La muga roja (Línea de Cupo 3) CAPÍTULO 7 El paso de Izpegi #3
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CAPÍTULO 7 El paso de Izpegi #3

La subida por el valle de Aldudes constituía una lección viva de geografía e historia comunal.

Aquel territorio no pertenecía enteramente a Francia ni a España; durante siglos había sido gobernado bajo el régimen de las facerías o pacerías, tratados consuetudinarios firmados entre los valles de Baïgorry y Baztan para regular el uso compartido de pastos, bosques y manantiales sin intervención de las coronas de París o Madrid.

Incluso en los periodos de guerra abierta entre ambas naciones, cuando los ejércitos regulares se desangraban en Flandes o en el Rin, los alcaldes y jurados de ambas vertientes se reunían en los collados de montaña para renovar la paz de facería, garantizando que el ganado pudiera cruzar libremente las mugas para abrevar y que los leñadores pudieran recoger madera muerta sin temor a represalias armadas.

Aquel sustrato foral, que consagraba la primacía del acuerdo bilateral sobre la imposición unilateral del Estado central, era el antecedente histórico directo del Concierto Económico que Ainara defendía en los tribunales.

El derecho pirenaico partía de una premisa revolucionaria: la soberanía no emana de la cúspide del poder imperial, sino de la voluntad pactada de las comunidades que habitan y trabajan la tierra.

Para Mathieu, caminar por aquellas sendas ancestrales no era una huida caótica, sino una peregrinación hacia las fuentes mismas de la legitimidad que Patricia Hagen y sus tecnócratas de Bruselas pretendían destruir mediante informes falseados y transferencias mafiosas.

Al bordear el desfiladero de Banca, Mathieu señaló a Ainara los vestigios cubiertos de musgo de las antiguas fundiciones de cobre explotadas por los romanos en el siglo I antes de Cristo.

La roca viva mostraba las marcas de cinceles milenarios, testimonios de una actividad metalúrgica ininterrumpida que hermanaba las minas de Aldudes con las ferrerías del Deba y los talleres de Durango.

Todo formaba parte de una misma trama humana y productiva que ninguna directiva centralista podía desmembrar con un golpe de pluma burocrática.

El ascenso hacia Banca ofrecía una panorámica sobrecogedora de las entrañas geológicas del macizo de Quinto Real.

En aquel rincón pirenaico, las fallas tectónicas habían levantado murallas de esquisto y pizarra que caían a plomo sobre el cauce del río, creando un microclima sombrío y húmedo donde la vegetación competía ferozmente por la luz.

Los hayedos centenarios de Hayra, considerados unos de los bosques caducifolios mejor conservados de Europa occidental, se extendían por miles de hectáreas hacia las crestas navarras, formando un laberinto de troncos grises cubiertos de líquenes dorados y musgo espeso que absorbía cualquier eco exterior.

Mathieu se detuvo junto a una peña cubierta de helechos para comprobar la presión del aire en los fuelles de la mochila y ajustar la posición de la pistola Sig Sauer en su funda interior de cordura.

Su formación táctica en las unidades especiales de la gendarmería gala le había enseñado que en un entorno de media montaña invernal, el mayor peligro no provenía del enemigo armado, sino del desgaste térmico silencioso y la desorientación espacial.

La niebla pirenaica, el temido hego-laiñoa , poseía la siniestra capacidad de alterar la percepción acústica: el murmullo de un arroyo podía sonar como si estuviera a la espalda cuando en realidad corría a los pies, y el eco de una voz humana podía rebotar en tres barrancos simultáneamente, desorientando por completo al caminante inexperto.

Pero Mathieu no era un extraño en aquel desierto vegetal.

Su abuelo Jean-Pierre le había enseñado a leer las señales sutiles de la corteza de las hayas: las ramas septentrionales crecían con una inclinación más acusada para resistir las ventiscas del Atlántico, mientras que las oquedades en las raíces de los fresnos albergaban siempre pequeñas reservas de corteza seca de abedul que permitían encender una lumbre de supervivencia incluso tras semanas de diluvio continuo.

Aquella sabiduría ancestral, transmitida de generación en generación en las cocinas de los caseríos de Baïgorry, valía en la niebla de Izpegi más que todo el arsenal tecnológico de los centros de control de Bruselas.

♦ ♦ ♦

Hacia las siete de la tarde, la luz cenicienta del día invernal comenzó a extinguirse con rapidez, cediendo el terreno a una penumbra azulada y gélida que intensificaba la sensación de aislamiento absoluto.

El viento del norte, que hasta entonces había soplado con rachas moderadas en el fondo de los barrancos, arreciaba con violencia a medida que se aproximaban a la cresta divisoria, levantando remolinos de aguanieve que azotaban sus rostros con la fuerza de alfileres congelados.

Mathieu se detuvo al abrigo de una formidable peña de cuarcita blanca que sobresalía en la ladera como la proa de un navío encallado en la niebla. Hizo una seña a Ainara para que se resguardara en la hendidura cóncava de la roca, al abrigo del vendaval.

Ainara se dejó caer sobre un saliente de piedra con la respiración entrecortada, apoyando la espalda contra la roca fría.

Se quitó los guantes empapados con dedos entumecidos y los frotó contra su pecho para devolverles la sensibilidad.

El reloj Certina DS que perteneció a su padre Josu Zubiaga brilló tenuemente bajo la manga: la esfera marcaba las 19:40.

Hacía exactamente veinticuatro horas se encontraba en el búnker de Ajuria Enea escuchando la advertencia del Lehendakari sobre el dosier de Hagen.

Ahora estaba en mitad de un desfiladero pirenaico, perseguida por los servicios de seguridad de dos Estados, con la ropa calada hasta los huesos pero con la certeza inquebrantable de tener en sus manos la prueba de la verdad.

Mathieu se arrodilló junto a ella, extrajo una de las cantimploras de la mochila y se la ofreció tras retirar el tapón metálico.

—Bebe despacio —le susurró con ternura, acariciándole la mejilla fría con el dorso de la mano—. El agua está helada, pero necesitas hidratarte. Hemos superado los quinientos metros de altitud; el collado de Izpegi está a menos de un kilómetro en línea recta hacia el suroeste.

Ainara dio dos sorbos cortos, sintiendo cómo el agua le despejaba la garganta reseca por el esfuerzo.

Miró el rostro de Mathieu: las gotas de aguanieve brillaban en sus cejas pobladas y en los pómulos marcados por el esfuerzo, pero en su mirada gris no había el menor rastro de vacilación.

Era la mirada de un hombre que había encontrado su propósito definitivo, un hijo de la muga que combatía no por una nómina institucional en Bruselas, sino por la dignidad de su tierra y por la mujer que amaba.

—¿Cómo sabían los mugalaris por dónde avanzar con esta niebla tan cerrada?

—preguntó Ainara en un susurro, mirando hacia el abismo blanco que se abría a menos de tres metros de sus pies—.

No se distingue una roca de otra; cualquier paso en falso puede precipitarte quinientos metros barranco abajo hacia el lecho del río.

Mathieu sonrió levemente en la penumbra, señalando con el bastón de avellano hacia una piedra rectangular de sillería incrustada en el suelo junto a la pared de cuarcita, sobre la que se apreciaba una hendidura cruciforme desgastada por los siglos.

—La montaña tiene su propio lenguaje escrito, Ainara —le explicó en voz baja—.

Las cruces grabadas en la roca marcan los límites de las parroquias medievales de Saint-Étienne y Erratzu.

Los viejos contrabandistas no necesitaban mapas ni brújulas satelitales: se guiaban por la inclinación del musgo en los troncos de los espinos albares, por el murmullo de las torrenteras que caen hacia Navarra y por el eco del viento en los farallones de cuarcita.

Cuando las patrullas de carabineros españoles o aduaneros franceses se apostaban en los pasos altos, los vigías se comunicaban mediante silbidos modulados que imitaban el canto nocturno del cárabo o el ladrido del zorro.

Dos silbidos cortos significaban paso despejado; un trino prolongado con caída de tono advertía de una emboscada con armas de fuego.

Mathieu se inclinó ligeramente hacia delante y moduló entre los labios un silbido suave, hondo y tembloroso, que resonó en la oquedad de la roca con una modulación idéntica al canto del búho pirenaico.

El sonido se propagó en la niebla y se extinguió en el viento sin despertar sospechas en la distancia.

Ainara contempló el perfil afilado de Mathieu con una admiración sobrecogedora.

En aquel hombre se fundían dos mundos que parecían irreconciliables: la precisión analítica del auditor financiero capaz de rastrear un desvío millonario en los balances del Banco Central Europeo y la sabiduría visceral del montañés vasco que dominaba los secretos ancestrales de la frontera.

Aquella dualidad lo convertía en un adversario formidable para burócratas como Patricia Hagen, que concebían el poder como una abstracción de gráficos y algoritmos pero que ignoraban la fuerza indómita de quienes llevan la tierra grabada en la sangre.

—Gracias por no dejarme sola en esto, Mathieu —murmuró Ainara apoyando la frente en su hombro durante un instante infinito—. Si no hubieras estado en Quai Chaho... si no hubieras disparado contra ese todoterreno...

—No tienes nada que agradecer, fiscal —respondió él envolviéndola en sus brazos y besándole suavemente el cabello húmedo—.

En Bruselas estuve ciego durante demasiado tiempo.

Creí que la justicia era un conjunto de directivas asépticas redactadas en despachos climatizados.

Tú me hiciste entender que la ley no vale nada si no defiende a las personas reales, a las familias que madrugan para abrir un taller o a los pescadores que salen a faenar con galerna.

Estamos juntos en esta línea, Ainara. Hasta el final.