La muga roja (Línea de Cupo 3) CAPÍTULO 7 El paso de Izpegi
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CAPÍTULO 7 El paso de Izpegi

En la cabina delantera, el receptor de radio sintonizado en la frecuencia de tráfico de Radio France Bleu Pays Basque desgranaba un boletín de urgencia con voz entrecortada.

—Repetimos el aviso de la Prefectura de Pirineos Atlánticos —anunciaba el locutor sobre un fondo de estática húmeda—.

Tras el grave incidente armado registrado a las once y cuarenta minutos en las inmediaciones del Quai Chaho de Bayona, donde un varón de nacionalidad extranjera resultó muerto por disparos de arma de fuego, el Ministerio del Interior ha ordenado la activación del Plan Épervier en todo el departamento.

Se busca a dos individuos considerados de máxima peligrosidad: un varón de unos cuarenta años, de complexión atlética y acento local, que responde a la descripción de un exagente de organismos comunitarios, y una mujer de unos treinta y ocho años, morena, de aspecto hispano y vestimenta formal.

Los sospechosos viajan fuertemente armados y son requeridos por cargos de homicidio, pertenencia a red armada transnacional y sustracción de documentos reservados del Estado.

A través de la rendija de comunicación con la cabina delantera, Iñaki Arbelaitz giró ligeramente el rostro sin apartar la vista de la calzada anegada de barro.

—Mathieu, acabo de recibir un mensaje por el canal de radioaficionados de los ganaderos de Sare —dijo el conductor con voz pausada y grave—.

La Gendarmería ha cruzado dos furgones blindados en la rotonda de acceso al puente internacional de Santiago en Hendaya.

La Policía Nacional francesa y patrullas de la Guardia Civil española están registrando el maletero de cada turismo que intenta acceder al peaje de Biriatou.

Tienen perros adiestrados en detección de pólvora y drones térmicos operando en la desembocadura del Bidasoa.

La franja costera está completamente sellada.

Si continuamos hacia el oeste, nos meteremos directos en la boca del lobo.

Ainara alzó la mirada hacia Mathieu. A pesar de los lamparones de barro en las mangas de su chaqueta gris y el cansancio que empezaba a marcarle sombras violetas bajo los párpados, sus ojos negros conservaban una lucidez diamantina.

Con la mano derecha sujetaba contra su regazo el maletín burdeos que custodiaba el pendrive con los extractos bancarios de Miramont; con la izquierda, acariciaba de forma inconsciente la correa de cuero de su reloj Certina DS, aquel cronómetro de su padre Josu que había sobrevivido a las crisis industriales de Bizkaia y que ahora medía los minutos exactos de una cacería internacional.

—Mathieu tiene razón, Iñaki —intervino Ainara con tono sosegado—.

La costa es territorio de Hagen. Ella controla los enlaces de la policía aduanera en la A63 y dispone de los medios de la OLAF para bloquear cualquier salida oficial hacia Guipúzcoa.

Si nos interceptan en un control formal, no habrá juicio ni comparecencia judicial: nos incomunicarán bajo la ley antiterrorista francesa y el disco duro con las transferencias de Sorokin será destruido en un despacho de Pau antes de que nadie pueda certificar su autenticidad.

Mathieu asintió con una determinación sombría. Se inclinó hacia delante y apoyó los nudillos sobre el panel divisorio de la cabina.

—Abandona la cuenca del Nive, Iñaki —ordenó con firmeza—. Coge el desvío hacia Cambo-les-Bains y métete en la garganta del valle de Aldudes por la carretera de Saint-Étienne-de-Baïgorry. Vamos a buscar el paso de Izpegi.

El conductor enarcó las cejas a través del espejo retrovisor.

—¿Izpegi con este temporal, Mathieu? —preguntó Arbelaitz con preocupación evidente—.

La cota de nieve está bajando a ochocientos metros.

A partir del collado no hay carretera practicable; la niebla en las crestas es tan espesa que no se distingue un abismo de una senda de ovejas, y la Guardia Civil mantiene una patrulla mixta de montaña en el cuartel de Elizondo.

—Conozco cada metro de esas crestas desde que tenía doce años —respondió Mathieu con voz serena—.

Mi familia no aprendió a cruzar la muga en los manuales de la Escuela Nacional de Policía: lo aprendió guiando a los fugitivos del nazismo cuando la Gestapo fusilaba a orillas del Bidasoa.

En la niebla de Izpegi la tecnología de Bruselas no sirve de nada. Enfilemos hacia Baïgorry.

La furgoneta redujo la marcha y tomó un desvío hacia el sureste, internándose por una calzada más estrecha y bacheada que serpenteaba entre setos de avellanos empapados y caseríos aislados con los postigos cerrados a cal y canto.

El paisaje urbano y comercial de la llanura de Bayona desapareció con rapidez, engullido por el relieve abrupto de la Baja Navarra.

A ambos lados de la carretera, las laderas piramidales del monte Ursuya y del Baigura se alzaban como muros ciclópeos envueltos en jirones de nubes desgarradas, cuyas cumbres grises quedaban ocultas por un techo de niebla que descendía inexorable hacia el fondo de los barrancos.

En el interior del compartimento de carga, el frío exterior empezaba a filtrarse por las juntas de goma de las puertas traseras.

Ainara se ajustó la bufanda de lana alrededor del cuello y respiró hondo para templar el aire helado que le entraba en los pulmones.

Miró a Mathieu, que estaba ocupado revisando el contenido de una mochila táctica de lona impermeable que Maider les había entregado antes de salir de la ikastola: dos cantimploras metálicas con agua potable, varias tabletas de chocolate negro, vendas compresivas, una linterna frontal con filtro de luz roja y una brújula prismática de aguja flotante.

—El cerco no se limita a las carreteras francesas, ¿verdad?

—preguntó Ainara en voz baja, rompiendo el silencio—.

Si el Ministerio del Interior en París ha activado el Plan Épervier, el Gobierno español ya habrá recibido la notificación urgente a través del Centro de Cooperación Policial y Aduanera de Canfranc o Hendaya.

—Están coordinados al más alto nivel —confirmó Mathieu mientras encajaba el cargador de repuesto de la Sig Sauer en el bolsillo exterior de la mochila—.

Patricia Hagen ha utilizado el canal Sirene del Convenio de Schengen para emitir una alerta de difusión roja.

Eso significa que cualquier patrulla de la Ertzaintza o de la Guardia Civil que patrulle las carreteras navarras tiene orden de abrir fuego si no nos detenemos al primer alto.

No podemos fiarnos de ningún uniforme hasta que estemos dentro de la sede de Eurojust con las pruebas protocolizadas por un magistrado independiente.

—Pues crucemos esa muga —dijo Ainara con una serenidad que desarmó al investigador—. Mi padre siempre decía que el hierro se templa en el agua más fría. No hemos llegado hasta aquí para dejarnos atrapar en una cuneta de Aldudes.

El trayecto por las carreteras comarcales de Iparralde despertaba en Mathieu una marea de recuerdos de su juventud.

Siendo un muchacho de apenas ocho años, su padre solía llevarlo en el asiento del copiloto de una vieja furgoneta Citroën 2CV por estas mismas curvas cerradas de Cambo y Louhossoa, recogiendo queso de oveja de las queserías artesanales para distribuirlo en los mercados de San Juan de Luz.

Por aquel entonces, antes de la entrada en vigor del Tratado de Maastricht y la desaparición de las aduanas físicas interiores, la frontera era una presencia viva, tangible y cotidiana en la existencia de las gentes del suroeste.

Había casetas de carabineros con tricornios de charol a un lado del río y garitas de aduaneros franceses con quepís oscuros al otro; el contrabando de tabaco rubio, medias de nailon y licores no era percibido como una infracción moral, sino como un ejercicio legítimo de resistencia económica frente a las rigideces arancelarias impuestas desde capitales lejanas.

Las radios de los caseríos de Sare, Ascain y Saint-Pée-sur-Nivelle transmitían en ese instante el despliegue extraordinario ordenado por la Prefectura.

Dos helicópteros Eurocopter EC145 de la sección aérea de la Gendarmería de Biarritz sobrevolaban a baja cota la autopista de peaje, mientras patrullas del Pelotón de Vigilancia e Intervención (PSIG) equipadas con fusiles de asalto y barreras de púas articuladas cerraban las rotondas de acceso a San Juan de Luz.

La furgoneta de Seaska avanzaba esquivando las arterias principales, deslizándose por carreteras vecinales donde los robledales formaban túneles vegetales que protegían el techo del vehículo del rastreo térmico aéreo.

Mathieu aprendió en aquellos años que la legalidad formal y la justicia material rara vez coincidían en los pasos pirenaicos.

Los mismos hombres que eran fichados por la policía de fronteras como contrabandistas eran quienes, durante los años negros del franquismo o la ocupación nazi, cruzaban de noche a fugitivos políticos, miembros de la resistencia y familias perseguidas, arriesgando la vida sin pedir a cambio más que un apretón de manos y un trago de orujo en una taberna de la plaza.

Aquel código de honor no escrito, fundado en la solidaridad comunitaria y el desprecio a la tiranía burocrática, formaba el núcleo ético de su personalidad.

Por eso, cuando observaba a Ainara en la penumbra del furgón, no veía a una funcionaria judicial atrapada en una pesadilla procedimental: veía a la encarnación más pura de esa misma resistencia indómita.

Una mujer que, habiendo alcanzado la cúspide de la fiscalía foral gracias a una brillantez técnica intachable, estaba dispuesta a arriesgar su estatus, su libertad y su propia vida antes que claudicar ante la mentira institucionalizada de los poderes financieros del norte.

Aquella certidumbre transformaba el miedo a la persecución en una serenidad granítica.