CAPÍTULO 16 La vista en Luxemburgo #4
Ainara hizo una pausa calculada, apoyó las palmas sobre el atril y elevó la voz con una intensidad vibrante que resonó bajo el dosel dorado de la Gran Sala:
—Y tercero, señores magistrados: autonomía económica y la doctrina insoslayable del riesgo unilateral.
He aquí la gran falacia que el letrado Von Schirach ha pretendido ocultar a esta corte.
En el modelo vasco no existe ningún mecanismo de rescate o compensación estatal.
Si la recaudación tributaria de los Territorios Históricos se desploma por una crisis industrial, por una huelga prolongada o por una caída en las exportaciones de automoción, el Estado español no aporta un solo euro a las arcas vascas; el gobierno autonómico y las diputaciones deben recortar sus presupuestos, congelar sus inversiones o emitir deuda propia asumiendo el coste financiero íntegro.
Y lo que es más determinante: las instituciones vascas abonan anualmente al Estado central el denominado Cupo —el 6,24% de todas las cargas no asumidas por la comunidad, desde la defensa exterior hasta la diplomacia y la monarquía— con independencia absoluta de si la recaudación foral ha sido boyante o deficitaria.
La Abogada General De Sousa levantó la pluma para solicitar una precisión jurídica: «Fiscal Zubiaga, la Comisión alega que el tipo efectivo vasco del Impuesto sobre Sociedades resulta inferior al promedio de los Estados miembros limítrofes, generando una atracción desleal de bases imponibles.
¿Cómo concilia esa diferencia con la preservación del mercado interior?
». Ainara respondió al instante, sin consultar sus papeles: «Señora Abogada General, la presión fiscal global en el País Vasco es equivalente a la media comunitaria, situándose en el 33,4% del PIB.
La diferencia aparente en el tipo nominal del impuesto societario se compensa con una tributación más rigurosa sobre el patrimonio y la renta de las personas físicas, y con la estricta limitación de exenciones fiscales que en otros ordenamientos permiten a los conglomerados multinacionales tributar a tipos efectivos de un solo dígito.
En Euskadi no existen instrumentos de elusión tributaria ni deducciones opacas; cada euro desgravado está condicionado a la creación neta de empleo indefinido y a inversiones auditadas en centros tecnológicos radicados en el territorio».
La respuesta de Ainara mereció un gesto afirmativo de la Abogada General, quien anotó la cifra en su cuaderno de conclusiones.
Ainara tomó aire, dejando que la fuerza de la lógica económica calara en los magistrados:
—Quien asume en exclusiva las consecuencias financieras de sus decisiones impositivas no está realizando dumping; está ejerciendo la soberanía democrática de responder ante sus propios ciudadanos.
Las fundiciones de Mondragón y Fagor Ederlan no compiten con privilegios; compiten reinvirtiendo el setenta por ciento de sus excedentes cooperativos en modernización tecnológica y formación profesional, pagando salarios dignos y tributando según normas que sus propios socios trabajadores han votado en asamblea.
Bajo la Ley de Cooperativas del País Vasco, las empresas de economía social destinan por ley la mayor parte de sus beneficios al Fondo de Reserva Obligatorio y al Fondo de Educación y Promoción, blindando el empleo y arraigando el capital productivo en el territorio.
El modelo cooperativo vasco es el vivo ejemplo de una economía social de mercado consagrada en el artículo 3 del Tratado de la Unión Europea: una industria arraigada a la tierra, que no deslocaliza su producción ante el primer balance adverso y que destina sus beneficios a la investigación y a la cohesión comunitaria.
Llamar a eso ayuda de Estado ilícita es falsear el espíritu mismo de los Tratados fundacionales de Europa.
El murmullo en las tribunas de prensa se intensificó.
En la bancada contraria, Von Schirach tecleaba con furia en su ordenador portátil, mientras sus asesores intercambiaban miradas de desconcierto.
Pero Ainara no había concluido su intervención; reservaba para el final la demolición probatoria del caso.
—Pero hay algo más grave, señor presidente —prosiguió Ainara, volviendo el rostro hacia los letrados de la DG COMP con una severidad que cortaba la respiración—.
Este procedimiento cautelar no nació de una legítima discrepancia doctrinal entre administraciones públicas.
Nació de una conspiración criminal urdida en los despachos de la consultora L'Étoile Atlantique Conseil en Biarritz, financiada con dos millones y medio de euros transferidos desde cuentas nodriza del Al-Ain International Bank de Dubái pertenecientes al oligarca ruso Viktor Sorokin, e instrumentada por la exconsejera especial Patricia Hagen utilizando las dependencias de la propia Comisión Europea.
Ainara abrió el segundo maletín de seguridad y extrajo las copias certificadas por Eurojust:
—Pongo a disposición de este tribunal el auto penal de prisión incondicional dictado a las cero horas de esta madrugada contra Patricia Hagen por los delitos de estafa procesal, revelación de secretos de Estado y falsedad documental en el marco del Equipo Conjunto de Investigación JIT-2026/04.
Acompañamos el informe forense firmado por el analista Mathieu Etcheverry y el inspector Jan van der Berg, que demuestra de forma matemática que el dosier que sirvió de base a la solicitud de medidas cautelares fue generado en un servidor pirata de Múnich, clonando los sellos de la OLAF y manipulando deliberadamente las tablas contables del Fondo Vasco.
Las imágenes forenses de los discos incautados en la muga de Dantxarinea, cifradas bajo el protocolo LUKS2 con algoritmo XTS-AES-256 bits, contienen las comunicaciones directas donde los emisarios de Sorokin fijaban las fechas de publicación del dosier falso para provocar el hundimiento de las líneas de crédito de Fagor Ederlan y forzar su venta al fondo buitre Atalante Capital.
Quienes hoy solicitan la intervención económica contra Euskadi no defienden el derecho europeo; están intentando convalidar ante la justicia comunitaria el resultado de una operación de guerra híbrida diseñada para desestabilizar el flanco industrial de la Unión y apoderarse de sus activos cooperativos.
Un silencio de plomo cayó sobre la Gran Sala.
El presidente Van der Meersch examinó con detenimiento los documentos que el ujier mayor le entregó en mano, pasándoselos de inmediato a la Abogada General De Sousa.
Los quince magistrados se inclinaron unos hacia otros en una consulta susurrada de extrema tensión procesal.
El doctor Von Schirach permanecía petrificado en su sitial, con el rostro desencajado y las carpetas de Berlín cerradas sobre la mesa.
Ainara cerró su legajo, miró fijamente al panel de jueces y concluyó su alegato con la dignidad serena de su pueblo:
—La muga no es una brecha en la legalidad europea, señorías; es la línea viva donde el derecho se mide con la verdad.
Las instituciones forales vascas no son rebeldes contra el orden comunitario; son los custodios más antiguos y leales de una Europa de pueblos libres que pactan sus leyes en pie de igualdad.
Solicitamos la desestimación íntegra de las medidas cautelares y la condena en costas a los promotores de esta temeridad procesal.
♦ ♦ ♦
La deliberación de la Gran Sala del Tribunal de Justicia de la Unión Europea se prolongó durante dos horas y cuarenta minutos en la sala privada de acuerdos, ubicada en la planta superior del Palacio de la Corte.
En el salón de pasos perdidos de la Galería de Cristal, el tiempo parecía haberse congelado en un compás de espera sofocante.
Los teletipos de las agencias internacionales Reuters, Agence France-Presse y EFE emitían actualizaciones continuas sobre la crisis diplomática: el Gobierno federal de Berlín anunciaba la apertura de una comisión de investigación parlamentaria en el Bundestag sobre las actividades de la consultora de Hagen, mientras la Comisión Europea emitía una nota oficial desvinculándose de las pretensiones de los servicios de Competencia y confirmando la suspensión cautelar de sus altos cargos implicados.
Ainara Zubiaga permanecía de pie junto a uno de los altos miradores acristalados que daban a la plaza de los Derechos Humanos, contemplando cómo los copos de nieve fina comenzaban a danzar en el aire helado de Luxemburgo.
A su lado, Mathieu Etcheverry sostenía dos vasos de café humeante que acababa de conseguir en la cantina de letrados.
El inspector contempló el rostro de Ainara: las ojeras marcadas por las noches de insomnio en Donibane Garazi y La Haya no lograban apagar la luminosidad tranquila de su mirada.
Había en ella una serenidad de acero templado, idéntica a la que Mathieu había visto en las mujeres de su propia familia en el caserío de Ustaritz cuando tocaba plantar cara a las tempestades pirenaicas.
—Has estado magistral, Ainara —dijo Mathieu en euskera, entregándole uno de los vasos—.
Ni el mejor abogado general de París habría articulado la doctrina del riesgo unilateral con esa contundencia.
Has obligado a Von Schirach a tragarse sus propios memorandos y has dejado a la Comisión sin una sola línea de defensa legal.