CAPÍTULO 6 El banquero de Bayona #6
—Estoy entera —respondió Ainara apoyando una mano en su hombro para estabilizarse, con el traje de paño manchado de barro pero aferrando el maletín burdeos contra su costado con una fuerza inquebrantable—.
El pendrive está a salvo, Mathieu. Tenemos las transferencias y la firma de Patricia Hagen. Todo.
—Nuestra cobertura en Bayona ha saltado por los aires —dijo Mathieu mirando hacia el puente, donde el tráfico se había colapsado y las sirenas se escuchaban cada vez más cerca—.
La policía francesa estará aquí en noventa segundos y no podemos permitir que nos retengan para identificación.
Si entramos en una comisaría gala, Hagen moverá los hilos de la judicatura en Pau y las pruebas desaparecerán antes del anochecer. ¡Tenemos que romper el contacto ya!
Sujetándola por la mano, Mathieu la guio a la carrera cruzando la calzada hacia el dédalo de callejones peatonales del Petit Bayonne.
Se internaron por la estrecha Rue des Cordeliers, sorteando esquinas cubiertas de parras desnudas y portales de madera oscura, mientras el eco de los furgones policiales rebotaba en los tejados de pizarra.
La caza había comenzado, y la muga montañosa era el único horizonte que les quedaba.
La violencia del tiroteo en Quai Chaho había quebrado la rutina centenaria del barrio fluvial.
Mientras Mathieu la arrastraba a la carrera por el empedrado empapado de la Rue des Cordeliers, Ainara sentía cómo el pulso le martilleaba en las sienes con una fuerza salvaje.
La adrenalina le despejaba los sentidos con una nitidez dolorosa: el olor a pólvora quemada y asfalto húmedo, el tintineo de los cristales rotos al pisarlos con sus botines, el jadeo contenido de Mathieu guiándola con una firmeza que no admitía tropiezos.
Doblaron hacia la izquierda por la Rue des Basques, un callejón sombrío y estrecho donde los aleros de las casas casi se tocaban en lo alto, ocultando el cielo de plomo.
A sus espaldas, el estruendo de las sirenas de la policía francesa llenaba el aire de Bayona, rebotando en las murallas de Vauban con una cadencia urgente.
Dos patrullas de la Gendarmería cruzaban en ese instante el puente de Saint-Esprit a toda velocidad para acordonar los accesos al Quai Chaho, pero el conocimiento del terreno de Mathieu, forjado en sus años de juventud en Iparralde, les permitía deslizarse por los pasadizos peatonales que escapaban a la vigilancia de los vehículos a motor.
—El sicario del todoterreno no actuaba por libre —dijo Mathieu en voz baja sin aminorar el ritmo, manteniendo la Sig Sauer oculta bajo el faldón de la gabardina—.
Era un profesional de la red de Viktor Sorokin.
Llevaban vigilando la sucursal de Miramont desde primera hora.
Eso significa que Hagen sabe que el cerco se está estrechando sobre sus cuentas de Bayona y ha ordenado limpiar cabos sueltos sin miramientos diplomáticos.
—Tenemos todo lo necesario para destruirla, Mathieu —respondió Ainara sin perder el aliento, aferrando el maletín burdeos contra su pecho mientras cruzaban un portalón de piedra que desembocaba en la trasera de la iglesia de Saint-André—.
Las transferencias de Dubái, las firmas digitales de la comisaria, los pagos a los peritos que falsificaron el dosier...
Está todo en el pendrive. Si llevamos este material ante la Fiscalía Europea y Eurojust, Hagen no podrá dar esa rueda de prensa en Bruselas.
—El problema es cómo salir de Aquitania —replicó Mathieu deteniéndose un segundo en la sombra de un soportal para otear la plaza—.
La Prefectura de Pirineos Atlánticos cerrará la autopista A63 y el peaje de Biriatou en menos de media hora.
Habrá controles conjuntos de la Gendarmería y la Guardia Civil en cada puente internacional sobre el Bidasoa.
Si intentamos cruzar por Irún o Behobia, caeremos directamente en su trampa.
—¿Y qué alternativa nos queda? —preguntó Ainara mirándolo a los ojos, leyendo en su semblante curtido la determinación ancestral de los mugalaris.
—La montaña —sentenció Mathieu señalando hacia las cumbres borrascosas del sur, donde los Pirineos se perdían en la niebla—.
El valle de Aldudes y el paso de Izpegi.
Por donde ningún control de carretera puede detener a quien conoce las sendas de los pastores.
Vamos, la furgoneta de Seaska nos espera en la Rue Pannecau.
Alcanzaron el patio interior de la ikastola Seaska protegidos por los soportales de sillería.
Allí, oculta bajo una lona entre fardos de material escolar y cajas de libros en euskera, los esperaba una furgoneta blanca conducida por un viejo compañero de Peio Heguy.
Al cerrar las portezuelas traseras, el silencio del habitáculo aisló momentáneamente el caos del exterior.
Ainara se sentó sobre una banqueta metálica, apoyó la cabeza contra la chapa fría y miró a Mathieu.
Él le tomó la mano enguantada con una firmeza que disipó de golpe cualquier vestigio de temblor.
La huida hacia la muga acababa de comenzar.