La muga roja (Línea de Cupo 3) CAPÍTULO 13 La huida hacia la muga #2
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CAPÍTULO 13 La huida hacia la muga #2

—El Cessna Citation Sovereign de Horizon Trust permanece estacionado en la plataforma ejecutiva del aeródromo de Charleroi-Gosselies —respondió la voz con acento eslavo desde el otro extremo de la línea cifrada—.

El plan de vuelo hacia el sur de Francia fue depositado hace una hora como traslado privado de consultores de negocios.

La tripulación tiene las turbinas en precalentamiento y la autorización de rodadura preaprobada por el control aéreo regional de Valonia.

Pero la Policía Federal belga ya ha comenzado a despachar patrullas hacia los accesos principales de la terminal de aviación general.

Si no cruza la verja perimetral antes de las doce y cuarto, la torre de control recibirá la orden judicial de suspensión de salidas.

—Llegaremos en diez minutos —ordenó Hagen—. Dígale a los pilotos que no esperen a la señal de los señaleros de pista; en cuanto suba a bordo, quiero las ruedas en el aire.

Se inclinó hacia el conductor del todoterreno y le propinó un golpe en el hombro con los nudillos crispados.

—Abandone la autopista en la siguiente bifurcación hacia la carretera nacional 5 —le conminó con una furia desesperada—.

Evite las glorietas principales de Charleroi.

Ingrésenos en el aeródromo por el portón de servicio de los hangares de carga de la zona norte.

Si los furgones policiales intentan interceptarnos en el camino, embístalos.

El BMW dio un volantazo brusco sobre el asfalto resbaladizo, cruzando dos carriles entre el chirrido de los neumáticos de los camiones de transporte internacional, y se deslizó por la rampa de salida hacia las llanuras industriales de Charleroi.

Hagen miró por la luneta trasera: las luces estroboscópicas de las patrullas policiales aparecían a lo lejos como destellos azules parpadeando en la bruma plomiza.

La persecución por el corazón de Europa acababa de comenzar.

A medida que el todoterreno se internaba en la maraña de carreteras comarcales que rodeaban el complejo minero de Gosselies, el motor de ocho cilindros bramaba en cada aceleración sobre las curvas cerradas flanqueadas por setos húmedos y tapias de ladrillo visto.

Las antiguas cuencas del carbón valón, con sus chimeneas herrumbrosas y sus barriadas obreras silenciosas bajo la lluvia, parecían un camposanto industrial que reflejaba la quiebra moral de su propia ambición.

Hagen apretaba el maletín metálico contra su regazo con la sensación de transportar una bomba de relojería.

Allí dentro, en dos discos duros de estado sólido con carcasas de magnesio selladas al vacío, descansaban los registros bancarios completos de L'Étoile Atlantique Conseil, los números de cuenta cifrados en el Banque Privée de l'Adour y las copias de los cables diplomáticos que demostraban la intervención directa de altos funcionarios comunitarios en la redacción del dosier apócrifo contra Ajuria Enea.

Si aquellos discos caían en manos de la fiscalía vasca o de los jueces de Eurojust, no solo caería ella: el escándalo salpicaría a tres gabinetes ministeriales europeos y pondría fin a la carrera de varios comisarios en activo.

—¡Nos siguen de cerca! —gritó el conductor, mirando por el retrovisor mientras esquivaba un camión de reparto en una rotonda anegada—. ¡Una de las berlinas se ha pegado a nuestra estela y viene pidiendo paso por radio!

—¡No frene! —rugió Hagen con los ojos desorbitados por la furia—. ¡Corte por el camino de servidumbre del polígono industrial! ¡Llévenos a la pista cueste lo que cueste!

El vehículo saltó sobre un badén de tierra y cascajo, levantando una densa polvareda de barro y grava que golpeó los bajos metálicos con violencia ensordecedora, y enfiló la recta final hacia las vallas perimetrales del aeródromo de Charleroi.

Detrás de ellos, la sirena de la policía belga aullaba entre la niebla, pero el portón de chapa de los hangares de carga ya se alzaba a escasos cien metros bajo el temporal.

♦ ♦ ♦

El aeródromo de Bruselas-Sur Charleroi, encajonado entre las antiguas cuencas mineras y los complejos siderúrgicos del valle del Sambre, ofrecía un aspecto desolador bajo el aguacero torrencial del mediodía.

En la zona de aviación corporativa, alejada de la terminal civil de bajo coste donde cientos de pasajeros hacían cola frente a los mostradores de facturación, la pista secundaria de asfalto negro brillaba como un espejo bajo los charcos de agua encharcada.

Junto a los hangares de chapa ondulada de la compañía de mantenimiento aeronáutico, un reactor privado Cessna Citation Sovereign de color blanco inmaculado, con matrícula de conveniencia de la Isla de Man y el fuselaje desprovisto de logotipos identificativos, mantenía sus dos turbinas Pratt & Whitney rugiendo en un ralentí ensordecedor que levantaba densas nubes de vapor pulverizado.

El BMW X5 de Patricia Hagen irrumpió en el recinto por el portón de servicio número cuatro, tras haber destrozado la barrera de plástico del control auxiliar con la defensa delantera.

El todoterreno avanzó derrapando sobre la grava mojada de la plataforma de estacionamiento, frenando en seco a escasos tres metros de la escalerilla metálica abatible del reactor.

Hagen descendió del vehículo sin esperar a que el escolta abriera su puerta, cubriéndose la cabeza con el cuello de su abrigo de lana mientras el viento huracanado del despegue le azotaba el rostro con la violencia de una bofetada.

Con la mano derecha apretaba contra su pecho el maletín de aluminio que contenía los discos duros cifrados de L'Étoile Atlantique y las libretas de claves criptográficas que la vinculaban con las operaciones bancarias de Viktor Sorokin.

A pie de escalerilla la aguardaba un copiloto de aspecto cetrino con uniforme oscuro y auriculares de comunicaciones que le hizo señas frenéticas con las dos manos para que subiera a bordo.

—¡Muévase, señora Hagen! —gritó el aviador sobre el aullido de los motores—.

¡La torre de control de Gosselies acaba de recibir una orden de interdicción urgente de la fiscalía federal de Bruselas para bloquear la pista activa!

Nos han denegado la autorización de rodadura, pero el comandante ha decidido iniciar la maniobra sin esperar al remolcador.

¡Si no estamos en el aire en sesenta segundos, los blindados de la policía belga nos cerrarán la cabecera de la pista!

Hagen subió los peldaños de dos en dos, arrastrando el maletín con un esfuerzo desesperado que le hizo rasgar la manga de su chaqueta contra el pasamanos metálico.

En el interior de la cabina presurizada, con capacidad para ocho pasajeros y tapizada en cuero beige de refinada factura ejecutiva, el aroma a combustible quemado y aire acondicionado filtrado sustituyó al hedor a hollín de las carreteras valonas.

La portezuela del avión se cerró tras ella con el estampido neumático del sellado hermético.

Sin aguardar a que la pasajera tomara asiento en los sillones de popa, el reactor sacudió su estructura metálica cuando el comandante liberó los frenos de estacionamiento e incrementó la potencia de los propulsores al régimen de maniobra.

Por las ventanillas ovaladas de la banda de babor, Hagen observó con el corazón desbocado cómo tres furgones de intervención rápida de la Policía Federal belga, con las sirenas rotativas azules iluminando la niebla, cruzaban a toda velocidad la pista de rodadura desde la terminal principal con la intención manifiesta de atravesarse en la trayectoria del aparato.

Pero el piloto del Cessna, un mercenario del aire curtido en transportes corporativos en zonas de alta hostilidad de Europa del Este y África Central, no dudó ni un instante: alineó el morro del birreactor en la cabecera de la pista diecisiete, metió las palancas de gases hasta el fondo del recorrido y soltó los frenos con un latigazo cinético que arrojó a Hagen contra el respaldo del sillón de cuero.

El aparato aceleró sobre el pavimento inundado levantando dos gigantescas cortinas de agua blanca que cegaron momentáneamente a los vehículos policiales que intentaban interceptarlo por el flanco izquierdo.

Durante diez segundos de tensión asfixiante, el ruido del tren de aterrizaje rebotando contra las juntas de dilatación del asfalto se combinó con las advertencias sonoras del panel de mandos que avisaban del riesgo inminente de hidroplaneo.

Finalmente, al alcanzar los ciento treinta nudos de velocidad relativa, el morro del reactor se alzó con un ángulo pronunciado, las ruedas se despegaron del suelo y la aeronave se elevó hacia la capa de nubes densas y oscuras, dejando atrás las luces parpadeantes de la policía belga y las chimeneas fabriles de Charleroi.

En la cabina de pasajeros, Hagen intentó recuperar el aliento mientras la tripulación activaba el sistema de presurización y el altímetro de la pantalla de información a bordo marcaba el ascenso acelerado hacia los veinticinco mil pies de altitud de crucero.

El silencio interior, amortiguado por el zumbido grave de las turbinas, contrastaba con el vendaval de reproches y advertencias que latían en su mente.

Sobre la mesilla plegable de madera de nogal, una tableta conectada al terminal satelital de la aeronave comenzó a emitir un tono de aviso continuo.

Hagen deslizó el dedo por la pantalla táctil y abrió el mensaje encriptado que acababa de entrar rebotado a través de un proxy radicado en Limassol. El remitente era el propio Viktor Sorokin, transmitiendo desde su despacho blindado en una torre residencial de Dubái: