muchas jornadas:

Atxaga consultó su terminal de datos cifrado de la Ertzaintza, confirmando que la guardia de Lakua y los equipos de delitos económicos mantenían aseguradas todas las evidencias documentales para el juicio de Bilbao.

Guardó el dispositivo en el bolsillo de su gabardina y despidió a Ainara con un apretón de manos afectuoso antes de enfilar hacia la sede central del cuerpo en Ibaiondo.

—Mathieu está en camino hacia la muga, Gorka. Y esta vez, la frontera no será un obstáculo para nosotros.

♦ ♦ ♦

A las ocho y media de la tarde, la noche de invierno había caído sobre la almendra medieval de Vitoria-Gasteiz con un manto de frío seco y silencioso.

Los faroles de hierro forjado de la plaza del Machete proyectaban conos de luz ámbar sobre los sillares oscuros del palacio de Villa Suso y los muros de la iglesia de San Miguel Arcángel.

Ainara Zubiaga caminaba lentamente por la calle Cuchillería, envuelta en un abrigo largo de lana gris y una bufanda de cachemira carmín, respirando el aroma familiar a leña quemada en las chimeneas tradicionales y a mosto fermentado que escapaba de las tabernas centenarias.

La jornada histórica había concluido en los registros oficiales, pero en el ánimo de Ainara el eco de los acontecimientos seguía vibrando con una intensidad íntima y reveladora.

Había visto el derrumbe de los poderosos en Luxemburgo, la capitulación de la arrogancia financiera en Ginebra y Dubái, y la ovación cerrada de los representantes de su pueblo en el Parlamento Vasco.

Sin embargo, en la quietud de aquella noche solitaria entre las murallas medievales de Gasteiz, sentía que la mayor victoria de su vida no se medía en autos judiciales ni en reformas normativas, sino en la preservación de su propia alma frente a la tentación del cinismo.

Al descender por la calle Cuchillería, se detuvo ante la fachada de la Casa del Cordón, el palacio gótico del siglo XV donde el cordón franciscano esculpido en piedra sobre el dintel evocaba la memoria de los Reyes Católicos y de Adriano de Utrech al ser proclamado Papa en suelo alavés.

Aquel palacio no era solo un monumento arquitectónico; era la sede de una fundación bancaria foral que durante décadas había custodiado los ahorros de los artesanos y comerciantes de la provincia para reinvertirlos en obras sociales y cooperativas locales.

La piedra gastada le recordó que las instituciones humanas subsisten cuando están enraizadas en la confianza vecinal y en el servicio a la comunidad, y que todo el andamiaje jurídico que ella defendía no tenía más fin que proteger esa humilde continuidad frente a la rapacidad del capital anónimo.