CAPÍTULO 5 La comisaria en la sombra #2
Mathieu apoyó los codos en la banqueta, examinando el dispositivo de entrada.
El cielo comenzaba a adquirir un tono plomizo sobre la bahía de Biarritz, recortando el perfil de la Villa Belza sobre el acantilado rocoso.
Las olas rompían con una violencia salvaje contra la base del muro, levantando penachos de agua pulverizada que caían sobre la acera del bulevar como un velo constante.
—¿Por qué eligió Biarritz, Mathieu? —preguntó Ainara en voz baja, sin apartar los ojos de los ventanales blindados de la mansión—.
Una alta funcionaria comunitaria con despacho en el Berlaymont y enlaces con los servicios secretos en Berlín no monta una base de operaciones a ochocientos kilómetros de Bruselas por casualidad.
—Porque Biarritz reúne tres condiciones que ningún despacho de la capital belga puede ofrecerle —explicó Mathieu, mientras ajustaba la sensibilidad del sensor a cuatrocientos ISO para compensar la penumbra de la tormenta—.
Primero, la extraterritorialidad práctica: está a tiro de piedra de la frontera española, lo bastante cerca para recibir correos físicos de la red de Kepa Arostegui en Bilbao sin cruzar aeropuertos vigilados, pero bajo la jurisdicción francesa, lo que impide que la Ertzaintza o la fiscalía de Bizkaia puedan intervenir sin meses de trámites consulares.
Segundo, la tradición de anonimato financiero: esta costa ha sido durante un siglo el refugio dorado de capitales internacionales, donde nadie hace preguntas sobre el origen de los fondos que compran palacetes o pagan alquileres astronómicos en temporada baja.
Y tercero, la proximidad a la banca privada de Bayona, donde Sorokin mantiene sus cuentas puente fuera del radar de los reguladores bancarios de Fráncfort.
Ainara asintió lentamente, apretando los labios con un gesto severo. El reloj de la torre municipal de Biarritz dejó oír nueve campanadas amortiguadas por el aullido del temporal.
—La red es perfecta en su cinismo —dijo la fiscal—.
Utilizan la autonomía foral como coartada moral: nos acusan de paraíso fiscal para justificar la demolición del Concierto, mientras ellos se refugian en un paraíso inmobiliario de la costa vascofrancesa pagado con rublos y fondos reservados alemanes.
El viento arreció de nuevo contra el lateral del furgón, haciendo oscilar la carrocería con un gemido sordo.
La lluvia, mezclada con la espuma blanca que ascendía desde la playa, golpeaba el parabrisas con el chasquido seco de una perdigonada.
Mathieu mantuvo el índice derecho posado suavemente sobre el disparador de la cámara.
Durante dos horas de vigilia tensa, en el interior de la cabina el tiempo pareció dilatarse en un silencio espeso donde solo se escuchaba la respiración acompasada de ambos y el rumor colosal de las olas rompiendo contra las rocas de la costa.
A las nueve y cuarenta minutos, la cancela automática de hierro forjado emitió un chasquido hidráulico y comenzó a deslizarse lentamente sobre su riel empotrado en el adoquín.
Mathieu contuvo el aliento. En el visor óptico, los dos escoltas alemanes abandonaron la marquesina del zócalo y se colocaron en posición de cobertura a ambos lados del acceso, con las manos enguantadas apoyadas sobre el pecho de sus chaquetas térmicas.
—Llegan —susurró Mathieu—. Pégate al respaldo, Ainara.
♦ ♦ ♦
Un sedán blindado Audi A8 L de color negro azabache, con lunas tintadas y matrícula diplomática de Múnich, dobló la esquina del Boulevard du Prince de Galles con una marcha silenciosa y pesada que delataba el blindaje balístico de nivel B6 integrado en sus paneles de acero y cristales laminados.
Tras la berlina se incorporó un monovolumen Mercedes-Benz Clase V de cristales negros que cerraba el convoy con la disciplina milimétrica de un séquito oficial.
Ambos vehículos franquearon la cancela abierta y se detuvieron en la explanada de gravilla blanca situada ante la escalinata principal del palacete.
Mathieu accionó el estabilizador de imagen del teleobjetivo.
En el visor de ochocientos milímetros, el diafragma a f/5.
6 recortó con nitidez absoluta la portezuela trasera derecha del Audi.
Un escolta corrió a abrirla, protegiendo el espacio superior con un paraguas negro de gran envergadura para resguardar a la ocupante de la ventisca atlántica.
La mujer que descendió del automóvil no necesitó presentación.
Tenía cincuenta y dos años, una estatura imponente y la complexión atlética y enjuta de quien ha dedicado su vida a la disciplina militar y a la alta diplomacia.
Llevaba el cabello rubio ceniza peinado con un moño bajo rigurosamente ordenado, sin un solo mechón suelto pese a las rachas de viento que sacudían el jardín.
Vestía un abrigo largo de cachemir color camel de corte militar, cerrado hasta el cuello con botones de asta oscura, botines de piel de becerro negra con tacón ancho y guantes de cabritilla a juego.
En la muñeca derecha, al levantar el brazo para ordenar el despliegue con un gesto seco de los dedos, la manga del abrigo se retrajo apenas dos centímetros, dejando al descubierto una pulsera rígida de plata maciza grabada con el monograma estilizado del BND alemán: una pieza reservada a los oficiales de enlace que coordinaban operaciones especiales en el exterior.
Era Patricia Hagen. La Comisaria.
—Mírala —dijo Mathieu, con la mandíbula apretada hasta hacer crujir los dientes—. La consejera especial de la Dirección General de Competencia en Bruselas despachando en la costa vasca con escoltas armados de Múnich.
Ainara se inclinó hacia el visor auxiliar acoplado a la pantalla digital de la cámara, observando las facciones afiladas de la mujer: pómulos altos, ojos claros de un gris acerado que no parpadeaban ante el vendaval y una boca fina de comisuras descendentes que reflejaba un desprecio absoluto hacia cualquier entorno que no estuviera bajo su control directo.
—No ha venido sola —advirtió Ainara, señalando con el dedo hacia el monovolumen que terminaba de aparcar junto a la fuente ornamental de la villa.
De la Clase V descendieron dos hombres de mediana edad enfundados en gabardinas oscuras de corte británico y bufandas de lana gruesa, portando maletines de cuero flexible y carpetas portadocumentos.
Mathieu ajustó el anillo de enfoque hacia sus rostros, disparando una ráfaga continua de diez fotogramas por segundo.
El obturador electrónico capturó con precisión forense cada rasgo fisonómico.
—Los conozco —dijo Mathieu con una frialdad casi quirúrgica—.
El más alto, el de las gafas de montura de carey y la bufanda de cachemir burdeos, es Mark Bellingham, el jefe de la sección de investigación financiera de The Financial Monitor en Londres.
Es el periodista que destapó las irregularidades contables del rescate bancario portugués en 2011 y cuyos reportajes sobre evasión fiscal en la City mueven las cotizaciones de la deuda soberana.
El hombre de pelo canoso que camina a su izquierda es el doctor Klaus Brecht, editor jefe de política económica del semanario Wirtschaftswoche de Fráncfort.
Un peso pesado de la prensa financiera alemana, con línea directa con el Bundesbank y la Cancillería Federal.
Son dos de las plumas más influyentes y respetadas del periodismo económico europeo.
Si Bellingham y Brecht firman un artículo conjunto afirmando que el Concierto Económico vasco oculta una trama sistémica de fraude comunitario tolerada por el Gobierno de España, los fondos soberanos de Londres, Fráncfort y Zúrich ordenarán liquidar sus posiciones en deuda española a las nueve de la mañana del lunes.
En la explanada, los dos escoltas del Audi abrieron el maletero de la berlina blindada y extrajeron dos cajas archivadoras de gran tamaño, forradas en piel negra marroquí con broches de latón dorado, idénticas a la que el jefe de gabinete del Lehendakari había recibido en Ajuria Enea la noche anterior.
Hagen esperó a los dos periodistas en el rellano de la escalinata de piedra, bajo la cornisa neoclásica del pórtico.
No hubo apretones de manos efusivos ni sonrisas de cortesía: la alemana saludó con una inclinación de cabeza imperceptible y señaló las dos cajas que los escoltas depositaron sobre una mesa auxiliar de mármol situada en el porche.
Con un movimiento calculado, Hagen levantó la tapa de una de las cajas de cuero y extrajo el primer volumen encuadernado.
Mathieu accionó el zoom digital integrado en el cuerpo de la cámara para multiplicar la magnificación óptica.
En la pantalla del monitor de vigilancia, la cubierta del documento se proyectó con un nivel de detalle tan sobrecogedor que permitía leer las líneas grabadas en letras plateadas sobre el lomo de tela negra: «Anomalías Estructurales del Concierto Económico Vasco y Riesgos Sistémicos de Blanqueo en la Eurorregión — Informe Técnico de Fiscalización Especial OLAF / DG COMP — Ejemplar Clasificado Nº 04» .
Al pasar Hagen la primera página ante los ojos de Bellingham y Brecht, la luz fría de la mañana atravesó el papel verjurado francés de trescientos gramos.
En la esquina inferior izquierda de la hoja, perfectamente visible bajo la iluminación rasante del porche, brilló la filigrana microscópica que Peio Heguy había identificado horas antes en el sótano de la imprenta de Bayona: la estrella polar de ocho puntas rodeada por la leyenda L'Étoile Atlantique Conseil .
—Lo tenemos —susurró Ainara, apretando el hombro de Mathieu con los dedos—.
Es la misma tirada que entregaron en Vitoria.
El mismo papel artesanal de Angulema, la misma tipografía falsificada de la Comisión Europea y el membrete de la consultora de Biarritz.
Y tenemos a la propia Patricia Hagen entregando los tomos a los periodistas en la escalinata de su sede tapadera.