CAPÍTULO 8 La noche de Donibane Garazi #4
El deseo, lejos de extinguirse con la saciedad del primer orgasmo, renació de las cenizas con una lentitud voluptuosa y profunda.
Mathieu bajó la mano hacia su vientre, acariciando la piel suave y tibia con movimientos circulares que hicieron que Ainara gimiera de nuevo, abriendo los muslos con una docilidad instintiva.
La besó en la boca, compartiendo el sabor de su propio placer, mientras sus dedos volvían a buscar la humedad ardiente de su sexo, encontrándola hinchada, empapada y palpitante.
Cuando volvió a penetrarla, lo hizo desde atrás, con Ainara apoyada sobre las mantas de lana frente al resplandor del fuego de roble.
La penetración fue más honda, más densa y rítmica, arrancando de la garganta de ambos un suspiro prolongado que resonó en la penumbra dorada.
Mathieu sujetaba sus caderas con manos firmes, marcando un compás pausado que le permitía acariciar cada terminación nerviosa de su interior, mientras Ainara ladeaba la cabeza para buscar sus labios, entregándose a un vaivén infinito donde los jadeos en euskera y francés se fundían con el murmullo de la lluvia en el tejado.
Cuando el segundo clímax los alcanzó, fue una marea más serena pero infinitamente más honda: un temblor compartido que los dejó abrazados sobre la madera de castaño, respirando al unísono mientras las llamas de la chimenea proyectaban sus sombras entrelazadas sobre las piedras del muro como un bajorrelieve antiguo esculpido para la eternidad.
En la quietud posterior a la tormenta de los sentidos, mientras el crepitar de las brasas de castaño mantenía una temperatura dulce en la buhardilla, Mathieu acomodó las mantas de lana sobre los hombros de Ainara y la atrajo contra su costado.
Sus dedos acariciaban perezosamente la curva de su cadera, sintiendo el calor persistente de su piel y la humedad compartida que sellaba su alianza física.
—En Zeebrugge, cuando los hombres de Sorokin tirotearon nuestro vehículo en los muelles —susurró Mathieu con la mirada perdida en las vigas del techo—, creí que mi vida como ser humano había terminado para siempre.
Me convertí en una máquina de auditoría, en un sabueso frío que perseguía desvíos presupuestarios en hojas de cálculo para no tener que sentir el dolor de estar vivo.
Creía que la pureza moral solo existía en los tratados teóricos de derecho administrativo.
Ainara alzó la cabeza, apoyó la barbilla en su pecho velludo y lo miró a los ojos con una intensidad que lo atravesó como un rayo.
—Tu abuelo Jean-Pierre y mi padre Josu sabían que la pureza moral no se demuestra en los tratados, Mathieu —le respondió con voz suave pero firme—.
Se demuestra cuando el poder intenta torcerte el brazo y tú eliges resistir, aunque te cueste la hacienda o la libertad.
Lo que hemos vivido esta noche en esta buhardilla no es un paréntesis en mitad de una huida: es la razón exacta por la que estamos peleando.
Peleamos para que la verdad valga más que los maletines de Dubái y para que quienes trabajan con honradez en estos valles no sean despojados por una camarilla de tecnócratas corruptos.
Mathieu le besó la frente con una reverencia casi mística.
—Mañana a mediodía estaremos en La Haya, Ainara. Y cuando los jueces de Eurojust abran ese expediente, no habrá rincón en Europa donde Patricia Hagen pueda esconderse.
♦ ♦ ♦
A las cinco de la madrugada, la penumbra de la buhardilla comenzó a disiparse lentamente, sustituida por una claridad grisácea y azulada que se filtraba a través del ventanal que dominaba los tejados de pizarra de Donibane Garazi.
En el exterior, el lucero del alba brillaba con una pureza diamantina sobre la silueta afilada de la cordillera, anunciando que el temporal había pasado y que una jornada de cielos despejados y frío glacial se abría sobre los Pirineos.
Ainara abrió los ojos, sintiendo el calor sólido del cuerpo de Mathieu envolviéndola bajo la sábana de lino grueso.
Permaneció inmóvil durante unos minutos, escuchando el ritmo pausado de su respiración y contemplando la luz del amanecer recortada contra las vigas de castaño.
Se sentía profundamente descansada, con una lucidez mental y una ligereza de espíritu que no experimentaba desde el inicio de la pesadilla institucional.
Se incorporó con suavidad para no despertar a Mathieu, recogió del suelo el jersei de lana virgen de los pastores de Garazi y se lo deslizó por la cabeza.
Descalza, se acercó a la mesita de escritorio junto a la ventana y abrió su maletín de cuero burdeos.
Conectó de nuevo el ordenador portátil blindado y desplegó sobre la madera los extractos bancarios de la Banque Privée de l'Adour, los volcados de los servidores de la OLAF y los apuntes manuscritos que había tomado en Ajuria Enea.
Mathieu se despertó con la sensibilidad alerta del soldado.
Se frotó los ojos, sonrió al verla recortada contra la claridad del ventanal y se levantó arropándose con los pantalones de faena.
Caminó hacia ella con paso silencioso y depositó un beso cálido en la curvatura de su cuello, pasando las manos por sus caderas con una ternura infinita.
—Buenos días, fiscal —susurró con voz ronca y sosegada.
—Buenos días, inspector —respondió ella apoyando la mejilla en su mano—.
Mira la pantalla, Mathieu. Ya no podemos seguir a la defensiva.
La fuga por la muga ha cumplido su objetivo: estamos a salvo y tenemos los documentos maestros.
Pero la única manera de frenar a Hagen antes de que reviente la soberanía vasca en Bruselas es pasar al ataque penal directo.
Ainara señaló con el dedo la estructura de la carpeta electrónica que había organizado durante la última media hora:
—Aquí están las tres transferencias de seiscientos mil euros de Viktor Sorokin, con el código de compensación del Al-Ain International Bank de Dubái y la firma de autorización de Jean-Luc Miramont en Bayona.
Aquí están los pagos fraccionados a los peritos de Luxemburgo y Düsseldorf para falsificar los informes contra el Concierto Económico.
Y aquí está la orden expresa de retención firmada con la clave diplomática de Patricia Hagen en el hotel du Palais de Biarritz.
La tipicidad es abrumadora: estafa procesal continuada, falsedad en documento público internacional, cohecho activo de funcionarios comunitarios y pertenencia a organización criminal transnacional.
Mathieu leyó los encabezados jurídicos con la mirada afilada del investigador forense.
—Si presentamos esta querella ante los juzgados ordinarios de Pau o de San Sebastián, los jueces territoriales se declararán incompetentes o tardarán semanas en tramitar las comisiones rogatorias —advirtió Mathieu—.
Hagen utilizará su inmunidad diplomática en Bruselas para alegar que se trata de un conflicto institucional interno y desestimar la causa.
—Por eso no iremos a Pau ni a Madrid —sentenció Ainara mirándolo fijamente a los ojos—.
La competencia le corresponde en exclusiva a la Fiscalía Europea (EPPO) bajo el Reglamento Comunitario 2017/1939 y a la Sala de Admisiones de Eurojust en La Haya.
Ambas instituciones tienen potestad jurisdiccional directa sobre delitos que afecten a los intereses financieros de la Unión y a la integridad de los fondos soberanos de los Estados miembros.
Y en La Haya tenemos un aliado intachable que no se arrodilla ante las presiones de Berlaymont.
—Jan van der Berg —asintió Mathieu con una sonrisa de complicidad—.
El analista jefe del Centro Europeo de Delitos Financieros y Económicos (EFECC) de Europol.
Jan y yo trabajamos juntos en el desmantelamiento de la red de blanqueo de los puertos de Amberes en 2021.
Es un neerlandés incorruptible que conoce al dedillo las cloacas de la DG COMP.
Si Jan recibe este material con las firmas criptográficas validadas, abrirá el expediente de urgencia y activará el Equipo Conjunto de Investigación antes de que Hagen termine de desayunar.
En ese preciso instante, un ruido seco y rítmico retumbó desde la planta baja de la casona, haciendo vibrar los cristales del ventanal:
Tres golpes secos sobre la madera maciza de roble, una pausa de dos segundos, y dos golpes rápidos y continuos.
El santo y seña convenido por la red Seaska.
Ainara y Mathieu cruzaron una mirada instantánea. Mathieu tomó la pistola Sig Sauer de la repisa de la chimenea, comprobó la recámara con un movimiento mecánico y fluido, y se dirigió hacia la escalera de caracol.
—Quédate aquí arriba, Ainara —indicó en un susurro—. No bajes hasta que te dé la señal.
Ainara asintió, cerró la pantalla del portátil y esperó en la penumbra de la buhardilla, con el corazón latiendo con fuerza pero con la mente fría y despejada.
Escuchó los pasos de Mathieu descendiendo los peldaños de roble, el chirrido sordo de la tranca de hierro al ser retirada en el zaguán y, a continuación, el sonido inconfundible de una voz grave, desgastada por el tabaco y con un marcado acento euskaldun de Tolosa que resonó en el hueco de la escalera:
—¡Mathieu, joder! Menuda tormenta tenéis montada en este lado de la muga... Abrid paso, que traigo dinamita judicial en el maletín.
Ainara exhaló un suspiro hondo de alivio que iluminó su rostro con una sonrisa incontenible.
Era Gorka Atxaga. El contraataque judicial acababa de comenzar.
La confirmación de la llegada de Gorka Atxaga a Donibane Garazi cerraba el triángulo operativo que había desmantelado la trama de Mondragón en el invierno de Eskoriatza.
El veterano inspector jefe de la Policía Judicial de la Ertzaintza había arriesgado su carrera, su placa y su jubilación para cruzar la muga clandestina por las pistas de Dantxarinea a bordo de un todoterreno sin distintivos, burlando los controles de la Guardia Civil en Navarra para poner a salvo las confesiones de los principales imputados de la red.