CAPÍTULO 13 La huida hacia la muga #6
—El Land Cruiser acaba de superar la rotonda de Ustaritz —informó Ainara con la voz modulada por la adrenalina pero sin un ápice de vacilación—.
Han tomado la variante sur hacia Larressore y Cambo-les-Bains.
Intentan evitar las zonas urbanas para no toparse con barricadas fijas de la Gendarmería.
Su objetivo es inequívoco: van directos hacia el puerto de montaña de Dantxarinea para cruzar a territorio navarro por la carretera D-4.
Mathieu miraba por la ventanilla el paisaje montañoso que desfilaba a toda velocidad bajo el cielo plomizo del atardecer.
Los robles centenarios, los caseríos de entramado rojo de su infancia y las aguas turbulentas del río Nive que descendían hinchadas por el temporal invernal parecían contemplar con muda solemnidad el acto final de la cacería humana.
Aquella tierra, dividida artificialmente por tratados diplomáticos desde hacía siglos, se unía ahora en un único teatro de operaciones donde la justicia no reconocía barreras aduaneras.
—Conozco cada palmo de esa carretera —dijo Mathieu, apoyando una mano firme sobre el hombro de Ainara—.
Pasado Cambo, la calzada se estrecha en una garganta sinuosa entre las peñas de Itxassou y los desfiladeros de Louhossoa.
No hay escapatoria posible hacia el este ni hacia el oeste: o se estrellan contra las laderas rocosas o se verán obligados a enfilar directamente hacia la rotonda aduanera de Dantxarinea.
Es allí donde se decidirá todo, Ainara. En la muga vieja.
En el interior del Land Cruiser a la fuga, la tensión entre Hagen y sus captores se había vuelto insostenible.
En el asiento del copiloto, un mercenario ruso con el rostro marcado por cicatrices de combate comprobaba el percutor de una pistola automática y miraba con desprecio a la mujer atrincherada en el asiento trasero.
Hagen comprendió de golpe la naturaleza letal de la situación: si el vehículo quedaba inmovilizado por la policía, aquellos hombres no dudarían en dispararle en la nuca para evitar que declarara ante un tribunal internacional sobre los tratos de Sorokin con la inteligencia alemana.
Su supervivencia dependía exclusivamente de llegar a la venta fronteriza de Dantxarinea y mantener el control sobre los discos duros.
El todoterreno cruzó a más de ciento veinte por hora el paso estrecho de Atekagaitz, el célebre Paso de Roldán junto a Itxassou, donde la carretera quedaba encajada entre el río embravecido y una pared vertical de roca caliza.
El agua de las escorrentías inundaba la calzada, obligando al conductor a corregir constantes derrapes sobre el asfalto sucio de hojas muertas y ramas partidas.
Detrás de ellos, las luces de la berlina de la Ertzaintza y de los todoterrenos de la Gendarmería Nacional recortaban distancia a cada kilómetro.
La orografía pirenaica, agreste y cerrada, comenzaba a imponer su ley sobre la huida.
Entre los desfiladeros de Louhossoa y Bidarray, las curvas se sucedían en un trazado vertiginoso donde cualquier error de pilotaje significaba precipitarse al fondo del cañón del río Nive.
El conductor del Land Cruiser, habituado a las anchas avenidas de Moscú o a las pistas de arena de los emiratos, luchaba desesperadamente con el volante para mantener el vehículo en la trazada frente al empuje de las corrientes de agua que cruzaban el pavimento.
Hagen se aferraba con las dos manos a las asas del techo, sintiendo que la montaña misma conspiraba para cerrarle el paso.
A través de la radio policial, la voz del comandante de la compañía de Gendarmería de San Juan de Luz anunció el despliegue final en la muga:
—Todas las unidades en persecución: el paso fronterizo de Dantxarinea está completamente bloqueado por furgones blindados de la Gendarmería y patrullas de la Ertzaintza.
Repito: la calzada de la D-4 está cortada con barreras de púas a la altura de las ventas aduaneras.
El objetivo no tiene salida hacia territorio español.
Mantengan distancia de seguridad; los ocupantes van armados.
Gorka apretó el acelerador de la berlina policial mientras los limpiaparabrisas apenas daban abasto para desalojar el agua del cristal.
La sirena camuflada aullaba en la penumbra del valle, marcando el pulso acelerado de una persecución que enfilaba ya los últimos kilómetros hacia la línea divisoria donde la niebla y la historia esperaban a los fugitivos.
En el asiento posterior, Ainara y Mathieu comprobaron los anclajes de sus chalecos tácticos: sabían que al final de aquella carretera no solo se jugaba la captura de una fugitiva, sino la supervivencia moral del país entero.
A lo lejos, recortándose contra el horizonte grisáceo de las cumbres navarras, el perfil agreste del monte Alkurruntz y los pastos de Urdazubi comenzaban a emerger entre las cortinas de agua y los jirones de niebla blanca que bajaban rodando desde las alturas pirenaicas.
La trampa de Dantxarinea estaba a punto de cerrarse sobre la última comisaria del imperio financiero.