La muga roja (Línea de Cupo 3) CAPÍTULO 3 El puente de Santiago #4
13%

CAPÍTULO 3 El puente de Santiago #4

Mathieu recordaba con dolorosa nitidez las últimas palabras de Isabelle antes de subir a su coche aquella noche en Flandes: «Mathieu, si no cerramos el cerco sobre las cuentas de Amberes, esta gente comprará a media Comisión...

y nadie sabrá jamás quién dio la orden».

La muerte de Isabelle no había sido un accidente; había sido una ejecución meticulosa ejecutada por profesionales del crimen corporativo amparados por funcionarios comunitarios de alto nivel.

Y ahora, aquellos mismos hilos invisibles se extendían hacia el sur para estrangular a la hacienda vasca.

Mathieu miró el reloj mural de agujas negras suspendido de la cercha metálica del andén: las siete y veinticinco.

Si Ainara había sido interceptada en la estación de Irún o en el paso del Puente de Santiago por el dispositivo de la Policía Nacional española, su deber operativo era abandonar la estación de inmediato, tomar el vehículo de enlace que su madre Maider había dispuesto en el exterior y replegarse hacia el interior de Iparralde antes de que las alarmas transfronterizas cerraran los accesos a la autopista A-63.

Ese era el protocolo frío de seguridad que había enseñado durante diez años a los analistas de la OLAF.

Pero Mathieu sabía, con una certeza visceral que desbordaba cualquier manual burocrático, que no se movería de aquel andén.

Si Ainara no cruzaba las puertas acristaladas, él mismo cruzaría a pie el puente hacia Irún en mitad de la noche para buscarla, aunque tuviera que enfrentarse a los servicios de información de Madrid con las manos desnudas.

En ese instante, el mecanismo neumático de las puertas automáticas del vestíbulo de pasajeros emitió un chasquido sordo al abrirse.

Una corriente de aire helado y húmedo barrió la nave de andenes.

Entre la penumbra del pasillo de acceso apareció una figura solitaria.

Caminaba con paso rápido y decidido, con la chaqueta encerada empapada goteando sobre las baldosas y la cartera de cuero terciada sobre el hombro.

Al cruzar bajo el cono de luz de la primera farola del andén, la mujer alzó la cabeza y se retiró la capucha hacia atrás con un movimiento seco de la mano.

Era Ainara.

Tenía las mejillas enrojecidas por el viento glacial de la muga, los labios resecos por el salitre y el pelo negro pegado a las sienes por la lluvia, pero sus ojos oscuros brillaban con una intensidad feroz, desafiante y viva que iluminó la penumbra de la vieja estación.

Al verla, a Mathieu se le desgarró el pecho en una oleada de alivio tan brutal y abrumadora que sintió que le faltaba el aire en los pulmones.

Toda la coraza cartesiana de sus años en la administración gala, todo el cansancio de la huida y el peso de las sombras del pasado se disolvieron en un solo segundo de plenitud absoluta.

Salió de detrás de la columna de fundición y avanzó hacia ella por el andén desierto.

Ainara lo vio venir. Se detuvo en seco en mitad de la vía uno, con los labios entreabiertos y la respiración entrecortada por la carrera desde el centro urbano. Durante medio segundo, sus miradas se sostuvieron en el aire con la fuerza de un juramento que no necesitaba palabras para ser sellado.

Luego, Ainara rompió a caminar hacia él casi a la carrera, acortando la distancia con zancadas largas que resonaban sobre el pavimento mojado.

Se encontraron bajo la gran marquesina central, justo en el punto donde la vía férrea se abría hacia la noche y la lluvia.

Mathieu no esperó a que se detuviera. Dio un paso al frente, la rodeó con ambos brazos y la levantó casi en vilo contra su pecho, apretándola contra sí con una fuerza desesperada y protectora.

Ainara hundió los dedos en el paño húmedo y áspero del chaquetón marinero de Mathieu, rodeándole el cuello con los brazos y pegando su rostro helado contra el hueco de su hombro, buscando el calor de su piel con una entrega ciega que desafiaba al frío del andén.

Durante un minuto entero no existió el mundo exterior.

No existía el chirrido lejano de las locomotoras de mercancías, ni el azote del agua contra los cristales rotos de la techumbre, ni la amenaza inminente de la Comisión Europea o del Ministerio del Interior.

Solo existía el latido desbocado de sus corazones latiendo al unísono a través de las capas de ropa empapada, el olor a lluvia, lana mojada y salitre que compartían, y la certeza sagrada de que estaban vivos, juntos y a salvo en la misma orilla del río.

Mathieu aflojó lentamente la presión del abrazo para mirarla a la cara, aunque mantuvo sus manos firmes sobre la cintura de Ainara. Con el pulgar derecho enguantado le apartó con infinita ternura un mechón de pelo mojado que se le pegaba a la mejilla, acariciando la piel fría de su pómulo.

— Hemen zaude... —susurró Mathieu con la voz quebrada por la emoción, utilizando el euskera labortano que su madre le hablaba de niño en Ustaritz—. Aquí estás... Ahora estamos en mi lado de la muga, Ainara.

Ainara alzó la vista hacia sus ojos claros, sintiendo cómo un temblor involuntario le recorría la mandíbula mientras una sonrisa breve y conmovida se dibujaba en sus labios.

—El Lehendakari me dio cuarenta y ocho horas en Ajuria Enea, Mathieu —respondió Ainara con voz firme pero cargada de una emoción que apenas podía contener—.

Cuarenta y ocho horas antes de que filtren el informe en Bruselas y liquiden el Concierto Económico.

Tenemos a la Policía Nacional y al CNI vigilando la terminal de Irún y los accesos al puente.

No podemos quedarnos parados en este andén ni un minuto más.

Mathieu asintió con gravedad, recogió del suelo el maletín de cuero de Ainara con la mano izquierda y la tomó de la mano derecha con una calidez que le transmitió una seguridad inquebrantable.

—Mi madre ha dejado un coche preparado en el aparcamiento de carga de la Rue de l'Autoport —dijo Mathieu, guiándola hacia la salida de servicio que daba a la parte trasera de la estación—.

Un vehículo sin localizador, sin electrónica y sin registros de navegación.

Nos vamos a Bayona, Ainara. Esta noche dormimos en el Petit Bayonne.

Cruzaron la cancela metálica lateral y salieron a la noche cerrada bajo la lluvia torrencial de Hendaye.

♦ ♦ ♦

El aparcamiento posterior de la estación de mercancías de Hendaye era una explanada solitaria de asfalto cuarteado, flanqueada por una hilera de plátanos de sombra deshojados y las vallas metálicas que delimitaban las vías muertas del enlace internacional.

La lluvia arreciaba sin tregua, convirtiendo los baches del firme en lagunas de agua turbia que reflejaban el resplandor anaranjado de las farolas lejanas de la terminal aduanera.

Apostado bajo la copa goteante de un plátano centenario, en el rincón más oscuro del recinto, aguardaba el vehículo: un Peugeot 406 sedán de color azul marino metalizado, matriculado en el departamento de Pirineos Atlánticos en el otoño de 1999.

Ainara observó el automóvil mientras Mathieu abría la cerradura del maletero con una llave de latón dentada tradicional.

Era una máquina sobria, con tapacubos de plástico desgastados y molduras laterales de caucho negro, pero con la chapa perfectamente conservada y los neumáticos de invierno con dibujo profundo listos para rodar sobre calzadas inundadas.

—Un dos litros HDi de inyección mecánica directa, noventa caballos de potencia y gestión analógica pura —explicó Mathieu en voz baja mientras acomodaba los dos maletines en el fondo del maletero sobre una manta de lana doblada—.

Mi madre Maider lo consiguió a través de un transportista jubilado de la red Seaska en Urrugne.

Carece por completo de módulos telemáticos integrados, no dispone de antena de posicionamiento por satélite GPS, no tiene conexión Bluetooth ni interfaces de diagnóstico OBD accesibles por radiofrecuencia.

Para los sistemas automáticos de lectura de matrículas y los barridos de contrainteligencia del espacio Schengen, este coche es un fantasma invisible de hace veinticinco años que no emite un solo bit de datos al espectro radioeléctrico.

Cerró el portón trasero con un chasquido metálico seco y le abrió la puerta del copiloto a Ainara.

Ainara subió al asiento de terciopelo gris oscuro, sacudiéndose el agua de las solapas de la chaqueta antes de cerrar la puerta.

El habitáculo olía a tapicería seca, madera vieja, café frío y al aroma balsámico de un ramillete de hojas de laurel silvestre colocado en la rejilla de ventilación.

En menos de cinco segundos, Mathieu ocupó el asiento del conductor, introdujo la llave en el bombín del contacto y giró la muñeca.

El motor diésel de cuatro cilindros cobró vida al primer intento con un ronroneo grave, áspero y constante que hizo vibrar suavemente el salpicadero de plástico negro.

Mathieu accionó la palanca de la calefacción hacia la posición máxima y conectó los limpiaparabrisas delanteros, que comenzaron a despejar el parabrisas con un compás mecánico y acompasado.

Una corriente de aire cálido comenzó a fluir de inmediato por las toberas frontales, descongelando las manos de Ainara y empañando ligeramente las esquinas de los cristales laterales.

Mathieu engranó la primera velocidad y sacó el vehículo del aparcamiento con maniobras suaves, evitando hacer patinar las ruedas sobre la grava encharcada.

Cruzó el paso a nivel sin barreras de la Rue de l'Autoport y, en lugar de incorporarse al nudo de acceso de la autopista A-63 donde las cámaras de peaje de Biriatou registraban cada matrícula en dirección a Burdeos, giró a la izquierda hacia la carretera departamental D-912: la Corniche basque.

La carretera de la Corniche serpenteaba a lo largo de quince kilómetros sobre la cresta de los acantilados que caían a plomo sobre el golfo de Bizkaia, uniendo Hendaye con el puerto de Socoa y la bahía de Saint-Jean-de-Luz.