La muga roja (Línea de Cupo 3) CAPÍTULO 1 El dosier de Ajuria Enea #5
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CAPÍTULO 1 El dosier de Ajuria Enea #5

El Lehendakari se levantó lentamente de su sillón, rodeó la mesa y se detuvo a un metro de Ainara. Sus manos temblaban ligeramente por la tensión contenida, pero en sus pupilas brillaba una determinación inflexible.

—¿Podemos judicializar esto de urgencia desde Bilbao, Ainara? ¿Puedes abrir diligencias previas en la Fiscalía de Delitos Económicos y solicitar al juez Fernando Irazábal una comisión rogatoria internacional a Bruselas para que la Comisión desmienta el informe antes del miércoles?

Ainara negó con la cabeza sin vacilar.

—Sería un suicidio procesal, señor Lehendakari.

Una comisión rogatoria por el Ministerio de Justicia tardaría meses.

En cuanto entrara en registro, los instigadores sabrían que estamos sobre aviso, apretarían el detonador y filtrarían el dosier esa misma noche.

No podemos defendernos con trámites ordinarios frente a una operación de contrainteligencia.

—¿Entonces cuál es la alternativa? —preguntó el presidente, clavando su mirada en los ojos de la fiscal—. ¿Qué propones que hagamos para no capitular el miércoles a las diez de la mañana en el Consejo de Política Fiscal y Financiera?

Ainara apoyó la palma de la mano sobre el lomo del archivador negro.

—Desmontar el artefacto en su lugar de origen antes de que expire el plazo de cuarenta y ocho horas —respondió con voz firme y serena—.

Este informe no ha salido de la OLAF de manera reglamentaria.

He detectado en el texto tres errores jurídicos groseros que ningún inspector comunitario cometería: califican las Normas Forales como simples reglamentos regionales subordinados y confunden la Comisión Mixta del Concierto con un órgano consultivo del Estado.

El redactor es un experto en derecho de la competencia, un analista con acceso a gabinetes de contrainteligencia económica empeñados en desarticular los regímenes forales antes de la cumbre comunitaria.

Hay que averiguar quién redactó este dosier, en qué imprenta clandestina se tiraron estas quinientas doce páginas y quién en Bruselas tiene la mano puesta sobre el canal de filtración mediática.

Y para conseguir esas pruebas antes del miércoles, señor Lehendakari, no puedo actuar con la toga puesta ni protegida por la policía judicial: tengo que cruzar la muga y operar fuera del sistema.

El silencio que siguió a las palabras de Ainara fue absoluto.

El Lehendakari entendió con nitidez meridiana el abismo al que la fiscal estaba dispuesta a arrojarse: cruzar la frontera hacia Iparralde, adentrarse en territorio bajo jurisdicción francesa y comunitaria sin autorización judicial previa, despojada de su placa y actuando como una investigadora clandestina.

—Si das ese paso, estás sola —advirtió el presidente con gravedad—.

No podré firmarte una misión oficial ni asignarte escolta de Berrozi.

Si te interceptan al otro lado de la muga, el Gobierno Vasco no podrá reconocerte sin quebrar la posición del país.

Ante la ley, serás una fiscal fuera de demarcación, expuesta a suspensión o procesamiento.

Ainara recogió su maletín de cuero del suelo y se colgó la correa al hombro con un movimiento resuelto.

—Mi padre murió en Durango por no poder demostrar que una cadena de pagarés mercantiles era una estafa premeditada, señor Lehendakari —respondió con la voz templada por el recuerdo de Josu—.

Yo no voy a permitir que destruyan el Concierto Económico de este país con un montón de folios robados a un auditor asesinado en el Euskalduna.

No necesito escolta ni amparo oficial. Necesito que usted aguante la posición en Vitoria y no entregue una sola competencia foral en Madrid hasta que yo le confirme que la trampa está desactivada.

El Lehendakari contempló a Ainara con una mezcla de admiración y profundo sobrecogimiento. Dio un paso al frente y le estrechó la mano derecha con una fuerza que desmentía su aparente cansancio físico.

—Tienes cuarenta y ocho horas, Ainara —dijo el presidente, mirándola fijamente a los ojos—. Cuarenta y ocho horas exactas hasta que comience el pleno en Madrid. Que la memoria de nuestros antepasados y la dignidad de este pueblo te acompañen. Salva el Concierto.

Cinco minutos más tarde, tras recoger sus pertenencias del casillero blindado en el pabellón de guardia ante la mirada silenciosa del suboficial Elorza, Ainara Zubiaga abandonó el palacio de Ajuria Enea.

El impacto del aire exterior fue brutal.

La temperatura en los jardines había descendido a seis grados bajo cero, y la cencellada cubría la grava del camino de servicio con una capa de hielo crujiente y cristalino.

La niebla alavesa era tan densa que apenas permitía entrever la silueta de los tilos a dos metros de distancia.

Ainara caminó con paso rápido hacia el sedán oficial, subió al asiento del conductor, arrancó el motor diésel y accionó la calefacción al máximo para deshelar el parabrisas.

Condujo con cautela por la verja trasera hacia el Paseo de la Senda, deteniéndose bajo los árboles desnudos junto a las verjas del parque de La Florida. En aquel rincón de Vitoria, a las tres y cuarenta y siete de la madrugada, la ciudad parecía una necrópolis de piedra y escarcha.

Ainara apoyó las manos enguantadas sobre el volante y miró la esfera de acero de su Certina DS bajo la luz tenue del cuadro de mandos: las agujas fosforescentes avanzaban de manera implacable hacia las cuatro. No había un solo segundo que perder.

Abrió el doble fondo de su maletín de cuero y extrajo un dispositivo especial que guardaba bajo custodia rigurosa: un terminal satelital rugerizado Iridium Extreme con módulo de cifrado por hardware AES-256 y salto de frecuencia adaptativo, el canal de máxima seguridad que utilizaba exclusivamente para coordinar diligencias transfronterizas urgentes con organismos europeos sin pasar por los repetidores de telefonía convencional.

Conectó la antena helicoidal, esperó a que el receptor sincronizara con la constelación satelital en la órbita baja y marcó de memoria una secuencia de dieciséis dígitos: el número directo y privado del piso de Mathieu Etcheverry en el distrito europeo de Bruselas, a escasa distancia de la sede de la OLAF en la Rue Joseph II.

El tono de llamada resonó en el auricular con un eco metálico, distante y regular, atravesando miles de kilómetros de atmósfera helada sobre Francia y Bélgica.

Uno. Dos. Tres. Cuatro tonos.

Al quinto tono, la línea se descolgó con un chasquido sordo de desmodulación criptográfica.

Al otro lado, la respiración agitada y ronca de Mathieu Etcheverry precedió a sus palabras. Se escuchaba el sonido de fondo de una persiana metálica bajada a toda prisa y el crujido de papeles apresurados.

—¿Ainara? —habló Mathieu en un susurro urgente en francés, antes de corregir al instante en castellano con ese acento suave y contenido de Lapurdi—. Estaba esperando tu señal... Dime que estás en un canal seguro.

Ainara apretó el auricular contra su oreja, sintiendo cómo el frío del habitáculo se disipaba ante la oleada de adrenalina que le recorría el cuerpo.

—Mathieu, escucha con mucha atención —dijo Ainara, midiendo cada palabra con la máxima gravedad—.

Han puesto una bomba de quinientas páginas en el despacho del Lehendakari con el membrete de tu oficina y de la Dirección General de Competencia.

Es un dosier falso fabricado con los archivos que le robaron a Iñigo Barandiarán.

Exigen que Euskadi entregue la soberanía del Concierto Económico en cuarenta y ocho horas o filtran el informe a la prensa europea para volar el país por los aires.

Están usando a la OLAF para quebrar el autogobierno vasco.

El silencio que siguió a sus palabras al otro lado de la línea fue de una frialdad absoluta.

A través del satélite, Ainara escuchó el sonido seco de tres golpes metálicos y violentos descargados contra una puerta de madera maciza en algún lugar del barrio europeo de Bruselas, seguidos de una voz masculina en francés con tono de orden policial que exigía la apertura inmediata.

Cuando Mathieu volvió a hablar, su voz sonó afilada como una cuchilla de afeitar:

—Ainara, aquí las alarmas ya han saltado... y acaban de llamar a mi puerta.

Un zumbido de estática blanca desgarró la conexión, y la señal satelital se cortó en seco en mitad de la noche.