La muga roja (Línea de Cupo 3) CAPÍTULO 3 El puente de Santiago #2
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CAPÍTULO 3 El puente de Santiago #2

El viento soplaba del noroeste en ráfagas sostenidas que doblaban los cables de alta tensión sobre su cabeza, silbando con un zumbido metálico y quejumbroso.

A través de la penumbra ferroviaria, el olor a carbón mojado se mezclaba con el hedor acre del azufre procedente de los frenos de un convoy de mercancías recién llegado de Zaragoza.

Ainara avanzó en silencio, midiendo el apoyo de cada bota sobre las traviesas cubiertas de musgo para no provocar el menor crujido de piedras.

Sabía que las patrullas caninas de la brigada móvil de la Policía Nacional solían recorrer los muelles exteriores durante las horas de transbordo internacional; pero en una tarde de galerna como aquella, con la lluvia cegando los reflectores y el viento azotando los cristales rotos de los almacenes, los guardias preferían vigilar desde el interior de sus casetas climatizadas.

Ainara aceleró el paso entre dos hileras de vagones plataforma cargados con perfiles de acero dulce.

Al llegar al final de la vía muerta número nueve, localizó el portón de servicio de chapa galvanizada que comunicaba el recinto ferroviario con la calle Aduana.

La cancela estaba cerrada con una cadena y un candado de combinación de la brigada de mantenimiento de infraestructuras, pero la base del cercado metálico cedía hacia el exterior gracias a una hendidura abierta años atrás por los operarios para acortar el camino hacia las viviendas del barrio de Santiago.

Ainara se agachó sobre el fango, deslizó primero su maletín de cuero por debajo de la alambrada y pasó después el cuerpo con agilidad felina, empujando la malla con la espalda mientras cuidaba de no rasgar el tejido de su chaqueta.

Se incorporó en un callejón estrecho y oscuro, flanqueado por talleres mecánicos cerrados y tapias cubiertas de hiedra silvestre, donde el rumor de los motores de la estación quedó sepultado por el fragor de los canalones rebosantes.

Caminó pegada a las fachadas, eludiendo los reflejos de las escasas farolas municipales.

A trescientos metros, tras cruzar la calzada de la calle Santiago sorteando los charcos que anegaban las aceras, divisó el arranque de la avenida de Iparralde.

El aire se volvió de pronto más frío, más húmedo y cargado de un fuerte olor a limo fluvial y algas en descomposición.

Al final de la avenida, recortada contra el resplandor plomizo del anochecer, apareció la silueta rectilínea del Puente de Santiago.

Más allá del pretil de hormigón y las farolas de vapor de sodio, las aguas del Bidasoa corrían veloces hacia el mar, rugiendo en la oscuridad como una advertencia implacable.

Hacia el norte, en la otra orilla, las primeras luces de Hendaya comenzaban a parpadear a través de la cortina de agua.

Ainara respiró hondo, tragó el aire salado y se internó resueltamente en la rampa de acceso al puente.

♦ ♦ ♦

El Puente de Santiago no ofrecía ningún refugio contra los elementos.

Levantado en hormigón armado y vigas de acero sobre las aguas bravías del Bidasoa, el paso unía la orilla guipuzcoana de Irún con el margen labortano de Hendaya en una línea recta de poco más de ciento cincuenta metros que condensaba dos siglos de cicatrices europeas.

Ainara avanzaba por la acera peatonal oriental, con la capucha calada hasta las cejas y el cuerpo inclinado hacia adelante para contrarrestar las rachas de la galerna que barrían el estuario desde el cabo de Higer.

La lluvia le azotaba los pómulos con la fuerza de perdigones de hielo, empapándole los mechones de pelo que escapaban del abrigo y escurriéndose por el cuello hasta enfriarle el pecho.

Abajo, en la penumbra del cauce, el río bajaba crecido por el deshielo temprano de los montes de Cinco Villas y el temporal atlántico: una corriente achocolatada y violenta que chocaba con estruendo sordo contra las pilas cilíndricas del puente, levantando remolinos de espuma sucia y arrancando ramas muertas de los carrizales.

A menos de trescientos metros aguas arriba, envuelta en la bruma grisácea del río, se adivinaba la silueta baja y alargada de la Isla de los Faisanes: aquel islote fluvial cubierto de sauces y chopos desnudos que constituía el condominio más antiguo y singular del planeta.

Desde el Tratado de los Pirineos firmado en 1659 por Luis XIV y Felipe IV para sellar la paz entre las dos monarquías, la soberanía de aquel trozo de tierra en mitad del Bidasoa se alternaba cada seis meses con una puntualidad militar: seis meses bajo custodia de la comandancia naval de San Sebastián y seis meses bajo administración de la marina francesa de Bayona.

Una ficción diplomática milimétricamente coreografiada que demostraba hasta qué punto los imperios necesitaban parcelar la geografía para simular el control sobre un territorio cuya lengua, cultura y lazos comunitarios se burlaban desde hacía milenios de cualquier línea trazada sobre un mapa.

Aquel río, que en los mapas cartográficos de París y Madrid figuraba como una fosa infranqueable, era en verdad el espinazo vertebral de una misma comunidad.

A ambas márgenes del cauce se hablaba el mismo idioma ancestral, se compartían los mismos apellidos de pescadores y canteros, y se guardaba el mismo desprecio visceral hacia las fronteras que pretendían desgarrar a un pueblo.

Cada metro de aquella pasarela sobre el río rezumaba historia viva.

Aquellas mismas aguas habían visto pasar a las columnas de refugiados carlistas en el siglo XIX tras el abrazo de Bergara; por allí habían cruzado en septiembre de 1936 miles de familias obreras de Irún bajo el bombardeo de las tropas golpistas, viendo arder sus casas a sus espaldas antes de entregarse a las autoridades republicanas francesas; y por aquellos juncales pantanosos operaron durante la Segunda Guerra Mundial los mugalaris de la red Comète, campesinos y barqueros vascos que arriesgaron el pelotón de fusilamiento nazi para evacuar hacia San Sebastián a cientos de aviadores aliados derribados en los cielos de Bélgica y Francia.

Ainara detuvo sus pasos en el centro exacto del tablero del puente.

Sobre el asfalto mojado, desgastada por el paso constante de camiones de reparto y turismos, una línea continua de pintura blanca marcaba el límite geográfico entre los dos Estados.

A escasos centímetros de la barandilla, un hito de piedra bajo con el escudo grabado del tratado de límites de 1856 señalaba la división territorial.

Ainara contempló la franja blanca con la respiración contenida, sintiendo cómo el corazón le golpeaba con fuerza contra las costillas.

No era una simple línea sobre el pavimento: era el abismo de su propia existencia profesional.

Al este de esa franja se extendía el territorio de la soberanía española y el marco jurídico que había regido cada día de su vida adulta.

Allí conservaba su plaza en la Fiscalía de la Audiencia Provincial de Bizkaia, su condición de servidora pública y el amparo institucional de la Ley Orgánica del Ministerio Fiscal.

Pero al dar un solo paso hacia el norte, cruzando esa marca hacia la orilla de Hendaya, todo ese edificio de garantías se derrumbaba al instante.

Bajo los principios fundamentales del derecho procesal internacional consagrados en la Ley de Enjuiciamiento Criminal y en la Ley Orgánica del Poder Judicial, la potestad de un fiscal español termina en la linde estricta de las fronteras nacionales.

Si un miembro del Ministerio Público pretendía realizar diligencias, solicitar registros o requerir información pericial fuera de su demarcación sin recurrir a una Comisión Rogatoria Internacional o a la constitución formal de un Equipo Conjunto de Investigación amparado por Eurojust bajo la Decisión Marco 2002/465/JAI, su actuación carecía de validez jurídica y podía ser calificada como un delito de usurpación de atribuciones.

Fuera de los límites del Estado, su placa y acreditación de fiscal no eran más que trozos de plástico y metal bruñido desprovistos de potestad coercitiva o jurisdicción procesal.

Cruzar la muga significaba transformarse, en términos estrictamente formales, en una particular despojada de inmunidad, vulnerable a una orden de detención transfronteriza y expuesta a la maquinaria penal de un país extranjero si Madrid o Bruselas activaban los mecanismos de requisitoria.

Significaba actuar en la sombra, como los contrabandistas y los resistentes que su padre recordaba en Durango, confiando únicamente en la legitimidad de su causa y en la lealtad inquebrantable de Mathieu.

Ainara cerró los ojos durante tres segundos.

El fragor del Bidasoa chocando contra los pilares de hormigón llenaba el aire con un clamor ensordecedor que borraba cualquier duda.

Recordó el rostro demacrado del Lehendakari en la penumbra del despacho de Ajuria Enea, la firmeza con la que le había pedido salvar el Concierto y el sacrificio de Iñigo Barandiarán, cuyo cadáver en el Palacio Euskalduna había abierto una brecha que amenazaba con devorarlo todo.

La soberanía foral no era una abstracción escrita en boletines oficiales: era la libertad de una comunidad para gobernarse con dignidad, pagar sus cargas y sostener sus escuelas y hospitales sin arrodillarse ante los chantajes de un directorio tecnocrático.

«Si la ley se convierte en el instrumento de los corruptos para desarmar a un pueblo —se dijo Ainara en voz baja, con los labios entumecidos por el frío—, la única forma de servir a la justicia es saltar al otro lado».

Levantó la bota derecha y pisó con fuerza al otro lado de la línea blanca.

El contacto de la suela contra el asfalto francés no produjo ningún estruendo, pero en su interior la tensión acumulada se transformó en una determinación fría y acerada.

Había dejado de ser una fiscal atada a los despachos oficiales: ahora era una mujer en guerra abierta contra los arquitectos de la mentira.