CAPÍTULO 6 El banquero de Bayona #4
—Introduzca el código maestro de la cuenta nodriza —ordenó Ainara sin perder la calma.
Miramont tecleó una secuencia de doce caracteres alfanuméricos con dedos torpes que tropezaron dos veces con la barra espaciadora.
—IBAN FR76 3000 4012 8800 0192 8471 —leyó el banquero en voz baja, con un hilo de voz—.
Titular registral: L'Étoile Atlantique Stratégie SARL.
Domicilio mercantil: Boulevard du Prince de Galles 14, Biarritz.
Capital social: cincuenta mil euros. Apoderada única: Patricia Hagen, con delegación operativa fiduciaria en favor de la sociedad Hanseatic Advisory GmbH, con sede en Múnich.
La pantalla desplegó una tabla de movimientos contables con fecha valor, saldos consolidados y asientos de liquidación internacional.
Ainara se inclinó sobre el monitor, memorizando y contrastando cada línea con la información que Mathieu había recopilado en los servidores de la OLAF y en los cuadernos de Seaska.
Los datos encajaban con una precisión aterradora:
El 12 de enero, la cuenta de Biarritz había recibido un abono de seiscientos mil euros procedente del Al-Ain International Bank de Dubái, bajo el concepto codificado Servicios de auditoría estructural para infraestructuras energéticas del Atlántico.
El ordenante real oculto en la trama de subcuentas fiduciarias era Viktor Sorokin, a través de una compañía marítima con pabellón de conveniencia de Liberia.
El 28 de enero, una segunda transferencia de seiscientos mil euros entró por el mismo canal, justo tres días antes de que los pagarés falsos de Mondragón fueran introducidos en el mercado de pagarés de Londres.
Y el 10 de febrero, hace menos de una semana, un tercer abono de seiscientos mil euros completó el millón ochocientos mil euros del fondo de operaciones destinado a la desestabilización institucional del País Vasco.
—Mire los anexos de autorización de salida —señaló Ainara con el índice, apuntando a una columna de hipervínculos marcados con candados de seguridad—. Abra los comprobantes de dispersión de fondos. Quiero ver a quién se le pagó por redactar la mentira.
Miramont hizo clic con el ratón. En la pantalla se abrieron los archivos digitalizados en formato PDF con firma criptográfica de autorización. Eran las órdenes de transferencia interna destinadas a los consultores y peritos que redactaron las quinientas páginas del dosier de Ajuria Enea:
Un pago de doscientos cincuenta mil euros a un bufete fiscalista de Luxemburgo por la redacción del dictamen preliminar sobre la presunta inconstitucionalidad europea del régimen foral del Concierto Económico.
Un pago de ciento ochenta mil euros a una agencia de ciberinteligencia privada de Düsseldorf especializada en la manipulación y falsificación de firmas digitales de servidores gubernamentales.
Y, lo más demoledor del expediente contable: un acta de reunión de consejo de administración fiduciario fechada el 4 de febrero en el hotel du Palais de Biarritz, firmada digitalmente con la clave personal de la comisaria Patricia Hagen, en la que se ordenaba expresamente retener quinientos mil euros en la cuenta de Bayona para ser transferidos a una cuenta de fondos reservados en Múnich una vez que el Parlamento Europeo y la Comisión ordenaran la intervención de la hacienda foral vasca.
—Conecte el pendrive en el puerto auxiliar —indicó Ainara entregándole el dispositivo de aluminio.
Miramont insertó la memoria en el zócalo.
El script forense reconoció la estructura del sistema contable y comenzó a clonar la base de datos de transacciones en un archivo encriptado con algoritmo SHA-256.
Una barra de progreso azul avanzó velozmente en la esquina inferior del monitor: 25%...
60%... 98%... Copia verificada con éxito.
Suma criptográfica generada y validada por el sistema.
Ainara extrajo el pendrive con un movimiento firme y seguro, guardándolo de inmediato en el bolsillo interior de su chaqueta, junto al latido sordo de su pecho.
Miró al banquero, que permanecía encorvado sobre la mesa, con la mirada perdida en las líneas de código que acababan de sellar su ruina profesional.
—El volcado está asegurado, Miramont —dijo Ainara cerrando su maletín de cuero burdeos—.
A partir de este segundo, no haga ninguna llamada telefónica.
No envíe ningún mensaje por canales cifrados ni intente contactar con la sede de Biarritz.
Si Patricia Hagen o sus enlaces de Múnich reciben la más mínima sospecha de que estos archivos han salido del banco, la orden de detención contra usted se tramitará sin atenuantes.
Si mantiene el silencio durante las próximas cuarenta y ocho horas, su nombre figurará en el sumario como testigo colaborador. ¿Ha quedado meridianamente claro?
—Totalmente claro, fiscal... —balbuceó el banquero, asintiendo con la cabeza sin atreverse a mirarla a los ojos—. No sé nada... yo nunca he visto este pendrive...
—Bien. Que tenga un buen día, señor Miramont.
Ainara dio media vuelta y abandonó el salón de caoba con paso firme y acompasado.
Descendió la monumental escalinata de nogal, recogió su impermeable y su paraguas en la recepción bajo la mirada reverente del conserje de librea, y cruzó la puerta de cristal blindado hacia la luz grisácea y la lluvia del muelle Chaho.
Tenía la prueba documental reina que unía de forma directa e incontestable a la alta comisaria europea con los fondos de la mafia rusa.
Mientras abría el paraguas y sentía el aire frío golpearle el rostro, Ainara tocó con la yema de los dedos el relieve metálico del pendrive oculto bajo su solapa.
Hacía tres semanas, cuando el cuerpo de Sylvain Deschamps fue hallado en el río Deba con un pagaré falso en el bolsillo, creyó que la trama se limitaba a una extorsión mercantil orquestada por financieros sin escrúpulos.
Ahora sabía que la ofensiva contra el autogobierno vasco era un plan geopolítico de demolición controlada, financiado desde los rascacielos de Dubái y ejecutado desde los despachos más altos de Bruselas.
La prueba estaba en su poder, pero el camino de regreso a la legalidad estaba minado por intereses que no dudarían en derramar sangre para silenciar el escándalo.
Aceleró el paso sobre los adoquines resbaladizos del Quai Chaho, buscando con la mirada la silueta protectora de Mathieu apostada en el puente Pannecau.
Mientras la barra de progreso azul del software forense avanzaba en la pantalla de la terminal de tesorería, Ainara contemplaba con fría fascinación la anatomía electrónica del engaño.
Cada byte clonado en el pendrive representaba una puñalada trapera contra el régimen foral vasco.
Allí estaban desglosados, céntimo a céntimo, los costes de la conspiración: las minutas millonarias pagadas a catedráticos de derecho financiero de universidades alemanas para elaborar dictámenes sesgados sobre la supuesta distorsión de la competencia fiscal; los pagos en metálico a informáticos renegados para inyectar discrepancias artificiales en los asientos del Concierto Económico; y los honorarios reservados destinados a financiar la campaña de intoxicación mediática que debía estallar en los principales rotativos de Londres, Fráncfort y Madrid en cuanto Hagen hiciera público el dosier en la sala de prensa del Berlaymont.
El Concierto Económico, aquella arquitectura secular que permitía a las diputaciones forales recaudar sus propios tributos y pactar bilateralmente con el Estado el Cupo por los servicios comunes, era el verdadero blanco de la operación.
Para los sectores más ultraliberales de Bruselas y los poderes fácticos de la banca alemana representados por Hagen, la singularidad fiscal vasca era una anomalía intolerable, un reducto de soberanía financiera que debía ser aniquilado para imponer una armonización tributaria centralizada en beneficio de los grandes conglomerados del norte.
Y para lograrlo, no habían dudado en aliarse con el dinero sucio de la mafia rusa exiliada en Dubái, comprando voluntades y corrompiendo a funcionarios desleales como Kepa Arostegui en Bilbao o Sylvain Deschamps en Mondragón.
—La copia ha finalizado al cien por cien —anunció Miramont con un suspiro tembloroso, señalando el mensaje de verificación en pantalla—.
El sistema ha generado el resumen criptográfico SHA-256: 4f8a9b2c...
Los registros de las tres transferencias, los contratos de consultoría simulados y las autorizaciones telemáticas de Hagen están íntegramente volcados en la memoria externa.
Ainara desconectó el dispositivo con la precisión de un cirujano que retira un proyectil de una herida.
Guardó el pendrive en el bolsillo interior de su chaqueta, sintiendo su peso sólido contra las costillas.
Aquel pequeño cilindro de aluminio negro contenía la salvación del autogobierno de su pueblo.
Pero también representaba una sentencia de muerte para cualquiera que intentara interponerse entre la verdad y los artífices de la conjura.
♦ ♦ ♦
El sirimiri se había transformado en una cortina de agua más densa que azotaba las fachadas del Quai Chaho, levantando una neblina vaporosa sobre el cauce verde botella del Nive.
Al poner el pie sobre los adoquines mojados del muelle, Ainara sintió cómo el aire húmedo le enfriaba las mejillas calientes por la adrenalina del despacho.
Ajustó el maletín contra su costado izquierdo y abrió el paraguas negro, caminando hacia el norte en dirección al puente Pannecau.