La muerte vive en mí 33 Vivienne
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33 Vivienne

V ivienne se despertó con el canto de un gallo, lo que le resultó bastante absurdo.

Lo primero que pensó fue que debía de estar soñando.

Lo segundo, que no tenía ni la más remota idea de dónde estaba.

Se encontraba mirando al techo en una habitación que no le era familiar, metida dentro de una cama que tampoco se lo parecía.

Envuelta en la persistente nebulosa del sueño, le llevó varios segundos acordarse de todo.

Estaba en casa de su hermano.

Todavía no había terminado de asimilarlo.

Tenía un hermano . La palabra le sonaba a otro idioma, después de tantos años pensando que estaba sola.

Fuera de la habitación, el gallo cacareó una segunda vez.

Vivienne no tenía energía para ir a investigar.

Un dolor leve pero febril le palpitaba por las articulaciones.

Sospechaba que era el resultado de haber sido tragada por un horror sobrenatural y después haber sido arrastrada a través de unas grietas en el cielo.

Todo ello parecía un sueño febril. La curvada cavidad de huesos, los rasgos cambiantes del falso Thomas, la atrofiada forma del ser que la había atormentado durante toda su vida ahí a su lado.

Cerró los ojos y visualizó la cara de la criatura. Después de tantos años, no resultó ser como ella esperaba. Siempre se la había imaginado como algo resbaladizo y extraño. Un parásito con unos grandes ojos extraterrestres y una sonrisa de depredador.

En vez de eso, Vivienne se había encontrado cara a cara con una niña pequeña enfadada de ojos color miel.

Se preguntó, y no por primera vez, si no habría sido ella quien se había hecho esto a sí misma, quien había calcificado aquellas partes de ella que eran tiernas al tacto.

Si no habría sido ella quien había transformado su furia en veneno, y quien se había ido enfureciendo más y más hasta que este empezó a rezumar de su interior.

Ninguna criatura se originó con veneno en su interior. Tuvieron que evolucionar.

Tuvieron que sobrevivir , y eso es lo que había hecho ella.

Estiró los brazos y las piernas y rodó hasta ponerse de lado.

Thomas estaba tumbado sobre la espalda junto a ella, respirando profundamente y con el brazo doblado sobre el estómago, vendado con gasas.

En la muñeca llevaba la pulsera que ella le había regalado, con la palabra llorón deletreada en blanco y negro.

Anoche se quedaron dormidos de la mano, demasiado cansados incluso como para abrir las sábanas.

Al verlo ahí tumbado, el fulgor que había en su pecho brilló con más intensidad todavía.

Thomas había ido a por ella.

Sin parar. Una y otra vez.

Justo como le había prometido que haría.

Vivienne le había dado cien razones para que se fuera. Mil. Cualquiera hubiera salido corriendo al primer chirrido de sus dientes. Pero Thomas no. Él se había quedado. Hasta el final y, después, más allá. No sabía que fuera posible sentirse querida de ese modo.

No sabía que fuera posible querer de ese modo.

Le habían contado después —después de la ambulancia, del hospital y del trayecto a casa dormitando entre la neblina previa al amanecer— que la Casa había sido construida justo encima de un gran núcleo de poder.

Este había concentrado sus propias habilidades abominables, pero también había intensificado las de Thomas al máximo, quien, con toda esa furia, había empujado con el hombro entre mundos.

Había devastado los cielos por ella.

Bajo la suave luz de la ventana, Vivienne pudo entrever el tatuaje que Thomas llevaba escrito en el antebrazo.

Non omnis moriar . Estaba hecho a mano al estilo handpoke , aunque era un poco grueso, como si lo hubiese hecho un aficionado.

Acercándose a él, Vivienne recorrió las letras con un roce tan ligero como un susurro.

—Significa: «No moriré del todo» —dijo Thomas, sobresaltándola.

Vivienne levantó la vista y se lo encontró totalmente despierto, con la luz de la mañana acumulándose en sus ojos. En la penumbra, se preguntó cuánto rato llevaría mirándola. Probablemente el mismo que ella. Solo de pensarlo, sintió mariposas en el estómago.

—Estoy bastante seguro de que es de un poema —dijo él, inclinando el brazo para ver mejor el tatuaje—. Todos los de mi fraternidad tienen uno. Era una parte obligatoria de la iniciación. Eso y la ocasional misión de reconocimiento a través de grietas en el cielo.

— ¿Utilizaste un cuchillo de sierra? —preguntó, pensando en Frankie.

Thomas frunció el ceño.

—¿Qué?

— Nada. No importa. ¿Qué es lo que tenías que buscar?

La atención de Thomas se enfocó en sus manos, que se mecían entre ambos.

No le había preguntado por qué seguía sin hablar, después de todo.

Cualquier otra persona podría haberlo hecho, pero no Thomas.

Él la entendía. Siempre lo había hecho. Vivienne se sintió repentina e inequívocamente vista, hasta la médula.

En voz baja, Thomas dijo:

—Se suponía que teníamos que ver si algo nos seguiría de vuelta.

Vivienne pensó en el fondo del desfiladero, en aquella interminable voz que serpenteaba hacia ella desde la oscuridad, y contuvo un escalofrío.

— ¿Por qué no me lo contaste?

—¿Contarte el qué? ¿Qué solía experimentar con lo oculto? No es precisamente algo que suela surgir en una conversación casual.

— Nosotros nunca hemos tenido conversaciones casuales.

—Cierto. Estabas demasiado ocupada intentando hacer que me despidieran. —Thomas sonrió al ver la cara que puso—. No sé, simplemente en aquel momento no me pareció una experiencia laboral relevante.

— ¿Y ahora?

Thomas pensó en la pregunta mientras se enrollaba un mechón del pelo de Vivienne entre los dedos.

—Después de todo lo que ha pasado, tengo la sospecha de que esa fue la razón por la cual Philip me contrató. Creo que dio por hecho que ya había lidiado con alguna situación como la tuya antes.

— ¿Y es así?

—Vivienne —dijo él, mirándola fija y seriamente—. Nunca había conocido a nadie como tú.

Ella le estaba preguntando por la Vivienne del espejo, pero por la cara que puso Thomas estaba claro que él se refería a la Vivienne que tenía delante.

Aunque tarde, Vivienne entendió que ella era por lo único que él se había preocupado desde el principio.

Había pasado tanto tiempo tratando de esconder las partes de ella que estaban podridas, que había descuidado el resto.

A la chica que había en su piel. Las partes de carne y sangre.

De nuevo, tuvo esa vertiginosa sensación de ser vista. De sentirse querida .

Miles de emociones burbujearon hasta la superficie, cada una de ellas igual de indescifrable que la anterior.

Había pasado tanto tiempo con las dos manos agarrándose el cuello, ahogándose a sí misma, silenciándose, que era abrumador sentir tantas cosas a la vez de repente.

Tenía muchas ganas de decirle algo a Thomas en ese instante.

Algo profundo. Algo sincero. Pero no sabía por dónde empezar.

Al final, con su voz tosca por la falta de uso, se le ocurrió decir:

—Creo que hay un gallo en la casa.

Una incipiente sonrisa formó un hoyuelo en la mejilla de Thomas.

—Si conozco bien a Price —dijo él, doblando el brazo por debajo de la cabeza—, seguro que no es la cosa más extraña que tiene viviendo bajo su techo.

Se quedaron así tumbados un rato más, viendo cómo el sol hacía desaparecer la neblina más persistente.

Poco a poco, la luz pasó de un blanco pálido a un cálido amarillo mantequilla.

Fuera, en el pasillo, empezaron a oírse ruidos por la casa, que empezaba a despertarse.

Las cañerías traqueteaban, las lamas de madera crujían.

Se abrió el grifo de una ducha unas habitaciones más allá.

Al final, Thomas volvió a dejarse llevar por el sueño.

Vivienne esperó hasta que estuvo segura de que no se despertaría y se escabulló al pasillo. Cerró la puerta con cuidado y se detuvo de inmediato. Ahí estaba el gallo, moteado y desconfiado, observándola como si entre los dos ella fuera la extraña.

Y supuso que así era.

En cuanto dio un paso hacia el gallo, este huyó, brincando por el pasillo presa del pánico. Vivienne lo siguió, sintiéndose un poco como Alicia tras el conejo blanco mientras bajaba por unas escaleras torcidas y llegaba a un amplio vestíbulo de mármol.

Después de una breve búsqueda, encontró al gallo posado encima de un ancho escritorio en un despacho escasamente decorado. Y no estaba solo.

Colton Price estaba sentado al otro lado del escritorio, con la frente arrugada y unas gafas redondas de montura metálica que se le escurrían por la nariz.

Por lo que podía ver, parecía que estaba haciendo un crucigrama.

Detrás de él había un cuadro torcido de una mariposa monarca con las alas extendidas sobre un fondo de dorados cálidos y marrones suaves como la miel.

La imagen hacía que Colton pareciera un poco una criatura alada, inhumana e imperial.

Sus ojos se posaron rápidamente sobre los de ella, mientras Vivienne seguía maravillada ante aquella extraña yuxtaposición.

—Hola —dijo él.

El silencio que lo siguió fue notable. No estaba segura de qué decir para rellenarlo, ni si quería decir algo realmente. Sabía que Colton signaba, al menos un poco. Lo había visto hablando con su novia en la sala de espera del hospital, él y Lane, inclinados juntos en su propio mundo.

—¿Tú bailas, no? —preguntó, cuando ella no dijo nada—. Walsh dice que eres bailarina de ballet .

Ella asintió.

—Excelente. —Señaló su crucigrama—. Cinco letras, horizontal. No me la sé. La pista dice que es un paso en el que un pie se golpea contra la otra pierna o pie. Tengo la t en tercera posición, pero no he conseguido sacar el resto.

Vivienne le sonrió y le dijo la respuesta signando con los dedos. Él la observó con atención y después sacó el lápiz que llevaba detrás de la oreja.

— Battu —dijo—. Genial.