La muga roja (Línea de Cupo 3) CAPÍTULO 14 El cerco de Dantxarinea #2
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CAPÍTULO 14 El cerco de Dantxarinea #2

—Fuego selectivo únicamente contra las ruedas y el bloque del motor, salvo agresión directa inminente contra el cordón de asalto —transmitió el capitán por su canal de radio interno—. Repito a todas las posiciones: blanco principal con vida; aseguren el equipaje de mano.

Gorka Atxaga comprobó el cerrojo de su arma y ajustó el selector de tiro en posición semiautomática, mientras cruzaba una mirada de complicidad con Mathieu.

Ambos conocían al dedillo la geografía de aquellos pasos montañosos; habían crecido escuchando las historias de los hombres que cruzaban la muga en noches sin luna cargando fardos de café o refugiados políticos.

Pero esta vez la amenaza no venía de fugitivos humildes que buscaban la libertad, sino del corazón financiero de Europa, personificado en una alta funcionaria que había vendido su alma a las mafias del este para doblegar el autogobierno vasco.

En las comunicaciones cifradas que mantenían con la sala de crisis de Vitoria-Gasteiz, el Consejero de Economía y Hacienda seguía la evolución del cerco minuto a minuto.

Para el Gobierno Vasco, la jornada había supuesto un seísmo institucional sin precedentes: la desautorización pública del informe apócrifo en Bruselas había detenido el pánico en los mercados de deuda, pero la amenaza de que Hagen destruyera los servidores de L'Étoile Atlantique mantenía en vilo a todo el gabinete.

Si la documentación original desaparecía en las llamas de aquella venta, la Comisión Europea se vería atrapada en un limbo jurídico que postergaría durante años la exoneración definitiva del Concierto Económico.

Ainara repasó mentalmente el articulado del Reglamento de Eurojust y las competencias de los Equipos Conjuntos de Investigación.

Sabía que la presencia de Mathieu en el umbral de la muga no era una casualidad del destino, sino la confluencia necesaria de dos tradiciones jurídicas que habían aprendido a respetarse en medio de la persecución.

Frente a la arrogancia tecnocrática de quienes concebían a la Unión Europea como una maquinaria centralizadora al servicio de los grandes Estados, la cooperación leal entre la fiscalía vasca y la judicatura francesa demostraba que la verdadera soberanía residía en la protección compartida de los derechos fundamentales.

En ese instante, el estruendo desgarrador de neumáticos derrapando sobre el pavimento mojado resonó en la curva de entrada al complejo aduanero.

Los faros de xenón del Toyota Land Cruiser perforaron la penumbra del atardecer como dos cuchillas de luz blanca, proyectando la silueta de un monstruo de metal que se precipitaba hacia la línea fronteriza a una velocidad suicida.

♦ ♦ ♦

El todoterreno Toyota Land Cruiser gris plomo irrumpió en la explanada de la rotonda aduanera de Dantxarinea como un proyectil descontrolado, derrapando en un arco de noventa grados sobre el firme cubierto de hojas descompuestas y gasóleo derramado.

El conductor ruso, con los ojos inyectados en sangre tras casi dos horas de persecución al límite de la adherencia física, clavó los frenos al descubrir el muro de vehículos pesados de la Ertzaintza y los gendarmes franceses que cerraban por completo la calzada con fusiles de asalto HK G36 y escudos balísticos de titanio.

Los cuatro neumáticos del Land Cruiser se bloquearon con un chirrido agónico, despidiendo densas humaredas de caucho quemado que se mezclaron con el vapor de agua pulverizado.

La defensa de acero tubular del todoterreno se detuvo a escasos doce metros de la primera fila de cadenas de púas, oscilando sobre sus amortiguadores hidráulicos mientras el motor diésel rugía en un intento desesperado de engranar la marcha atrás.

En el interior del habitáculo blindado, Patricia Hagen se aferraba con las uñas ensangrentadas a la mochila con los discos duros de magnesio, con el corazón golpeándole las costillas como un martillo neumático.

Por el parabrisas agrietado por los impactos de gravilla, contempló la línea de tiradores policiales apostados tras los blindados: reconocía las boinas rojas de la policía vasca y los quepis oscuros de los gendarmes franceses.

Estaba rodeada, cercada en la misma muga física que había pretendido borrar desde los despachos comunitarios de Bruselas.

—¡Den la vuelta! —gritó Hagen con una voz desgarrada por el terror y la histeria—. ¡Metan la reductora y rompan por el arcén de la venta vieja! ¡Sorokin les pagará dos millones de euros si me sacan de este valle! ¡Tengo las autorizaciones bancarias en mi libreta!

El mercenario ruso del asiento del copiloto, un veterano de las fuerzas especiales navales llamado Yuri, se giró hacia ella con una mirada de desprecio absoluto que congeló las palabras en la garganta de la funcionaria.

Su rostro pétreo, surcado por la cicatriz de una esquirla de metralla en Chechenia, no reflejaba la menor lealtad ni el más mínimo atisbo de vacilación moral.

En su mano izquierda sostenía un terminal satelital donde acababa de recibir la orden definitiva transmitida desde Dubái por el lugarteniente de Viktor Sorokin: «El corredor está comprometido. Eliminen vínculos. Desechen la carga».

—La operación ha terminado, alemana —dijo el hombre en un ruso seco y gutural—. No vamos a morir en una frontera extranjera por una burócrata quemada. Tu jefe en Dubái ya ha ordenado borrar los servidores de enlace y congelar los pagos fiduciarios. Eres peso muerto.

Hagen intentó aferrarse a la correa de la mochila y a los asideros del asiento delantero, gritando imprecaciones histéricas en alemán mientras forcejeaba con todas sus fuerzas.

Pero la disparidad física era brutal. Yuri desenfundó su pistola ametralladora Stechkin, le asestó un golpe seco con el codo en el esternón que le vació los pulmones de aire en una convulsión de asfixia, desbloqueó el seguro central de las puertas y de una patada violenta abrió la portezuela trasera izquierda del vehículo.

El mercenario agarró a Hagen por las solapas de su abrigo de lana, arrancándola de su asiento con una violencia salvaje que desgarró las costuras y los forros interiores, y la arrojó hacia el exterior sin contemplaciones.

Hagen cayó de costado sobre el asfalto helado de la cuneta, golpeándose la rodilla izquierda contra el bordillo de piedra de una arqueta de desagüe con un crujido sordo que le arrancó un alarido de dolor desgarrador.

La mochila negra con los dos discos duros cifrados y las libretas de claves bancarias rebotó en el barro a escasos palmos de sus manos temblorosas.

Sin esperar un segundo más, el conductor del Land Cruiser metió la marcha atrás con un chasquido metálico de la transmisión, dio un volantazo violento sobre la cuneta de grava y aceleró a fondo, derribando un poste de señalización turística antes de enfilar en dirección contraria hacia las pistas forestales que ascendían hacia los bosques de Sara y Zugarramurdi en un intento desesperado de burlar el cerco por los senderos de contrabando.

—¡El vehículo a la fuga se retira hacia el norte! —bramó el comandante francés por el megáfono—. ¡Secciones móviles dos y tres, intercepten el Land Cruiser en el cruce de las ventas de Sara! ¡No permitan que alcancen la masa forestal!

Dos todoterrenos de la Gendarmería y una patrulla camuflada de la Ertzaintza arrancaron con un rugido ensordecedor de motores, lanzándose en persecución de los sicarios rusos a lo largo de la carretera secundaria.

Durante tres kilómetros de curvas cerradas y pavimento embarrado, los fugitivos intentaron desembarazarse de las patrullas embistiendo los quitamiedos, mientras el copiloto asomaba el cañón de su subfusil por la ventanilla disparando ráfagas cortas que rebotaban en el blindaje de los coches policiales.

La carretera forestal, flanqueada por densas masas de hayas y robles empapados por el aguanieve, se convertía en una trampa de lodo resbaladizo donde la tracción a las cuatro ruedas no alcanzaba a compensar el exceso de velocidad.

Al llegar a la bifurcación del collado de Lizarrieta, el Land Cruiser perdió adherencia sobre un charco profundo de barro arcilloso, derrapó fuera de la calzada y se empotró de frente contra un grupo de robles centenarios.

El radiador reventó en una nube de vapor hirviente y el eje delantero quedó partido en dos.

Los dos mercenarios, aturdidos por el impacto del airbag y con las armas inutilizadas por la deformación del chasis, fueron rodeados y reducidos en el suelo por los tiradores de la gendarmería de montaña sin que pudieran ofrecer más resistencia.

En el punto de impacto contra el robledal de Lizarrieta, los gendarmes recuperaron el terminal satelital blindado de Yuri.

En la pantalla de fósforo verde, aún parpadeaba la confirmación criptográfica de la orden transmitida desde un nodo marítimo en el golfo de Finlandia: «Operación anulada.

Activo Hagen irrecuperable. Cortar retorno».

Los sicarios no habían actuado por pánico improvisado ni por cobardía de última hora; cumplían con fría meticulosidad el protocolo de descarte del hampa organizada.

Para la organización criminal de Viktor Sorokin, una comisaria europea que huía perseguida por dos policías estatales y la judicatura internacional era una carga muerta cuyo testimonio amenazaba con derrumbar una arquitectura de blanqueo de más de dos mil millones de euros.