CAPÍTULO 8 La noche de Donibane Garazi #3
Ella no respondió con palabras: alzó los brazos, rodeó su cuello con una fuerza desesperada y hundió los dedos en el cabello espeso y húmedo del investigador.
Cuando sus labios se encontraron, la contención saltó por los aires en una deflagración de pasión largamente reprimida.
El beso fue hambriento, voraz, profundo y devastador: Mathieu abrió su boca devorándola con una posesividad visceral que le robó el aliento, mientras Ainara gemía contra sus labios con un abandono absoluto, pegando su torso desvestido contra el pecho ancho y velludo del hombre.
El contacto de la piel ardiente sobre la piel estremecida provocó una sacudida eléctrica que recorrió la espina dorsal de ambos.
Mathieu deslizó las manos por la espalda desnuda de Ainara, recorriendo la curvatura de sus omóplatos y la línea tensa de sus vértebras hasta alcanzar la cintura, apretándola contra sus caderas con una urgencia que no admitía dilaciones.
Ainara sintió la dureza imponente y pesada de su sexo erecto presionando a través de los pantalones de faena, un reclamo primitivo y salvaje que despertó en su vientre una marea líquida y ardiente.
Con dedos febriles, Ainara desabrochó la hebilla del cinturón táctico de Mathieu y empujó el pantalón hacia abajo, acariciando la piel tersa de sus nalgas y muslos.
Mathieu se despojó del resto de su ropa con movimientos rápidos y seguros, quedando completamente desnudo ante la luz dorada de la chimenea.
Su cuerpo era una escultura de fuerza militar y virilidad pura: los hombros macizos, el abdomen tallado en placas compactas y, entre sus piernas fuertes, su miembro grueso, pesado y completamente erecto, coronado por un glande violáceo que brillaba con el rocío húmedo del deseo contenido.
Ainara se despojó de la falda del traje y de la fina lencería de seda que aún cubría sus caderas.
Al quedar completamente desnuda ante él, Mathieu soltó un gruñido gutural de admiración y reverencia.
Sus ojos recorrieron la silueta perfecta de la fiscal vasca: los senos firmes con los pezones oscurecidos y erectos por el deseo, la cintura estrecha, las caderas generosas y el triángulo de vello negro y sedoso que enmarcaba el centro palpitante de su feminidad, completamente anegado en jugos íntimos.
Mathieu la alzó en vilo con una facilidad asombrosa, sujetándola por debajo de los muslos mientras ella entrelazaba las piernas alrededor de su cintura.
La llevó hacia el lecho de madera de nogal, pero antes de depositarla sobre las mantas de lana merina, sus labios descendieron por su cuello, mordisqueándole suavemente la clavícula y descendiendo hasta aprisionar uno de sus pezones entre los dientes, chupándolo con una avidez rítmica que arrancó de la garganta de Ainara un grito ahogado.
—Mathieu... por favor... tócame... ahora —suplicó Ainara jadeando en la penumbra dorada, arqueando la espalda para ofrecerle el pecho mientras sus uñas se clavaban en los hombros anchos del hombre.
Mathieu la recostó sobre las mantas de lana áspera y se arrodilló entre sus muslos abiertos.
Con una lentitud deliberada y exquisitamente tortuosa, bajó la cabeza hacia la intimidad de su entrepierna.
Separó los labios carnosos con los pulgares y hundió la lengua directamente sobre su clítoris hinchado y palpitante, bebiendo su humedad con lametones largos, firmes y circulares que hicieron que las caderas de Ainara se alzaran en un espasmo incontrolable.
—¡Dios mío, Mathieu...! —gritó ella clavando los talones en el colchón, enredando las manos en su cabello para apretar su rostro con más fuerza contra su sexo empapado—. ¡Ahí... justo ahí...!
Él no se detuvo hasta sentirla temblar al borde del colapso sensorial.
Luego se incorporó sobre ella, apoyando los antebrazos a ambos lados de su cabeza, con la respiración entrecortada y la mirada fija en los ojos desbordados de pasión de Ainara.
Con una mano firme guio la cabeza ancha y húmeda de su miembro hacia la entrada estrecha de su cuerpo.
—Mírame, Ainara —susurró Mathieu en francés, con voz ronca y cargada de una devoción sagrada—. Eres mi única verdad. Mi única patria.
Empujó hacia delante con una presión firme y constante.
La penetración fue profunda, dilatándola con una lentitud voluptuosa que llenó a Ainara por completo, estirando sus paredes íntimas con un calor colosal que arrancó de ambos un jadeo prolongado al unísono.
La fiscal abrió los ojos y contempló el rostro de Mathieu bañado por la luz del fuego: la mandíbula tensa, los ojos grises brillando con adoración pura y los músculos del cuello hinchados por el esfuerzo de contenerse.
Mathieu comenzó a moverse con un compás firme, hondo y cadencioso.
Cada embestida hundía su miembro hasta la empuñadura contra el cuello de la matriz de Ainara, arrancando un gemido húmedo y sonoro que llenaba el silencio de la buhardilla.
El choque rítmico de sus caderas sobre la madera de nogal y el rumor de los fluidos compartidos marcaban el compás de una unión sin reservas, donde el dolor de las heridas pasadas se transmutaba en placer puro e infinito.
Ainara alzó las piernas, rodeándole la espalda con los tobillos para atraerlo aún más adentro, buscando el choque más profundo y devastador de sus cuerpos.
Con cada arremetida de Mathieu, la tensión en su vientre se condensaba en una esfera incandescente que amenazaba con estallar.
Las manos de Mathieu bajaron hacia sus nalgas, alzándole la pelvis para cambiar el ángulo de penetración y frotar su miembro directamente contra el punto más sensible de su interior.
—Maite zaitut, Ainara... te amo con toda mi alma —gimió Mathieu en un euskera imperfecto pero desgarrado de sinceridad, hundiendo el rostro en el hueco de su cuello mientras aumentaba la velocidad y la potencia de sus embestidas.
—Mathieu... ¡me voy a correr...! ¡Contigo, mi amor... ahora! —respondió Ainara con un llanto de éxtasis desbocado, clavando las uñas en su espalda sudorosa.
El clímax los alcanzó simultáneamente como una ola atlántica de fuerza descomunal.
Las paredes de Ainara se contrajeron en una serie de espasmos rítmicos y violentos que ordeñaron el miembro de Mathieu con una presión asfixiante, haciéndole perder el control por completo.
Con un rugido ronco que resonó en las vigas del tejado, Mathieu empujó hasta el fondo de su vientre y descargó su semilla en chorros densos y ardientes que inundaron la matriz de la fiscal foral, mientras ella gritaba su nombre contra su hombro, temblando en una convulsión de placer que pareció suspender el tiempo.
Permanecieron unidos durante minutos interminables, respirando el aire caliente de la buhardilla, mientras el sudor de sus cuerpos se enfriaba lentamente contra las mantas de lana merina y sus corazones desbocados recuperaban poco a poco un compás sereno y compartido.
La entrega física que acababa de consumarse en la buhardilla de Donibane Garazi no era el fruto de un desahogo ciego ni de una atracción banal forjada en el peligro: era el acto de resistencia más supremo que dos seres humanos podían oponer a la maquinaria de la mentira.
Despojados de sus cargos, acorralados por las fuerzas de seguridad y con sus nombres difamados en las terminales policiales de toda Europa, Mathieu y Ainara habían encontrado en la desnudez del otro una verdad indestructible, un refugio que ninguna orden de detención ni ningún dosier falseado podían mancillar.
Ainara acariciaba suavemente las cicatrices de la espalda de Mathieu, trazando con las yemas de los dedos las marcas dejadas por las esquirlas en Zeebrugge.
Aquel cuerpo que había sido herido por la violencia de los poderes fácticos era ahora su fortaleza, el lecho donde descansaban sus angustias y donde renacía su determinación para librar la batalla judicial que los esperaba al alba.
Mathieu la envolvió en su abrazo, cubriéndola con la manta de lana para protegerla del aire fresco de la madrugada.
Apoyó la barbilla en la coronilla de Ainara, respirando el aroma de su cabello negro, impregnado aún del olor a lluvia pirenaica y al fuego de roble.
En aquel instante de recogimiento absoluto, el exagente de la OLAF comprendió que la justicia ya no era para él una entelequia burocrática de reglamentos y directivas comunitarias: la justicia tenía el rostro, el aliento y la mirada insobornable de la mujer que dormía sobre su pecho.
La intensidad del encuentro íntimo en la buhardilla superó cualquier expectativa sensorial, transformándose en una ceremonia sagrada de reconocimiento y consuelo mutuo.
Tras el primer clímax arrollador, Mathieu no se apartó de Ainara: permaneció sobre ella, sosteniendo su peso sobre los codos mientras sus labios recorrían suavemente la línea de su mandíbula, besando las lágrimas saladas que la emoción había hecho brotar de los ojos de la fiscal.
Ainara le acariciaba la nuca con dedos lentos y tiernos, sintiendo el latido de su sangre en la arteria carótida.
Había en la mirada de Mathieu una veneración desarmada, una entrega absoluta que la conmovía hasta la médula.
Aquel hombre que había visto morir a su compañera Isabelle en Zeebrugge bajo el fuego de la mafia de Sorokin, que había cargado durante años con la culpa de no haber podido salvarla, encontraba en los brazos de Ainara su propia redención; y ella, marcada desde la adolescencia por el estigma del suicidio de su padre Josu en Durango, hallaba en la solidez protectora de Mathieu el refugio que el mundo le había negado durante décadas.