CAPÍTULO 5 La comisaria en la sombra #3
Bellingham y Brecht hojeaban los apéndices contables con una mezcla de avidez profesional y asombro contenido.
Hagen hablaba con parsimonia, señalando gráficos de barras y tablas comparativas de flujos financieros con la punta de una estilográfica plateada.
De cuando en cuando, los periodistas asentían con gravedad, tomando notas rápidas en libretas de espiral mientras los escoltas vigilaban la avenida con prismáticos de visión diurna.
—Les está vendiendo el relato en bandeja —analizó Ainara, con la respiración contenida—.
Les está diciendo que la OLAF ha detectado un agujero fiscal de proporciones sistémicas en las haciendas forales; que las deducciones del Impuesto sobre Sociedades reguladas por las Normas Forales vascas vulneran el artículo 107 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea sobre ayudas de Estado ilegales; y que los fondos transferidos por el Gobierno español a través de la liquidación del Cupo sirven de pantalla para blanquear activos de origen desconocido.
Si esos dos hombres publican ese texto el domingo, la Comisión Europea no tendrá más remedio que anunciar la apertura de un expediente sancionador multimillonario que dejará al Gobierno Vasco sin capacidad de emitir deuda pública en los mercados internacionales.
Mathieu acercó más el rostro al monitor digital, observando cómo Hagen señalaba una tabla comparativa con columnas de cifras en rojo: —Fíjate en las tablas del anexo tres, Ainara.
Es la estructura contable que Iñigo Barandiarán custodiaba en su caja fuerte de Bilbao antes de que lo envenenaran con digoxina.
Han cogido los balances reales del Fondo Vasco de Innovación y han interpolado asientos ficticios de sociedades instrumentales radicadas en Chipre y Panamá, haciendo parecer que las deducciones fiscales por proyectos tecnológicos de la industria del metal eran en realidad un canal de retorno para evadir el control del Banco de España.
Es una falsificación pericialmente monstruosa: mezcla datos auténticos de la Hacienda foral con partidas inventadas para que ningún periodista sin formación contable avanzada pueda distinguir el grano de la paja.
A través del visor, Mathieu observó cómo el doctor Brecht levantaba la cabeza de las páginas mecanografiadas y formulaba una pregunta con ademán inquisitivo.
Aunque el doble acristalamiento de la furgoneta y el viento amortiguaban las palabras, la gesticulación del periodista alemán era elocuente: señalaba los encabezados del informe y mostraba las palmas de las manos en un gesto que exigía garantías sobre la procedencia procesal de los datos.
Hagen no pestañeó. Con la frialdad de quien domina los resortes psicológicos de la prensa de élite, extrajo de su cartera de piel un documento adicional doblado en tres partes: una supuesta circular interna de la Secretaría General de la Comisión Europea con sello de registro de entrada en Bruselas.
Se la mostró a Brecht y a Bellingham a escasos centímetros de los ojos, permitiéndoles verificar el código alfanumérico pero sin soltar el papel de entre sus dedos enguantados.
Mathieu reconoció la técnica de intoxicación: exhibir fugazmente una credencial falsa para vencer los últimos escrúpulos deontológicos del redactor.
Bellingham asintió, visiblemente convencido por la exhibición documental.
El periodista británico extrajo su teléfono móvil, consultó la pantalla con aire pragmático y pareció confirmar con Hagen el cronograma de la primicia.
El doctor Brecht tomó el ejemplar clasificado número cuatro y lo introdujo en su maletín de cuero con un cuidado reverencial.
Ambos reporteros creían de buena fe que estaban recibiendo la mayor exclusiva económica de la década, ignorando que estaban siendo utilizados como peones de una maniobra de guerra híbrida financiada por oligarcas rusos y halcones del centralismo europeo.
Mathieu continuó disparando ráfagas metódicas: planos generales de la explanada que incluían las matrículas diplomáticas de los vehículos, planos medios de la entrega de los archivadores con el membrete corporativo visible en la pared de piedra, y primeros planos de los rostros de Hagen y de los dos periodistas sosteniendo los informes apócrifos.
Cada archivo RAW quedaba registrado con marca temporal atómica, coordenadas geográficas por satélite y firma criptográfica generada por el procesador de la cámara.
Era la prueba material irrefutable de una conspiración internacional en pleno acto de ejecución.
Entonces, cuando el doctor Brecht se disponía a formular una última observación antes de franquear el umbral del palacete, Patricia Hagen detuvo sus palabras, giró la cabeza hacia la verja exterior y clavó sus ojos claros directamente en la línea de árboles donde se encontraba apostada la furgoneta de pescado.
♦ ♦ ♦
En el visor del teleobjetivo, el rostro de Patricia Hagen llenó el encuadre por completo.
A través de la lente de ochocientos milímetros, la distancia óptica entre la cabina del furgón y los ojos de la alemana pareció colapsar en un abismo de pocos centímetros.
Mathieu vio cómo el iris gris acerado de Hagen escudriñaba las sombras del bulevar; vio la textura tersa de su piel nórdica curtida por el viento, la comisura rígida de sus labios y, sobre todo, la pequeña cicatriz curva de apenas diez milímetros que nacía justo debajo del lóbulo de su oreja izquierda y se perdía tras la mandíbula: una marca quirúrgica casi imperceptible, secuela de una herida de esquirlas de metralla en una misión encubierta en los Balcanes a finales de los años noventa.
En ese instante preciso, una detonación invisible reventó los diques de la memoria de Mathieu Etcheverry.
El rugido del temporal atlántico en Biarritz, el olor a pescado de la furgoneta y la presencia de Ainara a su lado se evaporaron de golpe, engullidos por un recuerdo glacial que le heló la sangre en las venas.
Noviembre de 2022. Bruselas.
La lluvia viscosa del mar del Norte repiqueteaba contra los ventanales de doble cristal del reservado de la segunda planta del International Press Club, en la Rue Froissart, a escasos doscientos metros de la sede del Consejo Europeo.
En aquel rincón enmoquetado con olor a tabaco de pipa y café amargo, Mathieu se había sentado frente a una mujer que se presentó bajo la cobertura de consejera de enlace del Ministerio Federal de Economía de Berlín con la Dirección General de Competencia: la misma mujer de porte aristocrático, el mismo moño rubio ceniza, la misma cicatriz bajo la oreja y la misma pulsera rígida de plata con el monograma del BND.
Hagen le había entregado entonces un sobre cerrado con el sello de confidencialidad de la Comisión.
En su interior figuraba una nota informativa aparentemente impecable que alertaba sobre una red de contrabando de titanio y wolframio procedente de los Urales, financiada por el magnate ruso Viktor Sorokin a través de un muelle de contenedores en el puerto belga de Zeebrugge.
Hagen le había asegurado que los barcos atracaban de noche sin pasar por el escáner aduanero y que un funcionario corrupto de la administración portuaria facilitaba la salida de los camiones hacia la frontera holandesa.
Mathieu, cegado por el celo profesional de la OLAF y por el deseo de asestar un golpe decisivo a las tramas de blanqueo de la oligarquía rusa en Europa, había compartido la información con su compañera de unidad: Isabelle de Clercq, de treinta y tres años, brillante analista de aduanas marítimas, su compañera en los despachos de la Rue Joseph II y la mujer con la que compartía su vida y sus planes de futuro en un apartamento luminoso del barrio de Ixelles.
Isabelle había insistido en verificar la matrícula de los contenedores sobre el terreno antes de solicitar una orden judicial de registro a la fiscalía de Brujas.
Mathieu había intentado disuadirla, pero ella le sonrió con aquella ternura firme y luminosa que iluminaba sus ojos castaños: «No te preocupes, Mathieu...
es solo una comprobación visual desde la carretera de servicio.
Estaré de vuelta antes de medianoche para cenar» .
No volvió jamás.
El soplo de Hagen no era una pista de investigación: era una trampa de liquidación física.
Hagen sabía que Isabelle había descubierto semanas antes, en los registros del registro mercantil de Luxemburgo, una serie de transferencias opacas entre las cuentas bávaras del BND y las mercantiles de Sorokin en Dubái.
Para neutralizar a la analista antes de que elevara el expediente a la dirección general de la OLAF, Hagen la envió directamente a una ratonera en los muelles de Zeebrugge.
A las once y cuarenta minutos de aquella noche de noviembre, el automóvil camuflado de Isabelle fue embestido deliberadamente en la rotonda de acceso al muelle Churchill por un camión articulado de gran tonelaje sin luces ni matrícula visible.
El impacto lateral lanzó el vehículo utilitario por encima del quitamiedos de hormigón, precipitándolo a las aguas heladas y fangosas de la dársena portuaria.
Los buzos de rescate de los bomberos de Brujas tardaron casi tres horas en localizar el coche sumergido a doce metros de profundidad.
Cuando abrieron la portezuela aplastada, Isabelle ya había muerto por ahogamiento e hipotermia severa, atrapada por el cinturón de seguridad deformado por la colisión.
Durante cuatro años, Mathieu había vivido con el alma calcinada por la culpa. Se repetía cada noche que la imprudencia había sido suya; que él había puesto a Isabelle en la carretera; que el azar cruel de las mafias portuarias se la había arrebatado.