CAPÍTULO 7 El paso de Izpegi #4
Se pusieron en pie nuevamente, ajustándose las mochilas para emprender el último tramo de la ascensión.
La pendiente se tornó aún más empinada, sorteando canchales de piedra suelta donde cada apoyo exigía una tensión muscular extrema.
El aguanieve se convirtió en granizo menudo que rebotaba en sus impermeables con un chasquido continuo.
A las ocho y cuarto de la noche, tras superar una última cuesta rocosa donde la hierba congelada crujía como cristal bajo sus suelas, el terreno se aplanó bruscamente en una meseta venteada. Habían alcanzado la cumbre del puerto de Izpegi.
El viento en la cresta soplaba con una ferocidad salvaje, arrastrando nubes bajas a ras de suelo a más de setenta kilómetros por hora.
Pero entre los jirones de niebla que se abrían momentáneamente hacia el sur, divisaron a lo lejos, en el fondo del valle de Baztan, los destellos diminutos y titilantes de las farolas del pueblo de Erratzu y las luces doradas de las casonas de Elizondo brillando en la oscuridad de Navarra.
Habían coronado el paso. Habían cruzado la muga invisible sin ser detectados por el dispositivo de seguridad de la Prefectura francesa.
La sensación de sincronía física entre ambos durante la ascensión a Izpegi rozaba lo místico.
En la montaña invernal, donde el menor error de cálculo puede acarrear una hipotermia mortal o una caída fatal en una sima cárstica, las palabras resultan superfluas; el cuerpo se convierte en el único instrumento de navegación y supervivencia.
Mathieu adaptaba su zancada al ritmo constante de Ainara, ofreciéndole el apoyo de su brazo en los pasos más expuestos sobre la roca mojada, mientras ella correspondía con una resistencia sobrehumana, compensando la falta de tracción de su calzado con un equilibrio instintivo admirable.
No era solo la necesidad de sobrevivir al cerco policial lo que los impulsaba cuesta arriba; era la fuerza de un vínculo que había crecido en el fango de las cloacas del poder y que se había purificado en el aire cortante de los Pirineos.
Cada mirada compartida en mitad de la ventisca, cada aliento templado sobre las manos entumecidas del otro, consolidaba una intimidad que trascendía con mucho la camaradería profesional.
Se sabían condenados o salvados juntos; no existía un destino individual para Mathieu Etcheverry que no pasara por la victoria de Ainara Zubiaga ante los tribunales de Europa.
Cuando alcanzaron la peña de cuarcita a medio camino del collado, el cansancio acumulado tras cuarenta y ocho horas de persecución incesante pareció desvanecerse ante la magnitud del paisaje nocturno.
Aunque la niebla borraba el horizonte, la presencia majestuosa de las cumbres de Iparralde —el monte Iparla alzándose como una muralla de arenisca al norte y el Autza dominando el horizonte hacia Navarra— se sentía como un escudo protector levantado por la propia naturaleza para cobijar a sus hijos perseguidos.
Mientras recuperaban el aliento al abrigo de la peña de cuarcita, Ainara contempló las manos de Mathieu, enrojecidas por el viento helado y raspadas por los zarzales de la senda.
Aquellas manos habían manejado con igual destreza los teclados cifrados de la sede de la OLAF en la Rue Joseph II y la empuñadura de acero de su arma reglamentaria en el muelle de Bayona.
Había en él una lealtad sin fisuras, una entrega silenciosa y desprovista de retórica que contrastaba con la hipocresía meliflua de los pasillos judiciales de Bilbao, donde los mismos letrados que por la mañana defendían la pureza del Concierto Económico por la tarde almorzaban con los representantes de las sociedades pantalla de la trama.
—Mi padre Josu Zubiaga —dijo Ainara en voz baja, con la mirada perdida en los remolinos de aguanieve— solía decir que la peor derrota para un hombre honrado no es que le arrebaten el dinero o el taller, sino que le hagan dudar de su propia dignidad.
Cuando los pagarés de su empresa de Durango fueron devueltos sin fondos en 1994, los directores de banco de Bilbao le cerraron las puertas en las narices con sonrisas condescendientes, asegurándole que todo era producto de una crisis coyuntural inevitable.
Ninguno le dijo que un consorcio de Madrid y Fráncfort había desviado las líneas de crédito industrial para especular en los mercados de futuros.
Lo dejaron morir creyendo que el fracaso era culpa suya, que su trabajo de treinta años en las fresadoras no había servido para nada.
Mathieu le tomó la mano enguantada y se la apretó con fuerza contra su pecho, sintiendo el latido acelerado de la fiscal.
—Esa es la especialidad de la gente como Hagen y Sorokin —respondió Mathieu con voz sombría—.
Destruyen vidas enteras amparándose en la complejidad de los balances financieros.
Hacen que las víctimas se sientan culpables de su propia ruina mientras ellos se reparten dividendos en cuentas de ultramar.
Pero tu padre no fracasó, Ainara. Te dejó el legado más valioso que un ser humano puede recibir: la determinación innegociable de no arrodillarte ante la mentira.
Y mañana, cuando pongamos esos extractos bancarios sobre la mesa de Eurojust, Josu Zubiaga estará venciendo a los mismos que intentaron pisotear su nombre.
♦ ♦ ♦
En el punto más alto del collado de Izpegi, a escasos diez metros de donde la carretera asfaltada coronaba el puerto antes de descender hacia el valle de Baztan, emergía de la niebla una mole cuadrangular de arenisca roja y lajas de pizarra: la borda pastoril de Elorrieta.
Levantada en el siglo XVIII por una comunidad de ganaderos transfronterizos que compartían pastos bajo los antiguos acuerdos de facerías pirenaicas, la construcción desafiaba los siglos con muros de mampostería de casi un metro de espesor, diseñados para resistir las ventiscas invernales y los rayos de las tormentas de verano.
Justo al costado oriental de la borda se alzaba una pieza histórica de granito pulido de un metro de altura: el hito fronterizo internacional número 226, grabado en su cara norte con la flor de lis de la corona francesa y en su cara sur con las armas de Castilla y Navarra, conforme a las demarcaciones milimétricas pactadas en el Tratado de Límites de Bayona de 1856.
La línea divisoria pasaba exactamente por el centro geométrico de la parcela, dividiendo la estancia de la borda en dos jurisdicciones soberanas que allí, en la soledad de la cumbre, carecían por completo de significado.
Mathieu se aproximó a la pesada puerta de tablones de roble, asegurada por un cerrojo rústico de forja oxidada.
Introdujo la punta de su navaja táctica para levantar la falleba interior; la cancela cedió con un gemido sordo y ambos se deslizaron hacia el interior, empujando de nuevo el batiente y asegurándolo con un recio tablón transversal que servía de tranca.
El silencio que los envolvió fue inmediato y bienhechor.
Aunque el viento aullaba en el exterior sacudiendo los aleros de pizarra, las gruesas paredes de sillería amortiguaban el estruendo hasta convertirlo en un rumor lejano.
El aire interior estaba frío y seco, impregnado de ese aroma inconfundible a madera quemada, paja vieja y resina de pino acumulada durante décadas de pastoreo estival.
Mathieu encendió la linterna frontal con el filtro de luz roja para no proyectar reflejos visibles desde la carretera y barrió la estancia con el haz tenue.
La borda disponía de un suelo de losas de piedra irregular, un pajar elevado de tablones de castaño en la parte trasera y, en el rincón occidental, un hogar bajo tradicional con chimenea de campana empotrada en el muro de sillería.
Junto al hogar descansaba una pila de leña seca de haya y ramas de enebro cuidadosamente dispuestas por los pastores de Erratzu antes de descender al valle al inicio del invierno.
—Aquí estaremos a salvo durante unas horas —dijo Mathieu dejando la mochila en el suelo y arrodillándose ante el hogar—.
Nadie subirá al puerto de Izpegi con este temporal; la carretera desde Saint-Étienne está cortada por la nieve a partir de Banca y la Guardia Civil no enviará patrullas a la cresta hasta el amanecer.
Con la ayuda de su navaja y unas virutas de corteza de abedul que extrajo de su bolsillo, Mathieu encendió una pequeña llama.
El fuego prendió en las ramas secas de enebro con un chasquido aromático, proyectando una luz cálida y titilante que ahuyentó las sombras de la borda.
Pronto, un leño grueso de haya empezó a arder con un calor constante y dorado, llenando la estancia de un aroma balsámico que devolvió el alma a sus cuerpos castigados por la intemperie.
Ainara se despojó del impermeable empapado y lo colgó de un clavo de forja junto a la lumbre.
Se sentó sobre un fardo de paja limpia frente a las llamas, extendiendo las manos abiertas hacia el calor del fuego.
El contraste térmico le hizo estremecerse con un escalofrío que le recorrió la espina dorsal, pero una sensación de paz profunda, casi milagrosa tras el horror del tiroteo en Bayona, empezó a inundar su pecho.
Miró el suelo de la borda: justo entre sus pies y los de Mathieu pasaba una línea de mortero blanco trazada en las losas de piedra, que continuaba la trayectoria exacta del hito 226 situado al otro lado de la pared.
—Estamos sentados sobre la frontera, Mathieu —dijo Ainara con una media sonrisa, contemplando la línea de mortero—.
Mis pies descansan en suelo de la Comunidad Foral de Navarra y los tuyos en el departamento de Pirineos Atlánticos.
Cien tratados internacionales, dos reyes, tres repúblicas y un ejército de diplomáticos para trazar una raya imaginaria en mitad de un establo de ovejas.
Mathieu se sentó a su lado, muy cerca, pasando un brazo protector sobre sus hombros para cobijarla contra su costado.