La muerte vive en mí 31 Vivienne
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31 Vivienne

V ivienne había supuesto que se ahogaría. Que se hundiría y le entraría agua en los pulmones y se atragantaría.

Pero en su lugar, se encontró en medio de una sala sin principio ni final, sin luz y sin oscuridad.

Se dio cuenta de que, en realidad, no había nada, nada salvo una ausencia de color y un duro suelo óseo.

Y ahí estaba ella, mirándose a sí misma y hacia fuera de sí misma, como si una extraña omnipresencia hubiese tomado el control.

Como si estuviera despierta dentro de un sueño.

A pocos metros de ella había otra Vivienne. Esta tenía cuatro años, iba vestida con un camisón de un rosa polvoriento y, en los pies, llevaba zapatillas de estar por casa. Mirar a esa pequeña versión de sí misma le dio a Vivienne la peculiar sensación de estar partida en dos.

—Ahora sí lo has hecho —dijo la pequeña Vivienne, furiosa. Dentro de su boca había dos hileras de dientes, afilados como cuchillas—. Lo has estropeado todo. Ya nunca volveremos a estar juntas.

Vivienne la miraba, desorientada.

—Espero que estés contenta. —La niña pequeña dio un pisotón.

—Lo estará —irrumpió esa voz chirriante como la rueda de un carro—. En cuanto tú desaparezcas. Y yo también lo estaré. Ya has causado problemas más que suficientes.

Vivienne giró rápidamente, buscando entre la nada. Poco a poco, materializándose desde el vacío, apareció un chico. Hombros anchos, ojos claros, un hoyuelo en la barbilla. Thomas. Vivienne retrocedió, alarmada.

—No es posible —dijo con voz entrecortada.

Inmediatamente, ahogó un grito y se agarró la garganta con la mano.

Su voz había sonado suave y clara. Un tono alto, dulce como la miel.

La voz que podría haber tenido si no hubiese gritado hasta destrozarse la garganta en aquel desfiladero.

Delante de ella, el falso Thomas sonrió.

Porque ese no era Thomas, y Vivienne lo veía ahora claramente.

El falso Thomas parecía separarse y volver a juntarse, partes de él se tornaban extrañas si las miraba atentamente.

Tenía siete dedos en la mano derecha, entonces, Vivienne parpadeó y ya solo tenía tres.

Su sonrisa parecía tener dos hileras de dientes, pero cuando le miró directamente a la boca, esas hileras pasaron a ser infinitas.

—No le des tantas vueltas —dijo el falso Thomas—. El cerebro humano no es capaz de comprender lo que soy, así que me reemplaza por aquello que encuentra más placentero.

—¿Y qué eres? —preguntó ella.

—Quienes se adentran en mis aguas me llaman Caribdis —dijo él—, pero ese no es mi nombre.

—¿Tú eres…? —Vivienne vaciló, asustada tanto por su cambiante familiaridad como por su facilidad para hablar—. ¿Tú eres la criatura que vive bajo la casa?

—He vivido aquí desde mucho antes de que hubiese una casa —dijo el falso Thomas—.

Antes de que llegaran y construyesen los cimientos y labraran los caminos para el ganado.

Antes de las granjas había árboles. Y antes de los árboles estaba yo.

Llevo aquí desde el principio de los tiempos, durmiendo feliz en el barro.

Y he estado esperándote a ti, Vivienne Farrow, desde el día en que naciste.

—Ella es mía —siseó la pequeña Vivienne, que se estaba impacientando visiblemente—. Yo la reclamé. Yo.

El falso Thomas sonrió. Fue del tipo de sonrisas que ponían los adultos cuando tenían que lidiar con niños con mal genio.

Vivienne tenía la sensación de que fuera cual fuese la vetusta criatura que se había instalado en sus huesos era muy joven, mientras que el ente que tenía frente a ella era muy muy viejo.

—Debe de haber sido agotador —dijo el falso Thomas, sin la más mínima pizca de compasión— llevarle contigo todos estos años. Yo puedo hacer que se vaya. Puedo hacer que todo se calme.

Vivienne consideró la oferta de aquel ser.

—¿Qué sentiré? —preguntó—. ¿Será como morir?

—Como nada en absoluto. —Esa fue la respuesta que le llegó. Emanó desde arriba y desde abajo, envolviéndola, como si esa cosa que tenía delante de ella, la que se había enfundado en la amorfa piel del chico al que amaba, fuera solo una porción del vasto y durmiente Caribdis.

—Casi —dijo el ente, haciendo rugir el suelo bajo los pies de Vivienne—. Ya estás dentro de mí.

En ese momento, Vivienne fue consciente de la ancha curvatura de unas costillas bajo sus pies. Del prolongado gruñido de algo que respiraba. De repente, esa dura y ósea formación que se extendía por encima de su cabeza se hizo evidente.

Estaba de pie bajo una columna vertebral.

Un distante clinc , de algo metálico, le llegó a los oídos. Como si alguien hubiese tirado un centavo a un pozo.

Una solitaria moneda salió rodando de la oscuridad y se tambaleó hasta pararse justo ante sus dedos del pie.

Siguiendo la moneda llegó un hombre —o quizás era un chico, no podía distinguirlo bien— con unos ojos tan oscuros como la obsidiana.

Al principio, Vivienne pensó que era su padre, que de algún modo la había seguido hasta allí.

Pero conforme este se acercaba, sus rasgos se fueron suavizando hasta ser de un aspecto juvenil, todo bajo una cabeza de pelo negro rizado.

Su boca era un auténtico desastre, con una de las comisuras de sus labios alargada por una cicatriz que le llegaba casi hasta la oreja.

Era el chico de la catedral. Vivienne no lograba recordar su nombre.

— Tú —dijo el falso Thomas. Sonó disgustado.

El chico miró con sorna al Caribdis. Finalmente, tras una pausa, dijo:

—¿Te conozco?

—No —le contestó—. Pero yo a ti sí. Me pasé años royendo tus huesos, antes de que lograses abrirte paso de vuelta hacia el sol.

—Oh —dijo el chico, como si lo que le acababa de decir fuera algo perfectamente normal—. Y ¿hay alguna razón para que te parezcas a Lane?

—¿Lane? —Se encendió una bombilla en el pecho de Vivienne.

—Sí. —El chico todavía seguía estudiando al Caribdis, observándolo primero desde el rabillo de un ojo y después desde el otro—. ¿Tú no lo ves?

—Para mí tiene el aspecto de otra persona —dijo ella.

Volvió a intentar acordarse del nombre del chico.

¿Cómo era? ¿Cómo era ? Le parecía que habían pasado eones desde aquel fatídico día en el templo.

Se sentía como si tuviera cien años y, al mismo tiempo, tan pequeña como la Vivienne de dientes afilados, que aún seguía furiosa a su lado—. No consigo recordar cómo te llamas.

Los ojos del chico se arrastraron hasta los de ella. Lo familiar que le resultaba la tenía abrumada. Él la miró durante un buen rato, inquietantemente tranquilo para alguien que se encontraba dentro de un estómago real.

—Colton —dijo por fin—. Price.

— ¿Price?

—Por desgracia.

—Pero eso significa… Pero entonces tú… —Le estaba costando articular las palabras correctas. La cabeza le daba vueltas. Las costillas que los rodeaban se contrajeron, la respiración del Caribdis estaba empezando a acelerarse. El suelo se inclinó y Vivienne se tambaleó agitando los brazos.

—Creo que soy tu hermana —dijo finalmente—. Bueno, tu medio hermana.

—Eso me han dicho—dijo Colton.

—Bueno, pues a mí me habían dicho que tú estabas muerto.

Le salió con más franqueza de la que pretendía.

En cualquier caso, era una acusación ridícula.

Fuera lo que fuera ella , no podía describirse como «viva».

El suelo volvió a inclinarse. La pequeña Vivienne soltó un sibilante siseo mientras Colton miraba hacia arriba.

El techo había comenzado a gotear de forma fatídica, unos chorretones viscosos de esputo resbalaban por la curvatura arqueada de los huesos.

Vivienne tenía la vaga sensación de que estaban siendo digeridos. Y por lo visto, Colton también.

—No podemos quedarnos —le dijo Colton al Caribdis—. Pero, oye, ha sido un placer.

— Tú puedes irte —dijo el falso Thomas—. Ya he tomado todo lo que quería de ti. Has pasado tanto tiempo asándote en los fuegos del infierno que ya no queda nada tierno en tus huesos.

—Nunca en mi vida me han descrito como «tierno» —estuvo de acuerdo Colton, mientras miraba la hora en su reloj.

A eso le siguió un horrible silencio. Las costillas se expandieron y se contrajeron en un desconsolado suspiro.

—La chica se queda —dijo el falso Thomas—. Me pertenece.

Un temblor sacudió el vacío. Se desprendió una gran cantidad de saliva, que cayó sobre ellos como una lluvia e hizo que el suelo se ondulara bajo sus pies. Frente a Vivienne, el falso Thomas empezó a deshacerse entre temblores.

—¿Qué está pasando? —exigió saber Vivienne— ¿Qué es todo esto?

—Hay una perturbación en la casa —dijo el Caribdis, dándole la espalda y mirando hacia la oscuridad, hacia algo que ella no podía ver. Como una vela, la forma de Thomas titiló hasta apagarse y luego volvió de golpe—. Idiota. —Su voz retumbó por toda la extensión cavernosa—. Quiere entrar a por ti.

Thomas. El corazón de Vivienne dio una horrible sacudida.

—No lo logrará —dijo el Caribdis—. El camino está cerrado.

Hubo otro temblor, mucho más fuerte que el primero.

El Caribdis enseñó los dientes. Arqueó la espalda y liberó un horrible rugido.

—¿Qué clase de chico es este —preguntó— que puede abrirse paso a la fuerza por el cielo?

Es Thomas , pensó Vivienne de nuevo, esta vez con una oleada de orgullo. Porque claro que era él.

Él siempre iría a por ella. ¿No fue eso lo que le prometió?

—El camino está cerrado —rugió el Caribdis. Ya no sonaba como Thomas. Ahora, su voz era como el canto de una ballena, vasto y estremecedor. La aporreaba por dentro con una fuerza que casi la derriba.

Una mano envolvió la suya y tiró de ella hacia atrás con violencia.

—Hora de irnos —le dijo Colton Price al oído.

—Espera…

Vivienne fue dando tumbos por la oscuridad, provocando chapoteos plateados a su paso.

—¡No me abandones! —chilló la pequeña Vivienne, que corría tras ellos extendiendo su diminuta mano gris—. ¡No me dejes aquí sola!

Entonces sintieron un fuerte sonido de succión, como si una aspiradora estuviese tragándose todo el aire.

Vivienne sintió agujas clavándosele por todo el cuerpo mientras, en algún lugar detrás de ella, el Caribdis soltaba un violento rugido.

El aire cambió, tornándose tan helado como el invierno.

Su aliento flotaba ante ella en patrones fractales de un blanco pálido.

Se encontraban al lado de un lago congelado y sereno, tambaleándose de la mano mientras atravesaban un prado de flores blancas espigadas.

Un niño de pelo oscuro se incorporó entre las flores, sobresaltado, y los miró con atención.

Sobre su cabeza colgaba una corona de flores torcida.

—¿Quién es esa ? —le preguntó a Colton.

—Tu hermana —le respondió, sin pararse ni un segundo—. No te acerques al agua.

En el lago, empezaron a formarse unas grandes grietas negras sobre el hielo. Se resquebrajaban hacia fuera, astillándose como el cristal. Un fuerte ruido de agua emanaba por debajo, como si algo muy pesado estuviese intentando abrirse paso a empujones.

—No te sueltes —le ordenó Colton.

Otro pinchazo. Salieron del hielo hacia la oscuridad.

Vivienne cayó y cayó, dando vueltas primero hacia delante, luego hacia atrás, descendiendo una vez más por aquella maldita garganta.

Serpentearon hacia abajo por un desfiladero seco, estrecho como un río y negro como el ónice.

Detrás de ellos, el suelo se separaba, partiéndose en dos como unas grandes fauces de piedra. Colton corrió más rápido.

Y ahí, por encima de ellos, había una niña pequeña con unos mitones arcoíris bajo la extensa luz de las estrellas del desierto.

—Vuelve —dijo la niña—. Ven a casa.

Salieron despedidos hacia la luz del sol.

Un intenso azul brillante. Un fragante conjunto de cerezos silvestres.

La carretera se extendía bajo sus pies, ardiente contra su piel descalza.

Vivienne se tambaleó en el sitio, con el sentido del equilibrio totalmente alterado, y después cayó de rodillas.

Consiguió tomar una temblorosa bocanada de aire antes de quedarse sin respiración por completo.

—Echadle un buen vistazo —dijo Colton. Había un tono de preocupación en su voz—. Aseguraos de que no se ha seccionado nada vital. Me he movido demasiado rápido como para controlar eso.

A Vivienne no le dio tiempo a entender qué es lo que acababa de decir Colton antes de que la chica de pelo blanco de la catedral se acuclillara delante de ella. Lane, se acordó Vivienne. Se le unió una chica pecosa con el pelo tan rojo como el fuego.

—Inhala por la nariz —le indicó la pelirroja—. No aguantes la respiración.

—La primera vez es horrible —dijo Lane, haciéndole unas friegas en la espalda—. Lo has hecho muy bien.

Pero ella no se sentía muy bien. Estaba sufriendo unas fuertes arcadas mientras intentaba respirar por la nariz.

Lo consiguió repetir dos veces antes de vomitar por toda la hierba.

Se sentía extrañamente vacía. En la caverna de su pecho, su corazón se balanceaba en el vacío, como el badajo de una campana.

Tommy , pensó Vivienne, y el pánico la arrolló con un calor incandescente.

La última vez que lo había visto estaba arrodillado, sangrando lentamente por la herida del roce de una bala en el costado.

Le había dicho que le quería y después se había ido.

Tenía que hacerlo, no tenía otra opción. Era la única forma de salvarlo.

—Las heridas por roce de bala rara vez causan la muerte —dijo Colton, de pie a su lado—. Es bastante improbable que sangrar por esa herida superficial sea lo que lo mate.

— Colton —dijo Lane, horrorizada.

—¿Qué? Estoy tratando de reconfortarla.

No fue hasta que Vivienne los miró a ambos, con la garganta dolorida, que se dio cuenta de que lo había dicho todo en voz alta. Había brotado de ella en un absurdo y humillante balbuceo, pero con una voz que era solo suya.

—¿Dónde está? —preguntó Lane—. ¿Lo sabes?

—Los Hamptons —dijo Vivienne suavemente—. Thomas está en los Hamptons.