CAPÍTULO 11 El búnker de Berlaymont #4
A su derecha, con la cabeza alta y la mirada fija en los guardias, avanzaba Mathieu Etcheverry.
Había dejado atrás las ropas raídas de la huida montañosa de Izpegi; vestía una chaqueta de tweed gris carbón sobre un jersey de cuello alto azul marino y lucía en la solapa izquierda la escarapela metálica azul y plata del flamante Equipo Conjunto de Investigación constituido en La Haya bajo el amparo de la Decisión Marco 2002/465 del Consejo de la Unión Europea.
Completando la retaguardia, el inspector jefe Gorka Atxaga caminaba con las manos en los bolsillos de su gabardina oscura, observando cada rincón del atrio con los ojos entrecerrados de un sabueso acostumbrado a anticipar cualquier movimiento hostil.
El jefe de la guardia de seguridad de la Comisión, un veterano inspector flamenco de apellido Peeters con el rostro surcado de arrugas, dio dos pasos al frente extendiendo la mano abierta para cortar el paso hacia los tornos.
—Señores diputados, buenos días —dijo el guardia con voz rígida en francés, intentando mantener la compostura mientras su mirada saltaba con alarma de Mathieu a Ainara—.
Las acreditaciones parlamentarias son válidas para ustedes dos, pero el caballero que les acompaña tiene suspendido el pase de servicio por orden expresa de la Secretaría General de la OLAF y figura con alerta de interdicción en nuestros sistemas.
Tengo instrucciones terminantes de no permitirle franquear estos tornos bajo ninguna circunstancia y de llamar a los agentes de custodia federal.
Iñaki Mendieta dio un paso hacia adelante, invadiendo el espacio del guardia con la autoridad inapelable de quien conoce al dedillo la jerarquía normativa de las instituciones comunitarias.
—Agente Peeters, escúcheme con mucha atención y mida muy bien sus palabras antes de dar un paso en falso —respondió el eurodiputado vasco con voz potente que resonó en el atrio acristalado, atrayendo la mirada de decenas de funcionarios que se detuvieron en seco—.
Actúo en mi condición de vicepresidente de la Comisión de Libertades Civiles del Parlamento Europeo en ejercicio de las facultades inspectoras conferidas por los artículos nueve y diez del Protocolo número siete sobre los Privilegios y las Inmunidades de la Unión Europea.
La jurisprudencia consolidada del Tribunal de Justicia, desde el caso Wybot hasta la doctrina Donnez, establece de forma vinculante que los miembros del Parlamento tienen derecho inalienable a acceder a cualquier dependencia de la Comisión acompañados de sus asesores jurídicos y peritos en investigaciones oficiales de legalidad comunitaria.
La señora Zubiaga y el señor Etcheverry acceden a este edificio como peritos judiciales y asesores técnicos de esta delegación parlamentaria.
—Pero señor diputado, la orden administrativa de la OLAF... —intentó balbucear el oficial de seguridad, cuya frente comenzaba a perladas de sudor frío.
—La orden administrativa interna de la OLAF a la que usted alude ha quedado formalmente supeditada y suspendida por la resolución penal de la Sala de Admisiones de Eurojust emitida esta misma madrugada en La Haya —intervino Ainara con una voz gélida y precisa que cayó sobre el funcionario como una losa de mármol—.
Le muestro la providencia de constitución del Equipo Conjunto de Investigación penal JIT-2026-EU-089, debidamente protocolizada ante la Fiscalía Europea y coordinada con la Policía Federal judicial belga.
Cualquier intento por parte del personal de seguridad de este edificio de obstaculizar el cumplimiento de esta providencia judicial, retener a sus miembros o restringir el libre acceso de la delegación parlamentaria constituirá de forma inmediata un delito de obstrucción agravada a la justicia comunitaria y quebrantamiento de la inmunidad parlamentaria bajo el código penal del Reino de Bélgica.
Gorka Atxaga dio un paso lateral, sacó de su bolsillo interior una tarjeta plastificada con el logotipo trilateral de Eurojust y la exhibió frente a los dos agentes de la policía federal belga que aguardaban detrás del mostrador.
—Compañeros —dijo el inspector de la Ertzaintza con una media sonrisa tranquila pero cargada de advertencia en francés—, el comisario Van Hool está en la rotonda con tres unidades de la brigada financiera coordinadas con Europol.
Si tenéis alguna duda técnica sobre el alcance del mandamiento, llamadlo ahora mismo al canal tres antes de cometer una torpeza de la que os arrepentiréis el resto de vuestra carrera profesional.
Los dos policías belgas intercambiaron una mirada rápida, bajaron los brazos y se apartaron del camino sin pronunciar una sola palabra.
El inspector Peeters tragó saliva, pasó su propia tarjeta maestra por el lector electromagnético del torno de acceso reservado y empujó la barrera de acero inoxidable con un gesto resignado.
—Adelante, señorías —murmuró el guardia apartando la mirada.
La delegación cruzó los tornos con paso firme, dejando atrás el vestíbulo y adentrándose por el pasillo central de mármol blanco hacia la galería este que conducía directamente a la zona de protocolo y a la antecámara del auditorio de prensa.
—Bien jugado, Ainara —susurró Mathieu mientras caminaban a paso ligero por la moqueta azul del distribuidor—. Ya estamos dentro del búnker. Ahora viene lo difícil: arrinconarla antes de que ponga un pie en el estrado.
El avance de la delegación vasca a través de la galería este del Berlaymont estuvo acompañado por el murmullo asombrado de los funcionarios comunitarios que se cruzaban con ellos.
La presencia de dos eurodiputados de peso escoltando a una fiscal anticorrupción con el rostro tenso y a un investigador de la OLAF supuestamente proscrito provocó que varias secretarias de gabinete salieran a los pasillos para contemplar la comitiva.
—Mantén el paso firme y no te detengas ante nadie, Mathieu —murmuró Ainara sin desviar la mirada del final del pasillo—. Cuanto más seguros nos vean, menos margen tendrán para reaccionar antes de que alcancemos la antecámara.
Mathieu sonrió de medio lado, sintiendo el peso reconfortante de la escarapela metálica del JIT en la solapa de su chaqueta.
Conocía cada rincón de ese edificio; había trabajado durante más de siete años en sus comisiones técnicas, analizando fraudes de aduanas en el Danubio y desvíos de fondos en el Báltico.
Sabía que la mayor debilidad de la burocracia comunitaria era su terror visceral al escándalo público y a la vulneración flagrante de sus propios procedimientos jurídicos.
—No me voy a detener, Ainara —respondió el vascofrancés con voz serena—. Llevo dos días esperando este momento. No solo por el Concierto ni por la verdad procesal de este caso... sino por la memoria de quienes se quedaron en el camino por culpa de la ambición desmedida de Patricia Hagen.
Gorka Atxaga se colocó ligeramente a la derecha de la pareja, cubriendo el ángulo muerto del pasillo que conectaba con los ascensores privados de la dirección general.
El policía foral mantenía una mano cerca de la solapa de su abrigo, no con intención de desenfundar ningún arma, sino con la actitud alerta de quien sabe que los hombres de seguridad privada que custodiaban a Hagen en Biarritz podían estar infiltrados en las inmediaciones del auditorio.
Al llegar ante la gran puerta de roble que daba acceso a la antecámara de protocolo, dos asistentes de prensa con credenciales de la DG COMP intentaron interponerse en el camino con carpetas en la mano.
—Disculpen, señores diputados —dijo una joven asistente francesa con voz chillona—, la señora consejera especial está terminando de concentrarse antes de la comparecencia y ha pedido expresamente que no se permita el acceso a nadie...
Arantza Goikoetxea, la eurodiputada guipuzcoana, dio un paso al frente y apartó suavemente a la secretaria con la mano, sosteniendo su pase parlamentario a escasos centímetros de sus ojos.
—Hágase a un lado, señorita —ordenó la diputada con una autoridad glacial que no admitía discusión—. Esto es un asunto de supervisión judicial inaplazable. Si intenta bloquear esta puerta, su nombre figurará en el atestado de la fiscalía europea antes de que termine la mañana.
La asistente retrocedió asustada, dejando el paso completamente expedito. Mathieu tomó la manilla de latón de la puerta doble, miró a Ainara a los ojos durante una fracción de segundo y empujó los batientes hacia el interior.
♦ ♦ ♦
La antecámara contigua al auditorio central de prensa del Berlaymont era una estancia elegante y hermética de paredes paneladas en madera de fresno rubio, diseñada para el aislamiento acústico de los oradores antes de enfrentarse a los focos de las conferencias internacionales.
En el centro de la sala, sobre una mesa baja de cristal, reposaba una jarra de agua mineral con dos vasos y una carpeta negra de lomo grueso con el membrete dorado de la Comisión Europea.
Frente al espejo veneciano que presidía la pared lateral, Patricia Hagen terminaba de colocarse un broche de plata en la solapa de su abrigo de lana.
En el reflejo del cristal, su rostro mantenía una rigidez marmórea, pero sus pupilas delataban una tensión latente: el reloj de pared de la sala marcaba las diez horas y cincuenta y cuatro minutos.
Faltaban seis minutos para que el director de prensa abriera la puerta doble y la anunciara ante las cámaras de media Europa.
En ese instante preciso, los batientes de la puerta de servicio que conectaba con el pasillo de protocolo se abrieron de par en par con un chasquido rotundo de la cerradura electromagnética.
Hagen se giró sobre sus talones con una expresión de viva contrariedad en el semblante, dispuesta a reprender con acritud al ujier o al técnico de sonido que osaba invadir su espacio reservado. Pero las palabras murieron en su garganta antes de que pudiera emitir el menor sonido.