CAPÍTULO 5 La comisaria en la sombra #4
Ahora, con el teleobjetivo enfocado en la sonrisa fría de Patricia Hagen en la escalinata de Biarritz, la verdad se reveló con la nitidez despiadada de un rayo en mitad de la noche: la muerte de Isabelle no fue un accidente colateral de una investigación fallida.
Fue una ejecución extrajudicial planificada y ejecutada por la mujer que tenía a cincuenta metros de distancia.
Hagen le dio el soplo falso para enviarla a la muerte y proteger su entramado financiero con Sorokin.
Y ahora utilizaba ese mismo dinero bañado en sangre para destruir el Concierto Económico vasco y liquidar el autogobierno de su tierra.
Una oleada de rabia volcánica y atávica recorrió el cuerpo de Mathieu.
El corazón le golpeó las costillas con la violencia de un martillo de forja.
El aire se volvió ácido en sus pulmones y la sangre le zumbó en los oídos como un torrente desbocado.
Sus pupilas se dilataron, el sudor frío le empapó la nuca bajo el cuello del abrigo y todos sus instintos profesionales se evaporaron, aplastados por una pulsión homicida incontenible.
Apartó la cámara de un manotazo. Con la mano derecha temblando de furia ciega, deslizó los dedos hacia la funda de cuero sujeta al cinturón de su pantalón y liberó el seguro de su pistola Glock 19 de dotación.
Empuñó el arma, sintiendo el peso reconfortante del polímero y el acero en la palma de la mano, y apoyó la izquierda en la manilla de la puerta de la furgoneta.
Iba a cruzar el bulevar. Iba a patear la verja de hierro, derribar a los dos escoltas alemanes de dos tiros limpios y vaciar el cargador de nueve milímetros en el pecho de Patricia Hagen antes de que aquella criminal pudiera dar un solo paso hacia el interior de la mansión.
—¡Mathieu, no!
El grito de Ainara fue un susurro desgarrado pero cargado de una fuerza física implacable.
Antes de que Mathieu pudiera empujar la portezuela, la fiscal se abalanzó sobre él a través del espacio estrecho de la cabina.
Le agarró la muñeca armada con ambas manos, clavándole los dedos en los tendones con una presión feroz, y utilizó todo el peso de su cuerpo para estampar la espalda del inspector contra el mamparo de chapa del furgón.
—¡Suéltame, Ainara! —rugió Mathieu entre dientes, con la voz rota por el veneno del trauma—. ¡Fue ella! ¡Ella mató a Isabelle en Zeebrugge! ¡Le entregó la ruta del puerto a los rusos para que la embistieran contra el canal! ¡La tengo ahí delante! ¡La voy a matar con mis propias manos!
Mathieu intentó zafarse, pero Ainara no cedió un milímetro. Subió una rodilla sobre el asiento, bloqueando el movimiento de su cadera, y con la mano izquierda le aferró la solapa del abrigo, obligándolo a levantar la cabeza para clavar su mirada directamente en los ojos de ella.
—¡Mírame, Mathieu! ¡Mírame a los ojos ahora mismo!
—ordenó Ainara con una ferocidad que no admitía réplica, con el rostro a escasos centímetros del suyo y la respiración entrecortada por el esfuerzo—.
¡Si bajas de esta furgoneta empuñando esa pistola, sus escoltas te coserán a tiros antes de que llegues a la verja!
¡Y si logras disparar a Hagen, los periódicos dirán mañana que un inspector corrupto y enloquecido de la OLAF asesinó a una alta diplomática alemana para encubrir la mafia vasca!
¡Te convertirás en el monstruo que ellos necesitan para justificar el aplastamiento del Concierto!
¡Le darás a Hagen la victoria definitiva desde tu tumba o desde una celda de máxima seguridad!
Mathieu temblaba de pies a cabeza. En su mirada ardía una desesperación salvaje que amenazaba con devorarle el juicio.
La empuñadura de la pistola seguía atenazada en sus dedos, pero la presión de las manos de Ainara sobre su muñeca era un ancla inquebrantable que lo retenía en el mundo de los vivos.
—¡Enterró a Isabelle en el barro, Ainara! —sollozó Mathieu, con las lágrimas de una pena de cuatro años quemándole los párpados sin llegar a brotar—. ¡Y se va a ir de rositas a Bruselas!
—¡No se va a ir a Bruselas! —sentenció Ainara, apretando su frente contra la sien de Mathieu en un gesto de comunión desgarrada y visceral—.
¡Te juro por la memoria de mi padre y por la de Isabelle que no se va a ir de rositas!
Pero no la vas a matar en la calle como un sicario de tres al cuarto.
La vamos a destrozar con la ley, con la verdad y con el Concierto.
La vamos a sentar en el banquillo de La Haya frente a los jueces de toda Europa, le vamos a arrancar la máscara y le vamos a quitar el honor, el dinero y la libertad.
Pero para hacer eso te necesito vivo, Mathieu. Te necesito entero.
Las palabras de la fiscal penetraron a través de la tormenta que asolaba la mente del investigador.
La calidez del aliento de Ainara contra su piel, el contacto firme de sus manos y la promesa solemne sellada en su voz obraron el milagro: el pulso desbocado de Mathieu comenzó a descender, la rigidez muscular de su brazo cedió lentamente y los dedos aflojaron la empuñadura de la Glock.
Mathieu bajó el arma, colocó el seguro con el pulgar y la devolvió a su funda interior.
Cerró los ojos durante cinco segundos eternos, apoyando la frente en el hombro de Ainara mientras recuperaba el control de su respiración.
El olor a lana mojada y lluvia limpia de la fiscal lo envolvió como un refugio sagrado en mitad de la intemperie.
—Perdóname... —susurró Mathieu con la voz quebrada—. Perdóname, Ainara. Casi cometo la mayor locura de mi vida.
Ainara relajó la tensión de sus brazos, pero no se apartó de inmediato. Pasó la palma de su mano por la mejilla de Mathieu, limpiando una gota de sudor frío con una ternura infinita que solo ellos dos compartían en el silencio de aquella frontera.
—No tengo nada que perdonarte, maitea —murmuró ella con suavidad—.
Sé lo que es cargar con el fantasma de un ser querido destrozado por criminales de cuello blanco.
Sé lo que quema la impotencia por dentro.
Pero ellos cuentan con nuestra desesperación para ganar; cuentan con que perdamos la cabeza y les regalemos un cadáver o un tiroteo.
Y nosotros no les vamos a dar ese gusto.
Ahora guarda esa cámara. Tenemos que salir de aquí antes de que los escoltas revisen la calle.
En el porche de la mansión, Patricia Hagen y los dos periodistas terminaron de recoger los documentos y cruzaron el umbral hacia el interior del edificio. La pesada puerta de roble y hierro forjado se cerró tras ellos con un chasquido sordo que puso fin a la reunión exterior.
Mathieu asintió en silencio. Con manos que habían recuperado la precisión de un cirujano, desmontó el teleobjetivo de ochocientos milímetros, extrajo las tarjetas de memoria de alta velocidad, las introdujo en una funda blindada contra campos electromagnéticos y las guardó en el bolsillo interior de su chaqueta, junto al disco cifrado de la OLAF.
Arrancó el motor diésel de la furgoneta. Las ruedas giraron sobre el asfalto mojado sin hacer ruido y el vehículo se alejó hacia el norte por la Avenue de l'Impératrice, perdiéndose entre la niebla marina de Biarritz.
♦ ♦ ♦
El viento soplaba con una furia desatada sobre el malecón de la Grande Plage de Biarritz.
Eran las once de la mañana cuando Mathieu y Ainara descendieron por la escalinata de piedra que comunicaba la Avenue Édouard VII con el paseo marítimo peatonal.
Habían dejado la furgoneta estacionada a cuatro manzanas de distancia, en un callejón residencial desierto tras el casino municipal, y caminaban ahora pegados a la barandilla de hierro forjado que delimitaba el paseo sobre la arena empapada.
Hacia el norte, recortada contra un cielo de plomo que parecía desplomarse sobre las aguas, se alzaba la silueta imperial del Hôtel du Palais, el antiguo palacio de verano que Napoleón III mandó construir para la emperatriz Eugenia de Montijo.
Sus fachadas de ladrillo rojo y piedra arenisca, sus tejados abuhardillados y sus decenas de ventanales neoclásicos contemplaban el océano embravecido como un testigo mudo de dos siglos de historia europea.
Abajo, en la rompiente, olas gigantescas de más de seis metros de altura estallaban contra los bloques de granito del espigón, pulverizándose en géiseres de espuma blanca que el vendaval arrastraba hacia el paseo, empapando el asfalto y salando los labios de los dos caminantes.
El estruendo ensordecedor del mar y el rugido de las ráfagas creaban un escudo acústico absoluto: ningún micrófono direccional láser, ningún dispositivo de escucha a distancia ni ningún sistema de interceptación satelital podían aislar una conversación humana en mitad de aquel colapso sonoro de la naturaleza.
Ainara se detuvo junto al mirador que dominaba la bahía, apoyando ambas manos enguantadas en la barandilla de hierro oxidada por el salitre.
El agua de mar goteaba de su capucha impermeable y resbalaba por sus pómulos encendidos por el frío.
Mathieu se situó a su lado, con el cuello del chaquetón levantado y la mirada fija en el horizonte gris donde las olas se fundían con las nubes bajas.
—Hagen tiene a los dos periodistas con los informes en las manos —comenzó Ainara, alzando la voz lo justo para vencer el bramido del Atlántico—.
A esta hora deben de estar redactando sus crónicas en las suites del Hôtel du Palais o en la propia sede de la consultora.
Si el embargo expira a la medianoche del sábado, los artículos se publicarán en las ediciones digitales de Londres y Fráncfort a primera hora de la mañana del domingo.
Menos de treinta horas para que el veneno se extienda por toda la prensa comunitaria.