CAPÍTULO 9 El contraataque judicial
El eco metálico de la tranca de hierro al deslizarse sobre las guías de sillería resonó en el zaguán de la casona de la Rue de la Citadelle con la nitidez de un disparo amortiguado.
Eran exactamente las seis y veinte de la mañana.
Ainara Zubiaga descendía los últimos peldaños de la escalera de caracol de roble con el impermeable oscuro abrochado hasta el cuello y el maletín de cuero burdeos aferrado en su mano izquierda.
Detrás de ella, Mathieu Etcheverry cubría el rellano empuñando la Sig Sauer Pro a la altura de la cintura, con el dedo índice extendido a lo largo del guardamonte y la mirada fija en el batiente de roble que acababa de abrirse hacia el frío azulado de la calle medieval.
En el vano de la puerta, recortado contra el vaho denso que subía desde los huertos del Nive, apareció la figura corpulenta de Gorka Atxaga.
El inspector jefe de la Policía Judicial de la Ertzaintza vestía una cazadora de cuero gastado con las hombreras empapadas por el rocío de la montaña, unos pantalones de pana marrón manchados de barro hasta las rodillas y una gorra de lana calada hasta las cejas que apenas dejaba al descubierto sus ojos cansados, surcados por ojeras profundas tras veinticuatro horas de guardia continua.
En la mano derecha sostenía un termo de café de aluminio; de su muñeca izquierda, sujeta mediante una cadena de acero de eslabones soldados y un grillete de seguridad de doble cierre, colgaba un maletín ignífugo de transporte judicial con carcasa de policarbonato negro y precintos notariales intactos.
—Cierra esa puerta, Mathieu, que se escapa el calor del hogar —gruñó Gorka con su vozarrón habitual, áspero y teñido por el acento guipuzcoano del Goierri—.
Y baja ese hierro, muchacho, que si quisiera arrestaros no me habría comido tres horas de baches por las pistas forestales de Dantxarinea esquivando patrullas de la Guardia Civil.
Mathieu bajó el arma, sonrió con un destello de genuino alivio y empujó la pesada hoja de roble hasta encajar el cerrojo, volviendo a deslizar la tranca de seguridad.
Se adelantó dos pasos y estrechó con fuerza el brazo del veterano policía foral, mientras Ainara se acercaba a la mesa comunal de nogal con el corazón latiéndole acompasado.
—¿Cómo has logrado cruzar la muga sin que saltaran las alarmas en el Centro de Cooperación de Hendaya, Gorka? —preguntó Ainara, depositando su maletín junto a la jarra de agua y observando las manchas de barro arcilloso en las botas del ertzaina.
Gorka dejó el termo sobre la mesa, se despojó de la gorra de lana y se pasó una mano callosa por la cabeza rapada, soltando un largo bufido de cansancio antes de tomar asiento en uno de los bancos de castaño.
—Por donde los de Tolosa llevábamos las piezas de recambio de los telares en los años ochenta, Ainara —respondió el inspector jefe con una media sonrisa socarrona—.
La unidad de rescate de montaña de la Ertzaintza tiene asignado un todoterreno Nissan Patrol sin distintivos oficiales en la base de Elizondo.
Ayer a medianoche, cuando vi en la terminal de la comisaría de Henao que la Prefectura de Pau emitía la orden de captura internacional contra vosotros dos bajo el Plan Épervier, supe que la carretera de Irún y el túnel de Belate estarían blindados por patrullas mixtas de la Agrupación de Tráfico y los GAR de la Guardia Civil.
Así que cogí el Patrol, apagué las luces de cruce, conecté la reductora y me metí por las pistas madereras que cruzan el monte Gorramendi hacia el paso de Otsondo.
Gorka hizo una pausa para extraer del bolsillo de la cazadora la llave maestra que abría el grillete de seguridad de su muñeca. Tras dos giros precisos, el mecanismo se desbloqueó con un clic metálico y el maletín ignífugo quedó libre sobre la mesa.
—Tuve que dejar el coche oculto en una borda de pastores a dos kilómetros de Dantxarinea y bajar a pie por el barranco del Ugarana sorteando los reflectores térmicos de la aduana francesa —continuó Gorka con tono grave—.
La Gendarmería tiene apostados tiradores del pelotón de vigilancia en el puente de San Julián.
Están nerviosos, Ainara. Patricia Hagen ha movido cielo y tierra desde Bruselas para asegurarse de que no salgáis vivos de la Baja Navarra con la documentación de Miramont.
Ainara miró el maletín negro sobre el nogal encerado.
La tensión de los últimos tres días, desde aquella medianoche gélida en el palacio de Ajuria Enea hasta el tiroteo en los muelles de Bayona y la noche de amor y confesiones en la buhardilla, convergía en ese preciso instante en la planta baja de la casona de Donibane Garazi.
—¿Qué traes en ese maletín, Gorka? —preguntó ella, acercándose a la mesa y apoyando las palmas en la madera.
El veterano ertzaina la miró fijamente a los ojos, perdiendo cualquier rastro de socarronería para adoptar la solemnidad pétrea del instructor penal que entrega las conclusiones de un sumario de sangre.
—Traigo la cabeza judicial de Patricia Hagen servida en bandeja de plata, fiscal —sentenció Gorka, pulsando los diales de la combinación numérica de la cerradura central—.
Traigo las confesiones firmadas, ratificadas y protocolizadas ante fedatario público de Sylvain Deschamps y de Kepa Arostegui.
Las pruebas directas que demuestran que el dosier contra el Concierto Económico vasco es una gigantesca estafa procesal financiada por Viktor Sorokin y ejecutada desde la Dirección General de Competencia en Bruselas.
La presencia de Gorka Atxaga en aquella casona de Ultrapuertos infundía un aplomo formidable en la estancia.
Con cincuenta y cuatro años a sus espaldas y una trayectoria intachable en la lucha contra la delincuencia organizada y el terrorismo en el País Vasco, el inspector jefe representaba la memoria institucional de una policía que había aprendido a investigar en las condiciones más adversas, donde cada dato debía ser verificado tres veces antes de incorporarlo al sumario para evitar que las filtraciones políticas destruyeran meses de trabajo en la sombra.
Gorka no era un tecnócrata de corbata fina ni un burócrata acomodado en los despachos ministeriales; era un sabueso de la vieja escuela forjado en los interrogatorios de la comisaría de Deusto y en las guardias interminables bajo el sirimiri del puerto de Pasajes.
Sabía distinguir a un testigo sincero de un fabulador a la primera mirada, y cuando la fiscalía delegada contra la corrupción requería una actuación urgente fuera del foco mediático, Gorka era el único hombre en quien los jueces de instrucción de Bilbao confiaban ciegamente para custodiar la cadena de custodia de las piezas de convicción más sensibles.
—En Vitoria la situación está al borde del estallido —añadió Gorka mientras desabrochaba los cierres herméticos del maletín—.
El Lehendakari y el diputado general de Bizkaia han convocado un gabinete de crisis permanente en Ajuria Enea.
Hagen ha filtrado a los corresponsales de la prensa económica de Fráncfort y Londres un resumen ejecutivo de cincuenta páginas del dosier falso, acusando a la hacienda foral de ocultar un déficit estructural de tres mil millones de euros mediante artificios contables ilegales en el Cupo.
El daño reputacional en los mercados de deuda soberana es incalculable; si no reventamos la farsa antes de que la comisaria comparezca ante el Parlamento Europeo, la Comisión intervendrá las cuentas públicas de Euskadi antes del viernes.
Ainara escuchaba las palabras de Gorka con una serenidad glacial que contrastaba con la gravedad apocalíptica del panorama institucional.
Como fiscal foral, conocía al milímetro el funcionamiento de las filtraciones coordinadas desde las cancillerías europeas: primero se intoxicaba a los grandes diarios anglosajones y alemanes con cifras fabricadas para generar alarma en los mercados de bonos; luego, las agencias de calificación crediticia rebajaban la solvencia de las instituciones autonómicas alegando opacidad contable; y finalmente, la Comisión Europea se presentaba ante la opinión pública como la salvadora de la estabilidad presupuestaria, exigiendo la liquidación del régimen foral del Concierto Económico como condición sine qua non para autorizar los préstamos de rescate.
El mecanismo era de una precisión matemática implacable, calcado de las intervenciones de ajuste estructural ejecutadas en Grecia y Portugal durante la crisis de la deuda soberana de la década anterior.
Pero en esta ocasión, los conspiradores habían cometido un error de cálculo garrafal al elegir a sus ejecutores en el terreno: habían subestimado la capacidad de resistencia del tejido cooperativo de Mondragón, habían dejado el rastro bancario de sus sobornos en la cuenca del Adur y, sobre todo, habían despertado la determinación implacable de una fiscal que no toleraba que la memoria de su padre ni el autogobierno de su tierra fueran pisoteados por la codicia de una oligarquía financiera.
—No habrá intervención de la Comisión, Gorka —dijo Ainara con voz firme y mesurada, abriendo su cuaderno de notas procesales—.
El dosier de Hagen es un castillo de naipes edificado sobre pagarés falsificados y transferencias mafiosas de Dubái.
En cuanto ensamblemos los testimonios de Deschamps y Arostegui con los extractos de la Banque Privée de l'Adour y los volcados informáticos de Mathieu, la acusación se transformará en una orden europea de detención y entrega contra la propia comisaria. Vamos a examinar esas declaraciones.