La muga roja (Línea de Cupo 3) CAPÍTULO 3 El puente de Santiago #3
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CAPÍTULO 3 El puente de Santiago #3

Reanudó la marcha hacia la cabecera norte del puente.

A medida que se aproximaba a la orilla francesa, el perfil urbano de Hendaya se fue perfilando a través de la cortina de agua: tejados oscuros de pizarra, casas bajas con entramado de madera pintado de rojo oscuro y farolas de luz blanca que reflejaban la calzada empapada de la entrada al municipio.

En el control aduanero francés, situado junto a la rotonda de enlace con el Boulevard du Général de Gaulle, una furgoneta azul oscuro de la Police aux Frontières se encontraba estacionada sobre la acera, con los limpiaparabrisas barriendo el cristal a máxima velocidad.

Dos agentes de la PAF, enfundados en chubasqueros amarillos fluorescentes con las siglas de la policía nacional francesa en la espalda, realizaban inspecciones aleatorias sobre el tráfico rodado.

Uno de ellos, armado con un subfusil Beretta colgado en bandolera bajo el impermeable, hacía señas con una linterna de haz rojo a una furgoneta blanca de matrícula portuguesa para que se orillara hacia el arcén de registro, mientras su compañero se acercaba a la ventanilla del conductor con una carpeta portapapeles.

Ainara no desvió la trayectoria ni aceleró el paso.

Mantuvo la vista al frente, caminando por la acera de peatones con naturalidad calculada, semejante a cualquier vecina de Hendaya que regresara a pie de hacer compras en los comercios de Irún.

El agua chorreaba por los faldones de su abrigo y caía en regueros continuos desde el borde de su capucha.

El agente que custodiaba el perímetro de la furgoneta alzó la mirada hacia ella durante dos segundos.

Sus ojos se cruzaron a través de la penumbra y la lluvia.

Ainara no bajó la cabeza ni mostró la menor vacilación: sostuvo la mirada del gendarme con una expresión neutra y cansada, propia de quien solo desea escapar del temporal y llegar a casa para secarse los zapatos.

El policía francés resopló, sacudió el agua de la visera de su gorra y volvió a centrar su atención en la furgoneta retenida, indicando con un gesto desganado de la mano izquierda que podía continuar su camino.

Ainara rebasó la caseta aduanera sin que nadie le solicitara la documentación.

Al pisar el asfalto del Boulevard du Général de Gaulle, sintió cómo una bocanada de aire húmedo le llenaba los pulmones.

Estaba en territorio francés. La primera barrera física había quedado atrás, pero el verdadero peligro acababa de comenzar: en una ciudad fronteriza pequeña como Hendaya, los desplazamientos de desconocidos llamaban la atención con rapidez, y los servicios de información de la comisaría conjunta hispano-francesa operaban con enlaces discretos a ambos lados del río.

Ainara se detuvo un instante bajo la marquesina de una pastelería cerrada para sacudirse el exceso de agua del impermeable.

Desde aquella acera elevada, volviendo la vista hacia el oeste a través de los chopos que flanqueaban el canal de la bahía de Txingudi, se divisaban los destellos lejanos y ambarinos del casco histórico de Hondarribia.

La silueta amurallada de la villa guipuzcoana, coronada por el castillo de Carlos V y las luces temblorosas del puerto de pescadores, parecía flotar sobre las aguas oscuras como una reliquia inalcanzable.

Apenas un kilómetro de lámina de agua separaba ambas orillas, pero en términos de soberanía y persecución penal la distancia equivalía a un abismo diplomático.

Si el Gobierno de Madrid emitía una orden de localización, la policía francesa solo podría actuar mediante una Orden Europea de Detención y Entrega tramitada ante el Tribunal de Apelación de Pau.

Esos días de demora procesal eran el único oxígeno que le quedaba para llegar a Eurojust.

Avanzó por la avenida comercial bordeando los escaparates cerrados de farmacias, panaderías y sucursales bancarias.

Las calles estaban prácticamente desiertas a causa del temporal.

El agua bajaba por los imbornales con un murmullo continuo que amortiguaba el sonido de sus pasos.

El olor a pan recién horneado de un obrador nocturno se mezclaba con el aroma a salitre y leña quemada de las chimeneas domésticas, un paisaje humano idéntico al de las calles de Durango o de Getxo que reafirmaba su convicción de que la muga no era más que una convención trazada sobre el papel.

Tras recorrer seiscientos metros hacia el interior del casco urbano, las siluetas de las catenarias ferroviarias volvieron a alzarse sobre los tejados.

Al fondo de la avenida, recortada contra el cielo gris de la noche que caía sobre la bahía de Txingudi, se elevaba la fachada de ladrillo rojo y piedra caliza de la Gare d'Hendaye.

El reloj circular de la torre central marcaba las siete y veintiún minutos bajo un halo de luz amarillenta.

Ainara apretó la correa de su cartera de cuero, comprobó que el teléfono analógico permanecía apagado en su bolsillo y enfiló la marquesina exterior de la estación en busca de Mathieu.

♦ ♦ ♦

La nave de andenes de la Gare d'Hendaye respiraba la melancólica grandeza de las infraestructuras ferroviarias del siglo XIX.

Diseñada durante el esplendor de la Compagnie des Chemins de fer du Midi, la inmensa techumbre de hierro forjado y vidrio armado cubría cuatro vías principales apoyándose en hileras de esbeltas columnas de fundición acanaladas, rematadas por capiteles corintios que el óxido y el hollín de más de un siglo habían teñido de un gris ceniciento.

Bajo aquella bóveda resonaba el rumor metálico y monótono de la lluvia estrellándose contra los lucernarios.

El ambiente olía a humedad estancada, desinfectante barato de andén, grasa fría de engranajes y al olor áspero del tabaco negro que algún ferroviario consumía en la lejanía de las vías de clasificación.

Aquel andén número uno no era un espacio cualquiera: era un escenario cargado de resonancias históricas imborrables.

En ese mismo andén de piedra, el veintitrés de octubre de 1940, se había celebrado la famosa entrevista de Hendaya entre Adolf Hitler y Francisco Franco en el interior del tren blindado Erika , una cumbre de siete horas bajo la mirada atenta de los diplomáticos nazis donde se decidió la no entrada formal de España en la contienda bélica a cambio de un suministro constante de wolframio y apoyo logístico encubierto a los submarinos alemanes en el Atlántico.

La memoria del espionaje, las traiciones de Estado y los pactos sellados en vagones de tren formaban parte de la piel misma de aquella estación.

Mathieu Etcheverry aguardaba inmóvil al abrigo de la cuarta columna del andén uno, justo en el sector intermedio que separaba la zona de desembarque de pasajeros del edificio de oficinas de la SNCF.

Llevaba más de media hora apostado en aquel rincón en penumbra, con el cuello de su chaquetón marinero de paño negro subido hasta las orejas y una gorra de lana oscura calada sobre la frente.

Mantenía las manos hundidas en los bolsillos laterales para proteger los dedos del frío húmedo que entraba desde las vías abiertas hacia el estuario.

Bajo el brazo derecho, oculta bajo el paño pesado del chaquetón, sujetaba una cartera de cuero envejecido de fuelle ancho.

Dentro de su forro interior de seda acolchada descansaba la unidad de estado sólido Kingston IronKey con cifrado criptográfico militar AES-256 por hardware, donde custodiaba los volcados de memoria RAM extraídos clandestinamente del terminal de la OLAF en Bruselas, las trazas de los servidores de la duodécima planta del Berlaymont y los correos diplomáticos que vinculaban directamente a Patricia Hagen con la orden de sabotear la fiscalía foral de Bizkaia.

El viaje desde la capital belga había sido una pesadilla de transbordos calculados, tensión constante y cambios de identidad.

Tras escapar del cerco del BND en la estación de Bruxelles-Midi abordando un tren regional hacia Lille, Mathieu había enlazado con un convoy de media distancia hacia Amiens y la estación de París-Nord.

Allí cruzó la capital en metro hasta la Gare Montparnasse, pagando cada billete en efectivo con monedas y billetes arrugados para evitar cualquier rastro en las pasarelas de pago electrónico del sistema bancario francés.

En Montparnasse logró subir al tren de alta velocidad TGV del corredor atlántico con destino a Burdeos y Hendaye, viajando en un asiento de segunda clase en el coche central, con el billete de cartón sin nominalizar guardado en el bolsillo y la mirada fija en el paisaje brumoso de las Landas que desfilaba tras la ventanilla.

Durante las ocho horas de trayecto, el fantasma de Isabelle Dumont no lo había abandonado ni un solo instante.

Cada vez que el tren reducía la velocidad al aproximarse a una estación intermedia —Tours, Poitiers, Angulema, Burdeos, Dax—, Mathieu sentía que la puerta del compartimento se abriría para dar paso a dos inspectores de la Policía Judicial Federal belga acompañados por agentes de la DGSI francesa con una orden europea de detención en la mano.

Y en cada rostro anónimo que cruzaba el pasillo creía reconocer la mirada gélida y despiadada de Patricia Hagen: la mujer que en noviembre de 2022 había desviado a las patrullas policiales en los muelles de Zeebrugge, entregando a Isabelle a las ruedas del camión de los sicarios de Viktor Sorokin, y que ahora pretendía demoler el Concierto Económico vasco para coronar su carrera en el Directorio de la Comisión Europea.