CAPÍTULO 18 El regreso a Vitoria #5
Se detuvo ante la hornacina de piedra donde la figura de la Virgen Blanca velaba sobre la escalinata que descendía hacia la plaza principal.
Apoyó las manos enguantadas en la barandilla de hierro frío, contemplando las luces titilantes de la llanada alavesa que se extendían hacia el sur.
En su mente se sucedían los rostros de quienes habían formado parte de aquella batalla: los obreros de la fundición de Fagor Ederlan en Eskoriatza con las caras tiznadas de carbón y sudor; la mirada lúcida y valiente de Maider Etcheverry cuidando a los niños en la ikastola de Bayona; el recuerdo lacerante y digno de Isabelle Laurent, cuya muerte en Zeebrugge había sido finalmente vengada por la justicia; y la presencia luminosa de Mathieu Etcheverry, el hombre que había cruzado la muga desarmado en la niebla de Dantxarinea para salvarla a ella y a la verdad.
Caminó por el adarve de la muralla del siglo XI, restaurada con respeto arqueológico sobre los cantiles de la colina.
Aquellas piedras toscas y milenarias habían resistido los asedios de reyes castellanos y navarros cuando Vitoria era una plaza fortificada en el cruce de las rutas comerciales entre el mar Cantábrico y la meseta.
La historia de su tierra no era la de grandes imperios dominadores, sino la de comunidades mercantiles y artesanas que se organizaban en cofradías y hermandades para defender sus fueros y pactar su convivencia con las coronas vecinas.
El autogobierno vasco no había nacido de una concesión graciosa, sino de la tenaz perseverancia de hombres y mujeres que exigían ser tratados como iguales ante la ley.
Desde su atalaya sobre las murallas de Vitoria, Ainara contemplaba la silueta imponente de la catedral de Santa María, el templo gótico cuyos cimientos deformados por los siglos habían inspirado a arquitectos y poetas de todo el mundo.
Aquella catedral, levantada sobre la roca viva de la colina primitiva de Gasteiz y sostenida por arbotantes audaces que desafiaban el tiempo, se asemejaba en la mente de Ainara a la propia estructura del autogobierno foral: una obra colectiva, imperfecta en su génesis pero indestructible en su voluntad de arraigo, que requería ser restaurada y apuntalada constantemente por cada generación para no derrumbarse bajo el peso de la historia.
Recordó las largas noches de estudio en la biblioteca universitaria de Deusto, cuando los tratados de derecho foral y civil vasco parecían a ojos de sus compañeros una reliquia folclórica frente al brillo cosmopolita del derecho corporativo anglosajón.
El tiempo y la experiencia le habían enseñado que la verdadera modernidad no consistía en someterse a la uniformidad abstracta de los mercados globales, sino en preservar las instituciones democráticas que protegían a las comunidades humanas de la intemperie del capital salvaje.
Cada norma foral y cada artículo del Concierto eran murallas jurídicas que garantizaban que las decisiones sobre el destino común se tomaran allí donde la gente vivía, trabajaba y enterraba a sus muertos.
El teléfono móvil que llevaba en el bolsillo interior emitió una vibración rítmica y suave.
Ainara extrajo el dispositivo y contempló la pantalla iluminada: el identificador mostraba una llamada entrante procedente de la red de telefonía francesa con el prefijo de Nueva Aquitania.
Con el corazón latiéndole con un pulso vivo y desacompasado, deslizó el dedo por la pantalla y se llevó el auricular al oído:
—Arratsalde on, Ainara —resonó la voz profunda y serena de Mathieu, con ese acento vascofrancés tan cálido que le acariciaba el espíritu.
—Mathieu... —respondió ella, dejando escapar un suspiro involuntario que se condensó en una pequeña nube de vaho blanco en el aire gélido de la noche—. ¿Dónde estás?
—Acabo de bajarme del TGV en la estación de Bayona —explicó él mientras de fondo se escuchaba el murmullo de los andenes y el silbato lejano de una locomotora sobre el río Adour—.
He dejado mis maletas en el coche de Maider y he querido llamarte antes de subir a Ustaritz.
¿Cómo ha ido la sesión en el Parlamento y la reunión en Ajuria Enea?
Ainara sonrió en la penumbra de la plaza medieval, apoyando la espalda contra los sillares templados de la iglesia:
—Ha sido una jornada que este país tardará muchas décadas en olvidar, Mathieu.
El Lehendakari y los tres Diputados Generales han firmado el pacto de blindaje foral sin modificar una sola coma de las condiciones que redactamos en la casona de Donibane Garazi.
El Concierto Económico está a salvo, la trama de Sorokin está desmantelada y las diligencias penales contra los intermediarios locales están en marcha.
Me han propuesto la Jefatura Superior Anticorrupción en Bilbao... y he aceptado.
Al otro lado de la línea, el silencio de Mathieu estuvo cargado de una admiración reverente y limpia que no necesitaba palabras altisonantes:
—Nadie en esta tierra merece ese puesto más que tú, Ainara. Tu padre estaría orgulloso de saber que su hija custodia la llave de la dignidad de nuestro pueblo. En La Haya, Bernard Marchand me ofreció la dirección adjunta de la OLAF en Bruselas; la rechacé sin dudarlo un segundo.
—¿Y qué vas a hacer ahora, Mathieu? —preguntó ella con una inflexión tierna en la que vibraba una secreta complicidad.
—Eurojust y la Fiscalía Europea han aprobado esta mañana la creación de la Delegación Permanente para el Área Pirenaica y Transfronteriza, con sede operativa en Bayona y competencias de enlace judicial directo con Bilbao y Pamplona —reveló Mathieu con voz pausada y firme—.
Me han nombrado delegado jefe permanente.
Mi trabajo consistirá en coordinar las investigaciones financieras conjuntas entre las dos orillas de la muga.
Estaremos separados por apenas ciento veinte kilómetros de autopista, Ainara...
Una hora y diez minutos de trayecto entre tu despacho en la calle Buenos Aires y el mío junto al puente Pannecau sobre la Nive.
La llamada continuó desgranándose con una fluidez serena y reconfortante.
Mathieu le relató cómo había sido recibido en Bayona por los profesores de Seaska y los amigos de su infancia, que celebraban el levantamiento de las sospechas con la modestia campesina de quienes están acostumbrados a remar contra corriente.
Le describió el olor a leña y a tierra húmeda que subía desde el valle del Nive hacia el caserío de Ustaritz, donde su tía Maider ya preparaba la cena comunal para festejar su regreso definitivo.
Al escuchar sus palabras, Ainara sintió que las dos mitades de su existencia —su devoción insobornable por la justicia pública y su amor apasionado y maduro por el hombre que la había acompañado en la tormenta— convergían finalmente en una sola senda limpia y despejada.
Mathieu le confió además las sensaciones de su travesía en tren a través de las inmensas masas boscosas de las Landas.
Mientras los pinos marítimos desfilaban a trescientos kilómetros por hora bajo un cielo de invierno que se teñía de magenta en el atardecer, había comprendido con absoluta claridad que la verdadera soberanía residía en la capacidad de amar y defender lo concreto: el dialecto de una abuela en Baïgorry, el torno humeante de un fresador en Mondragón o el apretón de manos leal entre dos servidores públicos que no se doblegan ante los poderosos.
Las capitales imperiales prometían gloria y ascensos enmoquetados, pero solo la tierra propia otorgaba sentido a la existencia.
Una oleada de emoción profunda inundó el pecho de Ainara.
Durante meses habían vivido bajo la amenaza de la separación forzosa, el exilio clandestino y la muerte violenta a manos de sicarios profesionales.
Ahora, el mismo sistema judicial que habían defendido con sus vidas les otorgaba el marco legal y profesional para trabajar juntos, anclados en su propia tierra y convertidos en los guardianes de la justicia común.
—Ciento veinte kilómetros ya no son nada para nosotros, Mathieu —susurró Ainara con los ojos humedecidos por una emoción luminosa—. Hemos aprendido que la muga no es un muro que divide a dos pueblos extraños, sino el puente invisible donde nos encontramos y donde decidimos amarnos.
—Muga gorria... —dijo Mathieu en euskera con una cadencia dulce y firme—.
La muga roja ya no sangra por la violencia del dinero ni por las aduanas del miedo; es la línea viva que une a nuestra gente.
Mañana por la tarde bajo a Bilbao para ayudarte a preparar las conclusiones del macrojuicio contra los testaferros de Sorokin.
Y el fin de semana... subiremos juntos a Ustaritz para encender el fuego de San Juan en el caserío de Maider.
—Te estaré esperando en Bilbao, Mathieu —respondió Ainara con el corazón desbordado de paz y certidumbre—. Vuelve a casa con cuidado.
—Siempre contigo, Ainara. Hasta mañana.
Ainara colgó el teléfono y permaneció unos minutos inmóvil bajo los arcos medievales de la plaza del Machete.
El frío de Vitoria ya no tenía filo; era un aire limpio y puro que llenaba sus pulmones de vida renovada.
Miró hacia el norte, hacia las cumbres lejanas de los montes de Vitoria y los pastos de Gorbeia que marcaban el camino hacia Bilbao y la costa cantábrica.
Se ajustó los guantes de piel, bajó la escalinata de piedra con paso firme y ágil, y se adentró en la noche de la ciudad blanca con la certeza absoluta de que el futuro de su tierra y de su amor comenzaba a escribirse con la tinta indestructible de la libertad.