La muerte vive en mí 32 Thomas
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32 Thomas

T homas estaba sentado en la parte de atrás de la ambulancia con la mirada perdida hacia el frente.

Justo delante de él había un lago, ancho y oscuro, con el agua rasgada por unas olas con crestas de diamantes bajo el sol de mediodía.

A su izquierda —más allá de la carretera, de las casas y de las dunas plagadas de barrón— estaba el océano, azul y en calma.

El Atlántico, no el estrecho y sombrío Sound.

Un océano infinito y cristalino. De profundidades frías e insondables.

Había fracasado.

El costado le chilló de dolor y se movió un poco, con un apósito que le tiraba pegado en el torso.

Los paramédicos habían llegado al lugar poco después de que Reed y él hubieran salido a trompicones del edificio cuando se estaba viniendo abajo, con humo en los pulmones y con Adrian Faber cojeando entre ellos.

Los técnicos de emergencias habían insistido en revisar a Thomas, pese a las repetidas veces en las que él afirmó que se encontraba bien.

Solo era una herida superficial.

Sentía que era el puto fin del mundo.

La noche de la fiesta de los Turner, cuando Thomas vio a Vivienne sentada bajo la luz de la luna, pensó que parecía una sirena. Pero aquello no fue nada comparado con su aspecto mientras caminaba por las negras aguas y se hundía en su vítrea superficie sin formar ni una onda.

«Te quiero», le había dicho ella. Y, después, se había ido.

Después de eso, Thomas luchó. Con fuerza y con furia.

Pero para cuando entró salpicando en las aguas tras ella, Vivienne ya no estaba por ninguna parte.

Se quedó ahí de pie, en un charco que le llegaba hasta las espinillas.

Aquel mar negro sin fin había desaparecido.

Donde antes les había parecido que la noche se extendía kilómetros, solo había una pared.

Solo una lombriz retorciéndose en el barro.

A su alrededor, la casa tembló terriblemente y empezaron a caer trozos compactos de tierra.

«¡Walsh!», escuchó que le gritaba Reed. «¡Tenemos que irnos!».

Había trabajado en casas con su tío el tiempo suficiente como para reconocer cuándo los cimientos estaban cediendo. Con un sótano así de inundado —en una casa al lado de la playa, donde la tierra iba erosionándose lentamente—, no haría falta mucho para tirar la casa abajo.

Thomas golpeó la pared con el cuerpo y más tierra cayó a su alrededor. Empezó a brotar agua fétida alrededor de sus pies.

Volvió a hacerlo. Y otra vez, ignorando las continuas súplicas de Reed para que se fueran.

Él nunca había sido capaz de abrir los cielos.

Ese era el punto fuerte de Colton Price.

Thomas solo podía caminar a través de una puerta ya abierta, sentir ese rancio y sofocante estallido de nada, y después emerger al otro lado.

Pero aquí todo se había magnificado, intensificado por la corriente de la línea ley que había bajo tierra.

Faber lo había dicho también mientras tosía arañas en el salón.

Si Vivienne podía sacar algo físico de su mente, ¿quién decía que él no podía abrirse paso a la fuerza a través del cielo?

Corrió a toda velocidad contra la pared otra vez.

El agua era como hielo en sus tobillos y lamía, furiosa, sus pies.

Golpeó la tierra con el hombro mientras los cráneos caían de los estantes de la necrópolis sobre la superficial capa de agua como pedruscos blanquecinos.

Y otra vez. Y otra. Su cuerpo le gritaba que parase.

Se oyó un fuerte estruendo, un derrumbe: el ruido de la casa desplomándose alrededor de sus oídos.

No sabía cuándo había parado. Quizá cuando Christian Price comenzó a gritar. O cuando Reed se abalanzó sobre él como un loco y maldijo con agresividad en su oreja haciéndole volver a sus cabales.

Ahora observaba cómo el cuerpo de bomberos trabajaba y monitoreaba el derrumbamiento del edificio, del que solo quedaba un montón de madera y cristal y un tejado de tejas que se había vuelto cóncavo.

Reducido a cenizas, justo como había prometido.

No muy lejos de él, estaban metiendo a Philip Farrow en la parte de atrás de un coche de policía.

No le satisfizo ni lo más mínimo.

En el jardín delantero, los paramédicos pinchaban con cuidado a Christian Price, que estaba de rodillas.

Thomas lo había visto desecarse en el sótano.

Todo había sucedido muy rápido. Vivienne descendió y Price padre empezó a reírse con un sonido triunfante y profundo, extendiendo las manos hacia fuera frente a su rostro como si estuviese esperando a que cayera sobre ellas un paquete lleno de secretos.

Pero no fue eso lo que ocurrió. El tiempo pareció deformarse, estirándose a su alrededor como la luz del sol refractada en un cristal.

Sus dedos se afinaron, tornándose largos y huesudos.

Hebras blancas plagaron su pelo y las mejillas se le hundieron hasta que adquirió el aspecto de un esqueleto viviente que seguía riéndose y sosteniendo las manos abiertas en una súplica a la oscuridad.

En esos momentos, a Thomas le recordó a su padre: consumido por la culpa, murmurando frenéticamente el cántico de la Virgen María en el rezo de las vísperas: «desde ahora me felicitarán todas las generaciones».

Ahora, Christian Price estaba postrado en la hierba, con las manos hacia arriba sobre el regazo.

Su boca se movía articulando la misma frase una y otra vez.

Durante horas, era lo único que había estado diciendo: «Lo he visto.

Lo he visto. ¿Vosotros lo habéis visto?».

—Walsh.

Thomas alzó la vista. Ahí estaba Reed junto a Adrian Faber, ambos tan cansados como se sentía él.

—Ha venido un inspector. Quiere que vayamos a la comisaría para hacernos algunas preguntas.

Thomas reflexionó sobre ello. El mantra de Philip se repetía en su cabeza: «Mantén la privacidad de la familia». Pero la familia Farrow se había roto en pedazos. No quedaba nada que mantener en privado.

—¿Qué vas a hacer?

Reed se encogió de hombros.

—Pues ir, supongo. Me da igual. Les contaré todo.

—¿Y crees que van a creerte?

En el jardín, Christian Price empezó a berrear mientras un policía lo agarraba e intentaba ponerlo en pie. «¡Lo he visto! ¡Tenéis que creerme, lo he visto !».

Reed hizo un mohín.

—Quizá —dijo—. Pero probablemente no.

No se molestó en preguntarle a Thomas si estaba bien. Ambos sabían que no lo estaba.

—Walsh —empezó a decir Reed, antes de cerrar la boca de golpe. Lo miró con el ceño fruncido. Por debajo de sus ojos, los moratones habían empezado a amarillecerse. Dejó escapar un suave suspiro y lo intentó de nuevo—: Vivienne tomó su decisión. No podrías haberla detenido.

Y eso fue todo. Esa fue toda la despedida que obtuvo. Y probablemente era, supuso él, una mejor despedida de la que se merecía. Thomas los vio irse hacia el Jeep de Reed, sin sentir nada en absoluto. Cuando se hubieron marchado, volvió a quedarse absorto mirando el agua.

Estaba tan perdido en las profundidades del océano, que casi no se dio cuenta cuando un coche aparcó y Colton Price descendió de él.

Sus miradas se encontraron por encima del reluciente techo plateado del coche. Colton le hizo un breve gesto de cabeza y Thomas sintió un imposible pellizco de esperanza. Una de las puertas de atrás se abrió lentamente, reflejando la luz.

De ella salió Vivienne Farrow, todavía vestida con su camiseta.

Thomas se bajó de un salto de la parte trasera de la ambulancia, sin importarle la torpeza con la que se movía —o se tambaleaba, más bien—, con el dolor del costado ardiéndole en protesta.

Corrió, y Vivienne hizo lo mismo, hasta que ambos se encontraron en mitad de la arenosa calle.

Vivienne rodeó a Thomas por el cuello con los brazos, y él la abrazó por la cintura, levantándola del suelo por completo hasta que sus flexibles piernas de bailarina quedaron colgando junto a las suyas.

Thomas no se dio cuenta de cuánto tiempo estuvieron así antes de volver a dejarla en el suelo. Un minuto. Una hora. Thomas la miraba fijamente a la cara, respirando con dificultad. Ella le sonrió. Le brillaban los ojos, de un oro bruñido bajo la luz; una visión que dejó a Thomas sin aliento.

— Ahora dímelo tú —signó ella, recordando cuando él le dijo eso mismo aquella noche en su habitación—. Te ayudaré: «Te quiero, V-i-v-i-e-n-n-e».

—Te quiero —dijo él, solemne—. Desde el primer día.

Y Thomas lo decía de verdad.