CAPÍTULO 6 El banquero de Bayona #5
A cincuenta metros de distancia, apoyado casualmente en la barandilla de hierro forjado del puente, Mathieu Etcheverry mantenía la mirada fija en el portalón de la Banque Privée de l'Adour.
Llevaba una gabardina impermeable oscura con el cuello subido, una gorra de lana calada y las manos metidas en los bolsillos.
Su postura parecía la de un paseante desocupado que contempla el reflujo de las mareas sobre los arcos de piedra, pero bajo el forro del abrigo su mano derecha empuñaba con firmeza la empuñadura cuadrillada de su pistola semiautomática reglamentaria Sig Sauer Pro, con el seguro quitado y un cartucho alojado en la recámara.
En cuanto divisó la figura estilizada de Ainara emergiendo del portalón y vio el leve gesto de su mano derecha tocándose la solapa izquierda —la señal convenida de que la extracción de los libros mayores había concluido con éxito—, Mathieu inició el avance hacia el extremo del muelle para interceptarla y guiarla hacia el callejón seguro de la Rue des Basques.
En ese mismo instante, el rugido gutural de un motor de ocho cilindros desgarró la calma monótona del muelle.
Desde el recodo de la Rue Bourgne, a espaldas de Ainara, un todoterreno BMW X5 de color negro azabache, con cristales tintados y placas de matrícula de la provincia belga de Lieja, aceleró bruscamente sobre los adoquines resbaladizos.
El vehículo no redujo la marcha al incorporarse a la calzada fluvial: aceleró a fondo, con los neumáticos patinando sobre el barro húmedo antes de morder tracción y enfilar directamente hacia la espalda de la fiscal foral, encajonada entre la fachada de piedra del banco y la barandilla del río.
—¡Ainara, al suelo! —rugió Mathieu con un grito atronador que dominó el murmullo de la lluvia.
El instinto forjado en años de diligencias y reflejos defensivos hizo que Ainara no perdiera un segundo en mirar hacia atrás.
Al escuchar la voz de Mathieu y el chirrido ensordecedor de los neumáticos, se arrojó con violencia hacia el hueco cóncavo de una hornacina gótica de la fachada lateral de una bodega abandonada, protegiendo el maletín con su propio torso mientras rodaba sobre los adoquines empapados.
El todoterreno pasó a menos de cuarenta centímetros de sus piernas, arrancando de cuajo la farola de forja del muelle y reventando el retrovisor derecho contra la piedra del sillar en una lluvia de fragmentos de plástico y cristal.
Mathieu ya estaba corriendo a la desesperada sobre el adoquinado.
Con una sincronía letal adquirida en sus años de escolta táctica en Bruselas, extrajo la Sig Sauer con ambas manos, plantó los pies en ángulo de combate y abrió fuego a través del parabrisas blindado del todoterreno antes de que el conductor pudiera meter la marcha atrás.
Dos detonaciones secas y metálicas retumbaron contra las fachadas del muelle: los impactos de nueve milímetros agrietaron la luna delantera en dos estrellas concéntricas justo a la altura del reposacabezas del piloto.
El vehículo perdió el control, derrapó en un arco de ciento ochenta grados sobre los adoquines empapados y se estrelló de costado contra el pretil de piedra del puente Pannecau, arrancando dos bloques de granito que cayeron al río con un estrépito sordo de agua y fango.
La portezuela del copiloto se abrió de golpe.
Del habitáculo emergió un hombre corpulento, de unos cuarenta años, con corte de pelo militar, cazadora táctica impermeable y el rostro crispado por la violencia.
Empuñaba una pistola ametralladora compacta equipada con un silenciador voluminoso: era uno de los mercenarios chipriotas que la red de Viktor Sorokin utilizaba para los trabajos húmedos en la costa francesa.
El sicario alzó el arma para barrer la esquina donde Ainara intentaba incorporarse.
Mathieu no le dio la oportunidad. Avanzó tres zancadas sin titubear, acortando la distancia de tiro a siete metros, y disparó tres proyectiles en fuego rápido contra el centro de masa del atacante.
Los impactos perforaron la cazadora táctica del chipriota, haciéndole tambalear hacia atrás contra la chapa abollada del BMW.
El mercenario soltó el arma con un estertor húmedo, sus rodillas cedieron y su cuerpo se desplomó pesadamente sobre el charco de barro y aceite que se ensanchaba bajo el motor destrozado.
El eco de los disparos desató el caos absoluto en Quai Chaho.
Los camareros de los bistrós cercanos trancaron las cristaleras a toda prisa, mientras media docena de peatones corrían aterrorizados hacia la Rue Pannecau gritando en euskera y francés.
A lo lejos, desde la margen derecha del Adur, el aullido agudo y modulado de las sirenas de dos patrullas de la Policía Nacional francesa empezó a rasgar la niebla de Bayona.
Mathieu llegó hasta donde estaba Ainara, se agachó y la sujetó con firmeza por la cintura, levantándola del suelo con un solo movimiento mientras comprobaba con mirada rápida que no presentaba heridas de bala.
—¿Estás entera? —preguntó Mathieu con la respiración entrecortada, el humo de la pólvora todavía flotando alrededor de su rostro mojado por la lluvia.