La muga roja (Línea de Cupo 3) CAPÍTULO 5 La comisaria en la sombra #5
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CAPÍTULO 5 La comisaria en la sombra #5

Mathieu asintió con adusto convencimiento.

Se llevó la mano al bolsillo interior del abrigo y palpó los tres soportes digitales que custodiaba: el disco IronKey con el volcado de la memoria volátil de la OLAF, la memoria con los registros del servidor de correo del Berlaymont y la funda impermeable con las tarjetas de memoria que contenían las fotografías de alta resolución tomadas esa misma mañana.

—Tenemos la cadena de indicios más sólida que jamás se ha reunido contra una operación encubierta de la Comisión Europea —afirmó Mathieu con voz firme y analítica—.

En primer lugar, la extracción forense bajo norma ISO/IEC 27037 que realicé en mi terminal de Bruselas demuestra que la orden de suspender la auditoría interna de la OLAF y congelar mi credencial partió de la terminal de Patricia Hagen en la Dirección General de Competencia, vulnerando el artículo cuatro del Reglamento 883/2013 sobre independencia funcional de los investigadores antifraude.

En segundo lugar, el peritaje tipográfico de Peio Heguy demuestra que el papel verjurado con marca de agua no salió de las oficinas de publicaciones oficiales de la Unión Europea en Luxemburgo, sino que fue fabricado a medida en Angulema para L'Étoile Atlantique Conseil en Biarritz.

Y en tercer lugar, las fotografías que acabamos de tomar en el bulevar prueban que la propia consejera especial de la Comisión entregó personalmente los ejemplares con membrete apócrifo a los editores de The Financial Monitor y Wirtschaftswoche .

—Pero en el terreno judicial ordinario, eso no bastará para frenar la publicación antes del domingo —objetó Ainara con el implacable rigor de una fiscal de carrera—.

Si nos presentamos mañana ante un tribunal de instrucción francés en Bayona con un volcado digital extraído sin autorización judicial en Bélgica y un peritaje privado realizado por un impresor jubilado, la fiscalía francesa abrirá diligencias previas que tardarán semanas en tramitarse.

Y entretanto, Hagen ejecutará el golpe mediático, el Consejo Europeo forzará la intervención del régimen foral y el daño económico a Euskadi será irreversible.

—No vamos a ir a los tribunales ordinarios de Francia ni de España —respondió Mathieu, girándose hacia ella con los ojos encendidos por una determinación lúcida y templada—.

Tenemos que cerrar el círculo financiero.

Las trazas bancarias que rescatamos anoche en la buhardilla de Seaska demuestran que la consultora de Biarritz recibió dos millones y medio de euros de la fundación tapadera del BND en Múnich y un millón de euros de la sociedad de Viktor Sorokin en Dubái.

Ambas transferencias se liquidaron en una cuenta corriente abierta en la entidad de crédito patrimonial sita en el muelle Chaho, a orillas del Nive en Bayona.

Ainara asimiló el razonamiento al instante, y una chispa de audacia procesal iluminó su mirada.

—La Sexta Directiva Europea contra el Blanqueo de Capitales y el Reglamento Comunitario 2018/1805 sobre reconocimiento mutuo de resoluciones de embargo —dijo la fiscal con rapidez matemática—.

La cuenta de la consultora en Bayona es el eslabón débil de la trama.

Según el Código Monetario y Financiero francés, los administradores de banca privada tienen la obligación ineludible de conservar los expedientes de diligencia debida y los libros mayores certificados bajo supervisión directa de Tracfin.

Si obtenemos esos extractos contables originales certificados por la propia entidad bancaria francesa, el nexo entre el dinero ruso de Sorokin, los fondos reservados alemanes y la consultora que imprimió el dosier quedará formalmente acreditado bajo los estándares de prueba del derecho bancario europeo.

—Y con esa prueba documental en la mano —completó Mathieu—, no iremos a Vitoria ni a Madrid.

Iremos directamente a la sede central de Eurojust en La Haya.

El fiscal general holandés Jan van der Berg, enlace principal de la fiscalía comunitaria y viejo aliado en las investigaciones de la OLAF, tiene la potestad de activar un Equipo Conjunto de Investigación con carácter de máxima urgencia bajo la Decisión Marco 2002/465/JAI.

El artículo 85 del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea faculta a Eurojust para coordinar investigaciones transfronterizas cuando existen sospechas fundadas de obstrucción política en los Estados miembros.

Eurojust puede emitir una orden europea de aseguramiento de pruebas cautelar en cuatro horas, ordenar a la policía judicial francesa el precinto inmediato de L'Étoile Atlantique y notificar a las redacciones de Londres y Fráncfort que los documentos en su poder forman parte de un sumario penal internacional por falsedad documental y cohecho continuado.

—Para activar a Eurojust necesitamos que la denuncia esté respaldada por una cadena de custodia impecable —añadió Mathieu, apoyando el antebrazo en la barandilla—.

He enviado una señal cifrada a Jan van der Berg advirtiéndole de que nos presentaremos en la sede de Johan de Wittlaan con las imágenes de la entrega en Biarritz y los volcados de memoria volátil.

Jan conoce el expediente de Sorokin desde los tiempos de Zeebrugge; sabe que la OLAF fue saboteada desde dentro y que la Comisión ha sido infiltrada por los intereses de Berlín y Múnich.

Si conseguimos que Eurojust declare el caso de máxima prioridad comunitaria, los inspectores de la OLAF que aún responden a la legalidad se alinearán con nosotros y el montaje de Hagen se desmoronará en una sola sesión extraordinaria.

—Y Gorka Atxaga está asegurando la retaguardia desde Bilbao —apuntó Ainara, con la bufanda azotada por el viento—.

La policía judicial de la Ertzaintza mantiene custodiados los discos duros que rescatamos en el piso franco de Deusto y los testimonios de los técnicos de la fundición de Mondragón.

Si sincronizamos el golpe de Eurojust con una querella simultánea de la fiscalía vasca ante el Tribunal Superior de Justicia, ni Madrid ni París podrán silenciar el escándalo bajo la alfombra de la razón de Estado.

Ainara contempló la inmensidad del océano embravecido.

Involuntariamente, su mano izquierda se deslizó bajo el puño impermeable de su chaqueta y rozó la caja de acero pulido del reloj Certina que llevaba en la muñeca, el viejo cronógrafo que su padre Josu conservó hasta el último día en Durango.

El metal estaba helado contra su piel, pero el latido regular del mecanismo le transmitió la misma certidumbre inquebrantable que la había guiado desde las campas de Bizkaia hasta las salas de vistas de la fiscalía.

Su padre se había quitado la vida en soledad, destrozado por la impunidad de unos pagarés fraudulentos que nadie se atrevió a perseguir. Ella no permitiría que la impunidad de una comisaria todopoderosa en Bruselas repitiera la misma tragedia a escala de todo un pueblo.

—El lunes por la mañana pretendían celebrar el funeral del autogobierno vasco en los salones de Bruselas —dijo Ainara, mirándolo fijamente con una dignidad soberana que cortaba como el viento del norte—.

Creían que éramos una anomalía provincial que se doblegaría al primer amago de los grandes Estados.

No saben con quién se han metido, Mathieu.

Ni conocen la historia de esta tierra, ni saben lo que significa la palabra muga cuando un pueblo decide defender su libertad.

Mathieu extendió la mano enguantada y cubrió con firmeza los dedos de Ainara sobre la barandilla de hierro. Las olas rompieron con un estruendo colosal a sus pies, arrojando una lluvia de salitre que coronó sus cabezas con una bendición salvaje y limpia.

—Hagen mató a Isabelle creyendo que el poder de su cargo la volvía intocable —dijo Mathieu, con una voz profunda que brotaba desde el fondo de su ser—.

Tú me has salvado la vida esta mañana en la furgoneta, Ainara.

Me has impedido cruzar la línea que me habría destruido para siempre.

Ahora vamos a terminar esto juntos. Por Isabelle, por tu padre y por la muga que nos une.

—Juntos, Mathieu —selló ella, entrelazando sus dedos con los de él con una intensidad que desafiaba al temporal—. Hasta el final.

En ese instante, el teléfono satelital seguro guardado en el bolsillo interior del abrigo de Ainara vibró con dos pulsaciones cortas.

La fiscal extrajo el terminal protegido de su funda de neopreno. En la pantalla de cristal de cuarzo apareció un mensaje cifrado transmitido a través de la pasarela segura de la Ertzaintza desde Bilbao. El remitente era el inspector jefe Gorka Atxaga:

«Lakua bajo máxima presión. Gabinete del Lehendakari confirma que la redacción de Wirtschaftswoche en Fráncfort ha remitido un cuestionario oficial con quince preguntas sobre las cuentas del Fondo Vasco de Innovación exigiendo respuesta antes de las seis de la tarde.

Madrid no responde a las llamadas de socorro de Presidencia.

Fuentes de la Delegación del Gobierno confirman despliegue reforzado de unidades de la Policía Nacional en el control aduanero de Biriatou y en los pasos de Irún.

El reloj está en marcha. Si tenéis algo, sacadlo ya. »

Ainara guardó el terminal en el bolsillo y miró a Mathieu.

El cielo sobre Biarritz comenzaba a desgarrarse en jirones de nubes grises que dejaban entrever la luz gélida del mediodía.

El Acto I de la batalla había terminado en las terrazas del Atlántico; la ofensiva total hacia Bayona, los despachos bancarios del muelle Chaho y la sede de Eurojust en La Haya acababa de comenzar.