La muga roja (Línea de Cupo 3) CAPÍTULO 5 La comisaria en la sombra
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CAPÍTULO 5 La comisaria en la sombra

El temporal del Atlántico azotaba la costa de Biarritz con la violencia descarnada de una galerna invernal de fuerza siete.

Eran las seis y cuarenta y cinco minutos de una madrugada cerrada de febrero cuando Mathieu Etcheverry maniobró la furgoneta blanca de reparto de pescado por el trazado sinuoso del Boulevard du Prince de Galles, reduciendo la marcha hasta encajar el vehículo en un tramo en sombra entre dos viejos tamarindos batidos por el viento, a escasos cincuenta metros de la cancela principal del palacete que albergaba la consultora.

En el exterior, el vendaval levantaba una cortina continua de espuma salina que cruzaba la calzada como humo denso, estrellándose con estruendo mineral contra los acantilados de la Côte des Basques y las peñas oscuras que rodeaban la roca de la Virgen.

Las farolas ornamentales de fundición oscilaban bajo las ráfagas, proyectando sobre el asfalto mojado destellos de luz sulfurosa que se desvanecían entre los charcos de agua de mar.

El vehículo que Maider Etcheverry les había proporcionado antes de que amaneciera en la Rue Pannecau era un furgón diésel con rótulos comerciales descoloridos en los paneles laterales: Poissonnerie artisanale de Saint-Jean-de-Luz — Marée Basque .

El habitáculo conservaba el olor acre de las cajas de madera de pino, el hielo picado y las escamas de merluza, pero los cristales laterales y traseros contaban con un tintado oscuro de polímero que permitía observar el exterior con nitidez sin que ninguna mirada indiscreta pudiera penetrar en la penumbra de la cabina.

En la banqueta del copiloto, Ainara Zubiaga mantenía la mirada fija en los números de forja del edificio situado enfrente: el número catorce del bulevar.

Aquella mansión Belle Époque levantada a finales del siglo diecinueve con sillería de piedra blanca de Angulema y zócalos de arenisca de Bidache parecía una fortaleza aristocrática dormida frente a la furia oceánica.

Cuatro plantas coronadas por un tejado de mansarda de pizarra oscura, miradores acristalados con marcos de roble y una cancela monumental de hierro forjado rematada por puntas de lanza doradas aislaban el recinto de la vía pública.

Diseñada durante la edad dorada de Biarritz como residencia estival de una dinastía de armadores de Burdeos, la finca combinaba la opulencia de la arquitectura imperial con jardines aterrazados que descendían en suave pendiente hacia el paseo de la playa.

Sin embargo, los detalles ornamentales clásicos convivían ahora con dispositivos de seguridad militarizada de última generación: dos cámaras domo motorizadas con óptica infrarroja de barrido continuo vigilaban el perímetro desde las cornisas de la primera planta; sobre el dintel de la verja destacaba un lector biométrico con teclado blindado, y en el tejado, semioculta tras una chimenea decorativa, emergía una antena parabólica de comunicaciones por satélite con enlace ascendente de alta capacidad.

Junto a la columna derecha de granito que flanqueaba la cancela, una placa de latón pulido con letras sobrias en relieve proclamaba la identidad corporativa del inmueble: L'Étoile Atlantique Conseil .

—El palacete de la estrella polar —murmuró Ainara, con la voz templada por una serenidad glacial que Mathieu conocía bien—.

Dos millones y medio de euros transferidos desde las cuentas de la inteligencia alemana en Múnich y un millón de euros canalizado desde los emiratos por Viktor Sorokin para alquilar el silencio de la costa labortana.

Si la policía judicial francesa nos encontrara aquí dentro, no tendríamos ni un papel oficial que mostrarles.

Ni una comisión rogatoria librada por el juzgado de Bilbao, ni un mandamiento de entrada del tribunal de Pau.

Para las autoridades de París no seríamos más que dos intrusos extranjeros espiando un gabinete de asesoría jurídica comunitaria.

Mathieu no contestó de inmediato. Trabajaba con movimientos pausados y precisos en la parte trasera de la cabina, ajustando el equipo de vigilancia óptica que había rescatado de su piso franco de Bayona.

Sobre un soporte articulado de fibra de carbono fijado al mamparo metálico que separaba la banqueta de la zona de carga, montó un cuerpo de cámara réflex digital de formato completo acoplado a un teleobjetivo de ochocientos milímetros con lente de fluorita y estabilización óptica avanzada.

Pasó una bayeta de microfibra por el cristal frontal del objetivo, verificó que la ranura principal albergaba una tarjeta de memoria de alta velocidad con capacidad de escritura en formato sin compresión y ajustó el obturador electrónico en modo de disparo absolutamente silencioso.

—En este lado de la muga no somos fiscales ni inspectores comunitarios, Ainara —respondió Mathieu en voz baja, acercando el ojo al visor óptico para calibrar la distancia focal hacia el portalón de la villa—.

Somos dos fugitivos que operan al margen de los canales diplomáticos de Madrid y París.

Mi suspensión de funciones en Bruselas me despoja de toda potestad de policía administrativa bajo el Reglamento 883/2013 de la OLAF, y tú te encuentras fuera del territorio jurisdiccional del Reino de España sin el preceptivo pase de la Fiscalía General del Estado.

Si una patrulla de la Gendarmería nos detiene en este furgón con material de espionaje óptico frente a una consultora de asuntos públicos que asesora a Bruselas, nos acusarán de espionaje industrial y revelación de secretos antes de que termine el día.

Nos aplicarían el artículo 78 del Código de Procedimiento Penal francés para retenernos durante cuarenta y ocho horas en comisaría, y para cuando saliéramos el dosier ya habría destruido el Concierto Económico.

—Tu madre nos enseñó anoche en la Rue Pannecau que los hombres y mujeres que tejieron la red Seaska nunca necesitaron el visto bueno de los prefectos de Pau para defender la dignidad de su pueblo a través de los Pirineos —replicó ella, tomando un sorbo de café negro del termo de acero que descansaba entre los dos asientos—.

Mi padre me decía que la legalidad es una herramienta sagrada cuando protege a los débiles, pero que se convierte en una trampa infame cuando los poderosos la redactan para blindar sus propios crímenes.

Y nosotros no nos moveremos de este bulevar hasta tener la prueba visual que desmonte la emboscada tendida contra Ajuria Enea.

A través del visor de ochocientos milímetros, la fachada de la consultora cobró una nitidez casi quirúrgica.

Mathieu enfocó la lente sobre la cancela.

Dos hombres con chaquetas técnicas de color antracita, pantalones de faena oscuros y botas de marcha hacían una ronda perimetral por el sendero de grava del jardín interior.

Llevaban auriculares de espiral transparente tras las orejas y bultos inequívocos bajo la axila izquierda que delataban la presencia de pistolas semiautomáticas de servicio.

Su complexión robusta, el corte de pelo militar y la cadencia firme de sus pasos denotaban un adiestramiento riguroso en cuerpos de seguridad estatales.

—Seguridad privada alemana —indicó Mathieu, mientras ajustaba la rueda de enfoque milimétrico—.

Observa cómo barren los ángulos muertos del muro y cómo evitan colocarse bajo las farolas del jardín.

Mantienen una separación constante de cuatro pasos y se comunican por intervalos de dos minutos mediante radiotransmisores con salto de frecuencia.

Son escoltas contratados a través de alguna agencia de seguridad de Fráncfort o Múnich.

No son vigilantes franceses; están aquí para garantizar que nadie perturbe la reunión que Hagen ha convocado esta mañana.

—El teletipo de France-Presse que interceptaste en el tren de Bruselas anunciaba un pronunciamiento inminente de la Comisión Europea sobre anomalías fiscales en el norte de España —recordó Ainara, consultando las notas manuscritas de su libreta—.

Hagen no puede esperar a que el Lehendakari responda al chantaje en el Consejo de Política Fiscal de Madrid.

Si el Gobierno Vasco no se pliega a su ultimátum de cuarenta y ocho horas, ella necesita que el dosier estalle en las redacciones de los grandes periódicos económicos europeos antes de que abra la Bolsa el lunes por la mañana.

Pretende forzar a la Dirección General de Competencia a incoar el procedimiento formal de investigación del artículo 108 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea.

—El media planting —dijo Mathieu con una amargura contenida—.

La técnica clásica de intoxicación institucional de la Guerra Fría perfeccionada para los mercados financieros contemporáneos.

No entregas el informe apócrifo a los tribunales, porque un juez de instrucción tardaría dos semanas en pedir un peritaje independiente y descubriría en veinticuatro horas que las firmas y las marcas de agua son una falsificación grotesca.

Se lo entregas en mano, bajo estricto embargo informativo de cuarenta y ocho horas, a dos o tres firmas consagradas del periodismo financiero internacional.

Les dices que se trata de una auditoría secreta de la OLAF y de la Dirección General de Competencia que amenaza con forzar la intervención de la deuda autonómica por ayudas de Estado ilegales.

Los periódicos preparan sus portadas dominicales, la prima de riesgo se dispara al amanecer y, cuando el presidente vasco llega a la cumbre de Bruselas, el país entero está contra las cuerdas y nadie escucha los desmentidos jurídicos.