CAPÍTULO 13 La huida hacia la muga #3
«La operación de Bruselas ha colapsado de forma irreversible.
Marchand ha desautorizado el informe en directo y la fiscalía vasca ha transferido a Eurojust las confesiones notariales de Deschamps y Arostegui.
En cuarenta minutos las autoridades aeronáuticas de Francia y España recibirán la notificación roja de Interpol para aterrizaje forzoso en cualquier aeropuerto comercial.
Su plan de vuelo original hacia Ginebra ha sido cancelado por la torre de control de Reims. Su única salida viable es el aeropuerto de Biarritz-Parme: el comandante tiene instrucciones de descender por la aproximación costera esquivando los radares civiles del centro de Burdeos.
En Biarritz, una célula de seguridad recogerá su maletín en el hangar número tres y la trasladará a través de la muga hacia Navarra por el paso de Dantxarinea.
No intente negociar con las autoridades; si cae en manos de la fiscalía con los discos duros, la estructura societaria de Horizon Trust quedará desmantelada.
Llegue a la venta fronteriza de Dantxarinea.
Allí la espera el transporte hacia el sur. »
Hagen dejó caer la tableta sobre la mesa mientras el Cessna Citation se balanceaba en medio de las turbulencias de un frente frío sobre las llanuras centrales de Francia.
La consejera que había dictado resoluciones inapelables en los rascacielos de la Unión Europea comprendía con aterradora claridad la naturaleza de su destino: ya no era una alta funcionaria de la gobernanza económica europea; se había convertido en un paquete prescindible en manos de los sicarios de la mafia rusa, una fugitiva acorralada que debía descender en la misma muga pirenaica que había intentado asfixiar desde los despachos de Bruselas.
En la carlinga de pilotaje, los dos aviadores trabajaban con los rostros iluminados por el resplandor verdoso de las pantallas de aviónica Honeywell Primus Epic.
El radar meteorológico mostraba una inmensa masa de ecos amarillos y rojos que se extendía sobre el Macizo Central y la cuenca de Aquitania.
Los auriculares de los pilotos chisporroteaban con las comunicaciones de emergencia de los sectores de control aéreo de París y Burdeos, que exigían reiteradamente la identificación del vuelo M-SOVR y ordenaban su desvío inmediato hacia la base militar de Châteauroux.
El copiloto se giró hacia el pasillo central con una mueca de tensión inocultable:
—Estamos volando en espacio aéreo controlado sin transpondedor activo —advirtió el oficial con aspereza—.
En diez minutos el mando de defensa aérea francés despachará una pareja de cazas Mirage 2000 desde la base de Mont-de-Marsan para forzarnos a tomar tierra.
El comandante ha decidido romper el nivel de crucero e iniciar un picado táctico hacia el golfo de Vizcaya por debajo de los diez mil pies para eludir los radares de largo alcance de la costa atlántica.
Volaremos a menos de trescientos metros sobre las olas a lo largo de las playas de las Landas para ocultarnos en el lóbulo ciego de los radares terrestres.
Abróchese el cinturón de seguridad y rece para que los motores no aspiren agua salada en la aproximación.
Hagen apretó los anclajes del arnés de cuatro puntos contra su pecho mientras el morro del birreactor caía con violencia hacia el abismo de nubes bajas.
La sensación de ingravidez le encogió el estómago.
Por debajo del manto gris apareció la superficie revuelta del océano Atlántico, con crestas blancas de espuma que parecían levantarse para atrapar la panza del avión.
Hagen miró el maletín metálico que reposaba a sus pies: todo el andamiaje de influencias, fondos fiduciarios y memorandos reservados se reducía ahora a dos discos duros que contenían la crónica documental de su propia ruina.
Recordó las palabras que solía pronunciar en los comités de dirección de la Comisión: «El poder no negocia con los territorios; el poder impone las reglas del mercado» .
Qué vacías y patéticas sonaban aquellas consignas frente al rugido sordo de las olas cantábricas que se aproximaban a trescientos nudos de velocidad.
El recuerdo lacerante de la muerte de Isabelle Laurent emergió en la memoria de Hagen como una pesadilla recurrente.
En aquella primavera de 2022, en la dársena portuaria de Zeebrugge, Isabelle había descubierto el rastro de las transferencias de Horizon Trust hacia cuentas fiduciarias en Fráncfort y Luxemburgo.
Hagen no había dudado en facilitar a los servicios de Sorokin los horarios de desplazamiento de la joven auditora de la OLAF, simulando una fuga de información de contrainteligencia que concluyó con el supuesto accidente en la rotonda de acceso a las terminales de contenedores.
Para Hagen, en aquel entonces, aquella muerte fue solo un daño colateral necesario para proteger una operación de Estado.
Pero ahora comprendía que la sangre derramada en Zeebrugge había encendido la mecha que finalmente la consumía a ella misma.
La tenacidad de Mathieu Etcheverry, impulsada por el duelo y la búsqueda incansable de justicia, había cruzado fronteras y desmontado conspiraciones diplomáticas que parecían inexpugnables.
Los recuerdos de sus estancias en Biarritz, en las suites aristocráticas del Hôtel du Palais donde solía almorzar con los directores de la Banque Privée de l'Adour y los intermediarios de Sorokin mientras contemplaban la Grande Plage, le provocaron un estremecimiento de náusea.
En aquellas mesas vestidas con mantelería de hilo y cristalería de Baccarat, la destrucción del autogobierno económico vasco se diseñaba como una partida de ajedrez geopolítico exenta de consecuencias humanas.
Habían calculado fríamente el impacto de asfixiar las cooperativas industriales del Deba, de paralizar las líneas de crédito del Gobierno de Vitoria y de liquidar el régimen foral para reemplazarlo por un modelo tutelado desde Madrid y Bruselas.
Ahora, el mar bravío del golfo de Vizcaya rompía contra los acantilados rocosos no como un decorado de postal burguesa, sino como el umbral de una cacería implacable.
Los pilotos verificaron los parámetros de combustible en el panel central: quedaban menos de ochocientos kilos de queroseno en los depósitos alares, apenas suficiente para una aproximación directa y sin opción de frustrada ni desvío hacia aeropuertos alternativos.
El copiloto ajustó el altímetro barométrico con la presión atmosférica transmitida por el sistema ATIS de Biarritz: novecientos noventa y dos hectopascales bajo un temporal de suroeste con rachas de cuarenta nudos cruzadas sobre la pista.
El birreactor comenzó a vibrar violentamente al cortar las turbulencias orográficas que descendían de la cadena pirenaica.
El avión viró con un alabeo escarpado sobre la desembocadura del río Adour, esquivando las grúas del puerto de Bayona y los acantilados de Anglet.
A través de la lluvia que empañaba los cristales de cabina, la silueta inconfundible del faro de Biarritz y la silueta lejana de las peñas pirenaicas emergieron como centinelas de piedra.
El piloto bajó el tren de aterrizaje con un chasquido que sacudió la carlinga: en menos de noventa segundos tocarían el asfalto de Parme.
♦ ♦ ♦
A las doce horas y cuarenta minutos de la mañana, la Sala de Coordinación Operativa del Equipo Conjunto de Investigación en la sede central de Eurojust, en el número 9 de la Johan de Wittlaan de La Haya, registraba una actividad frenética que desafiaba la sobriedad habitual de la magistratura comunitaria.
En el inmenso videowall de doce pantallas que cubría la pared frontal de la sala de crisis, los técnicos de Europol monitorizaban en tiempo real el eco radar del Cessna Citation que sobrevolaba el departamento francés de Dordoña a más de ochocientos kilómetros por hora en dirección al golfo de Vizcaya.
Frente a la consola central, Ainara Zubiaga y Mathieu Etcheverry permanecían de pie junto al analista jefe Jan van der Berg, rodeados por una decena de expedientes abiertos, mapas topográficos de los pasos fronterizos pirenaicos y terminales de comunicación segura conectados con Madrid, París y Vitoria.
La fiscal anticorrupción mantenía el semblante concentrado, con los brazos cruzados sobre la chaqueta oscura y los ojos fijos en la traza parpadeante del reactor fugitivo.
A su lado, Mathieu sostenía un teléfono cifrado con la línea abierta con la Dirección Central de la Policía Judicial francesa (DCPJ) en Nanterre y con la sede del Centro de Cooperación Policial y Aduanera de Hendaya.
—El plan de vuelo del avión de Sorokin acaba de ser modificado en pleno vuelo alegando una emergencia técnica por fallo en el sistema de presurización secundaria —anunció Jan van der Berg, ajustándose las gafas metálicas mientras tecleaba una serie de comandos en su terminal de control aéreo de Eurocontrol—.
El piloto ha declarado descenso instrumental hacia el aeropuerto de Biarritz-Parme, solicitando pista prioritaria para las trece horas y cincuenta y cinco minutos.
Quieren evitar el aeropuerto comercial de Burdeos-Mérignac porque saben que allí la Gendarmería del Aire dispone de un destacamento permanente de intervención inmediata.
En Biarritz creen que podrán aprovechar la dispersión de las pistas corporativas para transferir a Hagen a un vehículo terrestre antes de que la policía judicial monte el dispositivo de cerco.