CAPÍTULO 7 El paso de Izpegi #2
Ainara apoyó la nuca contra la chapa de la furgoneta y cerró los ojos, analizando con rigor de fiscal penal la perversión institucional que acababa de desplegarse en su contra.
El Sistema de Información de Schengen de segunda generación, el temido SIS II, había sido diseñado como una herramienta de cooperación multilateral para perseguir a redes de trata de seres humanos, terrorismo y narcotráfico transnacional.
Se basaba en el principio de confianza mutua entre las judicaturas de los Estados miembros, una presunción iuris tantum de que cualquier orden de búsqueda emitida por una autoridad nacional respondía a indicios delictivos contrastados.
Sin embargo, en manos de una alta funcionaria como Patricia Hagen, dotada de claves de acceso de nivel tres y respaldo en la Secretaría General de la Comisión, el sistema se convertía en un arma de aniquilación procesal fulminante.
Bastaba con asociar un número de pasaporte a un código de difusión roja por atentado a la autoridad para que los lectores de matrículas de las autopistas francesas, los arcos de escaneo de los aeropuertos y los terminales móviles de la policía municipal bloquearan cualquier movimiento ciudadano.
La víctima quedaba despojada de su condición de sujeto de derecho en cuestión de minutos, reducida a la categoría de blanco prioritario sin haber tenido la oportunidad de comparecer ante un juez de instrucción independiente.
Para Ainara, aquella manipulación representaba una herida moral más profunda que el riesgo físico del tiroteo.
Había dedicado quince años de su vida a defender la primacía del Estado de derecho, convencida de que los códigos y las directivas eran el único escudo de los ciudadanos frente a la arbitrariedad de los poderosos.
Ver ahora convertidos los resortes de la judicatura comunitaria en una jauría ciega al servicio de los sobornos de Viktor Sorokin y de las ambiciones de la burocracia alemana despertaba en ella una furia fría y calculadora.
No iba a limitarse a sobrevivir a la persecución: iba a utilizar las mismas leyes que Hagen había prostituido para sentarla en el banquillo de los acusados de la corte europea.
♦ ♦ ♦
A medida que la furgoneta dejaba atrás el caserío de Saint-Étienne-de-Baïgorry, con su puente romano de arenisca rosa y sus bodegas de vino de Irouléguy encajadas entre terrazas de viñedos desolados, el valle de Aldudes se estrechaba como un embudo de piedra caliza.
La carretera D-949 ascendía bordeando el curso torrencial del río Nive des Aldudes, cuyas aguas pardas y espumosas rugían contra los peñascos del lecho con una fuerza salvaje alimentada por las lluvias torrenciales de los últimos tres días.
La vegetación mutaba con la altitud: los castaños y robles de hoja caduca daban paso a bosques impenetrables de hayas desnudas, helechales marchitos teñidos de un color herrumbre y taludes verticales de cuarcita donde el agua manaba en cascadas gélidas sobre el asfalto.
El sirimiri de la costa había cesado para dar paso a la clásica niebla pirenaica, el hego-laiñoa, una masa densa, lechosa y helada que descendía desde los pasos fronterizos arrastrada por los vientos del norte.
La visibilidad se redujo a menos de quince metros.
El conductor se vio obligado a encender las luces antiniebla amarillas, que apenas lograban proyectar dos conos espectrales contra la blancura flotante que envolvía el parabrisas.
Dos kilómetros más allá del pueblo de Banca, en una curva cerrada dominada por una borda de piedra abandonada, Mathieu golpeó suavemente el panel divisorio.
—Detén la furgoneta aquí, Iñaki —indicó con voz baja pero terminante—. Apaga el motor y no toques los frenos para que no se enciendan las luces traseras.
El vehículo se deslizó por inercia hacia un apartadero de grava oculto tras una hilera de plátanos de sombra centenarios.
El silencio que siguió al apagado del motor fue absoluto y sobrecogedor, roto únicamente por el crepitar de la lluvia en la chapa y el bramido lejano del río en el fondo de la garganta.
Mathieu empujó la portezuela lateral y saltó al suelo con la agilidad silenciosa del cazador.
El aire de la montaña le golpeó el rostro como una bofetada húmeda: olía a musgo congelado, a humus de haya en descomposición y a la pureza cortante de la nieve que coronaba los picos superiores.
Se acercó a la ventanilla del conductor, donde Arbelaitz lo miraba con expresión compungida.
—Iñaki, da media vuelta de inmediato y regresa a Bayona por la carretera de Hasparren —le ordenó Mathieu estrechando la mano rugosa del militante—.
Si te paran en un control de la Gendarmería, diles que has estado entregando libros de texto en la escuela pública de Banca y que regresas de vacío.
No lleves encima ningún teléfono con llamadas recientes a Maider ni anotes nada.
Si descubren que nos has trasladado, te aplicarán la ley de complicidad en fuga de prófugos armados.
—Cuidaros mucho, Mathieu —respondió Arbelaitz con emoción contenida, apretándole la mano con fuerza de campesino—.
Vuestro abuelo Jean-Pierre Etcheverry salvó a mi padre en el invierno del cuarenta y cuatro cuando los alemanes cercaron Saint-Jean-Pied-de-Port.
En este valle la memoria no prescribe. Que la niebla os cubra el rastro hasta Navarra.
El cooperativista metió la marcha atrás con suavidad, maniobró en la grava y se alejó en dirección al norte, hasta que las luces de posición rojas se desvanecieron en la bruma como brasas que se apagan en ceniza.
Mathieu regresó al costado de la furgoneta para ayudar a Ainara a descender.
La fiscal foral pisó el barro con determinación, sosteniendo su maletín de piel bajo el impermeable y acomodándose sobre los hombros la mochila táctica que Mathieu le tendió.
Miró hacia la ladera que se alzaba a su derecha: una pendiente abrupta de casi sesenta grados, cubierta de matorrales empapados y rocas cubiertas de líquenes resbaladizos que desaparecía en la blancura impenetrable de la niebla.
—¿Por ahí vamos a subir? —preguntó Ainara, con la respiración formando un vaho espeso en el aire helado.
—Por el sendero de los contrabandistas de Banca —asintió Mathieu ajustándose las correas de su propia carga y comprobando la orientación de la brújula prismática—.
Sube en zigzag por el bosque de Hayra hasta alcanzar la cresta del paso de Izpegi a seiscientos setenta metros de altitud.
Son cuatro horas de marcha continua bajo la niebla.
No podemos encender linternas ni hablar en voz alta; los ecos rebotan en los barrancos y la patrulla de montaña de la Gendarmería dispone de micrófonos parabólicos en las pistas forestales.
Mathieu tomó la mano de Ainara entre las suyas, sintiendo el calor de sus dedos enguantados a través del cuero fino.
—Mi abuelo guio por esta misma senda a docenas de aviadores británicos y canadienses derribados en Francia durante la ocupación nazi —le dijo mirándola fijamente a los ojos—.
Los nazis tenían patrullas con perros lobo y reflectores en cada puente del valle, pero nunca lograron capturar a un solo hombre en Izpegi.
La niebla y estas montañas siempre han protegido a los libres. Nosotros no seremos menos, Ainara.
Ella le devolvió la mirada con una sonrisa tenue pero cargada de una devoción indestructible.
—Guíame, Mathieu. Donde tú vayas, voy yo.
Iniciaron la marcha adentrándose en el bosque de hayas.
A los pocos metros de abandonar el asfalto de la D-949, la civilización pareció esfumarse por completo.
La espesura vegetal amortiguaba cualquier sonido procedente del fondo del valle; el único rumor perceptible era el crujido rítmico de la hojarasca húmeda bajo las suelas de sus botas, el jadeo acompasado de sus respiraciones y el goteo constante del agua condensada en las copas de los árboles centenarios.
La pendiente era implacable. El barro arcilloso de la Baja Navarra, empapado por semanas de temporal atlántico, amenazaba con hacerles perder el equilibrio en cada paso.
Mathieu abría camino con paso firme y mesurado, utilizando un bastón improvisado de madera de avellano para sondear la firmeza del terreno y retirar las zarzas espinosas que cruzaban la senda.
Cada cincuenta metros se detenía, levantaba la mano en señal de alto y permanecía inmóvil durante diez segundos, con el oído afinado para captar cualquier vibración anómala en el aire: el zumbido distante de las aspas de un helicóptero de la Gendarmería sobrevolando los puertos o el ladrido lejano de perros rastreadores en las pistas bajas.
Ainara lo seguía a escasos dos pasos de distancia, manteniendo una concentración absoluta.
Sus botines de piel urbana no estaban diseñados para una marcha de montaña de semejante exigencia, pero su voluntad de hierro suplía cualquier carencia de equipo.
Hija y nieta de artesanos metalúrgicos de Durango, llevaba en su ADN la resistencia callada de las gentes del hierro, acostumbradas a resistir el calor de las fraguas y el rigor de los inviernos vizcaínos sin proferir una sola queja.
Cuando el barro resbalaba bajo sus pies, clavaba los dedos en la tierra húmeda para impulsarse hacia arriba, manteniendo el maletín de cuero burdeos protegido contra su pecho como si en él custodiara la propia vida de su país.
Ascendieron durante dos horas sin pronunciar palabra, ganando altura metro a metro mientras el bosque de hayas clareaba progresivamente para dar paso a las laderas abiertas de pastizales de altura, cubiertas de helechales marchitos y peñascos de arenisca roja que emergían de la niebla como gigantes petrificados.