CAPÍTULO 8 La noche de Donibane Garazi #2
Mathieu encendió una pequeña lámpara de aceite con pantalla de cristal esmerilado que descansaba sobre la repisa de la chimenea.
La luz dorada y vacilante reveló la nobleza austera del interior: vigas maestras de castaño oscuro en el techo, estanterías empotradas repletas de volúmenes encuadernados en piel con tratados de derecho foral navarro en euskera y francés, y una escalera de caracol de roble macizo que ascendía en espiral hacia las plantas superiores.
—Sube a la buhardilla, Ainara —le indicó Mathieu en voz baja, descargando la mochila táctica en el banco del zaguán—. Arriba hay una chimenea auxiliar encendida y ropa seca. Yo aseguraré los postigos de la planta baja y comprobaré la salida de servicio que da a los huertos traseros.
Ainara asintió, descalzándose los botines enfangados en el rellano inferior para no manchar las maderas nobles.
Subió despacio por los peldaños de caracol, sintiendo el tacto tibio del pasamanos encerado.
Al alcanzar la tercera planta, empujó una puerta de tablones encajados y penetró en la buhardilla.
La estancia era un refugio de una calidez conmovedora.
El techo abuhardillado dejaba a la vista el entramado geométrico de las vigas de castaño, entre las que asomaban las lajas de pizarra del tejado.
En el extremo oriental, un hogar bajo con chimenea de rincón ardía con leños de haya y ramas de pino que crepitaban alegremente, proyectando sombras danzarinas sobre una cama monumental de madera de nogal vestida con mantas de lana merina de color crudo y almohadas de lino rústico.
Junto al fuego, sobre una banqueta baja, descansaban dos toallas gruesas de algodón y dos jerséis de lana virgen de los pastores de Garazi.
Ainara depositó el maletín burdeos sobre una mesita de escritorio junto a la ventana y se acercó a la lumbre, extendiendo las manos hacia el fuego.
El calor de la madera le golpeó el rostro con una intensidad deliciosa, descongelándole la piel y arrancándole un largo suspiro que llevaba retenido desde el tiroteo en Quai Chaho.
Se quitó la chaqueta gris marengo empapada y la blusa de seda cruda manchada de barro, colgándolas del perchero de forja junto a la campana de la chimenea.
La piel de sus hombros y su espalda, blanca y suave en contraste con el vello erizado por el frío residual, brillaba con un tono dorado bajo los reflejos de las llamas.
Unos pasos silenciosos sobre los tablones de castaño anunciaron la llegada de Mathieu.
El hombre cerró la puerta de la buhardilla tras de sí y se detuvo a tres pasos de distancia, contemplándola en silencio.
Se había despojado ya de la gabardina y de la camisa táctica; su torso ancho y musculoso, cubierto de un vello oscuro y marcado por las cicatrices del combate en Zeebrugge y de su paso por la gendarmería, desprendía el vapor tibio de su propia respiración.
La mirada de Mathieu se posó en los ojos negros de Ainara.
No había en sus pupilas la fría tensión del agente operativo ni la distancia cautelosa de las diligencias judiciales: había un hambre profunda, una admiración sin límites y un anhelo incontenible que llevaba semanas madurando en el fuego secreto de su cercanía forzada.
El silencio entre ambos se llenó del crepitar de las brasas y del murmullo lejano de la lluvia contra la pizarra del tejado.
La barrera de la contención profesional, levantada durante días de huida y peligro mortal, se desmoronó de golpe ante la evidencia sagrada de estar vivos, juntos y a salvo en el corazón de la piedra milenaria.
El peso de la historia que impregnaba aquella casona de la Rue de la Citadelle actuaba como un catalizador de las emociones humanas más elementales.
En aquellas mismas habitaciones, durante los inviernos de la ocupación alemana de 1943, hombres y mujeres de la Resistencia francesa y de la red de mugalaris vascos habían compartido el pan, el silencio y el miedo a la tortura de la Gestapo antes de cruzar hacia los puertos de Navarra.
Sabían que la muerte acechaba en cada recodo del camino, pero esa misma proximidad del abismo otorgaba a cada instante de intimidad una trascendencia absoluta, despojando la existencia de vanidades accesorias y dejando únicamente lo esencial: la lealtad, la verdad y el contacto redentor del cuerpo amado.
Ainara sentía cómo el pulso se le aceleraba en la base del cuello, no ya por la adrenalina del cerco policial, sino por la inmensidad de la presencia de Mathieu a escasos metros de distancia.
Durante meses, en las salas de vistas de la Audiencia de Bilbao y en los despachos enmoquetados de Bruselas, se había acostumbrado a ver en él al auditor riguroso, al hombre implacable que no temía desafiar a los altos comisionados para destapar un fraude presupuestario.
Pero en las últimas horas, en el muelle ensangrentado de Bayona y en la niebla gélida de Izpegi, había descubierto al hombre de honor, al protector indómito que interponía su propio cuerpo frente al fuego de los sicarios para salvaguardar su vida.
Mathieu dio un paso hacia delante, acortando la distancia que los separaba.
El olor de su piel —una mezcla de lluvia de montaña, sudor limpio y el humo balsámico del enebro— envolvió a Ainara como un bálsamo reconfortante.
En sus ojos grises ardía una devoción tierna y salvaje a la vez, el reconocimiento mutuo de dos náufragos que habían atravesado el infierno de la traición y que encontraban en los brazos del otro su único hogar verdadero.
El zaguán de la casona de la Rue de la Citadelle conservaba el mobiliario original de una estirpe de letrados y hacendados navarros que durante tres siglos combinaron el cultivo de viñedos con el ejercicio de la abogacía en los tribunales de Pau y Pamplona.
En la pared occidental colgaba una vitrina de roble oscuro que custodiaba facsímiles encuadernados en pergamino del Fuero General de Navarra de 1238, con sus capítulos dedicados a la inviolabilidad del domicilio y a la prohibición expresa de que los oficiales reales pudieran entrar armados en las casas hidalgas sin orden de los alcaldes forales.
Ainara contempló las letras góticas trazadas en la vitrina mientras se descalzaba los botines embarrados.
En aquellas leyes medievales se hallaba la raíz directa del principio de legalidad penal que ella defendía ante los tribunales modernos: la concepción de que el poder público está sometido a la norma y que ningún gobernante, por poderoso que sea su ejército o su presupuesto, tiene derecho a pisotear los derechos de los ciudadanos libres.
La subida por la escalera de caracol hacia la buhardilla fue un tránsito hacia la paz interior.
A cada peldaño que ascendían, el eco de la violencia de Bayona, el zumbido de los motores de los furgones policiales y la amenaza de las órdenes de captura internacional parecían disolverse en el aire tibio de la casona.
La buhardilla los acogió con la generosidad de un hogar ancestral que ha visto pasar generaciones de fugitivos y amantes: las brasas encendidas en la chimenea, el aroma a madera seca y el aislamiento absoluto de los muros de piedra creaban un santuario inexpugnable donde el tiempo parecía haberse detenido para permitirles respirar de nuevo.
Mientras Ainara subía a la buhardilla, Mathieu recorrió con sigilo la planta baja y el patio trasero de la casona.
El patio era un rectángulo recoleto de adoquines cubiertos de musgo, cercado por muros de sillería de cuatro metros de altura sobre los que trepaban parras viejas de uva tannat.
En el rincón sur, un pozo de brocal de arenisca con polea de hierro aseguraba el suministro de agua dulce en caso de asedio.
Mathieu abrió el postigo de servicio que comunicaba con una senda de huertos que descendía hacia el río Nive; la cancela estaba aceitada y la cerradura respondía sin atascos.
Comprobó el horizonte: la ciudadela militar de Donibane Garazi se recortaba contra las nubes como una mole impenetrable, pero en las garitas de vigilancia no se apreciaba movimiento extraordinario.
La Gendarmería mantenía sus controles en las carreteras principales, convencida de que los fugitivos intentarían huir en coche hacia el peaje de Biriatou o la autopista de Bayona.
Nadie en la Prefectura de Pau imaginaba que la fiscal y el exagente de la OLAF se encontraban ya a resguardo en el corazón del casco medieval, protegidos por la complicidad silenciosa de una comunidad que llevaba siglos burlando los decretos de los intendentes reales y las órdenes de los comisarios forasteros.
Subió la escalera de caracol sintiendo en cada pisada el alivio del deber cumplido hasta ese punto.
La puerta de la buhardilla estaba entornada; a través de la rendija, el resplandor rojizo del hogar recortaba la silueta de Ainara despojándose de las ropas húmedas.
Verla allí, desprovista de las formalidades procesales del palacio de justicia de Bilbao, despertaba en Mathieu una marea de devoción y ternura que borraba de un plumazo los años de cinismo burocrático acumulados en los despachos de Bruselas.
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Mathieu dio el último paso y acortó el espacio que los separaba.
Sus manos grandes, ásperas y encallecidas por el frío de la montaña, se alzaron despacio para enmarcar el rostro de Ainara.
Sus pulgares acariciaron con una ternura infinita los pómulos afilados de la fiscal, retirando con delicadeza un mechón de pelo oscuro que la humedad había pegado a su sien.
—Ainara... maitea —susurró Mathieu con la voz rota por una emoción que desafiaba toda compostura.