CAPÍTULO 12 La rueda de prensa secuestrada
A las diez horas y cincuenta y ocho minutos de la mañana, el hemiciclo de conferencias de prensa de la planta baja del edificio Berlaymont se asemejaba a una caldera a punto de estallar por exceso de presión.
En las gradas semicirculares tapizadas de paño azul cobalto, más de setenta corresponsales económicos, analistas financieros y enviados especiales de las principales cabeceras del continente se apretujaban hombro con hombro sobre las bancadas corridas.
El aire en la sala, recalentado por las baterías de proyectores halógenos y los paneles luminosos de las cadenas de televisión, desprendía un persistente olor a café recalentado, celulosa tibia y ozono emitido por los ventiladores de decenas de terminales portátiles tecleando a ritmo febril.
En la plataforma posterior de retransmisión, los trípodes pesados de las cámaras de la Unión Europea de Radiodifusión, de France Télévisions, de la ARD alemana, de la BBC, de la Agencia EFE, de Reuters y de Bloomberg formaban una muralla compacta de teleobjetivos orientados de manera implacable hacia el estrado central.
En la primera fila de la bancada de prensa, los redactores jefe de los grandes diarios financieros de Fráncfort, Londres y París hojeaban el documento con avidez profesional.
En las pantallas accesorias instaladas en los pilares laterales, los gráficos de cotización de la deuda pública reflejaban el nerviosismo que ya se contagiaba a las salas de tesorería de las entidades bancarias: el diferencial del bono español respecto al bono federal alemán se había ensanchado veintiocho puntos básicos en cuestión de tres cuartos de hora, y las acciones de los grupos industriales del sector del acero y la máquina herramienta cotizados en el parqué bilbaíno encadenaban órdenes de venta preventiva.
La intoxicación mediática, minuciosamente diseñada por Patricia Hagen desde su cuartel general de la décima planta, estaba produciendo con puntualidad germánica el estrago bursátil previsto: ningún gobierno autonómico podía sostener su solvencia crediticia internacional frente al rumor fundado de una intervención inminente por parte del ejecutivo comunitario.
Entre los corrillos de redactores, la discusión adquiría tintes de extrema gravedad jurídica.
Los analistas del Financial Times y del diario galo Les Échos comparaban las cifras de las deducciones fiscales extraordinarias del Impuesto sobre Sociedades aplicadas en los valles del Deba y del Oria con las tablas de ayudas de Estado compatibles aprobadas por la Comisión durante la última reconversión verde.
El argumento central del dosier de Hagen sostenía que el autogobierno foral había concedido subvenciones encubiertas a corporaciones cooperativas punteras, alterando las reglas de la libre competencia continental en beneficio exclusivo del tejido fabril vasco.
Los enviados de los rotativos madrileños tecleaban alertas de última hora especulando sobre un rescate fiscal forzoso por parte del Ministerio de Hacienda español, mientras los corresponsales de la prensa alemana interpretaban la maniobra como una advertencia ejemplarizante para cualquier territorio que pretendiera mantener márgenes de soberanía tributaria al margen de las directivas centralizadoras de Bruselas.
Los funcionarios del Servicio del Portavoz de la Comisión, apostados en las esquinas con carpetas de notas de prensa, contemplaban el hervidero con una inquietud evidente; sabían que las conferencias extraordinarias convocadas sin dictamen previo del Colegio de Comisarios solían preludiar crisis institucionales de imprevisible desenlace.
En la antecámara lateral de protocolo, al otro lado de la puerta batiente de fresno, Patricia Hagen había tomado una determinación irrevocable.
Sabía con certeza milimétrica que la trampa judicial se estaba cerrando en torno a sus talones; la irrupción de Ainara Zubiaga y Mathieu Etcheverry en las dependencias reservadas con los legajos de Eurojust y la presencia del comisario Van Hool vigilando los accesos exteriores demostraban que la policía belga y la magistratura transfronteriza tenían los datos de los servidores intervenidos en Aschheim y los números de cuenta en Bayona.
Sabía también que la fiscalía financiera de París había extendido mandamientos de registro contra los administradores de L'Étoile Atlantique y que sus enlaces en Berlín habían comenzado a borrar su nombre de los registros oficiales de asesoría ministerial para eludir la onda expansiva del escándalo.
Los teléfonos seguros de su maletín habían dejado de responder; el aislamiento diplomático comenzaba a cercarla como un muro de hielo.
Sin embargo, su mente de estratega templada en las divisiones de inteligencia económica exterior le dictaba una única regla de supervivencia: en el ecosistema hiperacelerado de la información global, los autos judiciales tramitados bajo secreto de sumario carecen de fuerza ejecutiva si la opinión pública mundial ya ha aceptado el veredicto del teletipo.
Si conseguía subir al atril de la sala de prensa y pronunciar ante las cámaras de media docena de satélites la apertura formal del expediente de infracción contra el Concierto Económico, la Comisión quedaría maniatada por sus propias palabras.
Ningún director general de la OLAF ni ninguna fiscalía regional podrían archivar una acusación formulada en directo ante sesenta millones de telespectadores sin provocar una crisis de confianza que desestabilizaría al propio Colegio de Comisarios.
Una vez que las rotativas de Fráncfort imprimieran el titular del fraude foral y las bolsas neoyorquinas abrieran castigando la prima de riesgo española, el daño estructural sería irrevocable.
Para cuando los tribunales desentrañaran la procedencia del dinero de Sorokin dentro de cinco o seis años, las cooperativas de Mondragón habrían perdido sus líneas de crédito exterior y la autonomía fiscal vasca habría sido desmantelada por decreto ministerial.
Para Hagen, el golpe de mano era su única salvación personal: convertirse en la paladina de la ortodoxia europea antes de que el mazo de un juez penal pudiera tocar su hombro.
Con un movimiento seco y decidido, Hagen alisó las solapas de su chaqueta de lana gris marengo, recogió de la mesa auxiliar su copia personal del dictamen y empujó el batiente de acceso al hemiciclo antes de que los miembros de la escolta parlamentaria que aguardaban en el pasillo pudieran cerrarle el paso.
Cuando la figura erguida y aristocrática de la consejera especial apareció sobre la moqueta del estrado, el murmullo ensordecedor del auditorio se apagó en un instante para dar paso a una ráfaga ininterrumpida de destellos de flash.
Los fotógrafos de prensa internacional se arrodillaron al pie de la plataforma para buscar el ángulo de encuadre, mientras los operadores de sonido abrían las líneas de transmisión hacia los estudios centrales de Colonia, Londres y Madrid.
Hagen caminó con paso marcial hacia el atril central, sin mirar a los periodistas congregados a escasos metros de sus pies, con la mandíbula apretada y una expresión de gélida serenidad grabada en los pómulos afilados.
Solo una mirada sumamente entrenada en la observación fisonómica habría detectado la tensión extrema que endurecía sus tendones cervicales y la lividez apenas disimulada por el maquillaje bajo sus ojos claros.
En la tercera fila, dos funcionarios de la Dirección General de Competencia le dedicaron un asentimiento reverencial, ignorando por completo el abismo procesal que se abría bajo sus pies.
Hagen colocó el dosier encuadernado sobre el atril de metacrilato, ajustó con dedos firmes el soporte de cuello de cisne que sostenía los dos micrófonos institucionales y clavó sus ojos en el piloto rojo de la cámara central de la Unión Europea de Radiodifusión.
A su izquierda, sobre la inmensa pantalla de proyección mural de doce metros de anchura que dominaba la cabecera de la sala, parpadeaba el rótulo corporativo de la Dirección General de Competencia, preparado por los ayudantes de su gabinete antes de la crisis para ilustrar la exposición de motivos de la sanción comunitaria.
En el monitor de cortesía empotrado en la madera del estrado, el contador de tiempo de emisión comenzó a avanzar en cifras verdes: once horas en punto.
El silencio en el hemiciclo se hizo tan denso que el zumbido de las bobinas de los transformadores halógenos cobró protagonismo en el ambiente.
—Damas y caballeros, señores representantes de los medios de comunicación acreditados ante las instituciones europeas —comenzó Hagen en un francés impecable, modulado por una entonación seca y desprovista de cualquier inflexión emotiva que resonó a través de los amplificadores del auditorio—.
Les agradezco su presencia en esta convocatoria extraordinaria de la Dirección General de Competencia.
Comparezco ante ustedes en cumplimiento de las obligaciones de transparencia y salvaguarda de la legalidad que los tratados constitutivos de la Unión encomiendan a los servicios técnicos de esta Comisión.
En momentos de incertidumbre macroeconómica y tensiones inflacionarias en el área de la moneda única, la preservación de las reglas del mercado común exige una vigilancia implacable contra cualquier intento de fragmentación tributaria encubierta.