CAPÍTULO 11 El búnker de Berlaymont #6
Ainara dio un paso más, colocándose a menos de medio metro de la consejera alemana. Su mirada no albergaba rencor personal, sino la pesadumbre solemne y la autoridad insobornable de quien defiende la memoria, la verdad y la dignidad de un pueblo entero.
—Está usted muy equivocada, señora Hagen —le espetó Ainara mirándola directamente al fondo de los ojos—.
Quien está a punto de salir a ese estrado no es usted para consagrar una infamia prefabricada con dinero de la mafia rusa.
Es el señor Etcheverry, en su condición de oficial del Equipo Conjunto de Eurojust, acompañado por los miembros del Parlamento Europeo.
Si intenta cruzar esa puerta para emitir una sola falsedad ante los micrófonos, el capitán Van Hool de la policía federal belga entrará en directo en este auditorio y procederá a su detención física ante las cámaras de televisión del mundo entero.
Le queda una sola salida: entregue de inmediato la carpeta con los documentos originales, apague su terminal de comunicaciones y permanezca en esta sala bajo custodia judicial hasta que el director general de la OLAF y los magistrados asuman el control del atril.
El silencio que siguió a las palabras de Ainara fue absoluto, roto únicamente por el rumor amortiguado de los aplausos y murmullos lejanos de los periodistas en el auditorio vecino, impacientes por el comienzo inminente del acto.
Patricia Hagen miró la puerta cerrada, miró la corpulencia inamovible de Gorka Atxaga apostado ante el pomo, y finalmente clavó la vista en sus propias manos.
Los dedos con los que sostenía el dosier negro temblaban de manera ostensible.
La arrogancia tecnocrática que había pretendido liquidar el autogobierno vasco desde la penumbra de los despachos de Bruselas acababa de quebrarse para siempre contra la firmeza de la muga.
La confrontación en la antecámara alcanzó una cota de intensidad dramática que paralizó los relojes del edificio.
Patricia Hagen, apoyada contra el borde de la mesa de cristal ahumado, clavaba la mirada en el dosier carmesí de Eurojust como si contemplara una sentencia de muerte política irrevocable.
Sabía que las palabras de Ainara Zubiaga no eran una bravata procesal para ganar tiempo: conocía la reputación de la fiscal anticorrupción vasca y sabía que un mandamiento de detención librado por la Sala de Admisiones de La Haya y coordinado con Europol tenía fuerza ejecutiva inmediata en cualquier rincón del territorio de la Unión Europea.
—Esto es un complot orquestado por el nacionalismo vasco para eludir el control comunitario —intentó articular Hagen con un último destello de soberbia tecnocrática, aunque el temblor de su voz delataba la quiebra absoluta de su seguridad interna —.
Berlín no va a permitir que un equipo de funcionarios provincianos humille a la Comisión en su propia sede.
—Berlín ya le ha soltado la mano, señora Hagen —replicó Mathieu con una frialdad demoledora que cortó el aire de la estancia como un cuchillo—.
A las siete de la mañana, el embajador de la República Federal ante la Unión Europea fue informado confidencialmente en La Haya de las transferencias recibidas desde las cuentas de Viktor Sorokin en Dubái.
Su gobierno no va a inmolarse diplomáticamente para proteger a una consejera especial que ha utilizado fondos del crimen organizado ruso para montar una operación clandestina de guerra híbrida contra un socio comunitario.
En este preciso instante, su nombre ha sido borrado del organigrama de apoyo ministerial en Berlín.
Está usted sola en esta habitación, con la policía belga esperando en la puerta.
Ainara dio un paso final, plantándose frente a Hagen y señalando la carpeta negra que la consejera sostenía contra el pecho.
—Entregue ese documento, señora Hagen —exigió la fiscal con voz firme y serena—.
Si no lo hace, el inspector Atxaga y el capitán Van Hool procederán a su intervención física como pieza de convicción en un delito flagrante de estafa procesal ante la fe pública de dos miembros del Parlamento Europeo.
Se le ha acabado el tiempo. El Concierto Económico vasco no se va a arrodillar ante sus mentiras, ni hoy ni nunca.
Patricia Hagen miró a su alrededor con la desesperación de un animal acorralado en una trampa sin salida.
Vio el rostro impasible de Mathieu, la firmeza inquebrantable de Ainara, la presencia vigilante de Gorka y la mirada severa de los dos eurodiputados vascos que representaban la soberanía democrática de la Eurocámara.
Lentamente, con los dedos entumecidos por el pánico y la humillación más absoluta, dejó caer el dosier negro sobre la mesa de cristal.
El impacto sordo del legajo contra el vidrio resonó como el cierre de un ataúd político.
En ese mismo instante, desde el auditorio contiguo, la voz del maestro de ceremonias de la Comisión Europea anunció por los altavoces exteriores que la comparecencia de prensa iba a dar comienzo de manera inmediata.
Ainara miró a Mathieu y le asintió en silencio. El asalto a Berlaymont había concluido; ahora empezaba el colapso definitivo de la mentira ante el mundo entero.