CAPÍTULO 8 La noche de Donibane Garazi
El descenso desde la cresta de Izpegi hacia el anfiteatro natural de Saint-Jean-Pied-de-Port, la histórica Donibane Garazi, fue una travesía sigilosa a través de un laberinto de bancales y sendas de pastoreo que bordeaban los contrafuertes orientales de la cordillera.
Eran las dos y media de la madrugada. La lluvia torrencial que había azotado los puertos durante la tarde había remitido, dejando paso a un sirimiri tenue que flotaba en el aire como una gasa fría, impregnando los tejados de pizarra y las murallas de arenisca rosa de Arradoy con un brillo de estaño bajo la luna velada.
Mathieu levantó el puño izquierdo en señal de alto y se detuvo en la sombra de un zaguán con arco apuntado, atrayendo a Ainara hacia el interior del hueco. Su respiración se mezclaba en el frío de la noche, tibia y acelerada.
—Han blindado las puertas de la muralla —susurró Mathieu muy cerca de su oído, señalando con la mirada la silueta de los furgones policiales—.
Tienen órdenes de inspeccionar a cualquiera que entre a pie o en coche.
Pero Donibane Garazi fue diseñada por ingenieros navarros y reformada por Vauban para resistir asedios imperiales: cada torre dispone de poternas de evacuación y pasadizos de servicio que no figuran en las cartas topográficas de la gendarmería de Pau.
Guiándola con una precisión milimétrica, Mathieu abandonó la calzada principal y se deslizó hacia el sendero del foso exterior que bordeaba la muralla norte.
El terreno estaba cubierto de hierba alta y ortigas empapadas que amortiguaban el sonido de sus pisadas.
Bordearon el baluarte de la ciudadela manteniendo las siluetas agachadas bajo el parapeto de piedra, hasta alcanzar una reja de hierro forjado semioculta por una espesa cortina de hiedra silvestre, que protegía el desagüe del antiguo aljibe comunal.
Mathieu extrajo de su bolsillo una pequeña llave de latón con el paletón desgastado por décadas de uso, que Maider le había deslizado en la mano antes de partir de Seaska.
La cerradura emitió un chasquido suave, engrasado recientemente con sebo animal.
Empujaron la cancela, cruzaron el pasadizo subterráneo abovedado de apenas veinte metros y emergieron al interior del casco histórico, justo al pie de la empinada Rue de la Citadelle.
La calle, empedrada con cantos rodados del río y flanqueada por casonas del siglo XVII con dinteles esculpidos con la fecha de construcción y los nombres de las familias hidalgas, ascendía en penumbra hacia la fortaleza que coronaba la colina.
No había un alma en las aceras; únicamente el eco lejano de las sirenas en la carretera comarcal y el tintineo de las gotas de lluvia al caer de los aleros rompían la soledad de la noche.
Subieron por la calzada adoquinada manteniendo el paso ligero y pegados a las fachadas.
Cada portalón de madera claveteada parecía custodiar siglos de secretos y lealtades compartidas.
En los balcones de forja ondeaban apagadas algunas banderas con las cadenas de Navarra y la ikurriña, símbolos de un arraigo que ninguna prefectura republicana había logrado borrar del espíritu de la Baja Navarra.
Al llegar a la altura del número 32, Mathieu se detuvo ante una imponente casona de tres plantas construida con grandes sillares de arenisca rosa de Arradoy, con un blasón nobiliario esculpido sobre el dintel en el que se distinguían las armas de los señores de Garazi: un león rampante sobre tres ondas de agua.
Las ventanas de la planta baja estaban protegidas por rejas de forja conopiales y los postigos de madera de roble permanecían cerrados, pero en la buhardilla de la última planta, apenas perceptible entre las lajas de pizarra del tejado, se adivinaba el parpadeo tenue de un rescoldo encendido.
Mathieu tocó el dintel de piedra con la yema de los dedos, como quien saluda a un viejo conocido de la infancia.
—Esta casa perteneció a los tíos de Maider —dijo en voz baja, sacando de su bolsillo la pesada llave de forja con aro ovalado—.
Durante la retirada del ejército republicano en 1939 y en las redes de evasión de la Segunda Guerra Mundial, esta puerta nunca se cerró para un perseguido.
Aquí estaremos completamente seguros mientras preparamos el salto definitivo.
El aire en la Rue de la Citadelle olía a piedra empapada, a humo de roble y a la humedad densa de los helechos que crecían en las grietas de las murallas.
Para Ainara, cruzar el umbral del casco viejo de Donibane Garazi suponía una sacudida emocional imprevista.
Aquel rincón del Pirineo no era una postal turística para visitantes estivales: era el reducto inexpugnable donde la cultura y el derecho pirenaico se habían refugiado cuando las coronas de los Habsburgo y los Borbones barrieron las libertades forales en el sur.
Recordó las lecciones de historia del derecho foral en la Universidad de Deusto: en 1530, el emperador Carlos V se vio obligado a replegar sus guarniciones de Ultrapuertos y abandonar la Baja Navarra al comprobar que sus tropas eran incapaces de controlar la guerra de guerrillas librada por los habitantes de estos mismos valles, dejando que la soberanía navarra perviviera en Saint-Jean-Pied-de-Port hasta su unión dinástica con la corona de Francia en tiempos de Enrique IV.
Esa misma tenacidad indómita se respiraba en las fachadas pétreas, en la solidez de los dinteles grabados con inscripciones en euskera arcaico y en el silencio cómplice de los portales.
Al aproximarse a la cancela del número 32, Ainara sintió cómo el cansancio muscular de cuatro horas de ascensión y descenso se acumulaba en sus rodillas, pero la firmeza del brazo de Mathieu sosteniéndola por el codo le transmitía una serenidad infinita.
La cacería desatada por Patricia Hagen en Bayona parecía haber quedado atrás, frenada por la muralla natural de los Pirineos.
Pero sabían que la tregua era precaria: la comisaria alemana disponía de medios casi ilimitados y la rueda de prensa de Bruselas estaba fijada para el mediodía siguiente.
Cada minuto de refugio debía ser aprovechado para convertir las pruebas de la OLAF y los extractos de Miramont en una acusación judicial inatacable.
Las sendas de herradura que descendían de Izpegi hacia el fondo del valle de Garazi estaban trazadas sobre afloramientos de arenisca roja que la humedad hacía tan resbaladizos como placas de vidrio.
Mathieu guiaba a Ainara sujetándola firmemente por el antebrazo en cada paso difícil, marcando un ritmo lento y seguro que impedía cualquier resbalón fatídico hacia las torrenteras laterales.
En la noche invernal, el silencio del valle era tan profundo que el graznido ocasional de una lechuza en los robledales de Anhaux resonaba como una campana en la niebla.
Donibane Garazi representaba el punto de convergencia de todas las rutas históricas de ultramontes.
Por aquí habían pasado las legiones romanas de la vía Antonina que unía Burdeos con Astorga, los ejércitos francos de Carlomagno antes de ser diezmados en Roncesvalles, y millones de peregrinos jacobeos que a lo largo de un milenio buscaron cobijo en los hospitales de caridad levantados por los canónigos de Roncesvalles en la Rue d'Espagne.
Para los habitantes de la comarca de Garazi, la presencia de forasteros armados o patrullas estatales nunca había sido una novedad; sabían que los imperios pasan y se desmoronan, pero las casonas de piedra con tejados de pizarra permanecen en pie, custodiando la memoria de una comunidad que se resiste a ser asimilada.
Al bordear el foso exterior de la ciudadela, Mathieu señaló a Ainara las troneras bajas de sillería por donde los antiguos cañones de bronce dominaban el cauce del río.
La fortificación, reformada en 1685 por el marqués de Vauban sobre los cimientos del castillo medieval de los reyes navarros, era una obra maestra de la poliorcética militar: fosos secos, baluartes en estrella y muros en talud diseñados para amortiguar los impactos de la artillería.
Pero Mathieu conocía los puntos ciegos de la fortaleza, aquellos ángulos muertos donde las sombras de los terraplenes impedían la visibilidad desde las garitas de vigilancia.
Aprovechando la negrura de la noche y el rumor del aguacero en los árboles, se deslizaron hacia el portillo de servicio con la ligereza de dos sombras que se confunden con la piedra milenaria.
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Mathieu introdujo la llave de forja en la cerradura monumental de la cancela.
El mecanismo de tres vueltas giró con un chasquido seco y sordo, y el pesado batiente de roble cedió hacia el interior con un crujido contenido.
Ambos cruzaron el umbral con rapidez; Mathieu empujó la madera hasta encajar el pestillo y deslizó una recia tranca de hierro forjado que cruzaba de parte a parte la hoja de la puerta, anclándola en sendas hendiduras practicadas directamente en la sillería del muro.
El aislamiento fue instantáneo y total. El rumor exterior de la lluvia y el viento quedó cancelado tras muros de casi un metro de espesor que llevaban cuatro siglos deteniendo el frío y las guerras pirenaicas.
El zaguán de la planta baja olía a cera de abejas, a castaño curado por el humo y a ese aroma balsámico a lavanda seca que las mujeres de los caseríos colocaban en los arcones para proteger los lienzos de lino.
El suelo de la estancia estaba empedrado con grandes losas de arenisca pulida por generaciones de habitantes.
A la izquierda, una chimenea de campana con faldón de madera conservaba un lecho de brasas de roble que irradiaba un calor suave y reconfortante; sobre una mesa comunal de nogal macizo descansaba una jarra de barro vidriado con agua de manantial, dos tazones de cerámica tosca y una hogaza de pan de centeno cubierta con un paño blanco, dispuesta allí por los vecinos de la red Seaska que custodiaban la vivienda en ausencia de sus propietarios.