CAPÍTULO 14 El cerco de Dantxarinea
## El cerco de Dantxarinea
Aquel rincón de la muga, donde durante siglos habían convivido contrabandistas legendarios, carabineros de capa oscura y pastores que cruzaban rebaños al amparo de las facerías tradicionales, no era una simple línea administrativa trazada en un mapa militar.
Desde los Tratados de Límites de Bayona suscritos a mediados del siglo XIX, aquella frontera había sido una herida física y emocional que separaba a familias del mismo valle, pero también un espacio de resistencia y solidaridad comunitaria donde las leyes de los Estados centrales solían diluirse ante la fuerza de la costumbre local.
En los senderos ocultos que ascendían hacia las bordas de Zugarramurdi y los pastos comunales de Baztan, generaciones enteras de mugalaris habían burlado los resguardos fiscales transportando tabaco, seda, medicamentos y fugitivos políticos que huían de las guerras carlistas y de la dictadura.
Ahora, sin embargo, el silencio secular del valle se veía quebrado por el parpadeo estridente de decenas de luces de emergencia y el zumbido bronco de motores diésel de alta cilindrada.
El despliegue de seguridad, activado de forma coordinada por el Centro de Cooperación Policial y Aduanera (CCPA) de Hendaya y validado telemáticamente por el juzgado de enlace de Eurojust en La Haya, había sellado en cuestión de veinte minutos los tres accesos naturales a través del valle.
Al amparo de los protocolos del Convenio de Aplicación del Acuerdo de Schengen y de los acuerdos bilaterales de persecución transfronteriza en caliente, se había establecido una zona de interdicción absoluta en un radio de cinco kilómetros alrededor de la línea divisoria.
La coordinación entre los dos cuerpos policiales funcionaba con la precisión de un mecanismo de relojería: los canales de radio digital TETRA de la Ertzaintza y la red cifrada Rubis de la Gendarmería Nacional habían sido interconectados mediante una pasarela de contingencia instalada en un furgón de transmisiones avanzadas, permitiendo que las órdenes de mando circularan sin interferencias entre ambos lados de la muga.
A lo largo de la calzada que bordeaba las gasolineras y los amplios comercios fronterizos de licores, tabaco y quesos de oveja, desalojados de urgencia por orden terminante de la prefectura de Pau, se alzaba una barrera impenetrable de vehículos de seguridad.
Cuatro furgones pesados de la Unidad de Intervención de la Ertzaintza, los Bizkor, con sus carrocerías negras reforzadas, blindaje compuesto y rejas metálicas de protección sobre los parabrisas, formaban un semicírculo defensivo en la vertiente sur de la muga, cerrando el paso hacia el puerto de Otsondo y las llanuras de Navarra.
A su lado, todoterrenos de la Gendarmería Nacional francesa equipados con defensas de empuje tubulares y proyectores halógenos de alta intensidad formaban una cuña complementaria que cortaba cualquier desvío hacia Ainhoa y Saint-Pée-sur-Nivelle.
Sobre el asfalto resbaladizo, los agentes del grupo de asalto de la policía foral vasca, enfundados en monos ignífugos oscuros, chalecos antibalas de nivel cuatro y cascos balísticos con viseras abatibles, desplegaban cadenas de púas metálicas neumáticas capaces de perforar los neumáticos blindados de cualquier vehículo pesado en carrera.
Frente a ellos, los gendarmes de la compañía de San Juan de Luz y los tiradores del Pelotón de Vigilancia e Intervención (PSIG) montaban parapetos con sacos terreros y escudos balísticos con ruedas de polímero para contener una eventual embestida armada.
El olor a combustible diesel quemado, goma húmeda y lluvia gélida saturaba la atmósfera del complejo aduanero.
Los rótulos luminosos de las tiendas de productos típicos y las ventas tradicionales de piedra arenisca parpadeaban en la penumbra bajo el temporal, proyectando reflejos amarillos y verdes sobre los charcos de agua de lluvia.
En los accesos peatonales, cintas policiales bilingües precintaban las terrazas desiertas donde habitualmente los turistas franceses y navarros se detenían a comprar vino de Irouléguy o jamón curado.
La muga entera había quedado reducida a un embudo táctico donde el menor fallo de cálculo desencadenaría una tragedia irreparable.
Ainara Zubiaga contemplaba el dispositivo con una lucidez teñida de solemnidad histórica.
Recordaba las conversaciones mantenidas en su infancia junto a la chimenea familiar en Durango, cuando su padre Josu le explicaba cómo el Concierto Económico vasco nació en 1878 tras la abolición cruenta de los fueros tradicionales al término de la Tercera Guerra Carlista.
Aquel pacto no fue una dádiva del poder central ni un privilegio señorial; fue la fórmula pragmática y heroica que permitió a las Diputaciones Forales recaudar sus propios tributos para sostener las escuelas, los hospitales y las carreteras de un país destruido por la pólvora, asumiendo el riesgo íntegro de su financiación sin reclamar compensaciones al Estado.
Durante generaciones, los obreros de las fundiciones, los pescadores de Bermeo y los maestros de las ikastolas habían pagado con su sudor cada céntimo de aquel autogobierno.
Ahora, una trama urdida en los rascacielos de Bruselas y financiada por la mafia rusa pretendía destruir en una tarde el patrimonio cívico de un siglo y medio.
En el puesto de mando avanzado, instalado provisionalmente en el porche cubierto de una venta comercial cerrada a escasos cuarenta metros del hito de piedra internacional número veintiséis, Ainara y Mathieu Etcheverry observaban los preparativos con una concentración tensa que dejaba sin aliento.
La fiscal anticorrupción llevaba puesto un chaleco reflectante con la leyenda de la fiscalía judicial sobre su abrigo negro empapado por el aguanieve.
Con los dedos entumecidos por el frío, Ainara rozó un instante la corona metálica del reloj Certina DS que su padre Josu había llevado en las duras jornadas de la fundición de Durango; el contacto con aquel metal gastado por el sudor obrero operaba en su interior como un talismán ético, recordándole que la dignidad de un pueblo trabajador se defendía tanto en las salas de vistas como en el barro helado de una frontera amenazada.
—El Land Cruiser gris ha sido avistado por el helicóptero de la Gendarmería superando el desfiladero de Bidarray a más de ciento treinta kilómetros por hora —informó el inspector jefe Gorka Atxaga, aproximándose a los dos investigadores con el auricular de la red digital de transmisiones pegado a la oreja—.
Han intentado desviarse por una pista forestal hacia el puerto de Otsondo, pero la patrulla de montaña de Elizondo les ha cortado el paso cruzando un blindado en la calzada.
No les queda otra alternativa que descender hacia esta rotonda.
Vienen enfilados hacia Dantxarinea con el acelerador a fondo y la policía francesa pegada a sus talones a menos de trescientos metros.
Mathieu miró hacia el norte, donde la cinta de asfalto de la D-4 desaparecía entre un bosque denso de robles y castaños centenarios envueltos en jirones de bruma baja.
El rumor sordo de las sirenas policiales comenzaba a filtrarse a través del rumor del temporal, rebotando en las laderas rocosas del valle con un eco siniestro.
—Patricia Hagen sabe perfectamente que una vez que cruce este paso estará en territorio sometido a la jurisdicción de la Audiencia Nacional y de las fiscalías forales —dijo Mathieu con voz tensa, ajustándose el cuello del impermeable—.
Si la dejamos pasar hacia Navarra sin asegurar los discos duros, los mercenarios rusos intentarán dispersarse por los montes de Baztan hacia la cuenca de Pamplona, donde Sorokin dispone de empresas logísticas de transporte internacional.
Esta rotonda es el único embudo donde podemos neutralizar el vehículo sin que se produzca una matanza en campo abierto.
—Hagen no viaja como una aliada de esos mercenarios, Mathieu —observó Ainara, con la mente procesando la psicología de la fugitiva—.
En cuanto el JIT de Eurojust congeló las cuentas nodriza en Bayona y Berlín retiró la cobertura institucional, Hagen se convirtió en un cabo suelto sumamente peligroso para Viktor Sorokin.
Los mercenarios la transportan como un paquete que deben entregar o liquidar según evolucione la situación.
Si ven que el paso está cerrado, no dudarán en sacrificarla para cubrir su propia retirada.
El capitán de la Gendarmería francesa al mando del dispositivo avanzó hacia ellos con paso marcial, sosteniendo en la mano enguantada el megáfono de alta potencia:
—Mis tiradores están apostados en la cubierta del almacén de piensos con fusiles de precisión y designadores láser —explicó el oficial galo con acento bearnés—.
En cuanto el Land Cruiser aparezca en la última curva antes del puente, detonaremos los cartuchos fumígenos para reducir su visibilidad y forzarlos a frenar antes de la barrera de pinchos.
Si los ocupantes abren fuego con armas automáticas, tenemos autorización de neutralización letal inmediata conferida por el prefecto.
—¡Tienen que preservar con vida a la pasajera!
—reclamó Ainara con firmeza innegociable, plantándose frente al oficial francés—.
La mujer que viaja en el asiento trasero custodia dos discos duros con la evidencia procesal que desmonta el mayor fraude financiero cometido contra el autogobierno de nuestro país.
Si sus hombres abren fuego indiscriminado contra el habitáculo y Hagen muere, la verdad quedará sepultada en este valle y los responsables de la trama en Berlín y Moscú saldrán impunes. La captura debe ser quirúrgica.
El oficial francés miró a la fiscal vasca, reconociendo en la intensidad de su mirada la determinación inquebrantable de la magistratura. Asintió secamente con la cabeza: