La muga roja (Línea de Cupo 3) CAPÍTULO 4 La memoria de Seaska #6
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CAPÍTULO 4 La memoria de Seaska #6

—La alianza perfecta —analizó Mathieu con lucidez implacable—.

Por un lado, la facción centralista más dura de la burocracia alemana, representada por Patricia Hagen, que busca aprovechar la revisión de los tratados fiscales de la Unión Europea para erradicar las singularidades forales del norte de España y obligar a las haciendas vascas a integrarse en un sistema tributario homogéneo y centralizado bajo la tutela de Madrid y Berlín.

Por el otro, el dinero sucio de la oligarquía rusa de Sorokin, que busca vengarse del bloqueo de sus activos en Luxemburgo dinamitando la credibilidad del sistema industrial y cooperativo vasco.

Hagen puso la cobertura política y los sellos falsos de la Comisión; Sorokin y el BND pusieron los tres millones y medio de euros necesarios para pagar a peritos, periodistas y mercenarios de la comunicación estratégica en Biarritz.

Ainara bajó la mirada hacia su regazo. Involuntariamente, su mano derecha se deslizó hacia la muñeca izquierda y rozó la caja fría de acero inoxidable del reloj Certina DS que había pertenecido a su padre Josu.

El segundero avanzaba con un tictac inaudible en la penumbra de la buhardilla, marcando el paso implacable de las horas hacia el vencimiento del ultimátum de cuarenta y ocho horas otorgado por el Lehendakari.

—Mi padre se quitó la vida en Durango por una letra de cambio impagada de trescientos mil euros que una empresa fantasma le colocó en el taller mecánico —dijo Ainara con una voz baja y contenida que cortaba como un cristal roto—.

Un hombre honesto que trabajó cuarenta años junto a las fraguas destruido por una trampa contable que nadie quiso investigar a tiempo.

Y ahora esta gente pone tres millones y medio de euros sobre una mesa de Biarritz para quebrar el autogobierno de todo un país y convertir el pacto de nuestros abuelos en papel mojado.

Mathieu extendió la mano sobre la mesa y cubrió con firmeza los dedos de Ainara. La piel de la fiscal estaba caliente ahora, pero vibraba con una tensión acumulada que amenazaba con desbordar su férreo autocontrol.

—Isabelle murió en la rotonda de Zeebrugge porque Patricia Hagen vendió la ruta de los convoyes de Sorokin a los sicarios que custodiaban los contenedores en el puerto —dijo Mathieu, mirándola fijamente a los ojos con una intensidad en la que la culpa del pasado se fundía con una determinación inquebrantable—.

Llevo cuatro años creyendo que la muerte de mi compañera había sido un accidente colateral de una investigación fallida de la OLAF.

Ahora sé que Hagen la sacrificó para proteger las cuentas opacas que utilizaba para sus operaciones de guerra económica.

No estamos aquí solo para salvar el Concierto Económico de Ajuria Enea, Ainara; estamos aquí para arrancarles la máscara ante toda Europa.

Ainara sostuvo su mirada durante un largo segundo, asintió en silencio y giró la palma de su mano para entrelazar sus dedos con los de Mathieu.

—El reloj de Ajuria Enea corre —dijo la fiscal, recobrando su voz de mando profesional—.

Son las cinco y media de la mañana. En menos de treinta y cuatro horas el Lehendakari tendrá que sentarse en el Consejo de Política Fiscal y Financiera en Madrid antes de volar a la cumbre de Bruselas.

No podemos esperar a que un juez de instrucción de Bilbao tramite una comisión rogatoria internacional a Francia que tardaría tres meses en llegar al tribunal de Pau; Hagen filtraría el dosier a la prensa de Frankfurt antes de que el exhorto saliera del decanato.

—No vamos a esperar a los jueces —respondió Mathieu, consultando el mapa digital del municipio de Biarritz en la pantalla del Toughbook—.

A las siete y media de la mañana amanece en la costa.

Maider nos ha preparado una furgoneta de reparto de pescado de la cooperativa de San Juan de Luz, con distintivos comerciales franceses que no llamarán la atención de ninguna patrulla de la Gendarmería.

Nos apostaremos en el Boulevard du Prince de Galles, frente al número catorce.

Con el teleobjetivo de mi equipo fotográfico de vigilancia monitorizaremos las entradas a la sede de L'Étoile Atlantique .

—Peio dijo que Hagen está preparando la entrega física del dosier a los corresponsales económicos alemanes y británicos —recordó Ainara, cerrando su portátil y guardándolo en el maletín de cuero—.

Si logramos fotografiar a Patricia Hagen entregando las copias encuadernadas con la filigrana de Angulema a los periodistas en la escalinata de esa mansión, tendremos la prueba visual y material que destruye la coartada de la OLAF.

—Y con los registros bancarios de Múnich y Dubái en nuestro poder, la prueba será demoledora —concluyó Mathieu, apagando la pantalla del Toughbook y guardando el disco IronKey en el bolsillo interior de su chaquetón—.

Llevaremos el material directamente a la sede central de Eurojust en La Haya para activar un Equipo Conjunto de Investigación antes de que el dosier toque las imprentas de la prensa europea.

Se pusieron en pie al unísono. En la ventana abuhardillada, el cielo del este sobre las colinas de Ustaritz comenzaba a teñirse de un azul plomizo que anunciaba las primeras luces del invierno cantábrico.

Mathieu y Ainara bebieron la infusión caliente que Maider les había dejado, recogieron sus equipos y se dispusieron a bajar hacia la calle Pannecau: la noche de la muga había terminado y la batalla abierta en Biarritz estaba a punto de comenzar.